Lucio Anneo Séneca.

Haced lo que yo digo, no lo que hago.

Uno de los más grandes pensadores que han conocido los siglos

Vamos a ver, ¿sabéis quien era Luxinio? ¿No?,… Vale

¿De Hilerno, sabéis algo?, tampoco… ¡pero bueno!

Istocacio, este sí ¿verdad?,  ¿qué no? …!pero qué barbaridad!

Bueno, pues reconozco que yo tampoco sabía quiénes eran, hasta que llegué a uno, que ese sí, ese me sonaba y mucho:

– Viriato –

Claro, ¿verdad que a vosotros también?

Efectivamente, ha sido  en Internet donde me he enterado de que todos estos personajes anteriores eran los nombres de reyezuelos, bueno, hasta se les puede llamar Reyes, o Caudillos de los pueblos que habitaban esta puñetera península antes de que llegaran a ella las dos potencias importantes que configuraban el mundo antiguo, al que ahora, imaginariamente, quiero llevaros para ofreceros mi particular visión del personaje que ahora nos ocupa, y que ocurre en tiempos anteriores a Cristo, momento en el cual, empezamos a contar las fechas en positivo.

Roma y Cartago. Esas eran esas  dos grandes potencias.

Que mira tú por dónde, vinieron a dirimir,  sus desavenencias en nuestras latitudes.

Y es por esto, que para intentar acercaros a la gran figura de hoy, nada menos que: – Séneca –  uno de los más importantes filósofos de la historia me parece, un poco obligado hablaros de sus tiempos, de las sociedades donde se desarrolló su vida y las vicisitudes que acaecieron durante aquellos años en su lugar de nacimiento, aunque bien es cierto, que la mayor parte de su existencia transcurrió en lo que entonces era la verdadera capital del imperio. Roma.

Entonces todo esto, que ahora conocemos como España, era una simple provincia de aquel magnífico Imperio.

Los pueblos y sus dirigentes de los que hablamos antes, los anteriores a la romanización, eran  por un lado, los de origen celta, que venían del norte de Europa, y pasaron los Pirineos cercanos a la orilla cantábrica, extendiendose por toda la cornisa norte y parte de la meseta central, hasta llegar a ocupar también casi toda la costa atlántica.

Y  otros, los iberos, de origen indoeuropeo, que habían ocupado, al penetrar por la parte oriental de los Pirineos, prácticamente la costa mediterránea llegando a mezclarse durante mucho tiempo con grupos más al sur, que ya habitaban aquellas zonas.

Llevaban aquí muchísimo tiempo,  efectivamente, eran pueblos con características morfológicas propias, pero con particularidades en cuanto a carácter, formas de organización, grados de cultura  y actividad económica muy diferentes; los celtas: altos, rubios, más rudos, austeros, fuertes, con nivel económico y cultural más bajo, y generalmente,  a grandes rasgos, de peor leche que los iberos.

Pero convivieron, naturalmente, y como consecuencia, también aparecieron los  celtíberos, que  eran simplemente el resultado de que, por un lado, entonces no se conocía eso del sexto mandamiento, o sí se conocía tenía muy poco predicamento y, por otro,  la demostración evidente, del avance que ha supuesto la implantación de las máquinas expendedoras de preservativos para la civilización occidental.

Naturalmente, aquí, como en todas partes ha ocurrido, estas grandes emigraciones y desplazamientos humanos al llegar y asentarse, se  fragmentaban en grupos más o menos homogéneos, formando llamémosles, tribus, clanes, pueblos o como queramos, pero eso sí, con un común denominador: – a la greña con el de al lado -.

Aunque efectivamente, no era casual el hecho de que los dos grandes bloques de poder del momento, Cartago y Roma, se encontraran aquí, en estos territorios; resulta que ya aunque tímidamente, los dos habían realizado incursiones, primero cortas e incluso modestas  pero descaradas y enérgicas después, en cuanto conocieron las riquezas, sobre todo en minerales, que existían por estas tierras.

Desde luego, los primeros fueron los cartagineses. ¿Qué quiénes eran?

Veamos: lo primero a entender es, que en aquellos tiempos anteriores al cristianismo, el mundo era casi exclusivamente el Mediterráneo; los confines del mundo los marcaban prácticamente sus aguas, y el que las dominaba, naturalmente, tenía el dominio de la navegación y, con ello del  comercio, y por tanto de la riqueza.

Y estos eran en aquel primer momento, los cartagineses.

Cartago era una ciudad que había sido fundada por los fenicios, como algunas otras en el Mare-Nostrum, y que durante años y gracias a un próspero comercio floreció de manera importante, llegando a conseguir cuando Roma era simplemente, y todavía, una pequeña ciudad de incierto futuro, un núcleo poblacional cercano a las quinientas mil personas situado geográficamente, muy próximo a la  actual Túnez, con edificios majestuosos, calles adoquinadas y un sistema de alcantarillado y urbanización espléndidos.

Esto era entonces Cartago, una ciudad-república de una prosperidad económica imponente y que señoreaba con sus flotas, comerciales y de guerra, al mundo conocido, es decir, como hemos dicho: el Mediterráneo.

Cuando Roma comenzó su expansión y su ascenso económico, esto era lo que se encontró; y naturalmente, éste fue su inmediato enemigo.

No podía ser de otra forma, no había sitio para dos, y Cartago ocupaba mucho.

Guerra que se avecina,  ¡como siempre¡

Y comienzan unas famosas guerras, que casi todos hemos conocido en el colegio, bueno en los de ahora, no lo sé, puesto que al estar fuera de la Autonomía correspondiente pienso que, posiblemente no se estudien.

Me refiero,  – ya lo habréis adivinado – a las llamadas guerras púnicas, al decir de los romanos, o guerras romanas, si las nombraban los cartagineses, según se mire.

Ocurrieron unos doscientos a cien años antes de Cristo, y su resultado cuando concluyeron: dos a uno; como en los partidos de futbol, a favor de Roma.

Lo que sitúa el nacimiento de nuestro protagonista en el año cuatro anterior a nuestra era, prácticamente, cuando ya terminadas convirtieron nuestro suelo en una colonia romana

La primera la ganó Roma, y lo que se discutía, y estaba en juego, era la isla de  Sicilia. 1-0

La segunda, parecía que podía ser aquí, por estas tierras, puesto que ya los cartagineses, que eso sí, eran buenos políticos y muy comerciantes, ocupaban casi toda Hispania.

Pero, ¡ojo!, solo hasta el Ebro, que eso tenian pactado con Roma.

Bueno, pues ocurre que  Aníbal, ¿habréis oído hablar del prójimo este?,  un buen estratega y guerrero, pero más bruto que un arado, que se le cruzan los cables y les hace una “broma” a los romanos de la que todavía hoy se acuerdan; atravesando los Alpes, por los sitios más difíciles con un impresionante ejército,  cuando ellos le estaban esperando por la costa, cerca de Marsella.

Y se presenta con aquella importante tropa, hasta con elefantes, que   entonces eran como los “panzer” de ahora, y llega, bajando por la península de Italia hacia Roma y les gana, no una batalla, unas cuantas y se presenta en las mismas puertas de Roma, y ahí, se detiene.

No sabemos el porqué.

Los estudiosos de la Historia Universal, recrean a veces situaciones, algunas muy interesantes, que podríamos denominar –grandes enigmas- y precisamente este, es uno de ellos, Aníbal, parece que podría haber aniquilado Roma, hasta los cimientos, y no lo hizo  ¿Por qué?.

Es algo similar a lo que pasó con Napoleón, incluso también con  Hitler, en la segunda guerra mundial.

Bueno, a lo nuestro, sube al marcador otro gol: empate a uno, 1-1

Roma seguía creciendo, y su poderío militar aumentaba de manera importante, crecía lógicamente, su poderío naval, pero no tanto como sus célebres legiones:   su infantería, que ya no se detenían ante nada, eran auténticas y perfectas máquinas de guerra, con soldados bien equipados, alta moral bélica, y lo que decimos, auténticas máquinas de conquistar; y conquistan,  todo lo que en aquellos tiempos se podía invadir.

Curiosamente, y esto es muy de señalar, también eran aquellas legiones difusoras de avances técnicos y sociales, realizando ellos mismos, y como es lógico con mano de obra local, caminos, puentes, estructuras de conducción de aguas, y todo tipo de obras y servicios cosa  que ningún otro ejército del mundo ha realizado en los territorios que ha ocupado.

Y  se establecieron en Hispania, (España) y las Galias (Francia y Alemania) y casi toda Britania (Inglaterra), Europa oriental, y toda la costa de África, y Palestina, llegando a formar el imperio más poderoso que han conocido los siglos.

Y claro, lo primero, parecía natural, fue ir a por los cartagineses allá donde estuvieran, y es que: ¡les tenían unas ganas!, en Hispania, en la costa de África, o donde fuera, y ni que decir tiene, que de Cartago no quedó ni el recuerdo, no dejaron ni una piedra sobre otra fue lo que podría decirse aniquilación total, exterminio absoluto.

Resultado final del encuentro: 2-1.

Pero, lo curioso aquí, es que no se ha vuelto a saber nada del perdedor, se lo tragó la tierra.

En sus principios Roma, como tal, era una ciudad, solo eso, en expansión, eso sí, verdaderamente exponencial gracias a su creciente riqueza, y su forma de gobierno, una república, pero ocurría que los triunfos militares cada vez eran más grandes y la figura y la popularidad de los generales que los conseguían cada vez era mayor, superando pronto la figura individual de alguno de ellos, en este caso Julio Cesar que alcanzaba niveles de divinidad, desde luego muy superiores a la del grupo político que gobernaba, que era el Senado.

Y, decían los generales… ¡pero bueno! con lo que estamos consiguiendo, con lo que dominamos, y naturalmente con lo que esto aporta, y si además eres alto, guapo, justo, y humano, pues entonces, sin más narices, o te haces tú, o te hacen emperador, ¡pues claro!

Naturalmente los senadores, que como Republica que era el régimen instaurado, manejaban la política, lo veían con  bastante suspicacia…

Y, como parece natural,  buscan el “pringao” de siempre, que en este caso para más escarnio se llama Bruto, (la gracia que me hacía a mí en el colegio que se llamara así, de verdad) y le dicen:

Anda mátalo, y el “pringao”, lo mata.

Pero el germen, ya existía y el hijo adoptivo del asesinado, Cesar Augusto, que tampoco era tonto, gana la guerra civil, y lógicamente pasa por la piedra a los que mataron a Julio Cesar  y se convierte, de hecho, en el primer emperador.

En el caso de Roma, el sistema estaba tan bien montado, que los territorios que conquistaban las legiones, eran dominados, y pagaban impuestos, riqueza, mucha riqueza y la organización era perfecta, ya que los llamémosles delegados en los distintos territorios, canalizaban esas inmensas riquezas a la “central” y era tal la cantidad de bienes de todo tipo que llegaba a Roma, que la abundancia era inmensa.

Pero a diferencia de lo que piensa Rajoy, que exclusivamente atendiendo la economía ya está todo resuelto, pues no, también hay que gobernar, y por supuesto ya el ideal las dos cosas…

La pobreza siempre es mala pero la abundancia sin gobierno, puede ser hasta peor, no peor, puede llegar a ser hasta perversa. Ya que entraña, al igual que la pobreza extrema, la salida al exterior de todos los males que el ser humano lleva dentro de sí mismo, crueldad, vicio, corrupción, perversión, en una palabra maldad, que en definitiva es lo que parece que en verdad nunca le falta.

Y aquí en Roma se dieron todos esos males; el lujo llegaba a tales extremos que se convertía en depravación en todos los órdenes,en comidas,             espectáculos,  lujuria, gasto y perversión, llegando a la degeneración absoluta.

Nos cuenta Séneca, en uno de sus escritos…

¡ Vaya !, menos mal, que ya ha salido Séneca, estábamos todos preocupados de que poco más que en el título supiéramos de él, ¡qué barbaridad!

Tenéis razón, como suele decirse, se me va la pólvora en salvas. Cierto.

Aunque pienso, que tampoco estará del todo mal el  hecho de haber leído en esas páginas anteriores, por un lado aquello de nuestros ancestros anteriores a Roma, y también luego, rememorar un poco lo de las guerras púnicas que tan olvidado lo teníamos ¿verdad?

Aunque entiendo que por ello, este “pespunte” pueda resultar más largo y pesado, pero es cierto que como podréis observar más adelante al conocerla, la vida de nuestro protagonista es azarosa, pero no muy larga,  y veréis porqué.

Nuestro personaje de hoy, es efectivamente un español, un hombre nacido en el territorio de la península ibérica, y se trata de un sabio, un hombre dedicado por vocación, por inteligencia y por actitud al estudio, al trabajo y a la investigación.

Pero también es un hombre que predica conductas, comportamientos y pautas que él mismo no cumple  durante su existencia.

Cierto también, que es un personaje al que no le perduran demasiado los momentos de bonanza y felicidad, muy al contrario, consigue eso sí,  llegar a altas cotas de éxitos personales, pero pronto los pierde.

Veámoslo:

Es un hecho que no existen documentos acreditativos fehacientes de su nacimiento en Córdoba, cosa que no ha debido llegar a oídos de historiadores modernos catalanes, pero es lo natural, que  si su padre era procurador imperial en Córdoba y la madre era de un pueblo a setenta kilómetros de esa ciudad, Arjona, el chiquillo naciera allí.

Por tanto,  nace Lucio Anneo, en el seno de una familia de patricios romanos,  en una provincia del Imperio, la Bética, aquí en Hispania.

Su padre, era una persona verdaderamente importante, y ha de ser así, ya que a nuestro protagonista le llaman en la Historia “el joven” con lo cual, debemos entender que a su padre lo conocieran por el “viejo” pero, sin duda, por su notoriedad también, como filósofo, orador y escritor;  Marco Anneo se llamaba.

Tiene desde pequeño mala salud nuestro protagonista, es asmático, sin embargo, muere de casi setenta años, y no por  causa natural, cosa bastante insólita para aquellos tiempos: – bendita mala salud -.

Posiblemente, y ante las buenas aptitudes que se ven desde el principio en el muchacho, y con el afán natural de todos los padres de que el chico “haga carrera”, lo envían a la capital, a Roma, con una hermana de su madre su tía Marcia que lo atiende solícitamente tanto en lo personal como en lo social y por supuesto en lo intelectual, abriéndole todos los ámbitos de estudio y promoción.

Durante unos años, acompaña a su familia que es destinada a Alejandría y vive en Egipto, donde completa estudios generales: geografía, meteorología, ciencias naturales pero sobre todo, filosofía que es su fuerte, y a lo que en realidad va a dedicar su vida; a ser un pensador y posiblemente, de los mejores que han conocido los siglos.

Vuelto a Roma, inicia una carrera política que podemos llamar meteórica, y llega pronto a ser cónsul y posteriormente senador de gran prestigio, estudia retórica y otras materias alcanzando el éxito completo y  llegando a ser el personaje central y destacado en el Senado.

A la muerte de Cesar Augusto, había subido al Trono Imperial, Tiberio sucediendo a este Calígula, 30-40 años, ya  después de Cristo, y ocurre que, como siempre, no es bueno ser demasiado importante en las dictaduras, en las que el importante, ha de ser siempre el dictador.

Y naturalmente, pierde el favor del César que es como decir, ¡se ha terminado! ¡Aquí no pintas nada!

Y conociéndolo, lo admite y se retira de la vida pública, buscando simplemente su seguridad.

En cuanto al pensamiento de Séneca, siempre se le considera un estoico, pero veamos brévemente:

¿Qué es el estoicismo? pues una corriente de pensamiento que nació en la Grecia clásica,  puesta en marcha por un tal Zenón de Cítio, o Zenón el estoico, y que consiste en que los enmarcados en ella aceptan la existencia de un dios que es la naturaleza en sí misma, y su moral consiste en vivir precisamente de acuerdo a ella sin que nada, y sobre todo nadie lo perturbe, de esta manera un estoico no puede creer en lo mundano, ni en el dinero, ni en el amor, ni en el vicio, ni en la virtud, puesto que nada de esto se ajusta propiamente a la naturaleza.

Y aquí viene aquello de   – haced lo que yo digo, no lo que hago –

Nuestro protagonista, que temiendo por su seguridad, se ha retirado de la vida pública ve, desde luego con asombro, como también al que retiran unos pretorianos de mala manera, es al propio emperador;  y en este caso, a golpe de daga con lo que dejan a Calígula como un chicharro…

Le sucede, su tío Claudio, un emperador no demasiado malo para lo que se estilaba, pero no tanto como para fiarse.

Y menos ya que ahora, entra en escena, Mesalina, un “pajolero” bicho, más puta que las gallinas y que le toma ojeriza a Séneca, acusándolo de relaciones amorosas adúlteras con la mujer de su sobrina, una tal Julia Livila, sin duda para quitárselo de encima, ya que sigue teniendo mucha influencia en el Senado y con su apoyo, podría hasta ser posible la vuelta a la República.

Fuera cierta, o no la acusación de la relación sentimental, el hecho concreto, es que  él, – por si acaso –  ya ha conseguido una gran fortuna, ¡toma estoicismo!

Pero con fortuna y todo, Claudio lo destierra a Córcega.

En este tiempo del destierro mueren su mujer y su hijo, y la vida recluida, que aunque en lo intelectual ha sido muy provechosa, en lo personal lo incapacita enormemente, al considerar que aquí podría encontrar el  final de sus días.

Pero mira por dónde, sucede que Mesalina, a la que su conducta, ya no licenciosa, sino escandalosa, al emperador, su marido, por fin, le llega la onda, y  la manda matar por puta; y es que el pobre Claudio, ya no podía pasar ni agachándose por las puertas más amplias, y claro, inmediatamente un centurión, la despena, aunque la historia no cuenta de que manera…

Y nuevamente el emperador se casa, esta vez, con una tal Agripina, mucho más lista y más fina, que la otra.

Parece ser, que no es de ahora, el atractivo que han tenido las nórdicas siempre  entre los mediterráneos, esta resulta que era alemana, de Colonia, para más señas, y hasta cambió el emperador el nombre de su ciudad de origen, que se pasó a llamar Colonia Agrippinensium.

Aunque el nuevo emperador ya estaba previsto que fuera un tal Britanio, hijo de Claudio y Mesalina, resulta que la nueva esposa, Agripina, mueve los hilos y los mueve bien, y  el puesto lo ocupa un hijo, curiosamente no de ella y  Claudio, no, un hijo de su primer matrimonio, con un cónsul romano llamado Aerobardo, que se llama: ¡agárrense!… ¡Nerón!

Naturalmente, el futuro nuevo emperador, necesita un preceptor, un maestro, y todos piensan… ¿quién mejor que Séneca?

– ¡Vamos! Claudito, trae al sabio ese, de nuevo a Roma y que eduque al “chiquillo”, que se le ve venir con unas maneras fatales. ¡Anda, hombre!

– Alemana, pero sí que es fina la Agripina –

A la vuelta de nuestro protagonista a la Corte Imperial, contrae nuevo matrimonio con Pompeya Paulina, importante dama de la élite romana que lo introduce nuevamente en los círculos del poder, y se convierte en el preceptor del Emperador.

Y al pobre Claudio, que por cierto, a este sí, que podría ser considerado el arquetipo de la mala suerte, le dan poco tiempo después un exquisito plato de setas y en lugar de decir, ¡qué cosa más rica!, pues no, las palma “ipso facto”.

No estoy seguro, de si la que mandó matar por puta, no era más decente que esta nueva.

Y ya tenemos a uno de los malnacidos más insignes de la historia abriéndose camino, con una solícita madre y un magnífico maestro.

Al principio todo bien, solo muy pocos  añitos, tiene la criatura y Séneca, efectivamente, lo desasna.

Claramente se puede decir en este caso, aquello tan célebre que dice:

–  Jamás salen palomas de los huevos en un nido de gavilán –

Qué gran verdad.

El ambiente, en general, no podía ser peor, pero este Nerón los superó a todos. Seneca, efectivamente era su preceptor y maestro, aunque esto no suponía autoridad alguna, lo que sí le concedía era un importante prestigio. Tanto, que junto con otro personaje también sin competencias políticas, pero un serio y honesto militar Sexto Afranio Burro (también este, con el nombrecito deja huella) y puesto que son, las dos personalidades destacadas del entorno del jovencito emperador, consiguen ser el auténtico gobierno en la sombra.

No fueron muchos años, seis o siete, y desde luego, se demuestra que ninguno de los dos eran ni malos ni tontos, ya que los aprovecharon bien, y Roma, al decir de los historiadores se benefició de un gobierno honesto y conveniente.

Pero, el “niño” crecía…

Y se puede decir, que tanto en edad, como en mala leche…

¡Qué barbaridad! Parece imposible que se pueda ser tan jodidamente malo.

Comienzan por caerle mal todos los de su entorno, y directamente, los va mandando matar…

Posiblemente para  que no quede tan llamativo, a su maestro, a Séneca lo que le hace es ordenarle que se suicide, que no hay duda de que es una forma casi angelical y, cercana a lo amorosa, de deshacerse de alguien

¡Bueno, hombre bueno! la verdad es, que a una persona que se había caracterizado por su prudencia, lealtad y honradez, no parece la decisión más adecuada, ni por supuesto la más justa…pero…

Y este es el final de nuestro personaje, casi con seguridad, que no parece corresponder su exposición a uno de los más grandes pensadores que ha dado la humanidad.

Cayó en desgracia del emperador, y de esto ya son conocidas las consecuencias; porqué se le acusa de atesorar grandes riquezas, cosa que por otra parte, era verdad, y  que quedaba muy mal en un estoico; modelo de vida que él había siempre elogiado, y por si faltaba algo, le cuelgan otros amores pero ahora con la alemana, la propia Agripina, madre del emperador, y ni qué decir que se suicida, desde luego no por propia voluntad, pero se cortó las venas y parece ser que como la cosa no funcionaba del todo, además   toma  cicuta que era el veneno de moda.

Era, el año 65 después de Cristo, pero no tenía 65 años, ya que había nacido en el año 4 antes de Cristo.

Muere así uno de los más grandes pensadores de la humanidad.

Ha influido con sus pensamientos en gran cantidad de autores, fundamentalmente en las corrientes humanistas del Renacimiento.

Su obra es muy numerosa, y abarca desde lo que podríamos considerar  ahora, ensayos, que los denomina “Diálogos” sobre los más diversos temas, como: la felicidad, la brevedad de la vida, la serenidad del alma, la sabiduría y otros muchos, y que son auténticos ejemplos de inteligencia, cultura y erudición.

También escribió tragedias basadas algunas de ellas en obras griegas, eran piezas literarias para ser leídas, ya que por entonces la escenificación era muy poco acostumbrada. Y en ellas refleja, maravillosamente por cierto, todas las pasiones humanas, envidia, rencor, odio, ira  y las consecuencias de ellas en la vida de los humanos, engendrando desventuras y adversidades, pero así mismo ensalza, celebra y pondera las virtudes que adornan a sus personajes.

Por otra parte existe otro importante apartado de su obra repartida en escritos dirigidos a las más diversas personas, y con las más diferentes intenciones, consuelo, sátira, agradecimiento, felicitaciones, y hasta súplicas.

En este apartado resulta interesante referir que, por ejemplo, en una de las más conocidas como son las – Cartas a Lucilio – en las que en 124 epístolas contestando, en teoría  a su amigo, escritas en los últimos años de su vida, parece ser por las averiguaciones puntuales realizadas modernamente, que el tal Lucilio nadie sabe si existió, o era una simple artimaña literaria que usaba, para responder a preguntas que él mismo se hacía.  En ellas están resumidos los rasgos más característicos del pensamiento de Seneca que fundamentalmente son dos, su rechazo absoluto de la esclavitud, por un lado, y  la defensa de la voluntad libre del hombre, por otro.

Efectivamente, en prácticamente todas sus obras, trasluce un pensamiento de elogio de la virtud, de la vida honesta y austera, de la igualdad entre todos los hombres, que son similares a los que se  dan en las normas del cristianismo, tan es así, que incluso, aunque posteriormente se ha conocido no ser cierto, se mantuvo algún tiempo la posibilidad de una conversión a la religión de Cristo.

No hay duda de que se encuentra entre los personajes más influyentes y más destacados del pensamiento universal. Es verdaderamente una figura de las más importantes en el humanismo de todos los tiempos.

Sin embargo, y es curioso, ha pasado a la historia como una de aquellas personas que con los acontecimientos de su vida, no llegó a manifestar lo que con sus criterios aseveraba, incluso a veces hasta con rotundidad.

De ello, y puede repetirse la frase tan conocida cuando se le nombra: aquello de: “haced lo que yo digo, no lo que hago”

Se trata de aquella digresión, por otra parte bastante frecuente en el ser humano, entre el pensamiento y el comportamiento.

Ahora, me gustaría haceros llegar, por supuesto, sin que supongan  importunaros demasiado, algunos de los pensamientos de este magnífico genio de conocimiento humano.

Bien es verdad, que podéis cuando vuestro deseo lo reclame, leer muchas de ellas en Internet.

Pero estas son las que yo considero más adecuadas a su memoria, y también las que  con ellas puedan llegar hasta vosotros, con alguna claridad, sus razonamientos:

  • En tres tiempos se divide la vida: en presente, pasado y futuro; el presente es muy breve, el futuro dudoso, el pasado es el único cierto.
  • La ira, es un sentimiento tan ácido que puede hacer más daño al recipiente en la que se almacena que en cualquier cosa sobre la que se vierte.
  • Aquel que quiera vivir siempre rodeado justos, viva en el desierto.
  • Lo que muchas veces no prohíben las leyes, puede prohibirlo la honestidad.
  • El pobre carece de muchas cosas, pero el avaro carece de todo.
  • Nunca podremos evitar las pasiones, pero con seguridad, siempre podremos vencerlas.

Pero ahora recuerdo que, cuando al principio me refería a él y a su pensamiento, lo hacía para contaros algo que precisamente nos refería el propio Séneca, sobre unos hechos que le habían impresionado y que merecían ser reproducidos, referentes por un lado, al alucinante y desaforado lujo en el que se vivía en Roma, y por otro,  al espíritu que adornaba al Cesar, al primero, en cuanto a su moderación, sobriedad, prudencia, rectitud y buen juicio.

Parece ser, que un importante banquero del momento llamado Polión, amigo personal de César, le ofrece un banquete que colma todas las expectativas del lujo de aquel momento. Son solamente diez invitados, mas el anfitrión y el César, varios senadores, generales y la más alta élite del momento.

Los excesos de todo tipo eran la señal de haber llegado a la cúspide del éxito, y este había de ser memorable.

El sitio, una villa propiedad del banquero en la bahía de Nápoles, los manjares, indescriptibles, desde las ostras, traídas de la Bretaña, las lampreas vivas traídas de la costa cantábrica, las más exquisitas frutas de las costas de África, en fin todo, absolutamente todo.

Pero había una novedad, algo que hasta este momento no se conocía, algo inédito, el anfitrión Polión, había conseguido, lo que hasta ese momento no se había visto nunca, – vasos de cristal. –

Hay que imaginarse cómo se fabricarían, posiblemente de uno en uno y a mano, bueno, o mejor dicho, a sin mano, puesto que al poner por calor el cristal en forma  líquida para moldearlo, ¡no quiero ni pensarlo!

Y por lógica, y por novedad el precio era desmesurado; dicen los cronistas que alcanzaba cada vaso los sestercios suficientes para comprar cien esclavos, debemos pensar que, aunque el kilo de esclavo no fuera mucho… calculemos, una verdadera millonada.

La fiesta se desarrollaba convenientemente, horas y horas de festín, y el emperador que paradójicamente, no había pedido en ningún momento el alivio de las esclavas preparadas al efecto, orientales, morenas o rubias nórdicas, como era costumbre entre plato y plato; ni así mismo se había desplazado en ningún momento al vomitorium, cosas ambas, que los demás invitados realizaron en varias ocasiones.

Y de pronto, se oye un ruido extraño y parece ser, que un esclavo, sin querer, con la túnica, ha tropezado y dejado caer un vaso desde la mesa, que  se ha estrellado contra el suelo haciéndose pedazos.

Casi todos medio borrachos, eso sí, hartos de comer y de todo, pero un silencio general en el transcurso del cual todos se miran, y miran al César, y también a Polión.

Y Polión, pide permiso al César para arrojar al esclavo al estanque de las anguilas, y de las lampreas…

El castigo es como para temblar.

Y el César que dice que no, que el esclavo a la cocina, y que ojito con tocarlo;  además, manda traer todos los vasos y él, uno por uno, los estrella contra el suelo.

No me negareis que es faena, digna de un maestro, repudiando públicamente los excesos, la superabundancia y las exageraciones de aquella fiesta, sobre todo con el detalle de romper él mismo los vasos…

Pues, como estarían los tiempos, que  no salió a hombros, fue a este  al que posteriormente mataría Bruto. Nadie, parece ser, que en aquella sociedad corrompida, entendió el gesto.

En una de sus frases más célebres Senaca dice:

– Algunos son considerados grandes puesto que también se cuenta el pedestal.-

En su caso no.

Él, al menos en su pensamiento, efectivamente, era así de  grande.

 

 

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