El pintor de la luz.

Plasmarla, como lo hizo él en un lienzo, es  privilegio de muy pocos artistas, solo de los que íntimamente la sienten en toda su intensidad.

-Una pregunta antes de que comience usted, por favor

Adelante, dígame.

-Para ser este el primer pintor que presenta usted en esta serie de entradas sobre personajes, no le parece que existan otros, de mayor relieve

Pues sí, puede que tenga usted razón. Pero verá, son varios los motivos para que este sea  el primero.

Le explico, es algo personal.

En mi absoluta ignorancia sobre el maravilloso arte de la pintura, le haré  una confidencia, que puede que sea una especie de arbitrariedad por mi parte. Este pintor es el que, a mi modo de ver, comienza en España una tendencia artística, principalmente francesa de finales del XIX que se caracteriza por plasmar sin formas, es decir sin fijar la auténtica realidad.

Son los llamados impresionistas.

Dejan todos ellos que pongamos  algo de nuestra parte, al contemplar sus obras.

Cuando usted se acerca al lienzo, observa que hay poca cosa en él, son solamente señales, rasgos, efectos, pinceladas como inconexas, casi nada; en cambio cuando los ve usted de lejos en perspectiva, desde más distancia, se manifiesta toda la realidad del tema en su auténtica grandeza.

Para mí, repito que en mi ignorancia, eso es esencial, considero que es precisamente ahí donde está el prodigio.

Resulta que, creo haberlo dicho en alguna otra ocasión, tengo la agradable sensación, que naturalmente no será cierta, de haber puesto con mi imaginación algo propio y  parece que haya  sido eso, lo que ha dado motivo a que se produzca el auténtico y maravilloso milagro.

Verá, le invito a una curiosa experiencia, que por otra parte es muy simple y que casi todo el mundo ha experimentado: acérquese bastante a un lienzo, en este caso a uno de mis preferidos, observe lo poco que hay en él y luego aléjese y sentirá el milagro:

¡Efectivamente!, son tulipanes.

Pues ahora, como comprobación acérquese otra vez al lienzo, véalo de muy cerca, ¡sino puede ser! ¡Parece imposible!

Es un verdadero prodigio inexplicable…

¿Seré  yo, solamente, el que lo veo?

A los demás espectadores ¿les pasará igual? ¿verán cuando se alejan, también los tulipanes…?

En eso, radica la auténtica originalidad de los impresionistas, efectivamente ellos solamente provocan una impresión en cada uno de nosotros, lo demás, lo que resta hasta el final, hemos de ponerlo nosotros con nuestra imaginación.

Entendiendo con ello, que la genialidad consiste exclusivamente en realizar sobre un lienzo, por una parte con unos simples materiales concretos como puedan ser unos pinceles y unos colores, y por otro con otros intangibles más sutiles, ingeniosos, y hasta sorprendentes como pueda ser la habilidad y técnica, crear la representación de una auténtica escena de la vida cotidiana,  apartándose de la realidad fotográfica, que en definitiva precisamente sería la auténtica verdad de los elementos que componen ese  acontecimiento.

¿Entonces considera usted que los impresionistas, en realidad, lo que iniciaron fue un proceso de “emborronamiento” de la imagen para que fuera después en su contemplación por el espectador, debidamente interpretada?

Pues sí señor, efectivamente, lo considero de esta manera. Lo que ocurrió es que no se dieron cuenta de ello de manera inmediata, por lo cual, son considerados magníficos pintores…pero todos, todavía pobres.

Sin embargo, algún tiempo después otros, también muy buenos pintores, pero algo más listos, pensaron:

-Pues si les gusta, emborronemos más.

-Dejémosles interpretar, que parece que eso les complace…

-Pues es verdad. Y hasta parece que lo pagan…

-Que sí, de verdad que lo pagan, incluso los más ricos todavía más, y aunque les cueste mucho dinero lo adquieren, porque, en su vanidad, se consideran entendidos, presumiendo ante los demás, que ellos si lo entienden…

-Pues, tienes razón, venga… que sigan interpretando, incluso hagámoselo más difícil  y a cobrar… pero ahora mucho no, muchísimo…

¿Quiere decir que usted no considera buenos pintores a los pertenecientes a las modernas tendencias?

-No se equivoque usted, claro que los considero buenos pintores, naturalmente, pero también mejores comerciales, ¿piensa usted que alguien, en su sano juicio, puede considerar a un Picaso, Dalí, Chagal o Miró, malos pintores?  Vea, vea usted muy determinadas pinturas de ellos… y juzgue, son verdaderas maravillas, pero se vendían mal.

Sin embargo, le invito a  ponerse de espaldas,  al GUERNICA,  y contemple usted las caras de los que miran el cuadro… son verdaderos poemas… ¿asombro? ¿sorpresa? ¿turbación? ¿desconcierto? ¿extrañeza?…  de todo, menos admiración por contemplar una obra que transmita belleza, incluso en su desgarrador tema.

Pues este pintor, al que yo dedico hoy mi atención, sobrevivió, y muy bien por cierto, sin tener que caer, para hacerse célebre y además millonario en esas estupendas excentricidades.

De ello mi admiración por él.

Pero además, para que este pintor sea el primero al que dedico mi atención, hay algo que aunque parezca pueril, y posiblemente lo sea,  resulta que: en la casa particular de ningún otro gran pintor importante he estado tantas veces como en la de este.

Conozco su casa, tanto como la mía, en la calle del General Martínez Campos número 37 de Madrid. 

Gracias sean dadas de ello, a Doña Clotilde García del Castillo aquella gran mujer, su dueña,  que consiguió con una  infinita dedicación llevar con su inmenso cariño a la cima del éxito al  artista; saber mantener durante toda una vida de fecunda placidez al hombre,  y  por último, después de su muerte hacer posible con su infinita generosidad, la aparición de un auténtico mito.   ¡Bendita sea!

Diríamos ahora, que hemos de cambiar, para matizarla y que aparezca como más verídica y real,  aquella frase tan conocida del gran hombre y la gran mujer.

Conociendo este particular caso, la frase debería quedar así:

“-Es necesaria la intervención de una gran mujer, para que ocurra la aparición de un gran hombre-“.

Y parece una tontería, pero me produce el simple hecho de entrar tanto en su casa una sensación de cierto acercamiento, casi, casi, podríamos llamarlo hasta de, cierta confianza.

Puede también, aumentarse esta circunstancia de manifiesta, aunque lejana  aproximación, puesto que una hermana de mi madre, Pilar, estaba casada con Don Luciano Corujo, mi tío político por tanto, y su padre al que yo conocí hace muchos años, Don Juan Corujo, importante y destacado personaje en los Tribunales de Madrid, era amigo personal y vecino, ya que como Sorolla  también era   propietario de un chalet en Cercedilla, que por cierto, fue en él donde falleció.

Apurando aún más, puedo decirle que existe en mi casa una pequeña tela, sin importancia aparente, que me regalo hace más de setenta años, asegurándome qué su origen había de ser un obsequio del pintor y que conservo con auténtica veneración, aunque nunca he tenido ocasión de expertizarla. Ya que, no creo que nunca vaya a querer desprenderme de ella, y por tanto, mejor está así.

Y por último, le diré también que aunque, repito que ignorante, tengo en mi propia imagen, la sensación de que Sorolla manejó en su obra, magistralmente, algo que a mí me parece muy difícil,  – el blanco – es decir, la luz, podríamos aventurar que algo así como: – la nada –  ya que el lienzo es blanco cuando se comienza a trabajar sobre él.

De todas formas, es cierto que entiendo su extrañeza.

Existen en el mundo, es verdad,  tantos maravillosos pintores ¿que…?

Pero, le prometo que  como queda expresado muy bien en el léxico que se usa en nuestra fiesta nacional:

-Si el tiempo no lo impide-.

Haré lo posible por dedicar mis esfuerzos a rememorar y traer a  esta tribuna, acercándolos a mis lectores y con ello tratar, como  lo intento siempre    – extender la vida de los que fueron –  a otros tres pintores, que comparten con este mi predilección, y que son por este orden Goya, Zurbarán y Velázquez.

-Pues de verdad entiendo sus razones, aunque no comparta sus prioridades, pero le deseo que este trabajo, tenga la suficiente dignidad como merece  esta magnífica figura de nuestro arte.

Muchas gracias, lo intentaré. Y ya que estamos en clave taurina:

-Va, por usted-

……………………………………..

Es realmente cierto cuando decimos: Valencia, – cuna de artistas…-

-Qué  gran verdad-.

¿Será por el hecho de que genéticamente guardan los originarios de aquella región levantina caracteres del pueblo ibero?

Ahora que empezamos a conocer a nuestra “Eva” genética, y que existen avanzados estudios sobre las mutaciones del cromosoma Y, con objeto de llegar a saber algo de verdad y en serio, sobre nuestros verdaderos “padres naturales”, y que  posiblemente dentro de algunos años la ciencia llegue a despejar esas incógnitas de la herencia, hemos de entender con humildad y resignarnos por ahora, que lo natural es simplemente,  esperar.

No puede ser de otra forma, ya que, desde luego en mi ignorancia, desconozco si por el momento, se pueda saber en que gen, ni por qué cromosoma se transmite el sentido de la proporción, de la elegancia, del gusto y hasta de la destreza y aptitud para ser arista. No conozco si pueda trasmitirse por el ADN mitocondrial o el nuclear; por los cromosomas X o Y, maternos  o paternos.

En fin, consideremos simplemente, y de momento nada más,  el hecho de que pueda existir cierta posibilidad de que haya una evidente mayor predisposición para las habilidades y competencias artísticas, en este caso  vamos a llamarlo :                    – regionales.-

De ser así,  ¡qué pena!,  cuantas partes y elementos del arte en general, que no han llegado a evidenciarse, como música, pintura, poesía y otras muchas, se habrán  desvanecido, perdidas y olvidadas en las sombras del espacio y de la ignorancia, a lo largo de nuestra historia.

De Don Joaquín, dicen los entendidos que es un “iluminista”. Pues sí, puede ser así efectivamente, en sus obras salta a la vista sobre todo – la luz –  en casi todas ellas.

Pero lo curioso es cómo en estos temas de la pintura, los críticos manejan con verdadera habilidad los adjetivos, aunque creo yo que si  quisiéramos exagerar su calificación, podríamos también llamarlo, mediterranista, españolista y hasta familiarista, en tanto y cuanto que convenientemente fraccionáramos su obra.

Hemos de convenir que en este caso, el adjetivo está de sobra conseguido para su definición.

Posiblemente, esas características  un poco artificiales que puedan dársele son exclusivamente, reflejo de los  diferentes estados de ánimo por los que pasa el artista,  y que condicionan la obra que en ese momento realiza.

Aunque de verdad, si me pidierais mi sincera opinión, para concretar su pintura, diría yo también que es: efectivamente, una consecuencia de su genialidad en el manejo de algo tan importante como la luz.

Ciertamente, tienen razón en llamarlo así.

El mismo lo decía:

-Cuanta más luz, más verdad;  y cuánto más verdad, más belleza-.

Sus obras emblemáticas, son efectivamente auténticos estallidos de luz.

Hasta podríamos definirlo así

La luminosidad penetrante, aguda y a veces casi hiriente del  Levante español, llevaba allí  siglos y siglos, pero nadie había sido capaz, como lo hizo el, de plasmarla en un lienzo con facilidad, valentía y con ese  maravilloso virtuosismo.

Pero en verdad, ¿puede hablarse de que Sorolla sea además un impresionista? ¿Cuál es la razón por la que tanto la crítica, como en general el público, lo equiparemos cercano al impresionismo?

No está absolutamente claro.

Esas “salpicaduras” de color que provocan en el espectador “impresiones” de las que hablábamos, y que caracterizan como hemos dicho, a los impresionistas sobre todo franceses Renoir, Degas, y otros, que efectivamente no dibujan figuras, es decir no reproducen formas, solo buscan sensaciones; sin embargo, en las obras de Sorolla hay dibujo de formas, están plasmados los contornos de las imágenes, hay movimiento en ellas,  pero luego  en un momento de la obra, con unas pinceladas arrebatadas y hasta podríamos llamar atrevidas y hasta valientes, efectivamente: “impresiona” de ahí, que tenga su pintura, desde mi punto de vista, carácter como el de los propios impresionistas.

En el ámbito de la pintura de Sorolla, podemos decir que se respira, en general, cierto impresionismo incluso en obras como puedan ser algunos de sus retratos, en los que por supuesto ha de prevalecer la máxima realidad fotográfica posible, con objeto de conseguir el mayor parecido del personaje, hay ciertos detalles simplemente figurativos; pero cuando lo requiere el momento y la situación, es decir cuando lo necesita, provoca en el espectador “impresiones” lumínicas como pueda realizarlo el mejor de los impresionistas.

Tenemos ejemplos, ciertamente representativos, en algunas de sus obras.

Los pliegues de las velas, son inconexas pinceladas blancas que nos hacen ver las arrugas que se producen en la tela.  Así mismo lo son, esas maravillosas manchas en las que se adivinan las formas de las piernas del muchacho semihundido en el agua.   Como también cuando quiere hablarnos del reflejo del sol sobre la superficie del mar, en Ayamonte. 

Naturalmente, esos simples rasgos, son impresionismo.

¿Quién no los ve, en las piernas del niño, en los dobleces de la tela o en el destello del sol?

Lo cierto es que en esto de la pintura, al menos a mí me ocurre como creo que a muchos de vosotros, y es un hecho muy simple que tiene semejanza incluso cierto paralelismo, a cuando pruebo un vino por primera vez…  me gusta o no me gusta, así de simple.

Lo curioso suele ser que posteriormente conozco, que la mayoría de las veces, los que me gustan más, suelen ser los más caros, es decir los más cotizados que también suelen pasar por ser casi siempre, los mejores.

¿Su vida? Pues tan cercana a su obra, que casi se sobreponen.

Parece insólito en su caso, por ser un personaje que sentimos  bastante cercano, a diferencia de los que suelen aparecer en estos festejos biográficos, pero tiene en su principio, un tinte bastante trágico;  y es este:

– Sus padres murieron de cólera – fue el último brote que se conoce en Valencia, pero los dos perecieron en él; dejando huérfanos con  muy poca edad a Joaquín y a su hermana, que fueron prohijados por una hermana de su madre, casada con un cerrajero de profesión, familia con la que transcurrió su infancia.

Suele decirse, que el arte se lleva dentro y cuando así ocurre, tarda poco en ponerse de manifiesto; siendo cierto que puede naturalmente después, con el estudio, el oficio y la práctica, mejorarse o no; enriquecerse o adocenarse, pero el brote cuando existe, no suele pasar desapercibido.

Así fue en este caso, y desde muy pequeño su tío, gracias a Dios, lo reconoce, lo alienta y lo estimula; y por ello también es justo que así mismo le demos las gracias al buen sentido y mejor corazón de ese su padre adoptivo: José Piqueres Guillen, aunque también es cierto, que fue satisfecho posteriormente por Sorolla con respeto, cariño y todo tipo de atenciones, hasta su muerte.

Aquel muchacho valenciano conocido por todos, como “Chimo”; tomó clases de dibujo desde muy joven.

Sus primeros estudios artísticos podemos llamar, formales los realiza con quince años en una Institución muy conocida de Valencia, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos;  la había fundado, nada menos que Carlos III allá por la mitad del Siglo XVIII y ocupaba ahora el desamortizado convento del Carmen donde se gestaba, hacía ya muchos años, lo que ha sido posteriormente el Museo de Pinturas.

Ya tiene el joven Sorolla, marcado su camino.

Desde ese orto de su vida hasta el ocaso con su fallecimiento, su historia va a ser una continua identificación en su intento de expresión por la pintura. Toda su existencia va  a ser una continua búsqueda de la forma más sutil de representar la belleza, un fervoroso trabajo en la mejora de sus técnicas, para tratar de  llevar al lienzo las diferentes  realidades que llegan a su exquisita sensibilidad y que rodean sus vivencias.

Como en la vida de cualquier otro ser humano las cambiantes situaciones que se producen a lo largo de su existencia influyen de manera importante en su psiquismo y por tanto en sus manifestaciones externas; en un artista, un pintor en este caso, como persona sensitiva, parece incluso más natural, y lo percibimos… ¿Dónde? Pues en su expresión, que en definitiva es su creación.

En el caso de Sorolla con más motivo.

Efectivamente, la observación de su obra es un auténtico relato de su vida.

Vemos, reflejada en cada una sus pinturas los diversos estados de ánimo,  por un lado, sus aficiones, sus gustos, las diferentes coyunturas por las que pasan incluso hasta sus vivencias personales, el apego a su familia, a su región natal con su esplendorosa luz, a su musa, su mujer, su “clota” a la que adora y pinta de las más diversas formas y por otro, los distintos momentos en los que influyen en algunos de ellos, las tendencias que proporcionan sus viajes y los conocimientos de otras manifestaciones artísticas.

En una palabra, su obra es a grandes rasgos  el fiel testimonio de las diversas situaciones de su biografía.

Repasemos a grandes rasgos su vida y quedará patente que su obra es claramente su consecuencia.

Esto, no debe extrañarnos por otra parte, ya que en los artistas suele ser frecuente, no es nada insólito ni extraño; tal vez en este caso pueda haber una diferencia. No siempre  a los artistas, en general, y a los pintores en particular,  los acompaña el éxito tan pronto como en el caso de Sorolla.

Tenemos de él una sensación de triunfo bastante prematura, y con ello de prosperidad económica suficiente; pero es posible que no fuera así del todo, aunque ninguno de sus biógrafos relata en su vida, carestías ni penurias. Es probable que fuera de esta manera,  pero parece natural que sus vivencias durante su juventud en Roma y París donde conoce y se relaciona con los impresionistas, no fueran de un alto nivel económico puesto que el montante de las becas que se le concedían para estudios en esas capitales, lo normal es que no fueran demasiado elevadas.

El hecho cierto es que en 1889, con 26 años,  lo vemos ya casado y establecido en Madrid, logrando Medallas de Bellas Artes en los años 1892  y 95  y que pocos años después,  ya en el 1900, le conceden el Gran Premio en la Exposición Universal de París.

Y podríamos considerar que este es su verdadero salto a la fama.

Quedan atrás por supuesto, obras ignoradas ahora, como el –Entierro de Cristo – que no obtuvieron la aceptación de la crítica, aunque poco tiempo más tarde ya con obras como: – El grito del Peletier – incluso, con la llamada: – Defensa del Parque de Artillería de Monteleón – que van teniendo mejor aceptación, adquiere cierto renombre. 

Incluso con la obra del mercedario Padre Jofré defendiendo a un loco

Aunque la proyección internacional que consigue la pintura de Sorolla, es efectivamente en París donde se manifiesta.

París es su verdadera “Tierra de promisión”, siempre lo fue a lo largo de su carrera.

Desde que por primera vez visita la Ciudad del Sena, con poco más de veinte años, invitado por su amigo Pedro Gil Moreno de Mora, perteneciente a la conocida familia de banqueros catalanes, mecenas entre otras, del Hospital de San Pablo, que lo atiende en la ciudad donde presenta obras como “El beso de la reliquia” y “Trata de blancas” que obtiene grandes éxitos,  pasando por el refrendo de su obra “Triste herencia”  que  presenta en la Exposición Universal del año 1900, con la que consigue el Primer Premio, y que posteriormente, adquirió el Estado Francés; hasta las grandes Exposiciones realizadas en la Capital de Francia con enorme éxito de público y de ventas, en la Galería de Georges Petit, en las que se vendieron gran cantidad de obras, y que supusieron cantidades importantes de dinero, tanto, como para que una vez terminada la temporada, el propio autor regalara al gobierno francés el cuadro titulado “La preparación de las pasas en Jávea” que se conserva desde entonces en el Museo de Pintura de la ciudad de Pau.

Fue, así mismo en París, donde la crítica expresa uno de los mejores, mas cumplidos, y también considero que más adecuados elogios a la pintura de Sorolla:

-Nunca un pincel contuvo tanto sol-

Con ello vemos que  el quehacer completo de Sorolla, hasta esos momentos, está relacionado con París.

No parece por ello desacertado, que en este año 2016, desde Noviembre, se realice una exposición en su museo, aquí en Madrid, con el titulo muy acertado de: – Sorolla en París.-

Pero no olvidemos que si París efectivamente, puede considerarse como  la procedencia de su  prestigio internacional, la verdadera confirmación de su celebridad, se produce en América.

Existe una frase en una de las cartas dirigidas a su mujer desde Londres, donde ha expuesto su obra, en la Grafton Galery,  en la que por cierto, él éxito no ha sido todo lo apoteósico que se esperaba, en la que la dice textualmente:

-Hoy Clota, creo que he conocido a Dios en persona.-

Se trataba del señor  Archer Milton Huntington.

Un millonario americano, fundador de la Hispanic Society of America.  

Es hasta posible, que alguien pueda no conocer esta Institución, por si acaso, y dada su trascendencia, voy a significar muy brevemente, unas mínimas alusiones a ella, por tres razones: una, puesto que en su sede de Nueva York existe una de las grandes obras de nuestro protagonista de hoy, la decoración de su biblioteca con paneles donde están representadas otras tantas regiones de España.

Es una obra monumental, magnífica, grandiosa, posiblemente no la mejor pero desde luego sí la más colosal, realizada por  nuestro artista a lo largo de su vida.

Son catorce oleos de gran tamaño, que cubren una superficie de unos setenta metros, por tres y medio de altura y que en una sola ocasión se han podido contemplar en diversas capitales españolas durante dos años, con motivo de un acuerdo para su restauración en Valencia, en los que fueron admirados por casi un millón de personas. Fue durante 2009 y 10.

La segunda razón, es hacer llegar a mis lectores una mínima noticia de interés general, en cuanto a los  tesoros  de origen español que custodia la Hispanic Society, y cuando digo “custodia” no es necesario dar más explicaciones.

El mayor y más importante museo español fuera de España, es la Hispanic Society, sin ninguna duda.

Lo componen unas 800 pinturas, algunas auténticas joyas de todos estilos y tiempos. Hay obra de Zurbarán, Velázquez, Goya, Ribera, Alonso Cano, Fortuny, Rusinyol, Zuloaga y otros muchos. Unas mil esculturas también de las mejores firmas, y más de 5.000 objetos decorativos de toda índole. Una de las mejores colecciones de cerámica de todos los talleres conocidos en España. Y por supuesto, lo más importante, atesora en su biblioteca nada menos que unos 300.000 volúmenes entre los cuales se encuentran incunables, libros anteriores a los siglos XVI y XVII, manuscritos medievales, y otras incontables maravillas, como por ejemplo, la primera edición del Quijote, y de la Celestina.

¿Alguien piensa, que esta circunstancia no habría de ser reseñada aquí?

Considero que no, ya que hasta el Museo del Prado las está recreando actualmente…

Y por último, la tercera razón, es un manifiesto, sentido y profundo homenaje a Archer Milton Huntington, célebre hispanista que empleó gran parte de su enorme fortuna, en comprar objetos españoles de incalculable valor cultural.

Como el mismo en sus escritos, afirma: – siempre que pudo, fuera de España, – y los que compró en España, los pagó íntegra y honradamente.

Otra cosa distinta es, de la que él por supuesto, no tiene ninguna culpa, la ingente cantidad de sinvergüenzas, que han existido siempre, que no deberían haberlas vendido.

Pero antes de seguir adelante, pensemos que el triunfo de Sorolla en América, que efectivamente queda reflejado en esa obra de los catorce paneles que decoran la Biblioteca de la Institución neoyorkina, había sido ya, durante unos años atrás, mucho mayor.

Durante un mes,  gran cantidad de sus obras estuvieron expuestas, precisamente, en la Hispanic Society, con clamoroso éxito de prensa y público.

Nunca la colectividad americana de entonces había tenido ocasión de contemplar una pintura como aquella, aunque Sorolla, algún tiempo antes, había enviado obra suya a América,  incluso había sido galardonada como en el caso de la obra “Otra Margarita”.  

Pero no era aquel su  tipo de pintura actual, con más luz, valentía, movimiento y por supuesto carácter, y su éxito ahora fue tan rotundo y espectacular en aquella primera exposición realizada en 1909, que será suficiente expresar el hecho de que pasaron por sus salas, más de 160.000 personas en las escasas fechas en que se mantuvieron abiertas.

La notoriedad del triunfo llegó a toda la sociedad americana del momento; hasta el punto que fue requerido a realizar, y así lo hizo, bastantes retratos de la acaudalada sociedad americana.

Uno de ellos, el del propio Presidente del País: Willian Howard Taft, y de bastantes más, como el del millonario Louis Comfort Tiffany y también los de algunas damas de la alta sociedad.

Celebró exposiciones en Búfalo, en San Luis, en Boston y en 1911 en Chicago. Todas ellas con importante éxitos.

En esas circunstancias es cuando es requerido para la realización de la gran obra a la que antes nos referíamos; la decoración de la biblioteca de la Hispanic Society, y firma para ello un contrato de 150.000  Dólares comprometiéndose por ello en dejar la obra terminada, en cinco años.

Fue su ocupación durante el siguiente tiempo, terminándola en 1919.

Es hasta perfectamente posible, que el esfuerzo de su realización con sus interminables viajes, por toda la geografía española, considerando los medios de entonces y sus inclemencias, incomodidades y hasta en algunos casos penalidades, que ello hubieran podido alterar y hasta quebrantar su salud suficientemente, como para que en  la primavera de 1920, sufriera un accidente cerebrovascular agudo, mientras pintaba en el jardín de su casa un retrato de la señora de Pérez de Ayala.

El menoscabo físico fue tan importante que se abolieron los patrones de movimiento de toda la parte izquierda de su cuerpo,  y los que se conservaban del lado derecho, no eran suficientes para compensar la pérdida de actividad del lado afectado, y como consecuencia,  sus facultades físicas se deterioraron de manera tan importante que no pudo seguir pintando, falleciendo tres años más tarde en su residencia veraniega de Cercedilla.

En este caso, como siempre ocurre aquí,  a uno de nuestros grandes genios de la pintura: – Sorolla – lo hicieron – PROFETA – primero en París, y posteriormente en América.

En España, tienes que venir siempre ya hecho PROFETA desde fuera, aquí es verdaderamente difícil.

Ocurre, casi siempre.

Pero también es cierto, que pasados años, algunas veces muchos del  fallecimiento del personaje  se reconocen ampliamente por todos los merecimientos, y prácticamente con unanimidad, nos sentimos orgullosos y nos jactamos de ser un País de genios, que hasta es posible que sea verdad.

No existe ninguna duda, sobre el hecho de que Joaquín Sorolla fue un auténtico genio de la pintura. Sin embargo, lo que en este caso sobrepasa el éxito,  es el hecho, que otros pintores no tienen, la personificación del triunfo: – Su propio museo -.

Y esto hemos de reconocer, que se lo hemos de agradecer a su familia.

Un factor, así mismo importante, en este auténtico superdotado del que suele hablarse poco: su abundancia.

Era además de sobresaliente en su arte, un gran trabajador.

Impresiona la lista de personajes de su tiempo llevados al lienzo con la maestría de sus pinceles, desde Alfonso XIII, Antonio Maura, Jacinto Benavente, Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Gumersindo Azcárate, Azorín, Cristino Martos, Vicente Blasco Ibáñez, Cossío, Rafael Altamira y un larguísimo etcétera…

De todos ellos, que por supuesto no puedo representar, he escogido dos de los que a mi particularmente me impresionan, el del poeta Juan Ramón Jiménez por su expresión de serenidad, y el de Benito Pérez Galdós por la naturalidad de la postura.  

Me gustaría plasmar muchas de sus obras para vosotros aquí, pero me resulta por lógica imposible y solo reflejaré las que más me impresionan personalmente, tomadas de un catálogo,  posiblemente por ello su mala calidad. 

Más de tres mil lienzos, y unos veinte mil, entre dibujos y apuntes componen la obra de su vida, que por cierto, desgraciadamente no fue demasiado larga.

Su celebridad completa y absoluta, su prestigio inmenso, su popularidad colosal, y por supuesto, la cotización de su obra en la actualidad, en alza.

La última venta, de una de sus obras – Niños en la Playa – se vendió en 2013, en una subasta en Londres por 3,24 millones de euros. Aunque no alcanzó el record de otra anterior  -Pescadores valencianos – que llegó a conseguir, una cotización en Noviembre de 2012, de 4,37 millones.

Pues efectivamente, será verdad aquello que tanto se dice del  -Profeta y de su Tierra…- agradezcamos el hecho de ser paisanos de un genio; aunque nosotros además, desde esta humilde tribuna lo que pretendamos es simplemente, que al recordarlo, ofrezcamos como lo  hizo él,  algo más de “luz” a su figura.

Y para ello, no puedo dejar de plasmar aquí una maravillosa fotografía propiedad del archivo de Don José Demaría Vázquez, -“Campúa”-, aquel extraordinario fotógrafo amigo y colaborador de nuestro protagonista,  que realizó poco tiempo antes de su fallecimiento en Cercedilla.

En ella, se manifiestan con verdadera realidad unos hechos, por un lado, la mirada de angustia del artista que se siente irremediablemente herido y con la incapacidad de no poder seguir su andadura, y por otro, a su lado con infinita tristeza igualmente en su semblante, y con la actitud de inmensa ternura representada por la postura de sus brazos, queriendo acompañar y mantener a su amado, a Clota, su Clota, la que le ha acompañado durante toda su vida y que ahora, con impotencia infinita lo despide.

No hay duda de que en esta ocasión el genio, la habilidad y por supuesto la oportunidad del fotógrafo, supo plasmar para luego ofrecernos en este documento, toda la grandiosa realidad de estos dos seres humanos a los que considero que hemos de estarles agradecidos y a los que ahora con nuestra mayor consideración nos acercamos.

Por ello: Respetando tus ideas, y tus vinculaciones, venerando tu arte, admirando tu “hombría” de bien, envidiando vuestra felicidad y honrando la generosidad de vuestros comportamientos, me atrevo a expresarte en nombre de tantos de los que te admiramos:

Hasta siempre… Excelentísimo y queridísimo “Chimo” descansa eternamente en esa maravillosa luz que tanto amaste, que tan maravillosamente supiste plasmar, y que nos has regalado en tu obra.

 

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