Beatriz Galindo

– La Latina –

Una de las mujeres más culta de aquellos tiempos, a la que tomó como íntima asistente, maestra, consejera y colaboradora nuestra Reina Isabel la Católica, con lo que queda demostrada para la Historia, su agudeza, inteligencia, talento y sobre todo,  buena voluntad y recto juicio de un gobernante.

Había nacido en Salamanca esta sencilla pero trascendente mujer, en esa maravillosa ciudad que acaricia el Tormes con sus tranquilas aguas y de la que de tan elegante y acertada forma decía Cervantes

-“Que enhechiza la voluntad de los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado” –

Y muchas son las realizaciones que recuerdan merecidamente su existencia, en los más diversos lugares de la geografía española, por ejemplo, aquí en Madrid: Un Barrio, un Instituto de enseñanza, una Estación de Metro, un Teatro, Un monumento, y algunas otras, pero lo  que muchos madrileños que las conocen y las nombran a diario  no saben, es que todas están  dedicadas a ella, aunque se nombran como:

– La Latina -.

Bien es verdad, que con justicia, le corresponderían muchas más, para agradecerle, las tantas grandes y buenas obras que durante su vida realizó.

Sin duda una, y muy importante:

– El primer hospital -.

Lo vemos ahora como la cosa más natural; si estás enfermo, pues vas a un hospital.

¡Claro!

Bueno, pues antes en su tiempo, no era así.  La gente, enfermaba y mejoraba en su casa, o de no hacerlo, se moría en ella.

¡Efectivamente! Era así, pero exclusivamente para los que tenían casa…  ¿y los que no la tenían?…

Ha estado siempre mal visto, esto de morirse en la calle, antes y ahora.

Y se inventaron para eso los hospitales…

Cierto que lo que se dice pensar en ello, es decir: ocurrírsele, ya se le había ocurrido a uno bastante tiempo antes, que además de sabio derrochaba buena voluntad: Alfonso X.

Aquel gran hombre, que ya en sus Partidas dice textualmente:

“ e deben, otro sí, mandar facer hospitales en las villas do se acojan homes enfermos que no hayan a yacer en las calles”

Pero el asunto quedó durante muchos años aparcado, tal vez porque había muchas cosas que hacer con esto de estar aquí los moros,  no daba tiempo a nada.  Y no fue hasta aproximadamente, con los Reyes Católicos, cuando se puso en marcha este asunto, que sin duda es importante.

Entonces, ¿quien hizo el primer hospital, aquí en Madrid?

Pues, precisamente esta buena señora:

Doña Beatriz Galindo de Vera, vulgarmente conocida como -La Latina-.

¿Qué os parece si nos acercamos a su figura? ¿Vale?

De verdad, no tengáis pereza de  seguir leyendo… son simplemente unas pocas hojas.

Procuraré que sean las menos posibles, para  que no llegue a aburriros, y así comprendéis aunque sea por encima, por un lado,  con cuantas calamidades muchos de los que nos han precedido en el tiempo han tenido que convivir;  y por otro lado también, como algunos en este caso pocos, han hecho todo lo que estaba a sulcance para tratar de mitigar esas calamidades. Y también, más que nada, por último simplemente, para que cuando salga esta conversación no estéis en blanco.

Parece ser, que casi todas las historias aquí en España, comienzan así:

En una familia de hidalgos, pero de pocos recursos económicos…

Es casi una constante, efectivamente.  Sean cual sean los tiempos a los que te refieras, aparece alguien que sobresale en una familia, con las mismas o muy parecidas características: señorío, linaje, alcurnia, nobleza,  sí, sí, desde luego… pero recursos… los mínimos

Esta vez aquí, lo mismo.   En una familia de  Salamanca del año, 1465…

Muchos hermanos, ella la última y las arcas familiares que no dan para más.

¡Qué le vamos hacer!  Pues nada, ésta pobre al convento, que  eso requiere poco gasto…

Bueno vale, pero que al menos, que  estudie algo de latín…

Cierto, que entonces era necesario para rezar y para entender mínimamente la  liturgia de la Iglesia.

Pero lo curioso era que nadie, o al menos muy pocos, sabían latín, lo cual sin querer, nos lleva a la conclusión de que ninguno de los asistentes a los actos religiosos se enteraba de nada.

Desde luego, es asombroso que persista tantos siglos  la  institución de la Iglesia, y sus derivaciones, con lo que se la ha atacado desde fuera, y ensuciado desde dentro.

Sin duda, algo milagroso ha de haber en ello.

Pues bien, ya tenemos a nuestra jovencita estudiando latín…

Y no podéis imaginaros, lo bien que se le da.

Esto de los idiomas, forma parte del lenguaje, que en definitiva no es más que el recurso que tenemos los humanos para la comunicación entre nosotros y dicen los neurólogos ahora, con la magnetoencefalografia, y demás técnicas radiológicas, que precisamente reside esta habilidad de nuestro cerebro en las zonas perisilvinas de la corteza temporal izquierda, es la llamada área de Broca.

Lo cual querrá decir, que si de naturaleza, esa región cerebral la tienes más desarrollada se te darán mejor lo idiomas.

Pero vamos, aun sin llegar a esas exactitudes, todos sabíamos de siempre, que empezando de jovencitos esto de los idiomas cunde mucho más. Aunque desde luego, hemos de constatar también que efectivamente, algunas personas tienen habilidades especiales para ello, por ejemplo, se conoce por aquella época también,  el caso de una tal, Luisa Sigea natural de Tarancón que hablaba con fluidez, castellano, portugués, francés, inglés, latín, hebreo, árabe y caldeo.

En el caso de nuestra protagonista, igual, aunque no en tantas lenguas, pero lo que se dice en latín.  – Un verdadero portento -.

Y tenemos a la pequeña, con poco más de 15 añitos, manejándose perfectamente en la lengua de Cicerón; que ni os imagináis lo que suponía entonces, y se me ocurre pensar incluso lo que podría suponer ahora.

Todo el mundo cercano se interesó por el hecho, y los ecos llegaron hasta  la Universidad, donde así mismo, entusiasmó también y, sobre todo al reconocer que aquello  del latín era solo la parte más llamativa, pero no la única de las facultades mentales generales que adornaban a la pequeña.

Y se quedó, se quedó en la Universidad estudiando, y no solo ya perfeccionando su latín, sino otras muchas materias. Leyendo sobre todo  e interpretando a los autores clásicos, y entre ellos preferentemente Aristóteles… ¡nada menos!  Por el que siempre se sintió muy atraída.

Desde luego las fechas coinciden, pero no tenemos pruebas fehacientes de que fuera alumna de uno de los grandes maestros que entonces impartía gramática en Salamanca, el gran Antonio de Nebrija.

Pensamos nosotros ahora, que por el hecho de no existir medios de comunicación como los actuales, las noticias no corrían tanto como ahora, pero sin duda no era así; efectivamente, aunque, por supuesto, lo harían de manera algo más lenta pero no por eso menos segura.

Y la notoriedad de La Latina, que así la llamaban ya, se conocía  por todas partes y  llegó a la Corte.

Pero, veamos: ¿a qué Corte?

A la de los Católicos. ¡Ahí es nada!

Habían ya, quedado atrás afortunadamente, las mamarrachadas del necio aquel de la chilaba y el gorro de moro… si, el hermanastro de nuestra Isabel, el segoviano, como se hacía llamar: Enrique IV de triste memoria. Bien podría decirse de él: “tonto es, solo aquel, que nunca corrige sus errores” y así lo hizo este pobre estúpido, que durante su vida dejó con sus políticas sumida Castilla en toda clase de guerras nobiliarias, y hasta sucesorias y  como consecuencia, en la más absoluta penuria espiritual, intelectual y económica.

Amanecía en esos momentos una nueva época, llegaban nuevos criterios, aparecían nuevas ideas y formas de pensar, de hacer y, por supuesto de gobernar.

Pues sí, podríamos llamarlo un: – volver a nacer -.

Naturalmente, es lo que efectivamente llegaba: el Renacimiento.

Y en el ámbito político, ¿Gracias a quién?

A los católicos: a Isabel de Castilla, y a Fernando de Aragón.

Título que les concedió el Papa, a ellos dos, y que luego han venido usando prácticamente todos sus sucesores hasta la actualidad, y que comenzaban juntos entonces su andadura de gobierno.

Sin duda que para gobernar bien, uno de los fundamentos es estar bien informado, pero  sobre todo, aconsejado. Y ellos lo sabían  y lo ejercieron, rodeándose para ello de los más brillantes y mejor intencionados talentos de la época.

Ella, Isabel, en su círculo íntimo reunió a las tres mujeres más destacadas del momento: Beatriz de Bobadilla, Teresa Enríquez y nuestra protagonista de hoy, Beatriz Galindo.  Son tres personajes excepcionales que permanecieron en todo momento junto a la Reina y a las que ahora, desde la distancia, podemos definir por orden, como: la discreción, cercana a la sensatez de Beatriz de Bobadilla, la virtud unida a la santidad de Teresa Enriquez; y la inteligencia próxima al talento y buen juicio de nuestra Beatriz Galindo.

La primera, la Bobadilla esposa de Andrés Cabrera uno de los artífices en la larga y complicada carrera de la Reina Isabel en consecución del Trono, dirigido, orientado y naturalmente aconsejado por ella.

Personalidad esta de significación y trascendencia con respecto a la Reina, tanto, que se decía por aquel entonces…:

Siempre detrás de Isabel de Castilla… La Bobadilla

Persona esta que formo siempre parte del entorno íntimo de la Reina Católica de la que en pocas ocasiones se separaba.  Tanto, que hasta pudo costarle en un momento, hasta su propia vida.

Cuentan las crónicas y lo atestiguan historiadores de la talla de Pérez del Pulgar, como ocurrió que en cierta ocasión en el cerco de Granada un musulmán intentó, infiltrándose en el campamento regio con intención de   matar a la Reina. Pensando posiblemente, que de esta manera se levantaría el asedio.  Para ello fingió ser un traidor que podría facilitar la entrada de las tropas cristianas en la ciudad, y de esta forma, poder ser conducido a presencia de los Reyes para así manifestárselo. El Rey Fernando se encontraba durmiendo la siesta, (regia, antigua y estupenda sigue siendo la costumbre) y la Reina ordenó a la guardia, al no querer recibirlo sola, que lo condujeran para esperar su presencia a una tienda donde lo recibirían varios caballeros que se encontraban precisamente  en ese momento departiendo con la Marquesa de Moya, Beatriz de Bobadilla.

Pero, veamos como curiosidad como lo expresa el cronista:

Allí estaba Beatriz, acompañada entre otros por Don Álvaro de Portugal. Pensando el hereje que eran los soberanos pues vido que les fasían todos mucho acatamiento, trató de llevar a la práctica sus criminales planes e tiró una estocada a la marquesa que si no se dexara caer en el suelo se la pusiera por los pechos, tras lo cual atacó también al noble, que salió peor parado. El episodio terminó con la marquesa dando voces a lo decir a la Reyna y al Rey y este saliendo de su tienda envuelto en una colcha y quizá un tanto enojado con la dama que de forma tan ruidosa había terminado con su siesta.

Efectivamente, en pocas ocasiones se apartaba esta prestigiosa dama del espacio cercano a la Reina.

Pero cuidado, si sale en alguna conversación este asunto; conviene saber que existe otra. También Beatriz y, así mimo Bobadilla, pero no marquesa de Moya, sino Ulloa de segundo apellido, sobrina de la anterior, que se significo también mucho por aquel tiempo, y desde luego por causas absolutamente distintas.

Perdonad, es solo un momento, se trata únicamente con este pequeño paréntesis, de que si alguien os habla de Beatriz de Bobadilla, podáis quedar muy bien preguntando  ¿de cuál de las dos?

La otra, la de Ulloa, un verdadero “bicho”.

Parece ser, que eso sí, de un belleza extraordinaria, pero también lo que podríamos llamar ligerita, más bien alegre y jaranera por no emplear palabras peor sonantes.  La apodaban “la cazadora” y llamaba la atención siempre en las fiestas de la Corte por todo y de todos, pero fundamentalmente entre ellos, los varones, y hasta incluso del propio Rey Fernando,  al que por cierto, parece ser  que no le hacían falta demasiados estímulos.

En aquella Corte de austeridades, rigor y seriedad, no existía ninguna  duda…  ¡sobraba!

Pues, la casamos… ¿Pero con quien?

Con el que se la lleve más lejos…

Mira, pues el que se va lejísimos, es el de Canarias… ¡Pues con ese!

Y la casan.

Entonces, eran así las cosas…

Naturalmente se la lleva, un tal Hernán Peraza, pero son de tal calibre los altercados que produce en las afortunadas, como gobernadora de la Gomera que se gana el sobrenombre de la – Dama sangrienta – y por otra parte, tantos sus enemigos, que cuando es repatriada para ser juzgada, aparece muerta en su palacio de Medina del Campo.

Y por si le faltaba algo a la buena señora, hasta parecen estar documentados sus amoríos con Cristóbal Colón

Son pequeños chismorreos, que no es que importen mucho, aunque parece que no, pero algo ilustran, y  sobre todo, ¿verdad, que amenizan bastante?

La segunda figura, muy cercana a la Reina católica, Teresa Enríquez es otro modelo, este de espiritualidad, tolerancia y piedad.

Se trata de la figura de una gran desconocida, un auténtico modelo en todos los sentidos, pero fundamentalmente, de fervorosa religiosidad aplicada al prójimo.

La vemos en su juventud, junto a la Reina en la guerra de Granada, curando a los heridos, tratando de aliviar el dolor de los lesionados, confortando a los moribundos, y en todo ello dando ejemplo de religiosidad, serenidad y firmeza.

Uno de sus hijos, Alonso, muere al caer de un caballo en unas fiestas en honor del Príncipe Juan, el heredero de los reyes, que se celebraban en Burgos y ella se retira de la Corte y dedica el resto de su vida, así como toda su fortuna, a fundar conventos y a la vida religiosa.

Ya en su madurez, consigue del Papa una bula en el que se le reconocían poderes para fundar cofradías sacramentales. Y lo hizo por toda España, pero donde más se la recuerda, es en Sevilla, ciudad, en la que gran parte de las cofradías existentes actualmente, están fundadas por ella.

Cuál no sería la repercusión de su obra, que se la conocía en aquellos tiempos por la “Loca del Sacramento”.

Su cuerpo permanece incorrupto, actualmente en el Convento de La Concepción, del toledano pueblo de Torrijos, y ella, en proceso de beatificación.

Esto, ¡no me digáis!, son algo más que chismorreos, ¿verdad?

Y por último, nuestra protagonista, también muy cercana a la Reina Católica.

Sin duda que serían muchas sus virtudes de esta Reina, pero desde luego, no se puede negar que una de las más importantes, era saberse rodear de las personas idóneas.

¡Cierto!

La realidad es, que Beatriz Galindo fue llamada a la Corte como preceptora de los infantes y, hasta de la misma Reina, para enseñarles latín.

Ella, en su modestia siempre se  declaraba como  “criada de la Reina”, pero no existe ninguna duda de que su verdadero puesto cuando se pusieron de manifiesto sus dotes de buen juicio, honradez y lealtad, fue de amiga, consejera, y hasta confidente de la propia Reina.

Cierto que atendiendo a su amistad con ella, y desde luego también, por  su ánimo casamentero, la situación civil de Beatriz durante bastantes años, preocupaba.

Su vida se circunscribía al estudio, los quehaceres de consejera, la oración, y la atención a la enseñanza de los infantes… Pero, por otra parte, aunque  era joven aún, tenía ya, más de 25… y… no podía ser…

Había que casarla.

Pues nada, incluso sin terminar la guerra de Granada…Cuanto antes…

Y, la encontraron un marido.

Hasta puede ser que con las posibles prisas,  parecía a simple vista que no fuera el más adecuado… Militar, 46 años y, viudo con 5 hijos, ¡ahí es nada!

El caso es que, un buen partido, si lo era, o al menos eso parecía.

Se llamaba  Francisco Ramírez de Oreña

Procedente como sus padres y todos sus hermanos, de San Vicente de la Barquera, en la costa Cantábrica, aunque todos ellos conservaron el segundo apellido, excepto él, que lo cambió por el de Ramírez de Madrid, posiblemente en honor a su ciudad de acogida.

Es muy nombrado, y célebre en Madrid:

Francisco Ramírez de Madrid, apodado siempre  como   – el Artillero.-

Su figura es  muy conocida. Tiene, hasta una calle con su nombre.

Había realizado una muy buena carrera en el arma de artillería, ya anteriormente, y luego, junto a los Católicos  en las guerras anteriores, y en esta, en la de Granada, sus triunfos habían sido espectaculares y había sido recompensado por ellos con largueza, siendo poseedor gracias a ello,  de una importante hacienda en forma de propiedades, en Jaén, Granada, pero sobre todo en Madrid.

Pues sí, efectivamente un buen partido.

Y  parece ser que también, una buena persona.

Cierto, que hasta podemos decir que  era un hombre muy  acaudalado, había ido adquiriendo durante su anterior matrimonio con sus considerables emolumentos, junto con los de su anterior esposa, que los poseía por pertenecer a una poderosa familia, tierras, pero sobre todo, huertas, en los alrededores de Madrid.

Ya podéis imaginar, que lo que entonces eran alrededores, que en muy poco tiempo se convirtieron en solares edificables, ya no lejos, sino en el centro de la Capital; que aunque por entoces no lo era, y desde luego no crecía de manera tan significativa como tiempo después, pero de manera mucho más gradual,  se agrandaba.

En mayor o menor medida, parece que siempre el asunto inmobiliario en las capitales ha deparado en cualquier época grandes beneficios…

Para dar idea de la cuantía de sus bienes, eran suyas todas las huertas en las dos orillas de lo que se denominaba arroyo de Atocha, hasta el Manzanares, grandes extensiones de huerta en lo que ahora es el barrio de Santa Cruz, calle de Toledo hasta la Plaza Mayor, y muchas otras.

No se puede dudar, por tanto,  de que fuera un matrimonio por ambas partes, escaso de caudales: la Reina ofreció a la contrayente 400.000 maravedíes en concepto de “dote”, que no conozco cual sería entonces, la consideración.

Y a su vez, el contrayente la entregó, así mismo, como “arras” a la novia, el diezmo de sus posesiones y 50.000 maravedíes. Pero ojo, que aquí conozco la consideración, y tiene mucha guasa. En la letra pequeña, parece ser, que esto de las “arras” de entonces, no conozco si las de ahora también, se ofrecía, ¡ojo!, como pago de: su crianza, linaje y virginidad.

¡Toma!

No hace falta decir, que los grandes perjudicados, como se presumía, habían de ser los hijos de su primer matrimonio, aunque no fue así. La generosidad de La Latina, posterior al fallecimiento de su marido, fue ejemplar.

Cierto, que aquella etapa de feliz reunión y cariñosa serenidad que supuso el matrimonio con el  “artillero” no fue un periodo muy largo, unos diez años aproximadamente, y en él nacieron dos hijos. Fernando, el mayor que fue apadrinado por el mismísimo Rey Católico, y Nuflo.

Llega mi incultura, no sé, si la vuestra, a no saber ni que existía ese nombre. Y cuando he ido a Internet, a comprobarlo, me entero de que uno de nuestros conquistadores, en este caso de Bolivia, se llama así.

Nuflo de Chaves. Perdón por el inciso.

Pero, como es normal, nunca se corresponde la felicidad con los bienes terrenales. Y he aquí, que la primera desgracia consistió en la muerte del marido, que  en una lamentable acción de guerra, ocurrida en Sierra Bermeja donde se encontraba Francisco Ramírez de Madrid, al que habían mandado con su artillería en ayuda de las tropas del Gran Capitán a sofocar una insurrección de los moriscos.

En esta desafortunada acción, en la que por un error táctico se dejó, sin protección, y a merced de los insurrectos una posición en la que se encontraban varios altos oficiales, estos fueron prácticamente, masacrados por una multitud de amotinados. Junto a Francisco Ramírez de Madrid, también pereció otro importante personaje del momento: Alonso Fernández de Aguilar, hermano precisamente, del Gran Capitán.

Permaneció, sin embargo, ella junto a la Reina Isabel hasta su fallecimiento.

Tan es así, que en el célebre y magnífico cuadro de Rosales llamado del Testamento de la Reina Isabel, la figura femenina de la izquierda, junto al Rey Fernando sentado, le corresponde a ella, aunque en principio se pensó que fuera Juana, la hija de la Reina, pero no puede ser, puesto que  la princesa en esas fechas se encontraba ya en Flandes, casada con él “hermoso”.

Incluso después de la desaparición de Isabel, permaneció algún tiempo en la Corte; hasta conocemos que el propio Rey Fernando  confiaba asuntos delicados a su prudente juicio político durante su regencia.

Pero, lo que si sabemos de cierto, es que su sensibilidad no soportó la situación creada ante el incoherente y, hasta un tanto precipitado, segundo enlace matrimonial del  Rey con la joven, atractiva y sensual  Germana De Foix.   Que  nunca vamos a saber si se llevó a efecto por motivos estrictamente políticos, ante el desacuerdo con Felipe, el marido de su hija, o por su natural vicioso y concupiscente que le había acompañado durante toda su vida.

Ciertamente, durante tantos años han estado los comportamientos íntimos y personales de Fernando de Aragón, y por supuesto los de tantas otras figuras en las páginas de la historia, y aún curiosamente lo están actualmente, en que siguen llamando la atención general en el sentido de considerar inapropiadas las consecuencias de sus galanteos amorosos. Que se sepan, en este caso: Seis hijos, de sus dos matrimonios y cuatro fuera de ellos. Sin darnos cuenta en nuestra flamante altivez y con nuestra hipocresía actual, de que se trata únicamente del hecho que ahora olvidamos consistente en que no existían en aquellos tiempos todavía, los anticonceptivos.   Así de simple.

Y ha de ser verdad, y ello confirma nuestros juicios desaprobatorios y hasta nuestras opiniones tachando de deshonestas las conductas de entonces al calificarlas exclusivamente, en función de sus consecuencias, sin darnos cuenta de cuál parciales e injustos son nuestras resoluciones.  Seguro, que nuestra opinión sería distinta si conociéramos toda la verdad, de los procederes actuales.

Con ello, ya tenemos a nuestra protagonista viuda, con 36 años y dos hijos. Pero eso sí, con una considerable fortuna y sin nada que hacer.

Le quedaba hasta su fallecimiento, con 73 años, casi media vida, y no se trata de una persona que se pueda calificar de inmovilista. Al contrario.

Y efectivamente, así fue.

Una segunda etapa  de su vida,  dedicando todos sus esfuerzos a gestionar su fortuna en obras de caridad y consagrada a realizaciones de bien común.

Sin embargo, hemos de constatar un llamémosle, pequeño contratiempo lamentable y podríamos decir, un tanto doloroso.

Se trata de que su marido, el famoso “artillero”, había realizado antes de su muerte, con permiso Real, dos mayorazgos para los dos hijos habidos en el matrimonio, con Beatriz Galindo. Fernando y Nuflo.  Bien.

Parece que no, pero está todo inventado; son como las SICAV de ahora.

Resultaba, que existía bastante desproporción entre los dos mayorazgos, dada la inmensa rentabilidad de las propiedades urbanas, que correspondían a Fernando, ante las rústicas, que correspondían a Nuflo.

Aparte de que las conductas de los dos, eran también absolutamente diferentes.

Fernando, un despilfarrador, de conducta anárquica, insubordinado y de costumbres desordenadas. Y he aquí, que la madre  pone en marcha un proceso jurídico difícil, costoso, y lento, pero lleva a feliz término la situación de equilibrio deseada.

Aunque, bien es verdad que ella sobrevivió a sus dos hijos, hemos de entender que fuera doloroso,   triste y hasta desagradable.

Queda, por fin que reseñar, que aunque ya retirada por completo de la Corte, parece ser que su prestigio de buena consejera, hábil negociadora y eficaz gestora de asuntos de Estado llevaron al Emperador Carlos, algunos años después, a requerirla para hacerse cargo como Alcaidesa de la fortaleza del Pardo, y a lo que parece, según define uno de sus mejores biógrafos  Llanos y Torriglia, no exclusivamente como mera designación honorífica sino desempeñando su cargo con participación en los asuntos encomendados y hasta en la creación de una biblioteca.

En cuanto a ese célebre hospital, al que nos referíamos al principio, efectivamente, fue en estos años los de su construcción y el comienzo de su funcionamiento.

En terrenos de su propiedad y sufragando absolutamente todos los gastos por su parte, el Hospital, que se llamaba: de la Concepción de Nuestra Señora, estaba situado en la Calle Toledo, esquina con la plaza de la Cebada, en nuestro Madrid y, comenzó su funcionamiento sobre el año 1500.

Edificio que desapareció alrededor de 1900, con casi cuatrocientos años de funcionamiento en el que falleció ella misma, y tantísimos otros.

Se conserva actualmente su fachada, una verdadera preciosidad, que podemos encontrar en la Ciudad Universitaria, cercana a la Escuela Técnica Superior de Arquitectura y que desde 1984 está declarada como Monumento Histórico.

En ella podemos observar, como es natural, los escudos del matrimonio, los Ramírez y los Galindo.

Y en el centro el abrazo de San Joaquín y Santa Ana, que figura ser, según la tradición franciscana a lo que se  vincula la Concepción Inmaculada de María.

Y de ello, que aparezca bajo sus figuras, la silueta del cordón usado en el hábito franciscano, y también su personaje, a un lado.

Por otra parte, también podemos contemplar, por debajo, un motivo ornamental de tipo árabe, ya que la obra la realizó un maestro mozárabe llamado Hazan.

Y es curioso, a mi modo de ver, lo siguiente: posiblemente por la armonía y equilibrio dentro de su simetría, que la proporciona una especial belleza, tanto que, y esto no es habitual, existen hasta dos fachadas prácticamente copiadas de ella. Con su misma configuración, aunque naturalmente con diferentes motivos ornamentales. Una en la entrada de la Iglesia de San Fermín de los Navarros, en el Paseo de Eduardo Dato, antes, Paseo del Cisne y otra en el Palacete de Osma, en la calle Fortuny  41.

Así mismo, del primitivo Hospital se conserva la escalera que comunicaba con los pisos, que está actualmente en la Torre de los Lujanes en la Plaza de la Villa, lugar que ocupa hoy la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

A ella y en esta época, se debe también la fundación de dos Conventos denominados ambos, de La Concepción, uno para la Orden Franciscana y otro para las Jerónimas.

Desde luego sí,  son bastantes los recuerdos que conserva Madrid, con el nombre de  – La Latina -, pero es llamativo que pocos relacionan el sobrenombre con el de la propia Beatriz Galindo.

Queda la edificación de uno de los conventos, y también en el Museo de San Isidro, que es conocido como Museo de los Orígenes, en la Plaza de San Andrés, dos cenotafios encargados por ella, uno  para sí misma y otro para su marido realizados en alabastro  por el cantero Hernán de Alviz, en estilo plateresco de gran belleza.

En la Puerta del Ángel, en la confluencia con el Paseo de Extremadura, existe desde el año 1999, un sencillo pero elegante monumento a su persona. Consistente en sobre un basamento de piedra, la figura a tamaño natural de su persona realizada en bronce por el escultor José Luis Parés Parra, que  por cierto la representa con dignidad y equilibrio, ante un atril en el que hay unos libros. Es un grupo escultórico de gran belleza y prestancia  que nos la presenta sentada, con joyas y vestida como en su época, mirando los libros con sensación de serenidad, aplomo y respetabilidad.

El Ayuntamiento, así mismo, dedicó en su memoria, y con su sobrenombre de: – La latina – a uno de los Distritos más característicos de la Capital, precisamente en el que siempre vivió.

Existen igualmente, un teatro, y un Instituto femenino de Segunda Enseñanza en la calle Goya, con su nombre.

Y por último, y en esto el Ayuntamiento no ha sido muy espléndido, tiene en su referencia una calle, aunque no es muy sobresaliente, pero está en un sitio muy representativo, cercana a las de Bailen y Segovia y próxima al Palacio Real.

Pero sin duda, Madrid ha de agradecer por encima de cualquier otra actividad a esta gran mujer, el hecho de que en la última fase de su existencia, invirtió desinteresadamente la mayoría de sus rentas en fundaciones religiosas y sociales, pero sin olvidar el componente cultural   como asegura su mejor biógrafo, ya citado, Llanos y Torrriglia, en el intento de que todas las mujeres de la época supiesen al menos, leer y escribir.

Como siempre, en mi alocado propósito de rememorar y actualizar las vidas y circunstancias de diversos personajes de nuestra historia, a esta gran persona, lo que se me ocurre en su honor, es algo tan simple, como evocar para vosotros aquello tan bonito que le expreso, nada menos, que el Fénix de los Ingenios: Lope de Vega

                …… Y Santa en lo difícil de la Corte

       Más, ¿Qué no hará quien tiene a Dios por Norte?

Un comentario sobre “Beatriz Galindo

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  1. Amigo Ricardo : He entrado en tu blog. Impresionante,muchacho.Me he detenido un poco en el último personaje: B.Galindo. Creeía conocer su personalidad y obra,un poco.Estoy viendo que mi ignorancia es mayor de lo razonable.-Seguiré tus pasos y andanzas por los protagonistas de la Historia.-Un (nuevo) abrazo.-Agustín Rodríguez

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