Rodrigo Diaz de Vivar

El Cid Campeador

Una bonita historia, entre la leyenda y la realidad

-Sí, dígame…

-Oiga, es usted el que escribe en Internet, eso de las biografías con comentarios…

-Se refiere usted al blog  de Biografías comentadas.com

-Si eso, eso…

-Pues sí, soy yo, dígame en que puedo ayudarle.

-Pues verá, perdone que le moleste por teléfono, pero me parece mejor llamarle y hablar con usted, créame que con esto de la tableta que me han regalado mis hijos, lo único que hago bien, es leer en ella, pero luego las demás cosas pues no se me dan del todo.  Soy mayor sabe usted, y no me las arreglo mucho…

-Ya, también a mi me pasa…

-Muchas gracias, la verdad es que no quisiera importunarle con mis cosas pero verá, se trata de decirle que he leído bastantes de las reseñas que escribe usted en eso, y algunas me han gustado.  La del Gran Capitán, me pareció muy bien y la de la Fornarina me gustó., Esta última de los Neanderntales esos, es muy entretenida…

-De verdad, que le agradezco mucho su interés, y me alegra mucho que le hayan distraído.

-Pero verá, es que yo quería preguntarle algo, si es que da usted su permiso…

-Naturalmente, no faltaba más…

-Mire es que yo soy de Burgos, y en ninguno de sus escritos, ha nombrado usted nunca al Cid. Y quería preguntarle… ¿No lo encuentra usted importante?

-Tiene usted toda la razón, ¡Pero por Dios!, como no voy a considerar importante a Don Rodrigo Díaz de Vivar, una de las figuras más representativas de nuestra Historia. Faltaría más.

-Ya, claro, eso me parece a mí también…y es por eso que…

-Pues mire, le explico. He pensado varias veces en hacer, en una de mis entradas, la semblanza de este personaje y siempre que lo he intentado me ha pasado igual: no he sabido distinguir, para presentarlo, entre la realidad, la ficción, el mito, la tradición, la leyenda…

-Oiga, eso de la leyenda… qué sus huesos están en la Catedral…

-Por supuesto, lo sé. Pero mire, ahora aprovechando su llamada, le prometo que en la próxima semana, me voy a poner en contacto con usted y vamos juntos, a emprender la tarea. ¿Le parece?

 Huy, por mí, sí señor, cuando usted guste.

……………..

-Bueno, pues ahora que estamos nuevamente en comunicación y con más tranquilidad, si le viene bien, comenzamos…

-Pues muy bien, mire, es que yo, como le dije,  soy natural de Burgos y muy aficionado a esto de las cosas de la historia ¿sabe?  Y desde pequeño, cuando en la escuela nos  contaban, las hazañas de Cid, me aficioné a leer sus victorias contra los moros y esas cosas, tal vez, por ser de aquí, ¿sabe usted?

-Permitame entonces que haga precisa, y únicamente para usted, una pequeña introducción al tema:

-Aunque es una gran verdad que el tiempo,  quita brillo a los hechos, y cuando es, como en este caso, tan largo; mejor entender, para abordar el tema, que los acontecimientos acaecidos en la vida de un  personaje pueden ser, solo el reflejo de la buena voluntad de la persona  que lo escribe.

-Oiga mire, no me va usted a decir ahora que el Cid era una mentira.

-No de ninguna manera, pierda cuidado.

-Se trata solo, de que a los que nos gusta la historia, nos agradaría que todos los sucedidos, sobre los que versan nuestros escritos, fueran solo toda la verdad, y eso…

-Pero ahora la cosa esta muy sencilla, lo que queremos es únicamente, conocer la historia de D. Rodrigo Díaz de Vivar, nada menos que – El Cid Campeador -, ¡ahí es nada!

-Pues verá usted, se ha escrito tanto de este personaje, es tan conocido,  tan real y tan cercano, que parece casi pertenecer a nuestro tiempo. Aparenta ser de ahora mismo, ¿Por qué?, pues solo, creo yo, porque está tan maravillosamente bien contado y con tanto encanto, en una obra literaria que todos conocemos. El – Poema de Mío Cid -, que incluso para muchos de nosotros, podría ser real.

-¿Es que piensa usted que no lo fuera?

-Verá…  ocurre, como  con algunos otros  personajes de ficción, aunque este no lo sea, por ejemplo, con D. Quijote o con D. Juan Tenorio,  que existen, por supuesto, nada más, que como producto de la inventiva de sus autores, en una obra literaria.  Resulta, que en ella, están tan bien logrados, con tanta realidad a su derredor y con tanta definición de sus características, que  tenemos la sensación de conocerlos personalmente. En una palabra, se han incorporado a nuestras vidas, y  forman  parte de nuestro mundo. Son como algo propio:

-Decimos, en nuestra vida diaria…

-Nada, no le hagas caso… es un Tenorio…

-¿Ese?, desde luego, es un auténtico Quijote…

-De hecho, están en nuestro entorno, forman parte de nuestra realidad…

-Y hasta llegamos a considerar que, todas las características, hechos y hasta personas, que junto a ellas, nos han llegado, sean, así mismo, ciertas…

-¿Por qué no iba a existir, una Doña Inés?

-¿Y,  Sancho?  ¿Es que no tiene un sitio, también en nuestro universo?

-Los italianos que para estas cosas, se pintan solos, dicen:

 – Non  e vero, ma e ben trovato – (puede no ser verdad, pero está tan bien contado).

-Bien, todo muy bien, pues resulta que en el caso que nos ocupa, con el personaje de  – El Cid –  ocurre también, que existe, efectivamente, esa  obra literaria, – El Poema del Mío Cid -, en la que está reflejado tan estupendamente y con tanta autenticidad, que nos ocurre como con aquellos otros; aparte de que, así mismo, se trata de un auténtica obra cumbre de la literatura española.

-Pero lo que sucede aquí,  en el caso de  Don Rodrigo, es que  no está clara la frontera que separa la ficción de la realidad. Quedan desdibujadas las líneas entre su historia real y lo que el poema nos cuenta.

-Se trata, de que como personaje auténtico que es, tiene como persona física, una historia que no es exactamente la que nos describe la obra literaria.

-Un momento, tendrá usted razón en esas cosas que dice, pero lo cierto es que yo,  en mi caso, llevo tantos años conociendo al  Mio Cid, que hasta me alegro cuando, valientemente, se enfrenta al Rey Alfonso y le hace jurar no tener que ver con la muerte de su hermano Sancho.

-¡Y, créame si le digo que me alegro tanto, cuando vence a los moros…!

-Pues claro, pero verá, eso tiene una única causa. Es por el hecho de que  han llegado a su conocimiento por las más diversas vías y desde siempre, los testimonios expresados precisamente, en el poema escrito con tanta pasión, en uno de los más bellos de la Literatura Universal.

-Entonces, ¿quiere usted decir que el Cid no era como dice el libro?

-No, no quiero decir eso, es solo que, -según-  que libros.

-Efectivamente, Don Rodrigo, podría ser en realidad, ese ejemplo de valentía, pundonor,  incluso  heroísmo, y por supuesto de honradez, que nos enorgullece y le hace, ante nosotros, aparecer como un verdadero icono del hombre de bien.

-Y es que, ¿no le parece a usted que fuera así?….Con lo necesitados que estamos ahora, en estos tiempos, de  personajes como él.

-En eso, sin duda, tiene razón. Pero se trata de plasmar, creo yo, lo que habría de ser, la auténtica realidad. Y para ello, si le parece,  analicemos los pormenores…

-Ocurre de manera cierta, que, en cualquier obra escrita, sea  cuento, película, relato, aventura, histórica o no, para resultar sugestiva e interesante ha de tener un “algo” de poético, es decir, debe de impregnarse siempre de cierto “lirismo”  y la obra de la que estamos hablando lo tiene sobradamente.

 -Veamos algo importante  ¿Cuáles eran los estratos sociales entonces? En en aquellos tiempos del Cid, – siglo once, en sus comienzos – pues la sociedad estaba compuesta  por los reyes y la nobleza, por un lado, los siervos y vasallos, por otro,  y  naturalmente, el clero.

-De ello, que hubiera tres formas de contar las cosas y las contaban algunos de los que pertenecían a cualquiera de éstos  ”estratos” culturales.   Por supuesto, los que tenían para ello habilidades intelectuales y de comunicación,   que se englobaban en esos tres apartados que dieron en llamarse, Mester de Juglaría, de Cortesía, y de Clerecía.

-El poema del Mío Cid, es del primero.

-Y este llamado  “Cantar”  tiene, desde luego, ese cautivador interés, que no ha perdido, aunque han pasado casi ya mil años desde que se escribió.

-Desde luego, los tiempos al cambiar tanto, desde entonces, han de influir de manera importante en estas cosas ¿verdad?

Clarisimamente, lo primero, entender la época.

-Corre, poco más del primer milenio, están casi naciendo los reinos independientes en el solar de la península ibérica.

-Hablando de guerras: las armas, eran solo los aceros y la musculatura que los sustentaban. Si hablamos de costumbres, exclusivamente las ancestrales, orientadas por primarios instintos de alimentación, reproducción y  sentido del honor.

-Refiriéndonos a comunicaciones, no solo dificultosas, y lentas, por no decir casi imposibles, y por todo ello, si hablamos de información: hemos de pensar, que sus cauces eran exclusivamente las tradiciones orales, trasmitidas de padres a hijos.

-Pero,  ¡cuidado! Existía una  muy importante: los juglares.

-Era  así, no es que yo  lo diga, los juglares eran en aquel momento, la radio, la televisión, los periódicos….  en una palabra, todo lo que podía significar información.  Eran efectivamente, el máximo saber al que se podía aspirar entonces el pueblo.

-La obra a la que nos referimos estaba pensada para eso, para ser cantada por los juglares y de ello, la difusión que en su momento alcanzó.

-Hacía ya más tres siglos que “el moro”, ¡vamos!  Los árabes, que pueden llamarnos la atención por llamarlos así ahora,  estaban en suelo

-Hay que entender que trescientos años ya eran bastantes para lo que ha tenido que ocurrir, en cualquier época, y ¿Qué es? Pues que todo, absolutamente todo, en una sociedad se acomoda, se asienta y se va poco a poco amoldando, y  ¿qué significa esto?:

-Pues,  vivir con,  es decir, convivir.

-Efectivamente los dos pueblos tenían muchas más cosas que los separaban, eran mundos distintos, distintas religiones y naturalmente, por ello, agravios insalvables y diametrales formas de entender la vida.

-Por lo que veo, a usted le pasa como a mí, que  tampoco le gustan los moros ¿verdad?

-Desde luego…

-Pero, ese infinito y divino bálsamo que es el tiempo, lo alcanza todo y por ello – convivieron -.

-Ya con cerca de trescientos años de relación, las cosas habían cambiado bastante por varias razones, una, porque efectivamente los cristianos no se conformaban con que, a los que ellos seguían considerando extraños, mantuvieran como suyas, tierras que habían conseguido por la fuerza, cosa de bastante razón; y por otra, que los árabes, entre ellos, tampoco se tenían demasiadas consideraciones raciales.

-En fin, no nos engañemos: entre ellos se llevaban, casi peor que nosotros, los cristianos.

-Ha de ser cierto,  que una de las más importantes  contingencias históricas de todos los tiempos, para nosotros, ha sido la Reconquista, pero resulta que, por los nombrecitos y por su largo espacio en el  tiempo, nos ha resultado  siempre dificultosa de asimilar.

-En los dos tomos de Sánchez Albornoz, de  su más grande e importante obra, que es la  – La España Musulmana –  se  ve muy claramente como él mismo, nos ilustra, de que no hay  más que dos hitos históricos importantes en nuestra historia, la romanización y la arabización de España.

-Y es con él, cuando nos damos cuenta de que la Conquista tiene una duración, de aproximadamente, unos cincuenta años o poco más, y sin embargo, la Reconquista abarca seiscientos largos. Teniendo, sus dos máximas cumbres  en dos batallas: la de – Covadonga – en el año 721 y  la de – Las Navas de Tolosa – en 1212,  siendo, las dos, principios del final, una, de la Conquista y otra, de la Reconquista.

-Hay un verso, que lo define muy  bien, y que más o menos, dice así:

    Y llegaron los moros, y nos molieron a palos

                 Que Dios ayuda a los malos

               Cuando son más que los buenos

-Eso en principio y que desde luego, considero de la mayor importancia.

– Que eran efectivamente muchos no, muchísimos. ¿Qué podríamos pensar?  Si  actualmente en la alambrada del puesto fronterizo de Melilla,  en lugar de trescientos vinieran trescientos mil, y con los medios de entonces…… pues eso.

– Tiene razón.  Efectivamente, siempre, nos han dicho  en los libros que eran muchos y que venían en grandes oleadas…

– Entiéndase, también, por otra parte, como se crea una frontera.

– Parece hasta natural que, durante años y años y casi siglos, no se puede estar guerreando continuadamente, nadie podría soportarlo y  resulta que  sin darse cuenta, entre  unos y otros se llega a instaurar, lo que se denomina: – tierra de nadie – en la que, a ambos lados, existen dos civilizaciones distintas.

– A la orilla cristiana llegan influjos, algunos de ellos con el – Camino de Santiago –  Procedentes  de la naciente Europa, formada por pueblos de origen germánico, rudos, mucho más primitivos, y naturalmente más incultos.  Sin embargo, del  lado musulmán, en el que viven prácticamente gentes casi iguales a las de enfrente, pero las  influencias que  llegan, vienen de un mundo mucho más culto, más refinado, ya que, en aquellos años, Al Ándalus era, hasta que se extinguió por fragmentación como siempre, el centro de la cultura del mundo, con su califato en Córdoba.

– ¿Y cómo no?, tenía que existir una interrelación, entre estas gentes, de todo tipo, cultural, política, intelectual, militar, ideológica religiosa y hasta  humana.

– No podía ser de otra manera.

– Quiere usted decir que ¿teníamos relaciones con los moros?

– Pues naturalmente. No todo podía ser guerra durante tanto tiempo.

– Que existían esas relaciones entre los más altos niveles, lo conocemos a ciencia cierta, por multitud de documentos y pasajes escritos, algunos  hasta graciosos, que nos ofrecen los historiadores;  como aquel,  en el que Abderramán envía desde Córdoba a León, a un Medico y Embajador judío como  petición de su abuela, Reina de Navarra, para tratar de resolver el problema del Rey Sancho.  Este judío es Hasday ben Xaprut, que por cierto, tiene en la actualidad  hasta un monumento en Jaén, de donde era oriundo; para que una vez en León tratara al Rey de su obesidad, ya  que había sido destronado, por los nobles leoneses a causa de esta enfermedad.

– Y siendo esto así, ¿como en las demás clases sociales no habría de existir una parecida interrelación?

– O sea, ¿que considera  usted, que habría tratos entre los cristianos y los moros?

– Claro de sí,  llevaban viviendo juntos tantos años, que no podía ser de otra manera, es más, le diré que cuando, con los años,  los moros perdieron fuerza, los cristianos les cobraban tributos por vivir en sus ciudades.

– Cierto, que anteriormente, en su pujanza, había sido al contrario.

– Sin embargo, yo creo que Mío Cid, parece que  lucho siempre contra los moros, ¿o no?

– Pues la verdad es que… siempre, no.

– Entonces  ¿quiere usted decir, que era un soldado de esos, que se llaman de fortuna?

– La verdad es que no se podría llegar a decir tanto, puesto que se trata como le voy a explicar, de algo más complejo, verá:

-Considerar a el Cid, como un combatiente por dinero, significaría menospreciar una figura tan noble y honrosa, tan respetable y que dignifica tanto nuestra historia con su nobleza como la del insigne Campeador.

– Esto, naturalmente por delante, pero vamos a tratar de conocer su figura y no me gustaría que nadie, pero sobre todo usted,  viera en estas líneas  intención  ni deseo alguno de desmontar nada, simplemente mi pretensión es tratar de entender esta figura.

– Pero entonces, dígame usted, ¿considera al Cid como un mercenario?

– Me gustaría antes de contestarle,  hacerle dos precisiones,  por un lado, el Poema de Mío Cid, del que hablaremos luego y por otro,   la biografía de nuestro héroe, D. Rodrigo Díaz de Vivar, que aunque parecen lo mismo, curiosamente  tienen muy poco que ver.

– El poema es el representante máximo de nuestra literatura épica, bueno y apurando un poco, hasta de la literatura española, escrita todavía en lengua romance.  Pertenece por derecho propio a la adscripción de lo que antes veíamos como Mester de Juglaría.

– Me habla usted del verdadero Poema del Mío Cid, del genuino, el que todos conocemos, que me parece que está, en la Biblioteca Nacional.

– Pues sí, de ese, efectivamente.

– Pues en él, dice las cosas muy claritas, me parece…

– Sí señor, así es, efectivamente. Pero digamos que aventuras… libremente inspiradas… atentos a esto.

– Del Poema fehacientemente no se conoce su autor, existen muchas especulaciones,  posiblemente –  Per Abbat -, identificado por verdaderos expertos en el estudio del Poema piensan que fuera el único autor, hombre culto, con profundos conocimientos jurídicos  y conocedor de las regiones  donde se desarrolla la acción, Castilla, la Alcarria el Maestrazgo, y Valencia, y que fuera escrito entre  los años 1190 y 1207.

– Identificados, se puede decir que existen dos lugares desde donde pudiera ser que dos poetas escribieran algunos de sus versos, son: San Esteban de Gormaz y Medinaceli.

– Se compone de tres “capítulos” en, nada menos, que 3.700 y pico versos,  y está pensado para efectivamente ser  “cantado”, y esto es, que los versos, en general, están divididos en hemistiquios, o partes, con una llamada, cesura, entre ellos, que podríamos decir que consiste, para entenderlo bien, como en una pausa, para que, quien lo recita o canta, pueda respirar.

– En general casi todos los versos riman en asonante.

– Es un tomo de 75 pergaminos al que le faltan algunas hojas y que se conserva en la caja fuerte de la Biblioteca Nacional de Madrid, en condiciones óptimas de temperatura y humedad y me atrevería a pensar que también de seguridad, ¡quiera Dios!

– Pensemos, con horror, en el Codex Calixtito.

– A propósito de ello, me gustaría contarle ahora, algo que me ocurrió hace muchos años, puede, ya no me acuerdo bien, que sobre los años setenta.

– Pasaba yo entonces mi consulta, en un ambulatorio en la calle Marqués de Cubas, y una señora en el trascurso de la conversación me dijo:

– Si, es que yo trabajo en la Biblioteca Nacional…

-Entonces yo, que siempre he tenido verdadera curiosidad por estas cosas,   – lo llaman, alma de bibliófilo – creo que, muy osadamente, le pegunté:

-Y, existe alguna posibilidad de que pudiera yo, ver de cerca el Poema de Mío Cid.

– Pues lo voy a intentar, me contestó. Efectivamente a los pocos días me llamó para decirme, que podía pasar por la Biblioteca, a una hora determinada, y que podría verlo.

-Efectivamente fue así. Lo sacaban con cierta periodicidad. No lo llegué a tenerlo en mis manos, por supuesto, pero, efectivamente, me lo enseñaron.  (Recuerdo, que llevaba  guantes y mascarilla, quien lo hacía).

-Ahora lo rememoro con auténtica emoción, entonces contenida y ahora recreada, y todavía al acordarme, siento cierta sensación agradable.

– Estaba en la Biblioteca Nacional, desde Diciembre de 1960, cedido por el Ministerio de Cultura,  al que se lo había donado la Fundación Juan March.  Había estado en posesión de la familia Pidal, que milagrosamente lo compró, ya que  anteriormente  “alguien”,  como se dice siempre, “bien intencionado”   y hasta es posible que, sin “ánimo de lucro” lo había enviado a Boston.

– Bueno, muy bien, y si lo conoce, dígame, también conocerá  el argumento, ahí están, muy claramente expresados los hechos de Mío Cid.

– Digamos que se trata exclusivamente, como le comento, que de una obra escrita para ser cantada, y nos cuenta muchas cosas pero curiosamente, algunas son inventadas, o diríamos más bien recreadas de  distinta forma.

 – Hombre fuerte, valiente y sin embargo moderado, que es desterrado y que  con su conducta y también con sus tributos al Rey, se vuelve a congraciar con él.

– Ayuda al rey moro de Zaragoza, rinde Valencia,  él, que era uno de tantos infanzones, es decir nobleza de baja escala, llega por sus dotes personales a la más alta nobleza y a conseguir que el reino de Valencia sea considerado hereditario.

– Nuevo deshonor, puesto que sus hijas son vejadas y maltratadas por unos infantes conocidos como – de Lara,- en un robledal, llamado de Corpes, y que nunca se ha sabido donde está, ni si existe.

– En lugar de tomar venganza como parecía lógico pensar,  lo pone a juicio del Rey, que le exonera de culpa y le permite que las case con reyes de Navarra y Aragón.

– La verdad, muy bonito, yo diría que hermosísimo.   Tiene lo que decíamos antes, no solo encanto sino fascinación y atracción por su belleza.

-Hasta aquí, todo perfecto, pero la verdadera realidad, es otra, no tan diferente, pero desde luego, otra.

– Entonces, es mentira lo del poema…

– Pues, como siempre en estas cosas, no del todo.  Recuerde lo que le decía de – libremente inspiradas –

– Fernando I, rey de León y Conde de Castilla,  tuvo cinco hijos, Sancho, Alfonso, García, Urraca, y Elvira. Y en lugar de, como siempre heredar el trono el mayor, al bueno de Fernando se le ocurrió la peregrina idea de repartir su reinos y soberanía de ciudades entre todos sus hijos, ¡para caprichitos estaban las cosas¡

– Pues así lo hizo.

– Al  primogénito, Sancho, le tocó Castilla  y los tributos que pagaba el reino moro de  Zaragoza.  Al segundo, Alfonso, la principal corona entonces, el Reino de León, con derecho a los impuestos que había de pagar el rey moro de Toledo.

– Al pequeño García, el reino de Galicia.

– Y a las “niñas”  Zamora para Urraca y Toro para Elvira.

 – Y ya tenemos el lío montado, puesto que naturalmente, se llevaban como “hermanos”.

– Pues bien, Rodrigo Díaz, nace en el seno de una familia, de hidalgos, pero de estrato inferior, los llamaban infanzones, y como en aquellos tiempos ocurría normalmente, si no eras vasallo, es decir no estabas ligado a la tierra que cultivabas, una de dos, o eras preparado para la guerra, o para el púlpito.  Podías valer o no, gustarte o no, pero esa era la norma.

– Y Rodrigo, al fallecer su padre, pasó a ser adoptado en la corte de Fernando I  para la guerra.  A la muerte de este, pasó a la de su hijo Sancho, con quien se había criado y, del que fue fiel amigo y compañero de armas en varias batallas.

– Con motivo de los “trajines” entre los hermanos, que entonces eran normales y que hemos apuntado más arriba, a Sancho, lo mata de mala manera un tal Bellido Dolfos en Zamora, y claro, Alfonso  se queda con las dos coronas, bueno, las tres, puesto que también le quita a García la de Galicia y a las hermanas las ciudades.

– Naturalmente sería por eso por lo que le llamaban el “Bravo”.

– Es con este,  con el que se las tiene tiesas siempre el Campeador.

– Era, efectivamente, un gran soldado, magnífico, podríamos decir, nuestro Don Rodrigo Díaz. Poseía todas las aptitudes y cualidades para ello, fuerza, valor, atrevimiento, aplomo y entereza.

– Y  por ello respetado y hasta temido, tanto, que provocaba la envidia de algunos otros caballeros de la Corte, sobre todo de uno, un auténtico malvado que se llamaba García Ordoñez  y, que había sido humillado por el Cid, con razón, en ocasiones anteriores.

– Como en muchas películas de ahora y por supuesto en  relatos de todos los tiempos, “él malo” parece ser, que tiene bastante ascendiente con el Rey y mientras Mío Cid, sigue con sus leales cobrando tributos para él, éste recibe falsas informaciones del malicioso García Ordoñez, sobre que parte de lo cobrado, el Cid  se lo queda, y  reparte con sus seguidores.

– No, efectivamente no está demostrado con certeza, eso de que le hiciera jurar en Santa Gadea, es una leyenda, bonita pero leyenda. Tampoco existe constancia, incluso  de que naciera en Vivar, cerca de Burgos, pero sabe  lo que le digo, que casi no importa. ¡Qué narices!

– Pues sabe usted lo que digo yo: que me parecen muy bien todas esas zarandajas que dice, pero para mí que la auténtica realidad está en el libro.

– Pues tiene razón, es verdad.

– Ya que,  posiblemente si seguimos así, vendrá un historidiota catalán, que es probable,  quiera convencernos de que nació en San Feliu del Llobregat y que al conquistar Valencia, es por eso que se consideran “países catalanes”.

– Naturalmente, como se decía entonces, tendremos que ponerlo, con razón,  – como no digan dueñas – que era, efectivamente eso, solo, palabrotas.

Lo cierto, con seguridad, es que lo más bonito que nos queda de él, es su memoria y esos  maravillosos versos de  Manuel Machado:

                            El ciego sol se estrella

                    En las duras aristas de las armas

                   Llaga de luz los petos y espaldares

                    Y flamea en las puntas de las armas

                         El ciego sol, la sed y la fatiga

                       Por la terrible estepa castellana

                     Al destierro, con doce de los suyo

                  -Polvo sudor y hierro-  el Cid cabalga.

-Con lo que, como epílogo y para terminar, mejor es que no le demos muchas más vueltas, y lo dejemos como está. Que por cierto, está muy bien.

-Puede, que posiblemente, lo del Poema, no sea todo verdad.

-Puede ser, pero es tan bonito, y al estar escrito, por alguien de nosotros mismos, es seguro que nos lo merecemos.

-Así qué,  Mire:

                                ¡Viva Mío Cid!

                          Que significa Mi Señor

                   ¡Viva Rodrigo, el de las hazañas!

                             ¡Viva el Campeador!

                            Señor de las Victorias

           ¡Viva Ruy el de Vivar! que gana las batallas después de muerto

        El de la barba crecida, y que en buena hora nació.

-Distingamos también, a sus cercanos:

                        Su mujer, Jimena Díaz

                 Sus hijos,  Cristina Diego y María

-También, ensalcemos a los leales que lo acompañaron:

                  Alvar Fañez,  el valiente luchador

                    Martin Antolinez, su fiel auxiliar

                  Martin Muñoz, su hombre fuerte

         Y hasta Muño Gustioz su inseparable criado.

-No se puede usted imaginar, como me gusta como lo dice ahora…

Pues verá:

Un simple soplo de aire fresco a nuestro amodorrado juicio…  ¿qué es?  solamente un hecho:  al pasar tan deprisa por Burgos,  nos estamos perdiendo parte de nosotros mismos.

-Nuestra Historia.-

– Esa incomparable y maravillosa Catedral.

– Qué caso de existir en algún otro lejano País, añoraríamos, de por vida, contemplarla.

– Y en ella, nada menos que un sepulcro: el de nuestro héroe:

¡ El Cid.!

-Sí señor, ahí está enterrado.

 -¡Claro! Pero anteriormente lo estuvo en San Pedro de Cardeña.

– También es verdad.  Sí, señor.

– Entonces, quedamos si le parece bien, que Don Rodrigo, fue un modelo de caballero, valiente, fuerte y honrado, arquetipo y ejemplo de nuestra raza.

– Que sí, en eso quedamos, efectivamente.

– Y para presumir más, lo tenemos escrito en verso… ¡anda!

– Pero, sobre todo, me gustaría resaltar uno, que hasta puede ser un magnífico compendio de la Historia de España.

          – De las sus bocas todos decían una razón

    -Dios, que buen vasallo, si tuviese buen señor-.

-Mire, sin tantos argumentos,  así como lo dice usted ahora, me quedo mucho más a gusto. De verdad

-Muchas gracias.

-Debo dárselas yo a usted por su paciencia al atenderme, aunque como siempre no he querido con ello  más que hacer llegar a los lectores el recuerdo de uno de los personajes… que fueron,  y que en este caso, como en algún otro,  nos enorgullece recordarlos.

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