Manuél Godóy Álvarez de Faria

Una mezcla de todo: distinguido, preferido, favorecido, protegido, valido y, hasta  posible amante.

Si además de saltar mucho, tienes una pértiga, llegas mucho más alto.

Esta historia sería solamente llamativa y espectacular, de no ocurrir en ella acontecimientos con  un fondo de auténtica tragedia, y unas tremendas  y  hasta crueles consecuencias.

Desde luego, lo cierto es que también, llamativa y espectacular, fue la vida de nuestro protagonista de hoy.

Por un lado, la extensión: 86 años, de l767, a 1851, por supuesto inusual para aquellos tiempos, y por otro, la espectacularidad: desde llegar a ser uno de los más destacados personajes políticos  de su época en España, a morir en una buhardilla de París, desterrado, y  olvidado de todos.

Del argumento,  podréis decir lo que os parezca bien, que pensáis que los hechos fueran de otra manera, que no veis los acontecimientos igual que yo, que mis juicios no se ajustan a la realidad, cualquier cosa, hasta que, por mi falta de  atributos literarios, pueda resultaros pesada, pero lo que  no me podréis negar es que se trata, cuando menos, de uno de los pasajes más singulares de nuestra Historia.

Naturalmente, lo primordial es que asistimos, como en tantas otras ocasiones, a un relato sobre sentimientos humanos.

Y como tal, ha sido recreado muchas veces en la literatura, en teatro y hasta en películas. Un argumento conocido: el célebre triángulo, el guapo, la lasciva  y el cornudo.

Sin duda, aquí se dan  los tres elementos: primero ella, la sensual, que efectivamente, queda más o menos palpable con sus 23 embarazos; el cornudo, tonto hasta la médula,  que necesita poco análisis; y por último, el guapo, que lo era y además listo y ágil como un lince.

Ya está, ese es el cuadro, María Luisa de Parma, Carlos IV, y el todopoderoso – Godoy -.

Pero, vamos a pormenorizar un poco, para no quedarnos en lo puramente anecdótico y trivial, veamoslo hasta donde podamos, todo, y todo significa eso, por un lado las personas, pero también las circunstancias, el momento, los caracteres, los sentimientos, la política, las consecuencias, en fin, hasta donde lleguemos.

Veamos que para ello, y es importante, habremos de acercarnos a personajes de lo más variopinto, por ejemplo, a Floridablanca y Aranda que, si ahora mismo preguntáramos en la calle, nos asegurarían que son los centrales de cualquier selección de futbol, así así, de verdad, están las cosas. También a Napoleón, ¡nada menos!, y a la batalla de Trafalgar, esta sí, algo más conocida; a las majas de Goya, la desnuda y la vestida.  A una de las esquinas de la Cibeles, el Palacio de Buenavista; al motivo por el que la Venus del espejo, está en la National Gallery de Londres y no en el Prado; a padres y a hijos, a buenos y  a  malos y por supuesto como siempre, a tontos y a listos.

Dominan todo el panorama, y es natural: las fechas, el momento,  posiblemente, el más turbulento por un lado, y hasta el más trágico, por otro.  Se vive uno de los episodios que, sin duda, han marcado la humanidad, con un antes y un después: la Revolución Francesa.

Y en este ambiente llamémosle de agitación, de nerviosismo, en una palabra como de cambio, es donde va a desarrollarse parte de la vida de nuestros protagonistas de hoy.

Veámoslos, primero a ellos, pero si os parece, no por separado, ya que  en esto ocurre como con algunos alimentos patatas, huevo y aceite, por separado, dicen poco, pero convenientemente mezclados en una tortilla, pueden ser una exquisitez, aquí también.

Cuenta José Montero Alonso, en un libro muy ameno, titulado  – Sucedió en Palacio –  que en cierta ocasión, anochecido, se habían reunido como lo hacían habitualmente en algún salón de palacio, Carlos III, el padre, ya mayor, enjuto, poco hablador y de alguna forma, casi podríamos decir reservado  y algo triste, con los príncipes de Asturias. Casados hacía ya bastante tiempo.  Él, que sería más adelante Carlos IV de casi 40 años, grandote, bonachón, ingenuo y sencillo, y ella, María Luisa atrevida, locuaz, algo cínica, e incluso, descarada, se hablaba de los más diversos temas, y en un momento de la conversación, el príncipe, dice:

Lo que está claro, es que los reyes somos los que tenemos menos posibilidades de que nuestras mujeres nos engañen con otros hombres, porque naturalmente, no tienen ninguna probabilidad de encontrar a nadie, con tanta categoría como el rey.

A lo que Carlos III, el padre, casi en voz baja, le contesta, desde un rincón

– Ay, Carlos, Carlos, hijo, qué tonto eres.

Con lo que se demuestra que hasta a algunos reyes, les ocurre lo mismo que a los que no tenemos demasiadas ideas monárquicas, si sale bien, vale, pero si no, ¿qué pasa? puesto que todos los padres, naturalmente como padres, no como reyes, tienen aparte del deseo, la obligación de decir que sus hijos están muy preparados. Pero…

Sin querer de ninguna manera, sacar conclusiones radicales ni mucho menos, de lo que pueda ser una simple anécdota. Sigamos:

Este Carlos, el cuarto, reinó desde la muerte de su padre, el Tercero, desde  1788, hasta que en 1808,  y fue este el que pactó con Napoleón la abdicación y entrega de la corona de España. Con lo cual naturalmente Napoleón,  entronizó a su hermano, José Bonaparte.

¿Qué podemos decir de él?

Pues, de todo, bueno y malo, como de todo el mundo, pero  pensándolo bien, solamente que se trata de un pobre hombre, sin carácter, sin voluntad, posiblemente malo… pues no, solo indolente y sin disposición alguna.

Si me obligaran a realizar un juicio, le daría un coeficiente mayor de egoísmo y miedo que de maldad.

Pero si observamos atentamente los hechos, casi me atrevería a definir que lo que le acompaña sistemáticamente, durante toda su vida es la mala suerte. Fijándonos bien, su existencia es un encadenamiento de deslealtades, incluso, salpicadas algunas de ellas, con auténticas traiciones, y muy dolorosas por cierto, sobre todo, si te las infiere tu mujer, o tu hijo.

De ella, hay para escribir tomos y tomos, que de hecho, no es necesario puesto que ya están escritos, y no hace falta insistir.  La describen en cualquier libro de historia de los que he leído, aquí si cabe mencionar  aquello de que:   “como no digan dueñas”, tal vez porque efectivamente, han de ser, palabras muy gruesas las que tengan que decirse para definirla.  Aunque, y es curioso, prácticamente, casi todo lo que se dice, se refiere en gran parte, al aspecto sexual.

Reconozcamos, que es lo que más resalta, los 23 o 24 embarazos. También un marido bobo, y todas las habladurías, sospechas, presunciones y suspicacias, que llevan a eso, incluso, aquellas frases que entonces se escribían, por un lado en los correos diplomáticos, sobre que, algunos infantes tenían un descarado e indecente parecido con Godoy, y por otros, que en todas las tabernas del Reino se hacían burlas y ocurrencias chistosas con respecto a la figura del Rey, y han de ser  estos hechos posiblemente, lo que más ha prevalecido en el ánimo de los historiadores.

Y es, sin duda por ello que sea difícil realizar, sin llegar a juicios personales, una auténtica opinión ecuánime del personaje,  ya que de ser verdaderas, solamente algunas de las apreciaciones que de ella se ofrecen a lo largo de su vida, como por ejemplo, que exista un documento manuscrito por su confesor, Fray Juan de Almaraz, en el sentido de que en su lecho de muerte, autorizó a difundir que ninguno de los hijos habidos en el matrimonio fueran de su esposo; y otras muchas, que han llevado, incluso a escritores como Espronceda a denominarla: la impura prostituta, y a otros, como Balansó: la bruja.

Entendiendo que efectivamente, estas circunstancias puedan repercutir en el desprestigio de la institución monárquica, sin embargo, en mi opinión, son de mayor calado y de más importancia otras, para sin juzgarla como persona, sino  como personaje público relevante e influyente, llegar a entender la poca prudencia, la falta de entendimiento, el escasísimo juicio crítico, incluso, la mala voluntad, la desvergüenza y hasta la torpeza, que son achacables a una persona con responsabilidades evidentes, nada menos que una reina, que no cumple, ni como esposa, ni como consorte, ni como madre, ni como compañera, y me atrevería a decir, casi, como veremos más adelante, ni como amante.

Solamente nos queda de ella el eco de sus lujos, con los que vivió toda su vida. Carísimos eso sí, siempre, y por los que en ocasiones, tuvo hasta que ser amonestada discretamente por algún ministro. También de sus coqueterías, más perdonables de joven, pero ridículas y hasta grotescas de vieja, y de sus egoísmos casi patológicos, así como de su desmesurada soberbia.

En lo personal, algo que puede resultar singular y hasta sorprendente, a edad muy joven, había perdido prácticamente toda la dentadura, como consecuencia natural de su intensiva función obstétrica, y se hicieron con ella en España, los primeros ensayos de implantación de prótesis dental, que en principio eran simplemente ornamentales, ya que no servían para la masticación.

Fueron realizadas por un orfebre llamado, Antonio Saelices, en Medina de Rioseco.

Vamos ahora, con el guapo.

Parece ser que como Guardia de Corps que era, cuentan que un día, escoltando la carroza real,  cae del caballo, y  con prontitud, ademanes elegantes y de acusada virilidad, se levanta y vuelve inmediatamente a montar.

¡Qué barbaridad! – qué hombre – .

Esto naturalmente, lo digo yo, no está en los libros, pero, poco más o menos… parece que hubiera podido ocurrir así.

En efecto, como Guardia de Corps, nada que decir; precisamente, el cuerpo fue creado para eso, como guardia personal y exclusiva de los reyes, en 1704, y por los, en teoría, mejores soldados en valor, costumbres, nobleza, robustez y presencia, no lo digo yo, lo dicen sus ordenanzas.

Bien, pues a este parece ser, que le adornaban todas esas cualidades.

Había nacido en Badajoz, en el seno de una familia, como casi siempre en España, humilde, pero de hidalgos. Tres hermanos, y él, el menor, pero eso sí, el más listo.

No sabemos, nadie lo dice, si fue la caída del caballo, pero algo sería, ya que el hecho concreto es que los príncipes de Asturias, los dos, hacen llegar a su reducido círculo de amigos y contertulios al buen mozo, que pronto se gana la confianza y la amistad de los príncipes, de los dos, y comienza a ascender de manera meteórica en el ejército y en la sociedad civil, gracias a su mediación,  la de los dos.

Los ascensos y honores que le otorgan, los todavía Príncipes de Asturias, no vienen solos, comienzan también los sociales y los pecuniarios que no son demasiado bien vistos por la verdadera aristocracia, pero, de alguna manera él, en muy pocos años ya es general de los guardias de Corps, noble, inmensamente rico, influyente en la sociedad y, sobre todo, y eso es lo importante, hombre de confianza de los príncipes, repito, de los dos.

Se le hace noble, Duque de Alcudia, y Grande de España.  Compra casas y tierras en El Escorial y  en Aranjuez,  vive con auténtica ostentación, con gustos muy caros, vajillas de las célebres Platerías Martínez, encargos al pintor Goya, y hasta le regala a María Luisa el célebre “Marcial”, el caballo con el que la pintará el inmortal aragonés en su retrato ecuestre, que se conserva en el Prado.

Ella ya no es una mocita, tiene hijos, pero la vida en la corte es tan aburrida…  Y lo del aburrimiento, no lo digo sin pensarlo, tiene desde luego, su porqué.

Son efectivamente, muchos años ya desde la boda, que ha hecho de estos, me refiero a los príncipes de Asturias, Carlos y María Luisa, un feliz, aburrido y apático matrimonio.

Carlos III, el padre, mantenía una corte muy parecida a su propia personalidad, ordenada, eficaz, pero triste, monótona, aburrida, y los Príncipes no participaban en nada.

Gobierna, Floridablanca, como primer ministro, que es un “golilla”.

¿Qué, que es eso?, pues un golilla era un alto funcionario, que podía, como en este caso, llegar a ser Primer Ministro, y que sin pertenecer a la nobleza, procedía de familias acomodadas, y habían realizado estudios en los Colegios Mayores de las Universidades de entonces.

Floridablanca, era un simple abogado murciano.

Formaban los golillas, un grupo conservador que consideraba que la defensa de la Monarquía había de estar sustentada exclusivamente por personas fieles, y escogidas por el propio Rey.  Al otro lado, es decir, en lo que podríamos llamar ahora, la oposición estaba la auténtica nobleza, la aristocracia, con un representante político: el conde de Aranda,

Grupo  que consideraba, que la monarquía había de estar apoyada y mantenida, exclusivamente por ellos, por la aristocracia.

Nadie pensaba entonces, en que los sucesos que comenzaban ahora  en Francia terminarían de la manera que lo hicieron, se comparaban en círculos políticos, con lo ocurrido años atrás en España, con el motín de Esquilache, o algo parecido.

Pero desde luego, no fue así, ni mucho menos, fue,  efectivamente, mucho más.

Y desde luego, no solo por los excesos, los desórdenes y las violencias, que llegaron en su culminación, como sabemos, a la ejecución de los Reyes, Luis XVI y de su esposa María Antonieta.        Si no, por otras  razones, y desde luego, no es la de  menor importancia  el miedo, en todas las cortes europeas con la aparición algunos años después, de uno de los ejércitos más formidables que hayan surgido en el mundo y además comandado por uno de los hombres más universales que han conocido los siglos:  Napoleón.  Será por ello que  van a cambiar, desde entonces, y de manera muy significativa, gran parte de las ideas políticas que se venían conociendo.

Pero dejemos por un momento a nuestro buen Floridablanca, intentando por todos los medios,  que no eran muchos, censura, inquisición, y poco más, que los aires revolucionarios no lleguen a España,  y veamos a grandes rasgos quien, de verdad, componía el mundo en este tiempo.

Eran exclusivamente cuatro o cinco naciones, todo lo más, las que formaban el universo político, de lo que ahora llamamos Europa.  Francia, esencia de Europa y vector de ideas políticas, antes y después de la Revolución. Digamos también: Alemania, con o sin Austria; Inglaterra, un imperio, y España, de más a menos, y allí en la lejanía, la siempre desconocida Rusia.

Exclusivamente esos cinco países contaban, y por supuesto eran, lo que  han sido siempre, enemigos irreconciliables, y cuando se unían dos o más, los otros temblaban.

Por eso ahora, produce hasta sorpresa y porque no, hasta cierto asombro, siempre que no peque de altanería, ver en el Parlamento Europeo, sentados, tantos países que nunca han significado nada: los nórdicos, los bajos, Grecia, Portugal, incluso Italia, que nunca ha supuesto mucho en la historia, poco más que ser la sede del Papado, aunque era, eso sí, pero en su territorio,  la verdadera cuna del Imperio.

Bien, sigamos a lo nuestro, he aquí que cuando el oficial mayor de los Monteros de Espinosa…

¿Qué, quienes son?, pues un cuerpo muy elitista, dentro de nuestro Ejercito actual y además muy antiguo, que sigue formando parte de la Guardia Real.  Fundado en tiempos de la Dinastía Trastamara, allá por el año 1000, o 1100,  que tiene como única misión, guardar las habitaciones de los reyes durante la noche y a la hora de su muerte, encargarse de amortajarlos y acompañarlos en su enterramiento.

Como digo, cuando el Oficial Mayor de los Monteros, siguiendo el protocolo que incluso actualmente está en vigor; exclama en voz alta tres veces, llamando: -Señor,- Señor,- Señor,-  se vuelve a los asistentes y anuncia: – No contesta,-  – el Rey ha muerto,-  y rompe sobre su rodilla el bastón de mando, exclamando: ¡ Viva el Rey ¡

Carlos III, ha dado paso al nuevo Rey, Carlos IV.

Sigue Floridablanca gobernando como Ministro de Estado, pero las noticias de Francia cada vez son peores, hasta corre peligro, no ya la monarquía, incluso, hasta las vidas reales ¡ y tanto ¡ El Rey recurre a la oposición y nombra al Conde de Aranda para que con un amplio despliegue diplomático pueda, al menos, salvar la vida de los reyes en Francia; al fin y al cabo, son los representantes legítimos de la dinastía Borbón y en definitiva el tronco, de donde los nuestros  proceden.   Nada, nada, ni eso se consigue, la guillotina funciona y desaparecen los Reyes en Francia.

Toda Europa como reacción, se vuelve contra Francia, hasta España,  y se organiza una guerra, como siempre, pero en este caso ideológica, y un ejército español invade… bueno,  tal vez sea exagerado. En los mejores momentos llegan nuestras tropas hasta Perpiñán, con el ejército que manda un General muy conocido y que tiene una calle importante en Madrid, el General Ricardos. Y a este buen hombre, que estaría muy bien aplicarle la frase-chiste aquella, que le decían a un sujeto, que estaba pintando un techo:

– Oye,-  agárrate un momento a la brocha, que me voy a llevar la escalera –

No le mandaron al pobre, ni municiones, ni víveres, nada,  y sin embargo, como respuesta, los franceses sí, invadieron casi todas las plazas del norte: Irún, Bilbao, San Sebastián, y llegaron hasta Miranda de Ebro.

En estas condiciones, había que cambiar el gobierno.

-Bueno, pues si andáis así:  ni uno ni otro, ahora se pone un amigo mío que además, lo es también de la Reina, mi mujer: – Godoy –

Naturalmente, no existe en el mundo nada mejor que estar en el sitio adecuado, en el momento oportuno.

Y  ¡ comienza el baile !   Se firma la Paz de Basilea con Francia, y se  nombra a Godoy,  Príncipe de la Paz, y en el colmo de los honores, incluso por primera vez, se le nombra Generalísimo de los Ejércitos.

Muchos años después  existiría otro, pero este no sería de Badajoz, será gallego.

Es tan inmenso su poder que en los medios de entonces, se habla de la “Trinidad en la Tierra”.

La carrera ya es imparable, su autoridad va a superar todas las conocidas y en el paroxismo del éxito y del mando llega  casi a  lo inconcebible, como la alianza con Francia, que naturalmente nos pone como enemigos de Inglaterra, en el llamado Tratado de Fontainebleau. Se pacta atacar el territorio de  Portugal, ancestral aliada de Inglaterra, para dividirlo en tres partes, una al norte, para el rey de Etruria, otra central, que se queda Francia, y al sur el Algarve y el Alentejo, ¡agárrense¡ Nada menos que, para Godoy , como Rey y sus sucesores… ¡Toma ¡.

Bueno, pues, dicho y hecho. Al frente de un ejército del que está al mando Godoy, cruza el Guadiana, y  comienza a invadir Portugal. Fue una guerra bien barata, prácticamente no se llegó a gastar munición, no hizo falta ni seguir, se rindieron antes.

Pero eso sí, se le mandó a la Reina la rama de un naranjo, detalle un poco hortera, pero mira, de ahí viene el nombre de “Guerra de las Naranjas”.

El éxito naturalmente, se lo apunta Godoy por lo que se le concede otra cosa más, y ya ni se pueden contar cuantas van, pues otra: Gran Almirante de España e Indias con el tratamiento de Alteza Real, con lo que se igualaba a los miembros de la Casa Real.

Claro que esto tiene dos problemas, y muy importantes ambos.  Uno, que hay que dar entrada a tropas francesas por territorio español, y otro,  seguramente más trágico en ese momento, que los ingleses nos infrigen la mayor derrota marítima que han conocido los siglos, y de la cual va a derivar que el poder en el mar no vuelva e ser español, nunca:  Trafalgar.

Allí quedaron nuestro mejores marinos, y nuestros magníficos barcos, todo se hundió, posiblemente, hasta nuestro prestigio como Nación.

Los que conocíamos como príncipes ya son reyes, y no demasiado jóvenes y está apareciendo, incluso ya algo mayorcito, uno de los personajes más nefastos de nuestra la historia.

El Príncipe de Asturias, que reinará, después de grandes vergüenzas y tragedias, con el execrable nombre  de Fernando VII.

Lo primero que va a hacer el “mocito” ya que, odia profundamente a su madre y a Godoy, verdad sea dicha, no son personajes demasiado apreciables, es traicionar a su padre, a Carlos IV. Se descubre la conjura y él, su  autor  delata a todos sus cómplices.

Un modelo de dignidad.   Pide perdón para él, y  nada, a los demás los ahorcan, naturalmente.

Pero el prestigio de Godoy, está bajando.  Ya ha tenido anteriormente, que dejar el cargo, pero ahora parece que va en serio. Se organizó, y muy bien por cierto, puesto que detrás  estaba el heredero, el llamado Motín de Aranjuez, del cual van a derivar por un lado, la caída total de Godoy, y por otro la toma de la Corona, por el canalla de su hijo Fernando.

Y aquí vienen seguramente, y hemos de reconocerlo, los más lamentables hechos de la historia de España.

Carlos, el padre, el Rey, escribe a Napoleón, para que lo defienda de su hijo. Bonaparte que está en esos momentos en el culmen de su carrera, incluso ya es Emperador, manda, así como suena, manda, que toda la familia real se reúna en Bayona.

Es curioso que no conste en ningún documento al que yo haya tenido acceso, dónde se desarrollaron las “conversaciones”, por llamarlas de alguna manera, pues, efectivamente, se puede decir que fue un monólogo de Napoleón.

Existe y es un paraje precioso, una isla fluvial, muy cerca de la desembocadura del rio Bidasoa, es el condominio más pequeño del mundo, entre Francia y España.  Justo la frontera, tierra de nadie, bueno de ambos, y ha servido por ello, para múltiples conferencias y tratados, de hecho, los franceses la llaman isla de las conferencias, nosotros en España Isla de los Faisanes.

Bueno, pues pudo ser ahí, pero no consta, tal vez porque el Corso no era persona de grandes protocolos y también, ya que a las personas que venían a parlamentar, tampoco les tenía demasiado respeto, y con razón, no lo merecían.

Exige a Fernando que inmediatamente, devuelva la Corona a su padre, puesto que no le reconoce como Rey, y en el mismo acto, Carlos al recibirla, abdique de ella en Napoleón, y este al considerarla vacante, nombra Rey a su hermano José.  ¡Inaudito!

Desde entonces, nuestro prestigio, que ya estaba por los suelos, terminó por derrumbarse. Pero como siempre ha sido así de necio, de sensiblero y de sentimental el pueblo español, aún después de tanta traición institucional, y que solo gracias al valor, la tenacidad y hasta la heroicidad, de todo un pueblo, se logró cambiar la situación, muchos compatriotas nuestros de entonces, pedían a gritos la restitución del felón, y llegaron a llamarlo, el “deseado”.

Era una época en la que se gritaba: ¡Vivan las cadenas ¡

Tal vez solamente, porque eran nuestras, y no del francés.

Cosas de la vida.

A grandes rasgos, si analizamos, a Carlos IV tendríamos que apuntarle en su  libro de cuentas, en el – debe- muchas cosas, y con ello que su saldo sea claramente negativo.                                                      Sin  juicios personales, naturalmente, pero nos damos cuenta de que es un retroceso, cuando con su padre, el tercero de los Carlos,  habíamos conseguido tan poco a poco, ir apartándonos del odioso absolutismo, gracias a la creación de órganos de gobierno más colegiados.  Y  volver, ahora, a todo lo contrario, al absoluto personalismo, casi como cien años antes, con los validos,  y lo que es peor, que pone aún sin querer, pero lo pone en el trono a su malvado sucesor, que todavía nos traerá más desgracias institucionales.

¿Y de Godoy, qué nos queda?

Pues varias cosas, primero un recuerdo más agrio que dulce; segundo, una realidad muy importante, sus memorias, escritas en el ocaso de su vida en Francia, casi en la pobreza, y a una muy avanzada edad. Posiblemente, sean estos motivos suficientes para creer que  no todo, pero sí algunas cosas de las que refiere, puedan ser realmente ciertas y de gran valor documental. Teniendo en cuenta de quién se trata, ya que ha sido, nada menos, que el personaje más influyente en todas las cancillerías y que ha movido todos los hilos del gobierno, y hasta puesto en marcha, todas las políticas de altura, durante aquel tiempo.

En ellas, hay un gesto honroso: dice, textualmente que, como caballero, no va en ningún momento a mencionar cualquier tipo de relaciones personales, con sus amigos, los Reyes – Carlos y María Luisa – a los que profesa admiración, respeto, y la más profunda fidelidad.

Fueron escritas estas memorias en  1863, es decir muchos años después de los importantes acontecimientos que hemos esbozado de su azarosa vida; y es natural, ya que sus ascensos y éxitos políticos y personales fueron tan fulgurantes, siendo él tan joven, que  al concederle Dios una vida bastante larga, ya que murió a los 85 años, pasó muchos en el exilio.

Naturalmente, ni que decir, que en el momento de su publicación constituyeron, entonces no se decía así, pero fueron, un auténtico y verdadero “ best seller”.

Un inteligente autor,  nada menos que Don Mariano José de Larra, a su difusión  escribe de ellas algo que merece, por lo real, y también por lo trágico, ser copiado casi literalmente:

El antiguo Príncipe de la Paz, Arbitro de España, y Don Manuel Godoy, extranjero y particular en París, es la personificación del alma destinada a ver el cuerpo crecer, robustecerse, llegar a su apogeo, y sucumbir a la ley común de la decrepitud y la decadencia; Don Manuel Godoy condenado a ser espectador del Príncipe de la Paz caído, es el hombre al que se le concediera el funesto privilegio de contemplarse a sí mismo después de muerto.

Sí, fueron como documento, muy importantes, pero nada más. Desde el punto de vista del análisis de los hechos, tienen tanto subjetivismo exculpatorio de todas las decisiones, y de los personajes, que carecen de valor real para un análisis prudente de los acontecimientos.

Bien es cierto que siendo quien era, ocasiones no le faltarían para aventuras amorosas en esos años de fastuosa vida; gasto incontrolado, boato, y hasta casi éxtasis de autoridad, y de hecho, las tendría. Sin embargo, y es de estimar, que los autores no hacen demasiadas referencias a ello.

Eso sí, tuvo muchos años la compañía de una mujer, Josefina Tudó, conocida como Pepita, hija de un artillero gaditano, con la que parece, aunque no está confirmado, que incluso contrajo matrimonio en secreto,  y con la que vivía, permanentemente, en su casa de Madrid, en la Plaza de la Marina, cercana a la Calle Bailén y al Palacio Real.   Corresponde al edificio que actualmente ocupa el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Un magnífico palacio construido bajo la dirección de Sabatini, a finales del siglo XVIII para servir de alojamiento y oficinas del Primer Secretario de Estado, y que él había comprado y decorado, entre otras cosas, con un magnifico despacho del que luego hablaremos.

Esta relación que era conocida, y que por supuesto, no era del agrado de la Reina llevó, a que ésta manipulara una unión “oficial”, y se puede decir así: casándolo, con una prima del Rey.  María Teresa de Borbón y Villabriga, condesa de Chinchón.

Detengámonos un momento, por favor, para conocer a este personaje, que merece la pena, de verdad.

Siempre la hemos tenido presente, y la conocemos por ese maravilloso retrato que hace Goya de ella,  el más íntimo, el más personal, y  en el que  manifiesta más afectividad por la persona retratada. Se observa en él una peculiar ternura, yo diría que hasta cariño, y puede que sea así.  Desde luego, está considerada, como obra pictórica, una de las más importantes de Goya. Y hemos de conocer que también es interesante el hecho de  que está en el Prado, gracias a que nuestro Gobierno pagó 4.000 millones de pesetas por él.  El asunto ha estado en litigio hasta en el Tribunal de Estrasburgo, y concluyó con sentencia favorable en el año 2011, cuando se pudo comprar, con parte del legado de Don Manuel Villaescusa Ferrero, abogado madrileño que falleció en accidente de tráfico en 1991, quien había donado en su testamento sus bienes, a nuestro Museo para la compra de obras.

Bien,  este es su retrato,  ¿pero quién era ella?

Pues yo la defino como una – Lady Di – del siglo XVII, veréis: esta María Teresa Borbón y Villabriga, era hija del infante Don Luis, hermano de Carlos III, que había tomado la carrera eclesiástica y hasta había sido nombrado Arzobispo, pero he aquí, que lo abandonó todo, sin duda por falta de vocación, y no contento con ello se casó, en matrimonio morganático, con esta señora, la madre de María Teresa, de apellido Villabriga.

No hace falta decir, que el escándalo fue de aúpa, y llegó a tanto, como que,  a él  y a sus descendientes, Carlos III no les permitía usar, ni siquiera, el apellido Borbón.

Para casarla con Godoy, la prometen de todo: el apellido, los títulos, dinero, en fin todo, ella acepta, logicamente, conociendo que el que va a ser su marido vive, y no sabemos si es verídico, hasta que está casado con Josefina Tudó.

Cierto que por fin, saldría de un muy largo y aburrido encierro, y  que de esta manera se convertía en la esposa del hombre más importante del momento, que le proporcionaría una vida de lujo, y que además con ello, recuperaba para toda su familia el estatus, y hasta la dignidad del apellido Borbón.

Era simplemente, una boda de intereses.  Comienzan su vida en común. Pero, resulta que como son tres,  la cosa, no funciona y hasta interviene la Inquisición.

Pero,  ¿Qué hizo Godoy?  pues resulta algo así, como lo que me pasó a mí, hace muchos años, con aquel primitivo 600, que se calentaba, se encendía la bombilla roja y naturalmente había que parar; lo llevé a varios talleres, y no daban con lo que era, hasta que en  otro taller me lo arreglaron.

Al pasar por allí días después, me preguntó el oficial:

¿Qué tal, cómo va el coche?

-Pues maravillosamente bien, ya no tengo que parar.

– Y, por cierto. ¿En qué consistía la avería?

-Ha sido muy sencillo, solo le hemos quitado la bombilla.

Pues Godoy, igual. Mandó retirar al inquisidor.

Y en buena lógica después, mandaron a otro más benevolente, o que se metía en menos indagaciones.

Tal era su poder.

No existe ninguna duda de que en estas cosas de la política, como en otras muchas de la vida, se puede aplicar aquello, tan calderoniano, de que todo es según el color del cristal con que se mira.  Es verdad.

Cómo no va a ser así, si hasta puede que Zapatero, esté orgulloso de su gestión.

Pues aquí, lo mismo.

Desde los que han pensado, y podríamos decir que hasta han incendiado con este criterio, miles y miles de páginas de periódicos, llevando al ánimo de sus lectores, que todos los males conocidos de aquellos tiempos, eran culpa exclusivamente, de un hombre y de sus decisiones, que por otro lado era lo sencillo; hasta los que ahora, modernamente, piensan eso tan socorrido, de que:  “tó er mundo e güeno” y que encima, está muy de moda, librándonos así,  del más terrible y temido insulto de los tiempos actuales:

– Tú, es que no eres moderno-,

Y nos hace a todos, sentirnos más rejuvenecidos, más buenos y, hasta parece que más inteligentes.

Los dos, son extremos que como siempre, no se ajustan a la auténtica realidad.

Efectivamente, un personaje como este Godoy, con tanta autoridad, puede parecer culpable, pero con seguridad, no solo ha de ser únicamente, él.

Lo que sí es cierto, es que él, y muchos pero muchos más, han llevado a nuestro País al derrumbamiento final del Imperio y a convertirnos en una pequeña nación europea, de categoría inferior, ingobernable, desarticulada en enfrentamientos civiles, y territoriales, atrasada en todos los órdenes con relación a las demás,  conocida por su barbarie y por la  ignorancia de sus gentes.

Este es el triste balance.

Pero, pensemos un poco, ¿cómo puede ser un solo personaje, el culpable, por mucha autoridad que pueda acumular en un momento histórico? No, no puede ser, han de ser efectivamente, tantos y tantos más, muchos, y en circunstancias distintas,  lo fácil, es mirar, a los que más destacan, pero…

En lo que se refiere, a esta coyuntura, puntual de la historia, que ahora analizamos, puede ser.  Pero, ¿qué podemos pensar, de las personas cercanas a él?

Veamos, como ejemplo: tres, eran las damas de mayor altura social próximas a nuestro personaje: la propia reina, la duquesa de Alba, y la condesa de Osuna, las tres están retratadas por Goya,  y ¿queréis saber a qué se dedicaban estas miserables?. Pues, el juego consistía en pagar con largueza a personajes a modo de espías, en los talleres de costura franceses, donde se estaban elaborando los vestidos que mensualmente recibía la reina.  Y antes de que estuvieran terminados, hacer bocetos de su confección y colores, para mandarlos aquí, a la corte, reventando caballos, para que diera tiempo a realizar copias y presentarse en las fiestas, acompañadas de sus criadas vestidas con esos modelos.

Quiere decir esto, que ha sido siempre así, aquello recibió el nombre del “eterno femenino”, pero actualmente, veo bastantes cosas que me lo recuerdan.

Y alguien tendrá, también como siempre, la tentación de replicar: efectivamente, es así.  La prensa, la prensa es la culpable de todo, pero dejémonos de leches, que la prensa, antes, ahora y siempre, lo que hace es escribir o presentar, solamente lo que se vende.

Y parece que desgraciadamente, esto se vendía entonces y, me da la sensación, de que también ahora.

Así mismo, cabe la otra opción, válida igualmente, de los que no ven de buena fe, o no quieren ver, y piensan que: – bueno, que sí – que será cierto, pero que, como parece no estar hecho con mala intención, pues dejémoslo así, sin entrar en más disquisiciones.

También es posible que tengan razón.

Entre otras cosas, ya que no se puede arreglar ahora, y por ello, que pueda ser la opción más inteligente.

Pero hombre, sin llegar tampoco al despropósito de hacerles homenajes públicos.

Y no es que se pretenda, es que Godoy tiene hasta un monumento en su ciudad natal y eso, pues la verdad, parece exagerado.

¿Qué si queda, alguna cosa más de Godoy?   Pué sí,  una, y muy curiosa. En el Cuartel General de la Armada en la confluencia del Paseo del Prado con la calle Montalbán de Madrid,  se conserva intacto el despacho que le perteneció.

Se dice, yo no lo he visto, que es una de las maravillas mejor conservadas de aquel tiempo, y es raro, ya que todas sus posesiones, que eran muchas, casas, palacios, y todo lo que le pertenecía, fue asaltado y destrozado, y posteriormente en el reinado de Fernando VII, todas los y propiedades fueron enajenadas o nacionalizadas.

El despacho sin embargo, diseñado por el genial Sabatini que se compone de muebles de caoba, lámparas de lo más exquisito, alfombras de la Real Fábrica y otros muchos aderezos, que lo hacen ser el más bello conjunto suntuario, esta conservado en la actualidad.

Hay que tener en cuenta, también, que durante la Guerra de la Independencia y anteriormente, en el reinado de José Bonaparte, fueron enajenados, – qué palabras más finas se emplean para no llamar a las cosas por su nombre – gran cantidad de elementos ornamentales, cuadros, muebles, etc., por ejemplo, una de las más conocidas y llamativas, la pintura de la Venus del Espejo, que se la llevó un oficial del ejército inglés, puede que sin darse cuenta, o pensando que era un «calendario, del Palacio de Buenavista, en una de las esquinas de la Cibeles, sede y oficinas hoy, del Cuartel General del Ejército, donde había trasladado su domicilio Godoy, ya que era su propietario en ese momento, puesto que se lo había comprado al Duque de Alba

Pues esta estancia de la que hablábamos, de su despacho completo, parece que  milagrosamente, se conserva en el momento actual, en el Cuartel General de la Armada.  Sin duda, gracias al celo de los marinos, que siempre han sido muy conservadores, y que en este caso, en el año 1929, lo trasladaron, desde su casa, en la Plaza de la Marina, a su actual emplazamiento, centímetro a centímetro, absolutamente todo y además, intacto.

Y es tanto su valor artístico, histórico y hasta crematístico, y  se guarda con tanto celo, que están absolutamente prohibidas las visitas al público, y se emplea solo para actos oficiales; pero tan pocos, que incluso durante todo el reinado del Rey Juan Carlos, se ha abierto en una sola ocasión.

Desde luego, lo que no podemos negar a nuestro personaje sin duda, es su gusto y aprecio por el arte en general,  especialmente por la pintura. Pero claro, es que hay que darse cuenta de lo que puede significar haber coincidido en vida, con el pintor aragonés más universal de todos los tiempos y encima, tener autoridad y dinero para realizarle encargos. Por cierto, uno de ellos, posiblemente el más personal, y de mayor trascendencia, fuera el de que pintara a su esposa o amante, a Pepita Tudó, ya que está perfectamente estudiado, y prácticamente comprobado, que las majas, las dos, la vestida y la desnuda son retratos de ella.

Sabemos, que ella falleció a su vuelta a España, desde el exilio, ya muy mayor, como consecuencia de un accidente doméstico tan tonto, como que se le quemaron las faldas de la mesa-camilla con el brasero, en el número 22, de la calle Fuencarral de Madrid,  a los 90 años de edad.

Y también conocemos, que su salida hacia el exilio, tuvo hasta sus tintes rocambolescos,   ya que fue detenida en el pueblo de Almagro, durante varios meses, y se la incautaron todas las joyas que portaba.

No, no murió junto a Godoy, él no regresó  de su destierro,  falleció en París, y allí permanecen sus restos, en una sencilla sepultura del cementerio Père-Lachaise.

De cualquier manera, seamos conscientes de que, efectivamente, sería un hombre ambicioso, puede no haber dudas de eso, pero de hecho, cumplió holgadamente, su falta ya que  vivió 41 años en España, y 43 en el exilio.

Recordemos, en su memoria, una frase que escribe, y que ha quedado para la posteridad:

-Razón y verdad, nunca envejecen-

Solo los siglos darán más luz, y hasta es posible que el estudio minucioso de documentos y  detalles, arroje más claridad a los acontecimientos, ¡ojalá!. Esto ha sido, simplemente eso, un modestísimo acercamiento, sin pretensiones doctorales, un mínimo trabajo y eso sí, un divertimento, que hace para vosotros un simple aficionado a la Historia. Siempre con la pretensión, que presiden todos ellos, la de que encontréis, en este rincón de vuestro mundo íntimo y virtual, un acercamiento, a los que fueron.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: