Don Juan José de Austria

Pensemos, que aquí en España,los hijos solamente de las Reinas pueden ser Reyes, en cambio los hijos solo del Rey… no son más que…bastardos. Pero realmente ¿Puede llamarse bastardo a un personaje de estas características?

Crónica de la vida de un hombre exclusivamente, de buena voluntad.  Pero nada más.

Personaje este, interesante y poco conocido de nuestra historia.

Por lo general, suele confundírsele con Don Juan de Austria, el de la batalla de Lepanto, y de la película Jeromin. Para entendernos, el hijo bastardo del emperador Carlos I, que hemos estudiado siempre  en el colegio, aquel de la  lavandera de Ratisbona.

Este otro no, este es hijo, eso sí,  también bastardo, lo del apellido Austria era una constante, pero de Felipe IV, y nace en Madrid, en 1629,  casi 150 años más tarde que el otro.

Siendo su madre en este caso una artista de teatro, llamada Juana Calderón, apodada la “Calderona”.

Al ser los nombres de Felipe y Carlos tan frecuentes entre nuestras monarquías, puede darse como una especie de juego de palabras: El hijo de Carlos (el primero) influye en el reinado de su hermanastro Felipe (el segundo) y el hijo de Felipe (el cuarto) influye en el reinado de su hermanastro Carlos (el segundo).

Un poco de lio pero se entiende. Además de ser casual y curioso.

También, al tratar de aproximaros un poco a este personaje será motivo para dar algunas pinceladas más, a la figura del Conde–Duque de Olivares, ya que se puede decir que prácticamente gracias a él, conocemos a nuestro personaje de hoy, Don Juan José.

¿Qué porqué?, pues veréis: se debe, al muy insistente y reiterado consejo del valido de Felipe IV, el Conde Duque, para que éste lo reconociera como legítimo, y le concediera con ello, los títulos y honores de los que disfrutó durante su vida, puesto que lo normal, desde luego, no era eso.

Si, ya  oigo vuestra pregunta ¿ y qué era lo normal?,

Pues lo normal era, que el Rey no reconociera a ningún hijo, habido fuera del matrimonio, como legítimo.

Y desde luego esto, tendría escasa importancia, tratándose de pocos, pero claro, en el caso de Felipe IV, al que los historiadores más exagerados le asignan nada menos que entre diez a quince bastardos, pues claro ya…

El hecho es que no parece haber sido un mal Rey, este Felipe IV, la verdad es que como gobernante lo tenía, desde luego, como lo han tenido siempre todos, muy complicado.

Pero, si os parece, situémonos, antes de seguir adelante en aquel momento histórico.  Han pasado los esplendorosos tiempos de los llamados “Austrias Mayores”, Carlos I, el nieto de los Católicos, y su hijo Felipe, el segundo.  Nos encontramos ahora más o menos en el centro del tiempo de los llamados “Austrias Menores”, que por este orden son: Felipe III, Felipe IV y Carlos II, con el que termina por endogamia la Dinastía Augsburgo. Con estos ultimos, y con sus circunstancias nuestro prestigio como Nación no hizo más que disminuir…

Estamos en 1621 cuando sube al trono Felipe IV.  Había nacido en Valladolid en 1605, y su reinado fue uno de los más largos, 44 años.

Le dieron el sobrenombre de Rey Planeta. No entiendo porqué, aciertan más, creo, los que le denominan el Rey Ausente, y seguramente más, si le llamaran Rey libertino.  Aunque desde luego, reconociendo, que no se podría, por respeto, mejor habría sido  llamársele él, “sin pantalones”.

Hombre culto, instruido e inteligente. Tal vez algo indolente, pero suficientemente agudo, como para entender la política y a quienes la practicaban.

Pero, eso sí… lo otro… Dos matrimonios, siete hijos del primero, cinco del segundo y  -bastantes-  fuera de él. Algunos historiadores, como decíamos, llegan a contar más de quince.

Cierto que, gracias a una de sus aficiones preferidas, que parecía ser la pintura, aunque por los hechos, creo yo que no era la más importante, tenemos una de las pinacotecas más importantes del mundo  – El Prado  –

Su reinado tiene dos fases perfectamente definidas. La primera bajo la influencia del Conde–Duque y la segunda en la que él mismo toma en sus manos el gobierno y dicta la política a seguir.

Bien es cierto, que no sería capaz de aventurar cuál de las dos fue peor.

Volvemos a tener con este, las mismas dudas en cuanto al concepto de los validos. ¿Eran tan perniciosas y lesivas para el país, lo que llamamos genéricamente, y sin meditarlo – las políticas de los validos -?

Puede que sí, naturalmente, pero solo en tanto, en cuanto, que con sus directrices tuvieran más preponderancia los hechos perjudiciales, que los beneficiosos para la nación. ¿Pero, y  de no ser así?

Por ejemplo, aquí,   ¿Cómo podemos juzgar mal a un denominado valido,  que comienza por poner en marcha una normativa, que se denomina, aunque ahora mismo no se crea, de “manos limpias” y que lo hace sin titubeos y muy en serio?. No como ahora, mandando ahorcar, así, nada menos, a los ladrones del dinero público.

O también – Que aconseja al Rey lo primero, en un manifiesto secreto: – Que trate por todos los medios de unificar bajo las mismas leyes, y jurisdicciones a los distintos llamados “reinos”, donde “parece” que reina.-

Y que pretenda,  – Incluso tratar de ordenar la bancarrota económica, intentando que los gastos de las guerras, se repartan lo más equitativamente posible entre todas las regiones -.

¿A esto, se le puede llamar despectivamente, “política de validos”,? cuando además el Rey, sabemos que conoce perfectamente todo ello, y aunque pueda ser negligente, no es necio.

Rotundamente considero que no, lo que ocurre es que, pensándolo seriamente, en estas tierras llamadas durante siglos las Españas, y ahora más, con nuestro avanzado cáncer de las autonomías, es muy difícil gobernar.  Es igual lo que uno sea, Rey, Valido, Presidente, Gobernador, Alcalde o  incluso, Presidente de la comunidad de vecinos.

Nada, prácticamente, es imposible.

Fácil, eso sí,  ha parecido siempre, entonces y ahora: exponer, explicar, decir, programar, formular,  pero luego…

¡ Que nadie haga malversación de los dineros públicos¡

¡ Que nadie anteponga los intereses de ningún territorio sobre los intereses generales de España!

¡ Que todos los territorios, según sus características sufraguen equitativamente los gastos generales  ¡

Sí, sí, todo perfecto, pero después…

Por favor, escuchad las noticias mañana, en el Telediario, habiendo pasado cuatrocientos años, y me dais luego vuestra sincera opinión.

No han sido los políticos, ni unos ni otros, simplemente la realidad es, que:

– Con estos mimbres, no puede hacerse otro cesto.-

Por eso será, posiblemente, que como la cuestión es tan complicada como antigua, yo no me canso de investigar y analizar personajes, en el vano intento de conocer su influencia y repercusiones en nuestra historia.

Es precisamente el ensayo sobre el Conde –Duque de Olivares – donde Marañón describe “El Poder”, así con mayúsculas.

A las personas en general, a todas, les atrae el poder. Efectivamente, para muchos incluso se confunde con el éxito,  ya que, casi siempre  lleva aparejado, autoridad, mando, honores, reconocimientos, y en ocasiones hasta riqueza.  Pero existen algunas personas en las que la apetencia se convierte en ansia, y el afán en delirio y en ocasiones, es precisamente ese exceso, el que puede conducir a verdaderas psicopatías.

Por lo general, al decir de Marañón, esto se da principalmente en personas tremendamente tímidas e introvertidas. Personas, en general, que consideran que sus características personales no son suficientemente valoradas por los demás y buscan afanosamente durante su vida, el refugio del poder o de la autoridad, y con ello, se consideran respetados, sintiendo así, el reconocimiento de su propio yo.

Esta, indudablemente habría de ser una característica fundamental del psiquismo del Conde–Duque, hombre de suyo, culto, noble, acaudalado, y que sin embargo buscaba el poder desmesuradamente, con auténtico erotismo,  como insinúa Marañón.

Y esas psicologías se dieron entonces y se siguen dando ahora en épocas actuales y  comprobarlo es muy sencillo…  Por favor, tomad cualquier periódico o simplemente encended el televisor, y enseguida identificaréis alguno…

Lo que si ocurrió, en aquellos tiempos, a estos personajes que ahora recordamos, el Rey, y el Conde-Duque, y los demás que ahora identificamos, es que les correspondió vivir momentos políticos de gran penuria, sobre todo económica.

Punto importante, preponderante y hasta trascendental en política.

Desde luego que sí.  Aunque no tanto como piensa Rajoy, pero casi.

Aquellos fueron años de auténtica bancarrota, penuria y hasta ruina financiera. Hoy sabemos lo que esto significa, pero entonces era otra cosa. Lo de entonces, no era más que, si faltaba dinero para la guerra. Bajabas, mientras los demás subían, o lo que es lo mismo perdías, mientras los demás ganaban.

Durante muchos años, no sé si decir demasiados, España ha sido un país pobre, pero de “hidalgos” y el trabajo, no era trato de ellos.

Cuando ya en  Europa, prácticamente, toda la población “arrimaba el hombro”, aquí seguíamos en nuestro maravilloso entorno de fábulas, hidalguías, y caballerosidades.

Si hoy se ve falso, ya entonces se vislumbraba artificial.

Era aquel, un mundo en el que, no habiendo tomado los “hábitos” por vocación o por refugio, solamente se podía vivir de tres maneras: Una, ser de verdad, un valiente, con lo cual tu vida era corta por aquello de las guerras; o de solamente hablar y presumir de ello mintiendo, y viviendo así del servilismo y la lisonja del poderoso. Y por último, de no ser, ni lo uno ni lo otro, padecer entonces la miseria general en algunas, o en todas sus consecuencias.

Antes de hacer entrar en escena al protagonista, Don Juan José, permitidme presentaros a algunos de los personajes de su  entorno, primero al Rey, del que ya tenemos algún pequeño bosquejo.

A su primera esposa, Isabel de Borbón una pobre desventurada princesa francesa, portadora de sífilis o mal gálico, que llamábamos los españoles, o mal español, como lo denominaban los franceses. Enfermedad que hacía auténticos estragos en la salud y por supuesto en las descendencias. Siete hijos, que nacían y morían de corta edad, uno de ellos vivió hasta los 10-11 años y podía haber sido la auténtica esperanza de la dinastía.

Baltasar Carlos, se llamaba, pero falleció  también, sin embargo,  éste de viruela.

Cierto, que sobreviviría una niña, Teresa, la primera hija de Felipe IV, que pasados los años contraería matrimonio con el delfín de Francia. Precisamente basándose en sus derechos dinásticos se entronizaron los Borbones  en España.

Su segunda mujer, una princesa austriaca, Mariana de Austria que en principio habían pensado casarla con el fallecido príncipe Baltasar Carlos. Pero como en esto de los casamientos lo importante eran las alianzas, para no desaprovecharlas, la casan con el padre.

Esto es, un matrimonio bastante desigual, la esposa 13 y el Rey 41. Parece que esto de las diferencias de edad entre los reyes, no parecía contar demasiado.

La primera hija de este nuevo matrimonio, a esta sí, a esta la conocéis todos, es muy célebre, pues se trata de  la figura central del cuadro de las Meninas, y quien no conoce ese cuadro, fue de mayor, esposa del emperador Leopoldo I.

A otra serie de niños y niñas, fallecidos, hasta cinco, no se les recuerda ya que aquí y ahora, comenzaban a entrar en escena las enfermedades venéreas del padre, del propio Rey, de las que ya en aquellos momentos estaba bastante surtido. Naturalmente también las derivadas de las consanguinidades y que juntas,  llegaban a extremos de auténtico espanto.

Otros pequeños personajes, que irán apareciendo según veamos la vida y peripecias de Don Juan José, son menos importantes, pero alguno de ellos muy curiosos y también poco conocidos, dada la influencia histórica que consiguieron; sobre todo dos.   Uno de ellos un jesuita austriaco, que llegó a España con la propia Reina, el Padre Nithard,  y otro igualmente muy extraño,  Don Francisco Valenzuela y Enciso.

Más o menos este último, como un “pequeño Nicolás” de ahora, pero bien maduro, en sazón y en todo su esplendor de golfería.

Vamos ahora con nuestro protagonista.

Era madrileño, nuestro personaje, efectivamente, Don Juan José de Austria, nació en Abril de 1629, en la calle Leganitos en Madrid y se conserva su partida de bautismo en la Iglesia de los Santos Justo y Pastor, bajo el nombre de: – Juan de la Tierra – apellido que recibían todos aquellos a los que no era posible determinar su paternidad, y entregado poco después del nacimiento a una tal Magdalena, que lo crió durante su infancia, en León.

La madre, efectivamente una artista de teatro.

Resulta que eran dos hermanas María Inés y Juana, las dos artistas y aunque leáis el nombre de María Inés como la verdadera madre, no es cierto. La auténtica madre fue Juana,  llamada La Calderona, que terminó sus días en este mundo en un convento, precisamente uno muy representativo. El  de San Juan, del Monasterio de Valfermoso de las Monjas, en Guadalajara

Es trasladado el muchacho  a la edad de 10-11 años, por expreso deseo de su padre el Rey, eso sí, aconsejado por el Conde-Duque, a la ciudad de Ocaña, donde se dispuso su educación en letras y armas, por destacados maestros de entonces, bajo la dirección de su ”ayo”, Don Pedro de Velasco.

Cierto que el mozo no defraudó, ni en lo uno, ni en lo otro. Consiguiendo, a muy temprana edad, habilidades bastante notables en ámbitos dispares pero necesarios para su posterior desenvolvimiento ya de adulto, en la corte y en los distintos campos en los que intervino.

A los 14 años el Rey lo reconoce oficialmente como hijo legítimo y se comienzan a barajar los títulos, honores, y  cargos, que en principio, fueron encaminados hacia el campo eclesiástico. Pronto se vio, que no parecía éste  el camino adecuado, sino que el más conveniente, podía ser el de  las armas.

Y se le nombra Gobernador de los Países Bajos,  ¡nada menos!

Pero el sentido común prevalece, cosa rara, y dada su corta edad para enfrentarse con la gobernabilidad de unas provincias no demasiado apacibles, se le nombra Príncipe de la Mar. Más o menos Gobernador de toda la Flota del momento.

Comienza así su carrera militar y política, ocupando cargos y tomando parte en las pacificaciones del Reino de Nápoles y de Sicilia, de donde fue nombrado Gobernador, y donde los franceses desplegaban sus fuerzas y sus  influencias para adueñarse de estos territorios.

Pronto se le ordena por el Rey, volver a España y ponerse al frente de la recuperación de Cataluña.

Sí, efectivamente, recuperación, puesto que Cataluña se encontraba en aquel momento, bajo soberanía de Francia.

Y realiza una notable campaña en tierras catalanas, desalojando del territorio a los franceses, haciendo capitular Barcelona y prácticamente casi todas las ciudades importantes. Fue por ello en aquellos momentos muy notable su consideración y siempre tuvo por ello gran respeto en Cataluña.

No terminada la campaña, se le urge para ir a pacificar Flandes.

Como se puede observar:

– Era como un bombero, al que llamaban para apagar los incendios, pero cuando llegaba  ¡cortaban el agua!  Naturalmente, el agua eran los efectivos.  Dinero… siempre dinero.

Todavía le quedaba otro, Portugal, y también allí, pasó lo mismo.

Muerto su padre, el Rey Felipe IV, las cosas van a peor, la viuda, su segunda mujer, la tal Mariana, la austriaca,

más fea que un cuervo, y con la mala leche de una vaquilla toreada.  Propende, y no sabemos por qué, a no fiarse de ningún ardoroso hidalgo español, ni fogoso toreador; pero una cosa sí que ocurre, resulta que  es: la Regente, y por tanto… manda.

¡Y como manda!

– Al cuidado en principio, eso sí, de una auténtica piltrafa, su hijo Carlos II, que tiene a la muerte del padre solo cuatro años y que no comenzará a andar hasta los catorce.

Un enfermo que hoy conocemos, por la sintomatología que describe la historia, que padecía un síndrome de Klinefelter, estudiado también muy detalladamente por Marañón, y que sabemos consistente en una anomalía cromosómica que se produce por la  existencia de  dos cromosomas X y un cromosoma Y.

Consecuencia esta, perfectamente definida de la endogamia, que ocasiona aparte de retrasos físicos de todo orden, hipogonadismo, es decir trastorno testicular que conlleva incapacidad genésica y otros muchos  problemas metabólicos.

Con esta carga y además viuda,  esta buena mujer, por decir algo, y sin andarse por las ramas, pone prácticamente el reino en manos de quien le merece alguna confianza, su confesor.  El jesuita austriaco como ella, pero al que al ser sacerdote, por ley le está prohibido intervenir en política.

Pues nada, lo nombra Gran Inquisidor y todo arreglado.   Así, tan fresca.

El jesuita-austriaco, con un cariño a todo lo español, que le revienta la sotana, hace como en El Corte Inglés:   Rebajas de Enero, y al grito de: – no importa cómo, pero rapidito – empieza a firmar “paces” con quien haga falta. Y firma la de Aquisgrán, y la de Lisboa. Y no digo que nos dejara ya a los españoles en paños menores, pero desde luego,  casi comenzaron a vérsenos las puntillas.

A todo esto, a Don Juan José, cuanto más lejos mejor, y como no quiso irse a Flandes, donde intentó varias veces mandarle, lo dejó de Virrey de Aragón, llegando a ser por aquellas tierras, como decimos, personaje muy apreciado.

¡Tú  verás, o destierras al cura austriaco o me presento en Madrid, con un ejército!

Más o menos, esto sería lo que le mandó decir Don Juan José, a la Mariana.

-Bueno, bueno, no te enfades, y lo nombró embajador en Roma.

Otra vez…  – tierra por medio –

-Entonces ahora…. ¿En quién voy a confiar para que gobierne?

Teniendo en cuenta que yo sigo ocupada en sacar adelante a este  pobre infeliz, que como sea…  tiene que ser Rey….

Y lo fue efectivamente, Carlos II, pero con él terminó la dinastía de los Austrias.

Pues aunque no se crea y parezca broma, que es en realidad, casi de lo que se trata, se confía la gobernabilidad, a uno que pasaba en ese momento por allí.    –  Así como suena –

Un tal Francisco Valenzuela, un nadie, hijo de un capitán del ejército de Nápoles que llega a España y se casa con una dama de acompañamiento de la Reina, y por ello vive en la corte y es conocido por todos.

Buena pinta sí, buen conversador y amigo de la Reina, ¿algo más?

Pues nada.

-Valido de la Reina-

Y ocurre como en las películas de cine negro, se masca la tragedia.

Como no puede permanecer así, desamparado y sin nada, se le concede un Título Nobiliario, y sobre un pueblo, en el que compra tierras a las afueras de Ávila, San Bartolomé de Pinares, recibe el de Marqués de Villasierra.

Lo que son estas cosas de la aristocracia, resulta que el Titulo sigue existiendo… ¡anda qué…!

A todo esto, las cosas se ponen cada vez más tirantes.

Y se llega a los insultos.   En anuncios y proclamas primero, naturalmente. Los partidarios del jesuita que sigue, por lógica, de manera disimulada y amparado por la regente, le llaman a Don Juan José… de todo.

Hasta dicen, que con lo “alegre” que era la Calderona su madre, podía no ser hijo del Rey….

Pero claro, los contrarios decían del jesuita, cosas que entonces resultaban casi mucho peor, ¡vamos¡…  importantes insultos… lo llamaban   hasta… hereje.

Y también otra cosa que por estas latitudes, siempre ha dado muy buenos resultados….

¡Que se entendía!… naturalmente, por vía  “non santa”, con la Regente…

Bien es verdad que esto, no estoy seguro de que se lo creyera nadie, por el hecho de que si ella era como nos la pintan en los cuadros que hay en el Prado…  – La verdad es que era un verdadero antídoto de la lujuria -, la pobrecita.

-¡ En serio…Mariana !, que como no destierres al jesuita la tenemos…

– ¡Qué no, que el jesuita se queda!…

– Bueno, pues si se marcha el jesuita me quedo con Valenzuela…

– ¡Que no, tampoco! que ese es un ladrón…

– ¡Este se queda!, y lo mando yo, que para eso soy la Regenta…

Pues nada, como en los cuentos, lo que tenía que pasar, pasó.

Y Don Juan José, se presentó en Madrid con un ejército de catalanes y aragoneses, dando lugar, a  lo que sin ninguna duda puede denominarse el – primer golpe de estado -, que se ha dado en nuestro País.

Al Rey, Carlos II, se le trasladó al Palacio del Buen Retiro, a Valenzuela se le encarceló por ladrón, naturalmente, y Don Juan José, fue nombrado Primer Ministro.

¿ A que ni podéis imaginaros la fecha?     El 23 de Febrero.  Casualidades.

Y ahora me preguntaréis, ¿Bueno y como termina la película?

Como corresponde:

Al ladrón, que ha sido detenido en “sagrado”, ya que el muy pillo se refugió en El Escorial, y esas cosas entonces se llevaban muy en serio, se libró del patíbulo y fue desterrado a Filipinas.  Muchos años después intentó volver a España sin conseguirlo y parece ser que falleció en un accidente en Nueva España, actualmente Méjico, donde se dedicaba a la cría de caballos.

Don Juan José, gobernó como Primer Ministro en el reinado de su hermanastro Carlos II, sin pena ni gloria durante unos dos años aproximadamente.

Por  lo demás, la cosa siguió, como podía corresponder a situaciones en las que a los españoles, ya no las puntillas, lo que se nos veía, era que no llevábamos, ni ropa interior.

Claro, pero alguien atento y perspicaz, dirá…  ¿ Y que fue de la Mariana?

Buena pregunta. Pues nada, la mandaron desterrada a Toledo, que entonces sin AVE era casi un viaje.  Ahora que influencias… no le faltaban.

Don Juan José soportó un atentado por varios desconocidos, que estuvo a punto de costarle le vida. Fueron bastantes los aristócratas conocidos, que convenientemente mediatizados por la Reina, pusieron a la gestión de Don Juan José toda clase de impedimentos y hasta, para que no le falte a este relato cierto “morbo” falleció el hombre, sin enfermedad aparente alguna y en extrañas condiciones, a los cincuenta años justos. Tanto que corrieron muchos rumores en la época, de su posible envenenamiento.

Su hermanastro, el Rey Carlos II, no se dignó ni ir a su entierro.

Y,  en menos de una semana – la Marina -, volvió a la Corte.

Imagino que posiblemente cualquier lector me pondrá un contencioso ante cualquier Tribunal, a la lectura de estos hechos, por relatarlos con demasiada frivolidad.

Verdaderamente, tendrá toda la razón.

El hecho es, que contar estas cosas con rigor y en serio, provocaría auténtica angustia, es mejor relatarlas un poco, no en broma, puesto que son verdaderas, pero con cierto desenfado, para que los lectores no caigan  en un estado de profunda depresión.

Efectivamente no, no pasaba la Institución Monárquica por su mejor momento.

Se terminaba con claridad la Dinastía, y de hecho con aquel pobre hombre, enfermo y discapacitado, concluyó.

Tampoco parece a simple vista, que sean muchos los méritos de los distintos personajes que han aparecido en el relato, pero en nuestro intento, como siempre, de recordar personas, para enaltecer su memoria al recordarlos, fijemos nuestra atención, posiblemente esta vez, casi exclusivamente, en la buena voluntad de este hombre:

Don Juan José de Austria.

 

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