Enrique IV de Castilla

Como un tonto puede llegar a tanto.

Las  decisiones de los necios, suelen tener poca importancia, normalmente son simplezas, pero si  quien las toma es un Rey, la cosa cambia…

Algunos reyes, llevan un sobrenombre añadido por el que son a veces incluso más conocidos que por el suyo propio: “el santo”, “el ceremonioso”, “el batallador”,  y hasta  “el hechizado”, en el caso de Carlos II. Hay muchos ejemplos y casi todos quieren manifestar alguna de sus  características, o  de sus  hechos  personales más manifiestos.

¡Aunque, mira que a este!… También es mala intención llamarle y que quede para la historia, como “el impotente”, son ganas de incordiar, por no decir algo más feo, señalando defectos.

Claro, pero parece hasta natural, querían aunque eso sí con bastante mala voluntad, resaltar para la posteridad lo más característico de este absoluto y hasta verdadero idiota.

¡Hombre! por favor… cuida un poco el léxico…

Bueno, es verdad, vale, ¡perdón!, pero es que llevo intentando buscarle un calificativo a este estúpido, y no encontraba ninguno que le cuadrara mejor.

Ahora veréis porqué, y hasta es posible que cuando lo leáis todo, me deis la razón.

He leído sobre él creo, bastante más que sobre cualquier otro personaje y así como en otras ocasiones cuando estudias una figura obtienes distintos punto de vista, en éste parece unánime el criterio, prácticamente todos piensan que era un completo imbécil, cuando no, los menos indulgentes lo consideran un malvado miserable.

Las posibles diferencias que se pueden encontrar estriban solo en que la mayoría no sabían a que achacar sus excentricidades, sus depravaciones y hasta sus perversidades; hasta que llegó Marañón y lo aclaró: era a causa de una  enfermedad.

Bien.

Pero vamos, más que nada para que vayáis teniendo una mínima idea de quien fue este “pobre hombre”, y prefiero ahora ya adjetivarlo así, puesto que el criterio que nos proporciona el Doctor Marañón, naturalmente es del que va a depender con mucho, el juicio que podamos tener de este confuso y extravagante personaje.

 

Era, sí, un Trastamara, efectivamente, la dinastía o familia como queráis llamarlo que gobernó en varios reinos hispanos: Castilla, Aragón, Navarra, y Nápoles, en distintos momentos, y hasta fuera de nuestras fronteras ya que una de sus últimas ramas, hasta llegó a hacerlo nada menos que en la mismísima Inglaterra, con la quinta hija de los Católicos, efectivamente Catalina.

Tratemos de entender, aunque someramente, algo de  esto de los Trastamara, que yo particularmente no lo he tenido nunca muy claro.

En Castilla comenzó la dinastía: con Enrique II, cuando después de ganarle una guerra que es  – la primera guerra civil –  en territorio hispano; mató a su hermanastro Pedro I, llamado el “cruel” por sus detractores, y el  “justo” por sus partidarios.

¿Pero cómo?, que un sujeto, hijo bastardo del Rey pretende arrebatarle la corona a su hermanastro, que es Rey y está reinando por derecho propio,  y para ello lo mata.

Pues, sí, efectivamente, fue así.

¡Qué barbaridad! empezamos bien, desde luego, estas cosas de la monarquía…

Los dos eran hijos del mismo padre, Alfonso XI, que reinó en Castilla desde 1331 a 1350.

Pero lo que son las cosas, bueno más bien lo que eran entonces,  a este Alfonso XI, padre efectivamente de los dos,  al que llamaban el “justiciero”  y al que le debemos agradecerle el hecho de que les ganó a los moros la célebre batalla del Salado, que con seguridad fue la que determinó la última fase de nuestra reconquista, y que tuvo lugar en las inmediaciones de Tarifa, consiguiendo con ella  que el dominio musulmán quedara reducido simplemente al llamado Reino de Granada, y que con su conquista años más tarde por los Católicos culminarían la liberación musulmana de nuestros territorios.

Bueno, pues este buen hombre, Alfonso onceno, como lo llamaban entonces, que por cierto, fue el único rey de Europa, que se sepa, muerto de peste, estaba casado con una prima suya, María de Portugal con la que tuvo un hijo varón el Rey Pedro I al que se llamaba “el cruel”.  Hasta ahí todo bien, pero el caso es que después, – eran cosas de los tiempos,-  se enamoró locamente, de una señora llamada Leonor de Guzmán;  esto de locamente lo pongo yo, ¡vamos!  solo por el hecho de que con ella tuvo diez hijos.

Y uno de ellos, Enrique acabó matando a su hermanastro el Rey en una pelea cuerpo a cuerpo a la que llegaron después de una batalla junto al castillo de Montiel, en Ciudad Real.

Y ya sé, que alguien me va a decir que me salgo del tema, pero no me resisto a contaros que precisamente, fue en este lance de la lucha de los dos hermanos en el que uno, Pedro, cayó encima del otro, pero un espectador por más señas francés, llamado Beltrán Duguesclin ayudó a Enrique, para que consiguiera, dándose la vuelta, apuñalar a su hermano pronunciando al hacerlo aquella célebre frase de:

 – Ni quito ni pongo Rey, pero ayudo a mi señor –

Muerto Pedro, reinó efectivamente, Enrique II. El primero de los Trastamara

Y fue por el hecho de habérsele concedido por su padre, el título de Conde de Trastamara, que procedía de:  -tras- más allá,  -tamara- Rio Tambre, que se conocía desde la época romana como Tamaris, es decir,  del Noroeste de Galicia, por lo que se adoptó ese  como  nombre de la dinastía.

Que la componen en Castilla él, Enrique II. Su hijo Juan I, que intentó ser Rey de Portugal sin conseguirlo, su nieto, Enrique III, llamado “el doliente” afianzándose la dinastía Trastamara, y siendo nombrado Príncipe de Asturias, por primera vez.

Su bisnieto Juan II, y su tataranieto, Enrique IV, al que ahora queremos tratar de conocer.

Me doy cuenta de que son muchos nombres, nada, pasad por encima sin darles importancia, era solo por nombrar a los componentes de la familia…

Hasta aquí  que sepamos, todos estos Trastamara eran “blanditos” ¿será por lo de gallegos, lo mismo que lo que le ocurre a Rajoy?, pues no sé, pero el hecho es que casi todo el mundo, pero sobre todo la aristocracia, que en aquellos tiempos mandaba una barbaridad se les subían a las barbas.

A todos ellos.

Y ya, no digo nada a este último que ahora nos ocupa, Enrique IV, que nació en 1425, en la que se llamó siempre la Casa de las Aldabas hoy desaparecida, en la actual calle Teresa Gil de Valladolid;  en eso, este era el peor tal vez también influyera el que desde pequeño tuvo a cargo de su educación a Don Juan Pacheco, marqués de Villena, nombrado por el “favorito” de su padre Don Álvaro de Luna que así lo decidió, y que por si le faltaba algo al muchacho, resultaba que el “maestro” era homosexual.

Pero conozcamos en lo que de manera absoluta caracteriza a nuestro protagonista de hoy.

Si impotencia:

Claro está, que la impotencia para engendrar un hijo, puede suponer para un individuo, para una familia incluso para una pequeña colectividad, un grandísimo disgusto y hasta un infortunio, pero casi con seguridad no pasará de eso en  general;  sin embargo en un  caso como este al tratarse de un Reino, llegó a significar una guerra con todos sus efectos y resultados, tanto por la impotencia del Rey  en sí misma y también ¡claro está! por la forma de gestionar sus consecuencias,  llegando hasta a tomar la conflagración incluso caracteres de internacionalidad con la participación en ella de Portugal y Francia.

Recordando ahora, hace ya tantos años, aquellos informes que con  absoluta discreción, y en mi doble condición, por un lado de especialista en urología y por otra, de mi amistad con Don Bernardo Alonso, miembro destacado como defensor del vínculo en el Tribunal de la Rota, recuerdo que estudié a fondo el tema que sin entrar en disquisiciones muy técnicas, es el siguiente:

La impotencia masculina, aunque las consecuencias sean las mismas, puede ser de dos formas < coeundi> y  <generandi>.

La primera, es la imposibilidad para el coito. La absoluta falta de penetración del miembro masculino, por deficiencia de erección en la vagina femenina y por tanto, la dificultad de llegada del elemento fecundante al fondo de saco, donde se encuentra el cuello uterino en el que a su través han de penetrar dichos elementos fecundantes.

La segunda, es la falta de elementos generadores o deficiencias en ellos, es decir, en los  espermatozoides que porta el semen masculino, y que aun, con una penetración normal y su completa eyaculación, no contiene en cantidad o calidad, los elementos necesarios o suficientes para la concepción.

Pues bien, entremos ahora en las particularidades de este caso, que supuso, este sí,  una de las mayores desventuras que le pueden ocurrir a un pueblo.

Una guerra.

En 1436, cuando el Rey tiene 11 años, se acuerda su matrimonio con Blanca de Navarra, hija de Juan II de Navarra (¡ojo de Navarra!), se celebra el matrimonio pero como ordenan  las costumbres de la época, viven separados hasta cumplir la edad de 15 años.

Llegados a esta edad se celebra una misa de velaciones, después fiestas y hasta un torneo, y por supuesto a continuación una abundante cena en su Valladolid natal, y como mandaban los usos en la Castilla de entonces una vez concluido todo, se acompaña a los contrayentes a sus aposentos.

Al otro lado de la puerta esperan los notarios y servidores de palacio, con objeto de presenciar el momento, en que les sea entregada la sábana con manchas de sangre que dará fe del desfloramiento de la princesa.

Ahora nos sorprende, pero era lo acostumbrado.

Pero he aquí, que no ocurrió así.

Y con ello viene el primer episodio, que revelan los cronistas de la época y que dan motivo, a muy pocas interpretaciones:

  • La boda se hizo quedando la princesa tal cual nació, de lo que todos ovieron grande enojo –

Otro es todavía más categórico y dice:

  • Y durmieron en una cama y la princesa – quedó tan entera como venía –

Ciertamente, es bastante extraño el asunto desde el punto de vista institucional, pero parece no ser absolutamente insólito ya que eran bien conocidas en la corte, las características físicas y psíquicas del monarca.

Las definen unas y otras, sus propios cronistas.

  • Es alto de piel blanca, frente ancha de grandes miembros y mandíbula prominente y con dientes mal enfrentados, dándole apariencia leonina.
  • En su pubertad siempre estuvo entregado a abusos y deleites de los que hizo hábito, de donde vino la flaqueza de ánimo y disminución de su persona.

En una palabra, lo que ahora llamaríamos un yonki.

Lo que nos puede hacer meditar, si en los de ahora, toda la culpa es exclusivamente de la droga, que efectivamente es el veneno que los mata, o también es que existe una predisposición genética o educacional que les lleva irremediablemente a ello.

Quede simplemente esa reflexión en el aire, para que cada uno le dé la explicación personal que desee.

En estas circunstancias, su padre Juan II, (el de Castilla) ya de muy avanzada edad para entonces, se vuelve a casar con la hija del Rey de Portugal. Isabel. Sí, otra Isabel de Portugal, pero no la que acostumbramos a llamar así de siempre, es decir la que  años después se convertirá en la única esposa del Emperador, Carlos I de España y, V el Sacro Imperio.

La verdad es que con esto de los nombres tan comunes: Isabel, Fernando, Carlos, Juan, se pueden hacer unos importantes embrollos.

Pues bien, de este segundo matrimonio del padre de nuestro protagonista, van a nacer dos príncipes, la primera, Isabel, nueva Isabel pero esta sin confusiones, será la Reina Isabel la Católica, la única, la más insigne y una de las más egregias figuras que hemos tenido en política, por su inteligencia, trabajo, prudencia, honestidad, rectitud,  y sobre todo por su sentido de unidad nacional de todos los reinos, en fin un personaje para poner como modelo a los siglos; y el segundo, un varón el Príncipe  Alfonso.

Ambos, no digamos  –presos-  pero sí convenientemente recluidos por el Rey actual, su hermanastro, desde la muerte del padre de todos y acompañados de su segunda esposa, en el castillo de Arévalo.

Pero vamos a seguir poniendo nuestra atención en lo que fue la desordenada vida del personaje que hoy requiere nuestra atención.

La Iglesia entonces, ahora no lo sé, no admitía la anulación de un matrimonio con menos de tres años de convivencia en común. Y naturalmente hubo de esperarse ese tiempo.

Ni que decir que en este lapso se hicieron toda clase de tentativas para conseguir la posibilidad de concepción, y entre ellas las propias de la época: bebedizos, pócimas, brebajes de todo tipo, casi todos enviados por los embajadores en Italia, por entonces la autentica capital de todo lo erótico, y hasta una descrita por los cronistas que supone una auténtica exaltación del ingenio y también lo que podemos llamar ahora, el origen y comienzo de lo que actualmente conocemos como la concepción “in vitro”.  Fabricaron los médicos, en este caso judíos, una especie de cánula de oro, con la que pretendían introducir el semen del Rey a través de la vagina de la Reina.

Nada, no dio resultado.

Y a los tres años justos se declaró la nulidad temporal del matrimonio, y la causa que se esgrimió fue la de: impotencia absoluta del Rey, pero, ¡ojo! como consecuencia de un maleficio.

Eso sí, más tarde y con habilidades y legalismos, se intentó convertir lo de maléfico, en transitorio.

Bien es verdad, que en el trasfondo existían motivos políticos, ya que se deseaba a toda costa el acercamiento a Portugal, y así podía conseguirse.

Cuentan las crónicas que se emplearon toda clase de argumentos para que se autorizara el nuevo matrimonio, incluso se dio mucha importancia a lo de – transitorio,- en lo referente al maleficio, aduciendo también incluso en la petición al Pontífice, el testimonio de varios clérigos que presentaban declaraciones de varias prostitutas de Segovia, con quien se habían entrevistado, dando fe de que el Rey había, en ocasiones, tenido relaciones sexuales con ellas.

Se esperaba únicamente la autorización del Papa, para el nuevo matrimonio.

Y cuando se consiguió, casi de inmediato, lo casaron con Juana de Portugal, ya que así lo autorizaba el Pontífice.

Pero, había “letra pequeña” en la autorización, ya que siempre la Iglesia  suele afinar mucho en estos casos, se permitía el nuevo matrimonio, exclusivamente durante un tiempo determinado. La resolución papal decía expresamente, que podía celebrarse el nuevo matrimonio, pero que si en el plazo de tres años:

  • Que si no obiese hijo o hija, tornase a tomar por mujer a la Princesa Blanca –

Y naturalmente, se repitió la misma historia.

Rehaciéndose todo tipo de tentativas, ensayos y experimentos.

Y pasaron hasta siete años y todo seguía igual. Tampoco en este caso había descendencia…

Bien es cierto, que estos enredos que ahora incluso podríamos llamar chismes o murmuraciones, o casi cotilleos, entonces eran muy trascendentes y hasta cierto punto determinantes, por dos razones: una política, la sucesión, y otra tan humana, tan terrenal pero inevitable, como que todavía por entonces, no existía televisión,  y no se podía hablar más que de estas cosas.

Pero tendrían naturalmente una menor trascendencia en el desenvolvimiento de la política en general, si esta hubiera sido atendida de manera conveniente, pero  desafortunadamente, no era así.

Tengamos en cuenta que los veinte años del reinado de este pobre hombre, son contados, por el conjunto de los cronistas como los más desafortunados y calamitosos de todos los tiempos en la historia de Castilla, con levantamientos de ejércitos privados en todo el territorio, ya que la justicia la realizaba el más fuerte de entre los que formaban la aristocracia, puesto que no se respetaba autoridad alguna, más que la de la fuerza.

Quedan bien de manifiesto estos hechos, en su esencia, en este medio verso, de la época:

  • El Rey que solía mandar, es venido a ser mandado
  • Él que señoreava, quedó puesto en servidumbre
  • Al que todos se sojuzgaban, ya ninguno le obedese
  • Y él obedese a todos y en tanto grado es ajeno a quien hera,
  • Due ni se acuerda si fue Rey o si nascio para ello

Así que naturalmente, y esto es un criterio propio y particular, pensemos qué bueno, sí efectivamente, se puede ser impotente, pero no por ello es necesario que además, se sea un medroso e incapaz.

Un pueblo necesita siempre la mano firme, ni despótica, ni cruel, pero sí fuerte, de alguien que gobierne, no solo que administre, si no que mande…

Si alguno tenéis alguna duda sobre esto, observad el triste ejemplo que últimamente nos ha ofrecido  el Sr. Rajoy.

Refugiarse totalmente en las normas puede llevar a muchos a considerar a un gobernante como prudente, incluso a entender que con sus indecisiones maneja los tiempos de la contienda, pero nunca es así, ya que indefectiblemente, a un medroso lo que le sucede  es que cuando no le quedan salidas y reacciona, suele hacerlo de manera desproporcionada.

A nuestro protagonista, Enrique IV, no pensemos tampoco que los años le hicieron cambiar, lo describen sus contemporáneos, ya en su edad adulta, como huraño, descuidado en su apariencia, arisco, huidizo, siempre vestido a la manera musulmana, y en compañía de gentes innobles.

Nada tiene de extraño que encontrándose la Reina en Madrid, y ante la noticia de su posible embarazo se escriba por los cronistas:

  • Los grandes de Castilla tuvieron por sospecha la preñez de la Reyna, no porque della presumiesen cosa fea, sino temiendo que fuese ficción suya fingiendo que estaba preñada…

Y que naturalmente, cuando el 28 de febrero de 1462 nació una niña del matrimonio, fue natural que despertara toda clase de suspicacias y desconfianzas.

Hasta tal punto, que desde su nacimiento fue considerada fruto de la relación extraconyugal de la Reina con Beltrán de la Cueva, favorito del Rey, que había llevado de su mano todos los asuntos relacionados con el matrimonio, y a más, que era comentario general en la Corte, que   el propio Rey había incentivado el adulterio con objeto de tratar de silenciar las acusaciones de su impotencia.

La aristocracia, y también el clero, que por aquellos tiempos intervenía en política activamente,  estaban divididos en partidarios y detractores del Rey, las escaramuzas eran continuas; Castilla entera es un hervidero de luchas entre las diversas coaliciones, llegando a conminar al Rey, por la llamada    – Sentencia de Medina del Campo –  en Enero de  1465,  a que se someta a los dictados de un llamado Consejo Real, compuesto por 12 miembros, nobles, eclesiásticos y letrados a partes iguales.

Se resiste el Rey, lo rechaza y busca adeptos en todo el reino, crea en muchas ciudades asociaciones que son llamadas Hermandades, una de ellas en los territorios de Galicia llegará a ser años después tristemente conocida, como la Hermandad de los Irmandiños, llegando a protagonizar una de las mayores revueltas del siglo del campesinado contra los desmanes, injusticias y abusos de la aristocracia.

Cada vez más acorralado políticamente, frente a la nobleza y desprestigiado frente al pueblo, intenta todo tipo de estrategias, una de ellas casi inverosímil, tratando de encontrar un aliado en el Rey de Portugal, le ofrece a su propia hija la princesa Juana en matrimonio, pero resulta, que hasta la maniobra es rechazada por la escasa edad de la niña.

Los acontecimientos se precipitan y la llamada Liga de Nobles reunida en la ciudad de Burgos, redacta un Manifiesto que elevan al Rey en el que le demandan: primero que se de libertad a los Infantes Alfonso e Isabel, a los que consideran de hecho, prisioneros del monarca en Arévalo, e incluso temiendo por su seguridad se requiere que sean liberados.

Segundo, se niega que la princesa Juana tenga legitimidad para heredar el Trono, ya que la consideran hija de valido del Rey Don Beltrán de la Cueva.

Y tercero,  le ordenan para que cese en  los favores y prebendas a moros y judíos, puesto que consideran esto el motivo del quebranto económico del reino.

La respuesta no se hace esperar y reunido el Rey, con algunos de sus seguidores, al frente de los cuales esta naturalmente Don Beltrán de la Cueva el monarca reconoce a su hija Juana como legítima, y por tanto heredera del Trono de Castilla en el Castillo de la Mota.

La guerra parece inminente.

Sin embargo, en 1464, y en la ciudad de Alcalá de Henares, el Rey, en una más de sus indecisiones, se doblega a las exigencias de los nobles y admitiendo la ilegitimidad de su hija nombra heredero a su hermanastro Alfonso.

Es por muy poco tiempo, pero en él se da la circunstancia de que existen dos Reyes en Castilla.

Enrique y Alfonso,  este último, que la historia no ha reconocido como tal, sin duda, puesto que no llegó a ceñir la corona, mantuvo una segunda Corte en Arévalo y  hubiera podido ser nombrado  como Alfonso XII, y al no serlo, lo fue muchos  años después, tantos como 410, con este nombre el hijo de Isabel II en 1874.

Aún con ello, el malestar persiste, no hay gobierno, naturalmente persisten las indecisiones,  todo es un caos, y se llega con ello a uno de los episodios posiblemente más vergonzosos que se han dado en la historia de nuestra Monarquía, los hechos acontecidos y que se conocen como la – Farsa de Ávila.-

Se trata de un acto ignominioso en el cual, ante toda una multitud congregada en la Puerta del Alcázar de la ciudad de Ávila, se coloca sobre un cadalso un muñeco con todos los atributos reales y van subiendo diversos personajes del momento y lo van despojando, primero de la corona, del cetro después, y por último derribándolo de una patada al grito de: ¡A tierra puto¡

A continuación, se hace subir al Príncipe Alfonso y todos los nobles reunidos se acercan a besarle las manos, como Rey y Señor de estos reinos.

Existen gran número de enemigos del Rey pero tiene partidarios naturalmente, que le mandan refugiarse en el Alcázar de Madrid.

En 1467 se llegan a enfrentar dos ejércitos en una batalla, cerca de  la ciudad de Olmedo, en la cual hay efectivamente, gran número de bajas pero no un claro vencedor.

En otro orden de cosas, pensemos que como en cualquier otra disciplina, cuando se enfoca con mucha fuerza la atención sobre un personaje, quedan momentáneamente desenfocados algunos otros  de su derredor, y digo esto, para que nos paremos a pensar, aunque sea de pasada, en la segunda esposa de este deficiente, Juana de Portugal; avergonzada, conviviendo años y años junto a un, cuanto menos deleznable y cobarde, que deja que sea vejada e insultada en su dignidad y que ve además, con absoluta impotencia, como se priva de los derechos sucesorios a su hija,  que se la aleja de la Corte; en fin, no es de extrañar que años después desencantada de todo, tuviera algún romance del que derivó un parto de gemelos, ni tampoco que al final de sus días, en 1475,  su testamento lo firme como – La Triste Reyna –.

Y en esta situación ocurre un hecho funesto como es, que muere de manera inesperada el Príncipe Alfonso, en un lugar llamado Cardeñosa.

¿La causa? Se dijo que de peste, pero los médicos dicen que no, que no existe signo alguno de ello. Otros cronistas apuntan a que, en un viaje desde Arévalo camino de Ávila, se detuvo a descansar en este pueblo y le sirvieron truchas escabechadas, y a esta circunstancia se culpó de su muerte.

En ese momento, toda la nobleza fija su mirada sobre la Infanta Isabel; se propone al Rey que sea nombrada heredera y para ello  se reúnen en la localidad de Castronuño, y acuerdan un Tratado, que se firmará en el lugar de  Los Toros de Guisando, por el cual, el Rey  nombra a Isabel heredera del Trono, reservándose él la elección del que ha de ser su marido.

Parece que la paz, por fin, se siente cercana en Castilla.

Pero he aquí, que Isabel se casa de manera reservada con Fernando, el heredero del Reino de Aragón, primo suyo, y el Rey se siente agraviado y  anula los Pactos, nombrando nuevamente como heredera del trono, a su hija Juana.

Otra vez el negro manto de la guerra cubre Castilla.

Pero, cuentan las crónicas que por aquel tiempo, al Rey:

  • Le sobrevino un accidente de cámaras y vómitos con ocasión de las grandes frialdades que avia cobrado andando por el campo los meses de Octubre y Noviembre; apretóle tanto que se juzgó ser mortal.

Falleciendo el día once de Diciembre.

Y describen su triste final, tanto Don Gregorio Marañón como Don Luis Suarez, en su maravillosa obra sobre este personaje, de forma igual, siguiendo el original de Alfonso de Palencia:

   “Miserable y abyecto fue el funeral. El cadáver colocado sobre unas tablas viejas fue llevado sin la menos pompa al Monasterio de Santa María de El Paso a hombros de gente alquilada…

Recibiendo posteriormente sepultura en el Monasterio de Guadalupe, lugar fijado por él mismo.

Hasta aquí, la triste y casi trágica historia de este triste y deplorable dignatario.

Pero naturalmente, ni con su desaparición terminaron los problemas, al contrario.

Cierto que el matrimonio de Isabel y Fernando, que pasarían a ser, los tan nombrados “católicos” fueron reconocidos como soberanos por las Cortes en Madrigal en 1476, pero ahora, la guerra se establece con Portugal, que defiende sus derechos sucesorios y más, interviene también  Francia, el enemigo ancestral de Aragón.

Es la llamada Guerra Peninsular, o Castellana, o de Sucesión, pero es que ha habido tantas que resulta más práctico, para entenderse, nombrarla como Guerra de 1475 a 1479.

Se dirimió en el mar, y también en tierra.

En el mar, era Portugal más fuerte, se defendía aquí fundamentalmente también el tráfico con los territorios africanos nuevos y sus conocidas riquezas, dejémonos de simplezas, sobre todo los esclavos.

En tierra, sin embargo fue la Batalla de Toro, la que inclinó  la victoria del lado castellano.

Su final, el Tratado de Alcáçovas, que reconoce a Isabel y Fernando, como Reyes de Castilla y Aragón conjuntamente y a Portugal el dominio del Atlántico, exceptuando las Islas Canarias.

Ya conocemos, a grandes rasgos, lo que durante su vida, y hasta después de su muerte, supuso en este caso la adversidad, el defecto o incluso el infortunio de la impotencia de este personaje, así como las trágicas consecuencias que derivaron de su gestión.

Aunque resultaba que la auténtica verdad sobre este pobre hombre, la teníamos en la maravillosa descripción que hace en el estudio que le dedica, Don Gregorio Marañón, sin duda uno de los hombres más ilustres con los que hemos contado en la historia de este País; que aparte de ser una auténtica gloria en el campo médico, ya que ha sido el que puso los cimientos de la moderna endocrinología, es decir la ciencia que estudia las glándulas de secreción interna, cultivó otras ciencias tan diversas como la historia, la literatura y el pensamiento en general, a unos niveles de tal envergadura científica que admiran y traslucen lo que verdaderamente era, un auténtico sabio.

Y para que no quede ninguna duda al respecto, y haciendo justicia, hemos de constatar aquí que fue nombrado miembro de cinco, de la ocho Academias que existen en España y reconocido por las más importantes Universidades del mundo.

Por otra parte, fue un hombre muy de su tiempo, y muy comprometido con la situación política del momento en que le tocó vivir.

No, por Dios, de ninguna manera, no fue nunca un político.

Era un hombre honrado.

Pero con algunos intelectuales más, como Ortega, Machado y otros, apoyó la llegada de la Segunda República en España, el 14 de Abril de 1931, y cuando se dio cuenta de las consecuencias de dar rienda suelta a los peores instintos del ser humano, que era simplemente  en lo qué consistía la llegada de ese Régimen político y ardiendo ya en la práctica todas las iglesias y conventos de Madrid, y hasta viendo como se llevaban a efecto los crímenes políticos más abyectos, se plantó, y también,  juntos a sus mismos compañeros, realizaron aquel manifiesto que entonces se hizo célebre de:

 – Así, no –

Y de manera inmediata,  se exiló.

Ni que decir, claro está, que  como no tenía nada de qué arrepentirse, en el año 1942, después de nuestra guerra civil, en pleno franquismo,  volvió a España iniciando posiblemente la etapa más fructífera de su vida, tanto profesional y universitaria como científica y literaria.

De hecho, cuando hablo de él, no puedo remediar mi nostalgia al recordarlo.

Sí, efectivamente, lo conocí, asistí a varias de sus  conferencias magistrales, y recuerdo, aun con emoción también su entierro, en el año 1960,  ya por aquellas fechas estudiaba yo medicina.

Era entonces, y sigue siéndolo ahora, tanta mi admiración por este hombre que no puedo por menos, que en mi inmensa humildad, pero en el deseo de ofrecerle este mínimo, pero respetuosos homenaje, voy a trascribiros un párrafo que escribió definiendo lo que es, un hombre liberal;  él, naturalmente  lo era, y así lo definía:

– Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que al contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por lo tanto, es mucho más que una política. (Prólogo de su libro Ensayos liberales,1946).

Bien, pues van a tener razón los que dicen que no me ciño absolutamente en mis escritos al personaje que trato. Pero es que resulta que como decía, fue precisamente, Don Gregorio el que, oscurece y hasta casi, eclipsa a muchos historiadores, publicando su estudio sobre Enrique IV, que es un modelo de erudición y conocimiento.

Y hasta para culminar su obra, llega a participar personalmente en la exhumación del cadáver de aquel  Rey, el 19 de Octubre de 1946, en el Real Monasterio de Guadalupe, junto a otro académico, Don Manuel Gómez Moreno y algunos de los frailes del Monasterio, los padres Julio Elorza, Claudio López y Enrique Escribano. Y después de tomadas las medidas antropométricas del los restos, se elevó la correspondiente Acta Oficial para la Real Academia de la Historia.

El estudio, está publicado, si podéis, tratar de leerlo, yo tengo la edición de Espasa Calpe del año 1953, y es un verdadero encanto, tanto en lo que se refiere tanto a la minuciosidad con que describe los hechos, como por el respeto con que lo hace y la maravillosa erudición con que lo desarrolla.

El hecho concreto consiste en que la figura de este monarca, que durante años y años, ha sido tan analizada, criticada y hasta condenada, que si yo ahora pudiera ser capaz, de aunque muy extractado y resumido, de  daros una idea de lo que dice el Doctor Marañón en su estudio, estaríais mucho más cerca de conocer las más importantes características de Enrique IV.

Pues mira, voy a intentarlo.

Comienza el trabajo argumentando que los médicos no tenemos derecho a elegir a nuestros pacientes y menos, cuando estos no sabemos si nos darían su confianza para ello, ya que además puede tratarse de un abuso de superioridad que nos tomamos exclusivamente por nuestra condición de seres vivos, al realizarlo sobre personas de las que nos separa el abismo de la eternidad.

Advierte, así mismo, sobre las diferencias que existen entre la llamaba verdad histórica, que puede ser y de hecho lo es, deformada por varios motivos que pueden ser de simpatía, acercamiento político, de familia y hasta de intereses, y la verdad biológica, que es mucho más dificultosa de alterar.

En el caso de este personaje, – Enrique IV de Castilla,- entiende, que como en algunos otros, pero en este de manera más importante, ha sido la enfermedad la que ha marcado las características de la personalidad y también de su conducta de manera tan perturbadora.

 

Dibuja la figura desde su juventud como la de un muchacho sin voluntad propia, que desde muy joven y en esto coinciden todos los historiadores, ya que incluso en una descripción que hace de él, tomada de cronistas de la  época dice:

Enrique desde pequeño, se presenta como un niño enfermizo, poco comunicativo y dado a largos periodos de melancolía.

Pero inmediatamente plantea una incógnita, que va a ser el punto sobre el que van a girar todos los criterios y que van a dar lugar a un gran enigma histórico, y lo plantea así:

¿Fue don Enrique, un incapaz, un impotente como reza la etiqueta con que ha sido archivado en la Historia, o un pobre hombre calumniado por los adversarios victoriosos que, a favor del éxito, que todo lo autoriza y lo sanciona, han hecho perdurable la fábula de su impotencia?

Cita, a un número grande de autores que son partidarios de  condenarle por lo que son considerados como sus defectos personales, y a otros que lo estiman exclusivamente victima de sus enemigos, y expresa que la intención de su estudio no es otra que la de acercarse a un criterio lo más justo posible y para ello:

 Comenzaremos por reconstruir la vida patológica de Enrique IV, y de ella deduciremos después las conclusiones que puedan tener un interés histórico.

En lo referente a su primer matrimonio con Blanca de Navarra, es muy claro en sus afirmaciones, y el hecho de que pudiera demostrarse que tuviese o no relaciones extraconyugales, lo que por otra parte no puede rechazarse, es el hecho indudable de que en  su unión con ella, no se consumó el matrimonio, y dice:

Atestiguándolo así la sentencia de –dos dueñas honestas-, matronas casadas, expertas “in opere nuptiale”, que bajo juramento, declararon después de explorar a la Princesa que estaba “virgen incorrupta, como había nacido”. Y así volvió la desgraciada Princesa a sus tierras de Navarra.

En cuanto a su segundo matrimonio, y en este caso es el importante ya que durante él va a venir al mundo la hija de la Reina, que en teoría ha de ser la legítima sucesora, o no, del Reino; Marañón alega dos argumentos, pero de orden psíquico: por un lado, la absoluta falta de interés así como desgana, apatía y displicencia en los días previos, y en el mismo día de su boda, y por otro, el desdén y mansedumbre que muestra en la lectura de la carta que le remiten los nobles manifestándole que consideran a su hija como bastarda y sin derechos por tanto a su sucesión. Y lo plasma así:

Todos los de su Real Consejo así como sus amigos servidores y criados como los que seguían su partido fueron no solamente maravillados, más tristes y muy descontentos, viendo cuan tibiamente y con cuanta flojedad se enteraba el “pacífico” marido de esta misiva injuriosa, que califican de desvergüenza y maldad.

El estudio, sigue aclarándonos los detalles de su morfología externa,  y de ello nos apunta que:

Por lo que se refiere a la sexualidad en los hombres como don Enrique de tendencia eunucoide y acromegálica y de formas desmesuradas son extremadamente propensos a padecer perturbaciones profundas del instinto, con diversos grados de impotencia y distintas aberraciones que pueden culminar en la homosexualidad.

Y por último concluye con un diagnóstico magistral:

Puede decirse, a modo de conclusión, que Don Enrique IV de Castilla fue un displásico eunucoide con reacción acromegálica y con netos rasgos esquizoides.

Cuando afirmo que es este Enrique IV, uno de los personajes sobre el que más me he querido documentar, podéis creerme, tengo en mi biblioteca exactamente doce historias de España, algunas muy voluminosas, y puedo decir, que la mayoría las he consultado para tratar de entender comparando, y de esta forma poder enjuiciarlo con el patrón general derivado de lo que piensan los diversos autores de ellas.

Aunque con mi mejor voluntad, he de admitir que de las mejores definiciones de entre las muchas que he leído sobre este Rey, y que lo define con justicia es la del jesuita gallego Padre Pedro de Rivadeneira en su tratado del Príncipe Cristiano, que dice:

“Lo mismo sucedió al rey don Enrique el Cuarto, que por haber favorecido demasiado a algunos hombres bajos y de poca sustancia, dio, entre otras causas, ocasión a las turbaciones y calamidades que en su tiempo padecieron estos reinos.”

Y par finalizar, curiosamente, he sacado dos conclusiones: una, que con ligerísimas variantes están todos de acuerdo en lo referente al personaje, y desde luego creo que no es intrascendente, y es efectivamente, que cuando un anormal toma decisiones, el asunto puede ser importante por sus posibles consecuencias; pero no hace falta insistir en que si es un Rey quien las toma, sobre todo de aquella época,  los efectos asustan, como en este caso.

Y no solo eso, es que pueden hasta producir consecuencias como aquí, sangrientas.

Otra de las consecuencias que he sacado es, que efectivamente, buscando en Internet, hubiera tardado la cuarta parte del tiempo, y posiblemente hubiera llegado a las mismas conclusiones, o incluso mayores y mejores.

Hay que descubrirse ante este moderno medio informático, que es verdaderamente otro mundo, mucho más rápido e incomparablemente mejor, de acuerdo;  pero aún así y reconociéndolo, es cierto que yo seguiré ya durante toda mi vida siendo un devoto y entusiasta de los libros en general, y de los míos en particular. Aunque  desde luego, la persona que no reconozca la superioridad y preponderancia de las nuevas técnicas, está loco, o es que es tonto, lo cual es mucho peor.

No volveré a desdeñar la ayuda de los medios informáticos nunca, aún siendo consciente de su impersonalidad, pero dada mi edad, y el hecho de  pertenecer posiblemente, a la última generación con la posibilidad de ello, tampoco quiero desechar ni menospreciar mis queridos libros, tan queridos, que puede  hasta ser posible que con su sola contemplación y hasta con las caricias con las que a veces les obsequio, sea uno de los elementos que me mantienen vivo.

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