Antonio Perez del Hierro

Él, un badulaque, barbeta y aranero, y ella una lúbrica, fatua y encrestada.

La lealtad no es una  deslumbrante  luz,  y suele alumbrar pocas veces en el ser humano. En los políticos, oscuridad total.

¿ Y que me dice usted del lamentable asunto del ingreso en prisión de estos importantes personajes públicos?

 -¿Se refiere usted a los encarcelados por el golpe de Estado de Cataluña?

– No, ese es otro problema, muy lamentable también, pero de otro orden.

– Me refiero a los detenidos por corrupción, incluso hasta de los que no llegan a entrar en prisión por benevolencia judicial.

-¡Ah…ya! Habla usted de esos inmorales  maleantes que se enriquecen gracias al manejo deshonesto de los bienes públicos…

– Si, si,  a esos…

– Desolador oiga, créame ¡Una vergüenza!  Es inaudito esto de la corrupción en los políticos.

– Pues sí tiene usted razón,  inconcebible, aunque desde luego, no hay duda de que, descubrirlos,  es uno de los importantes beneficios de la democracia.  Aunque de alguna manera, siendo vergonzoso es, hasta  natural.

– ¿Cómo natural?… ¿Qué dice usted…?

– Verá, al decir natural, lo que quiero expresar es que se trata de un fenómeno inherente a la naturaleza humana. Y ha de ser así, ya que ha ocurrido en todos los tiempos, estamentos, gobiernos, países y circunstancias.

Será así, efectivamente, pero a mi modo de ver no hay derecho a que cada poco tiempo nos encontremos con algún desvergonzado de estos, a los que los jueces encuentran  culpables y los  meten en la cárcel…

– Que sí, que le doy a usted toda la razón, es inadmisible, siendo por lo general además, servidores públicos  que aprovechan esta  situación para cometer esas ilegalidades.

– Pero a lo que me refería  con eso de “natural” es simplemente como le digo, que ha ocurrido  siempre, por ser constitutivo de la naturaleza de algunos especímenes humanos, y que cuando se producen y descubren estos hechos, los aprovechan los adversarios políticos para desacreditar a los contrarios, y hacen bien, pero sin darse cuenta de aquello tan   verdadero y antiguo, pero tan real, que dice:

– En todas partes cuecen habas -.

Dirá usted lo que quiera, pero a mí me parece muy bien que se persiga a esos desaprensivos hasta sus últimas consecuencias.

– Sí señor, también a mí, pero me gustaría hacerle comprender que sin duda, antes como ahora y como siempre, la lealtad humana es un fruto más bien escaso, y se advierte de manera especial, en algunos titulares políticos.

Desde luego, eso sí que es verdad.

– Fíjese como será esto de cierto, que en mis estrecheces literarias y mis casi  absolutas carencias poéticas, sin embargo, tengo una afición  que consistente  en escribir  – Epigramas –  que son simples pensamientos al aire, sin calificación ninguna de poesía, y únicamente con alguna pequeña rima que les concede cierto matiz imaginativo y un pequeño soplo de erudición.  Y ocurre, que entre todos los que tengo escritos hay uno, que tiene por título: – Mi abuela – y que me gustaría que  conociera usted.

– Bien, pues veámoslo…

– Verá, dice así:

Lorenza  se llamaba, y por más señas era muy republicana.

De izquierdas, naturalmente, pero sin odio y muy buena persona.

Podríamos reseñarla con una mente, auténticamente sana.

Y siempre decía lo mismo

No se cansaba de repetirlo

No se trata tanto, de intentar hacer el bien.

Lo importante en política

Es el saber siempre, con quien.

Oiga, pues me gusta, y además tenía mucha razón su abuela, imagínese por ejemplo, el importante beneficio y lo maravillosamente bien que le vendría este consejo a una persona de mi más alta consideración como es Doña Esperanza Aguirre, sin ir más lejos…

– Por ese lado, efectivamente, y hasta  incluso por el otro, a un personaje al que también  distingo mucho yo  por su trayectoria de dignidad política, y tengo en gran estimación como es  a: Don José Luis Corcuera Cuesta.

– También, sí señor, tiene usted razón.

– Pues eso, que no hay duda ninguna de que lo importante en muchas circunstancias de la vida es,  el “saber con quién” pero en política, siempre.

– Pero claro, advierta usted que según esto, es muy difícil  – delegar –

– Efectivamente, muy difícil, y hasta peligroso, sobre todo sin  – vigilar –

– Y esto me lleva, casi sin querer, a referirle unos acontecimientos históricos muy curiosos que muestran de manera clara, como unos comportamientos humanos difícilmente explicables, derivados de la falta de escrúpulos y de manifiestas deslealtades en personajes públicos, puedan derivar en  situaciones  que lleguen incluso a  modificar el curso de la historia.

– Es muy general, lo que le quiero contar, muchas palabras, un poco liosas y hasta en algunos momentos intricadas en su relato, aunque muy simples en el fondo, que  ponen de manifiesto solo y exclusivamente, lo que han sido siempre y siguen siendo – las pasiones humanas –.  Pero,  lo que puede ocurrir, es como tal hecho histórico importe poco o incluso, absolutamente nada, a nadie.

Entonces, ¿Para que nos la quiere usted contar?

– Pues se trata solo, de encontrar un posible interés en ello, por un doble motivo, por un lado, ya que se trata de una de las primeras flagrantes inmoralidades de que se tiene noticia comprobada históricamente.

Por otro,  que algunas veces incluso aunque desde fuera nos lo parezca, en el trasfondo de estas situaciones no existe siempre un motivo estrictamente económico. Se trata a menudo también, de la manifestación de otras “pasiones” humanas que siempre son impulsos emocionales  incontrolados… soberbia, lujuria, envidia, y algunos otros.

– ¿Solamente por eso?

– Pues sí, y no le parezca poco, y además también, puesto que parece que nunca han ocurrido casos similares a los que ahora nos llaman tanto la atención de golfos sin escrúpulos, de granujas y de ladrones, en una palabra, de gentes sin conciencia que parece que solo existen en la actualidad, pero que en realidad, han existido en todas la épocas.

– Tiene usted razón, desde luego  es evidente que a lo largo de nuestra vida, todos estamos en contacto con la deslealtad, con el robo, con la vanidad y con toda clase de bajezas humanas.

– En este caso, la razón para escribir sobre esta,  tal vez sea,  su representatividad, y que su posible atractivo provenga solamente, de los personajes del momento y de la gran repercusión que causó en aquellos ya lejanos tiempos.

– Parece de razón, que el hecho de intentar hablar en este momento, de falsedades y bajezas, de procesos y sentencias, y hasta de malversaciones, y delitos, y lo que es peor, en este caso hasta de crímenes, es claramente absurdo, teniendo en cuenta que además, estos a los que me  voy a referir se dieron hace más de quinientos años.

– Son tantos, y tan actuales los que ahora se están produciendo, que parece anacrónico y hasta pueril, prestar atención a unos, acaecidos hace tanto tiempo.

Y, ¿considera usted, que solo por eso pueda despertar ahora algún atractivo  conocer aquellos hechos?

– Pues la verdad es que no lo sé, aunque desde luego, como digo por las características de los personajes que intervienen en el relato, y sobre todo por sus personalidades, con aquellas altezas sociales y bajezas morales, con  sus faltas absolutas de lealtad, y con el afloramiento de las más detestables pasiones que asoman en ellos, podría parecer su  narración fruto de la mente delirante de cualquier novelista, en lugar de lo que fue, una verdad histórica inconmovible.

Hombre pues así como lo presenta, puede tener algún interés la narración y hasta el personaje que hoy nos trae usted a este íntimo y apartado rincón, como dice siempre.

Así que, considero que puede usted probar…

– Pues voy a intentarlo.

– En épocas antiguas, existían algunas piezas literarias en las que se hacía mención de todos los  personajes, al comienzo del relato.

– Me valdré ahora de esta rebuscada licencia.

– El primero, y solamente por ser el protagonista del cuento: Antonio Pérez.

– Desde luego, no por conocimiento actual, ni merecimientos morales.

Por supuesto, habiendo vivido hace tantos años y con ese nombre tan vulgar, estoy seguro, que de no ser una persona entendida en asuntos históricos puede resultar para muchos ahora, un auténtico desconocido. Pero pronto, cuando lo situemos en su momento, va a resultar identificado por todos.

– Sí,  era efectivamente el Secretario Personal de uno de nuestros más destacados reyes de todos los tiempos.  – Felipe II –

– Hombre de talento este Antonio Pérez,  culto, refinado, instruido en las mejores Universidades del momento, de carácter afable, buen negociador, gran conversador y amigo de todos.  Un hombre de dotes sociales verdaderamente singulares, pero sobre todo  y por encima de cualquier otra distinción,  un auténtico sinvergüenza.

– Uno de esos sombríos y deleznables seres humanos de no muy esclarecido origen, a los que sus dotes personales de amable locuacidad, exquisita cortesía, viciado ingenio y decidido atrevimiento, apartando naturalmente, las desconocidas y borrosas ayudas que le proporciona su oculto pasado, les llevan a conseguir destacadas ocupaciones en cargos públicos, con importantes responsabilidades. Incluso como en este caso llegar a ser nada menos que – Secretario de Estado –

– Distinguido pero malicioso, elegante y sagaz, encantador y astuto, afable y apacible, pero falso y engañoso, condiciones todas que le convierten en un verdadero político, con lo que consigue la total confianza del Rey.

– Y este, que como ocurre siempre  – DELEGA Y NO VIGILA -.

 – Es verdad, desde luego parece una constante en todos los tiempos…

– El siguiente personaje, que habría de ser el primero por categoría,  el propio Rey, nuestro tercer Austria.

– El más grande de todos los conocidos reyes españoles. Llamado por la  Historia: el Prudente.

– Un gran tímido, atareado e infatigable administrador del Imperio más grande conocido, en cuyos territorios era verdad que  no se ponía el sol.

– La mayor y más grande autoridad reconocida a través de los tiempos.

– Una personalidad muy complicada, producto de sus propios conflictos, y también de sus tragedias.  En lo íntimo y personal, debido a  sus innegables, aunque posiblemente infundados recelos y sospechas de su hermano bastardo, Don Juan de Austria, por un lado, y el invariable y continuo infortunio en sus relaciones personales, hasta en sus matrimonios.  Aunque sobre todos ellos, la inmensa desventura, posiblemente una de las mayores que pueda conocer un ser humano, de tener que incapacitar personalmente y encarcelar a su único hijo,  en esos momentos  además, heredero de sus reinos.

Desde luego ha de ser terrible, como dice usted… tener que tomar una determinación de esa naturaleza, y precisamente en la persona de su primogénito y sucesor…

– Pues sí, la hubo de tomar dados los condicionantes y por ello no es de extrañar que eso, unido al infortunio que supone el fallecimiento de sus esposas, lo conviertan desde el joven alegre y hasta disipado que encontramos en el Palacio de Saldañuela en la localidad burgalesa de Sarracín con la agradable compañía de Doña Isabel de Osorio, de la que cuentan las crónicas que estaba perdidamente enamorado.  Para convertirse en el personaje taciturno al que vemos recluido en su particular monasterio de El Escorial, donde terminó su existencia, según nos relata tan magníficamente, Don Gregorio Marañón.

– Y en lo universal y global tanto,  como que,  si el  – poder –  en su esencia, origina y hasta provoca enemigos… ¿cuántos no tendría él?  Siendo como era hijo  y digno continuador del hombre más poderoso de la Tierra, nada más y nada menos que de Carlos, el Emperador.

– El tercer personaje, no podía ser más que una mujer… y que mujer; parecía natural que apareciera, al semejarse esta historia a un vodevil teatral.  Aunque desafortunadamente no lo es, sino una tragedia, por su final.

– Se trata de Doña Ana Mendoza de la Cerda.

La verdad nombrada solamente así…

– Efectivamente puede decir poco a los no versados, pero  si le ponemos el titulo, que por casamiento le corresponde, parece que ya es otra cosa. Se trata de: – La Princesa de Éboli

Claro, sí señor, pues ya ve usted ahora así como lo cuenta, al menos a mí, pues sí me despierta cierto interés… Siga, siga…

– La verdad es que, rotundamente quien lo cuenta bien, es Don Gregorio Marañón en la que posiblemente sea una de sus obras más emblemáticas, en un  libro con este  simple título: Antonio Pérez.

– Es una auténtica delicia su lectura, yo reconozco haber pasado gratísimos ratos en con él, pero es verdad que solo cuando conseguí perder el recelo que me ofrecía su volumen, con sus 1.107 páginas.

– En realidad es  la consecuencia del trabajo de su mujer y de él mismo en Francia, buscando documentos durante los años de su exilio,  en nuestra maldita guerra civil.

Ya, ya , pero hombre, le he dicho a usted que siga, no que se desvíe…

– Perdón por el inciso, es que a Don Gregorio, no lo puedo remediar pero le tengo un especial afecto. En realidad, lo considero una excepción en  este País, siempre me ha parecido junto con Don José Ortega y Gasset  verdaderos  portadores de ideas nobles en política.

– Pero sigo, discúlpeme.  A esta buena señora, a la que estábamos refiriéndonos, en el libro aludido, la llama Don Gregorio: – la mujer fatal –  por algo será…

– La tal Doña Ana, – La tuerta – para más señas, que en realidad no sabemos si lo era, o bizca, que parece lo más probable, y que para disimular el defecto portaba continuadamente un parche en el ojo,  era un auténtico dechado de indefinibles costumbres, pero ninguna inocente. Casada con otro personaje muy importante en la historia, Don Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, un buen hombre de altísima alcurnia, que se había criado junto al Rey Felipe en Portugal y que era su verdadero y fiel amigo.

– Cierto que él no es importante en nuestro relato, pero hasta cierto punto, más tarde podréis ver el por que, puesto que los auténticos desmanes y felonías de todo tipo, que se conocen de su esposa, son precisamente en su viudez.

– Las reseñas que tenemos de ella, nos la presentan físicamente, como de una gran belleza incluso con ese pegote en el ojo, que al decir de algunos cronistas era como un sutil aderezo en su acicalamiento y hasta un original atavío más que realzaba sus naturales encantos.

– Bien es cierto, que fue casada a  muy temprana edad 12 o tal vez 13 años y que su marido, Ruy Gómez, el caballero portugués amigo y favorito del Rey, que permaneció acompañándolo algunos años durante su estancia en Inglaterra, y no fue hasta su vuelta con sus  19 o 20 años cumplidos  cuando la desposó.

– También cierto, que nada conocemos de su etapa de casada, tal vez pueda ser solo por el hecho de que las picardías, desafueros y otras deslealtades, hubieran de ser, al tratarse de personajes de mayor altura,  más secretas y reservadas que las que conocemos durante su viudez…porque, ¡válgame el Cielo! de su viudez, lo que conocemos…

¿Lo dice usted, porque esta señora parece  que era?… digamos… “ligera”

– Pues parece que sí,  y  bastante, pero fíjese que  parece eso ahora,  casi lo menos importante…

– Ya que tenga usted en cuenta, que por encima de todo, estamos hablando de una personalidad insólita y en el seno de una sociedad con unos planteamientos que ahora nos resultan, afortunadamente, difíciles de entender.

– Sobre todo, y para conocer un poco aquellas mentalidades de entonces, se trata ante todo de una  -“grande”- de España, que pensando con nuestras mentes actuales podríamos equipararla con lo que ahora podemos considerar  como una de nuestras actuales mujeres famosas, importantes, o  incluso destacadas, pero que no tienen nada que ver con las de aquellos tiempos.

– En primer lugar, puesto que en la sociedad actual, existen docenas y hasta cientos de afamadas, célebres y hasta ilustres personalidades femeninas, y que por supuesto no por ello ninguna tiene aquel acatamiento reverencial, ni sumisión y tolerancia social del que disfrutaban las personas importantes de aquellos lejanos tiempos. Y en segundo lugar, que estamos hablando de un personaje con unas características personales muy particulares en lo referente a vanidad, engreimiento, altivez y hasta soberbia.

– ¿Quién dice que el verbo “despendolarse” sea actual?  Nada de eso, podemos asegurar que en aquellos tiempos, posiblemente de otra manera y bajo formas distintas de entenderlo, pero ocurría lo mismo.

– Para su comprobación, veamos lo que se conoce de este espécimen de señora,  solo para que comprendamos cuánto hay de cierto en aquella aseveración de que no siempre intervienen exclusivamente  en estos asuntos de corrupción motivos económicos.

– Pues parece que ahora recientemente, está muy en “boga” esta dama.

– Naturalmente, como que ahora y sin saber la causa, nos ha dado por una bochornosa “moda” de enorgullecernos de todas nuestras  adversidades, y desventuras cualquiera que sean. Es por ello que espero con impaciencia los festejos organizados en los días del “Orgullo diabético” o el “Orgullo miope”, sin entender que en ningún momento merezcan “orgullo” cualquiera de ellas. Y hasta que  las que se festejan en la actualidad del orgullo de ser homosexual, que por supuesto desde mi punto de vista, a las  personas a las que les ocurre han de tener siempre,  nuestro respeto, y hasta cuando lo merezcan nuestro cariño.

– Aunque, claro… “vanagloriarnos”  de ello…ya…

-Y ocurre esto, por lo de siempre: pura, simple y triste incultura, ya que   los mismos que lo celebran, lo aplauden o incluso lo entienden, seguramente no han leído absolutamente nada sobre epigenética.

 -Pero hombre no se pierda usted con esto de los homosexuales…

-Tiene razón, perdone, porque además en esta historia no aparece ninguno, cosa curiosa, parece que no había tantos entonces…

– Pero, para que nadie piense que  exista por mi parte hacia  esta señora animosidad por sus desleales e indecorosos comportamientos, y que mis juicios puedan no ser imparciales, transcribo literalmente algunas opiniones de autores, como por ejemplo Gaspar Muro: historiador y académico que en su obra sobre ella, le dedica comentarios que tienen carácter definitorio.

“Se trata de uno de los ejemplos más notables e interesantes de la inconstancia en los favores de la fortuna” –

“En la viudez, empañó su esplendor convertida en intrigante cortesana”-

…sigue la inclinación que tuvo toda su vida a tener poca quietud: yo creo que el verdadero juicio es creer que realmente lo tiene -.

…su marido cubrió mil faltas de ella, de furiosa y terrible mujer orgullosa y loca -.

La Providencia quiso que se rompiese toda comunicación entre la pura y casta virgen de Ávila y la viuda de Ruy Gómez, antes que esta se lanzase en el camino de perdición que escandalizó a la Corte y obligó a ponerla presa

– Desde luego… más claro.

– Y por último y para terminar la lista, otro personaje necesario para completar el argumento de la narración, la víctima.  Don Juan de Escobedo.

– Secretario personal de Don Juan de Austria, familiar de la Princesa de Éboli y hombre de confianza de su esposo, que es colocado precisamente en ese puesto por Antonio López, bajo las indicaciones del Rey,  para vigilar de cerca la conducta del ya conocido hermano  bastardo del monarca, Don Juan de Austria.  Por cierto este: alto, guapo, valiente, vencedor de las Alpujarras, y sobre todo,  figura estelar nada menos, que en Lepanto.

– Desde luego, en una palabra,  todo un personaje.

– Que precisamente en estos momentos se encuentra como Gobernador de los Países Bajos, es decir en Flandes, y que pretende conseguir fondos suficientes, como para que, llegando a determinados acuerdos de paz con los rebeldes flamencos, (para entendernos, los belgas) utilizar nuestros infalibles tercios militares en la hasta, posiblemente desacertada idea de invadir Inglaterra para destronar a Isabel I, y rescatando a María Estuardo, conseguir implantar nuevamente el catolicismo en aquel País.

– Pero resulta que a nuestro Felipe II, por el contrario este: más bajito, no tan guapo, menos valiente, pero algo más juicioso, le asusta tanta grandeza. Presumiblemente por si sale mal, pero también ante la sospecha de que pueda salir bien, con lo cual la figura del bastardo pudiera desbocarse,  y atendiendo a estas razones, no le provee de los fondos necesarios.

– Y ocurre, que nuestro buen Escobedo, su fiel secretario, es el encargado de venir a España a requerir del Rey los fondos para la aventura.  Y a este buen Escobedo, que aunque  había  sido puesto como sabemos,  junto a Don Juan de Austria para tenerle vigilado, parece ser, que el papel de agente camuflado no le ha resultado demasiado atrayente, y cautivado por las características personales  de su superior se ha hecho su más ferviente defensor, y cuando llega aquí a España, pues resulta que  lo descubre “todo”.

– Oiga, ¿ y que era  “todo”?

– Esa es precisamente una de las grandes diferencias de los escándalos de entonces  con los actuales.  Ahora, las indignidades están mucho más compartimentadas. Posiblemente el “todo” siga siendo el mismo, pero el hecho cierto es que se juzga en general, de distinta manera.

-Verá:

– Está muy devaluado ahora lo del fornicio,  creo que con bastante razón, posiblemente, porque  el sexto mandamiento también se ha rebajado bastante.  Prácticamente, en la actualidad ha quedado, como dicen en la Justicia – de menor cuantía -.

Pero claro, entonces no. ¿Verdad?

– Efectivamente, así que imaginemos el panorama: Antonio Pérez y la Princesa “enrollados”, como se dice ahora…

– Escobedo que lo descubre, y amenaza con contárselo al Rey.

– De la  “pareja”,  ¿Qué podemos decir?   Él, casado con Doña Juana Coello y desempeñando un muy alto puesto como Secretario del Rey que naturalmente puede peligrar si se descubren las deliberadas concupiscencias personales  que ahora denominaríamos  simplemente y sin mayor significado una “aventura”.   Ella incluso con diez hijos, pero con tanto orgullo como él, o incluso más, y además, a lo que parece, sin que a esas alturas la castidad sea su más apreciada virtud. Contando con que también en lo político se conocen las deliberadas maquinaciones y turbias maniobras llevadas a efecto contra la Corona, partiendo naturalmente de las informaciones conseguidas por vía de Antonio Pérez.

– Este binomio de indecentes  personalidades,  llegan a un acuerdo,  y aquí es donde por supuesto radica el auténtico quid de la historia…

– Con, o sin la aquiescencia del Rey -,  mandan matar al buen Escobedo.

– Como puede usted observar, hasta ahora casi no hemos hablado de corrupción económica alguna… he aquí la diferencia con las deslealtades actuales, que absolutamente todas tienen a la vista trasfondos dinerarios.

Mire usted, no estoy seguro, pero parece que en eso hemos ganado ¿verdad?

– Todo lo demás casi no tiene interés contarlo.  Detenciones, procesos, juicios, encarcelamientos, en aquellos tiempos hasta tormentos físicos que entonces eran habituales, huidas precipitadas, y sobre todo escándalo, más incluso que ahora, y asombro ante la inmoralidad, simplemente lo que ahora llamamos “alarma social” a la que ahora estamos tan acostumbrados.

-Y Felipe II, el Rey, que toma medidas contra los dos.

– A ella, en un principio se la manda encarcelar en la localidad de Pinto, cercana  a Madrid en una torre que actualmente se conserva.

– Pasando posteriormente al Castillo de San Torcaz, o de Torremocha, del que también había sido huésped muchos años antes,  el Cardenal Cisneros.   Y por último internada en uno de sus feudos,  Pastrana.

– Lo de él fue otra cosa, ya que también eran distintas las características del personaje: juicio, hasta tormento como era habitual para la revelación de los hechos, sentencia, seguida de reclusión, y hasta con huida de la cárcel incluida.

Así, que dice usted ¿que se escapó de la cárcel?

– Pues sí, ya le digo que era cualquier cosa menos tonto nuestro protagonista, y además lo hizo muy inteligentemente, refugiándose en su escapada en el Reino de Aragón, donde el Rey no tenía jurisdicción sobre los penados y cuando pudo huyó a Francia.

– Después de muchos años de destierro allí falleció, por supuesto no sin antes publicar toda serie de indignidades vilezas y desafueros sobre el Rey, en las que se basaron, como parecía natural, nuestros enemigos de siempre en los Países Bajos (léase, los belgas) para argumentar lo que ha sido desde entonces nuestra leyenda negra.

¡Qué barbaridad!  Parece el guión de una de esas series de televisión mejicanas.

– Efectivamente.  Y no le digo nada, si le añade usted algunos  pormenores y menudencias.

– El Rey descubre que en gran parte las sospechas con respecto a su hermanastro habían sido falsas, pero hábilmente apuntadas, dirigidas y alimentadas por el desleal secretario, y también que las infidelidades no paraban ahí.   Naturalmente pasaban, como siempre, por  tráfico de influencias, por supuesto, enriquecimiento indebido, malversación de caudales públicos,  etcétera, etcétera,…    ¡Vamos  para entendernos!,  ¿Cómo no?   los mismos cargos que pudieran hacérsele a cualquiera de los detenidos de ahora mismo…

– Y con relación a ella, incluso sin hacer caso de las sospechas de sus posibles amores adúlteros con el propio Rey, de los que tanto se murmuraba entonces, ya que su segundo hijo, era absolutamente rubio, entre los demás que eran muy morenos.  Y atendiendo a su comportamiento con nuestra Santa de Ávila, si, nuestra Santa Teresa,  a la que en principio pretendió humillar en relación a sus fundaciones, y de la que luego, como venganza consiguió el original de uno de sus libros para burlarse y ponerlo luego en manos de la Inquisición. Y  así mismo por las maquinaciones contra la Corona, aunque menos naturalmente,  por sus amores con Antonio Pérez, ya que en ese momento era viuda. Son parece, suficientes argumentos como para considerarla un execrable personaje.

Mire, pues le aseguro que actualmente está muy reivindicada su figura

– Ni qué decir, que actualmente disfrutamos de  personas que a estas particularidades personales de  indecencia, deslealtad, procacidad, y cualquier otra bajeza, lo llaman ser: “liberal”  y hasta “progresista”, puesto que están convencidos de que el hecho de estar en contra de los principios naturales de autoridad, y simple decoro,  colocan a personajes como estos, más cercanos al liberalismo.

– Puede ser una visión personal respetable como otra cualquiera, pero es necesario para admitirla, exclusivamente el hecho de ser prácticamente analfabeto,  o al menos,  haber leído muy poco.

Pues oiga, créame si le digo, que de verdad, yo casi prefiero que en estas condiciones  no me llamen liberal.

– Ya, sin embargo puedo asegurarle que es de mucha actualidad.

Sabe lo que le digo, que a estos despreciables personajes a los que ahora alude usted  aquí  en función de sus tantos defectos, aunque algunos los consideren “liberales”. Pues créame si le digo que casi no merece la pena recordarlos…

– Ahora que lo pienso, sus palabras me descubren la auténtica realidad, y que tiene en eso toda la razón.

– Y además,  con ello me acaba usted de revelar una gran verdad, que hasta ahora me había pasado inadvertida.

– Efectivamente, ahora veo muy claro  que ha sido un error por mi parte, y me arrepiento de haber traído a esta tribuna algunos de estos personajes.

– Aunque en la actualidad efectivamente, se pretendan disfrazar sus conductas con matices progresistas, confundiendo, a mi modo de ver, libertad y respeto, con desobediencia y descaro.  Y hasta  temeridad con prudencia, y  por qué no, derechos con obligaciones.

– Entonces como ahora, y derivado todo de la más importante imperfección humana que es  la soberbia, que procediendo del egoísmo ensombrece conciencias, nubla procederes y termina por perturbar personalidades.

– Y como resulta que lo  siempre he pretendido, al mencionar a mis personajes en este íntimo y virtual rincón de vuestro mundo, es simplemente el hecho de no dejarlos morir del todo.

– Veo ahora que ha sido un error en este caso, querer recordar alguno.

 Pues sí, es verdad…

– Si podéis, perdonarme por ello.

– No volverá a ocurrir

 

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