Fray Bernardino de Sahagún

El triunfo de la constancia.

Qué fortuna, la de los mejicanos, conocer sus ancestros.  No existiría Justicia en este mundo, si todo México, no agradeciera a este hombre su labor, y dedicación de toda una vida.

Oiga, de verdad, ¿Usted cree que a alguien le puede interesar, la vida y obra de Fray Bernardino de Sahagún?

Pues, no, absolutamente a nadie.

Pero mire, que hasta tiene una calle en Madrid.

Y eso, qué tiene que ver… Tantas calles habrá, que no se sabe por qué se llaman así.  Nada, hágame usted caso, de verdad, a nadie…

Oiga, ¿y si lo  presentamos como una crónica del Código Florentino?

Hombre, eso ya… posiblemente, con ese nombre, y algún  símbolo exotérico, puede ser.

Sí, ya sé por dónde va usted…

Claro, es que fíjese, ¿quién va a tener interés en leer algo sobre un fraile? Así, sin más…

Pues, sin embargo, yo creo que merecería la pena, por lo menos, hacer una semblanza de este pobre hombre.

Y, ¿Por qué le llama usted pobre?

Bueno, entiéndame, es posible que sea una expresión poco afortunada por mi parte, se trata del evangelizador de México,  y permaneció allí toda la vida y, además, su obra misionera no parece que fuera atendida muy adecuadamente

Ya, ya, no me diga usted más… Pues hombre, a lo mejor, esa podría ser otra forma, aprovechando la coyuntura, para desprestigiar al clero, que está ahora muy de moda, es  posible que  atraigamos la atención de alguien sobre el personaje…  Tenga usted en cuenta que, hasta  los actuales simpatizantes de la Iglesia, no ven con muy buenos ojos, las directrices que emanaban de la Santa Inquisición de entonces, así que… por ahí, también podría ser…..

Bueno, pues mire, si le parece, vamos a intentarlo…

Está bien.  Adelante, yo, si puedo, le ayudo, al menos, en eso de hablar mal de la Iglesia.

Verá, el hecho es, que no se trata tanto de juzgar a la Iglesia, si no de discernir, sobre como entonces, se consideraba, buena o mala, una labor evangelizadora, como la que ejerció Fray Bernardino en América.

Que sí, que sí… Pero vea usted, que como prescindamos de  ese matiz anticlerical, no lo lee nadie, de verdad.

Bien, como usted quiera, pues le damos ese matiz, que además nada nos cuesta, ya que estudiando profundamente la obra de este fraile, salta a la vista  enseguida que, hasta dentro de su propia Orden, tenía detractores, y no pocos.

Sí, hombre, efectivamente,  por ahí es por donde hay que ir, y es que, de no ser así, la verdad, a nadie le va a interesar…  casi estoy seguro que, ni a los  propios mejicanos.

Mire, si le digo, que vamos a hablar de un personaje que puede ser considerado como el auténtico padre de la antropología moderna, y que autoridades mejicanas actuales, tan importantes como Don. Miguel León-Portilla, antropólogo e historiador actual, perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, dice de Fray Bernardino  que su obra es, la fuente primaria sobre la civilización nahua.

Ni aún así… Que no…  

Y que su  discípulo, más destacado y seguidor, el francés Patrick Johansson, autor de un maravilloso libro titulado – La palabra de los aztecas – lo cita también, como  verdadero progenitor de la civilización mexicana.

Pues nada…

Y es más, si también le digo, que una de las más reconocidas personalidades en el México culto y  moderno, como es la figura de Don Ángel María Garibay Kintana,  sacerdote católico, filósofo e historiador mexicano y una de las personas más eruditas sobre la lengua, literatura y culturas prehispánicas,  Miembro de la Academia Mexicana de la Historia y Premio Nacional de Literatura, ha realizado profundos estudios sobre este personaje, y dice de él, que su obra es la  auténtica y verdadera guía del estudio de la cultura azteca.

Nada, no se canse, ni con eso.

Lo siento, pero si he de darle mi opinión sincera.  Nada… hasta como dicen ahora,  – a las ovejas, puede usted aburrir – con esto del puñetero fraile.  

Bien, pero como de todas maneras  lo veo a usted muy  decidido,  sea, hágalo… de acuerdo, pero al menos, breve, por favor…

Bueno, pues hecho, lo haré  corto:

Hay un pueblo al sureste de la provincia de León, que se llama Sahagún.

El nombrecito, tiene miga.

Se trata del topónimo, producto de la contracción de – San Facundo –, que después de muchas síntesis y demás zarandajas lingüísticas,  ha quedado así.

Ya, pero ahora me temo, que tendrá usted que decirnos quien era San Facundo…

Claro, claro, sí, pues lo explicaré. Muy breve. Eran dos hermanos, Facundo y Primitivo, nada menos que soldados de las legiones romanas, que ante la petición del Cónsul  Ático, de ofrecer sacrificio a un ídolo, confesaron profesar la religión de Jesucristo.

Y no hace falta explicar  más… Mártires… y además Santos.

Pues a lo que iba, en este pueblo, hay varios elementos importantes:

Por este orden: Un Santo Patrón: San Juan de Sahagún; un Fraile eminente: Fray Bernardino, de Sahagún; y luego, varias cosas curiosas:

Una de ellas, un producto comestible: los puerros.

Otra, una batalla, ésta, entre los franceses y los ingleses, en la Guerra de la Independencia española. Y por último algunas singularidades, como que, por el siglo XV tuvo Universidad; y que proclamó la Segunda República, antes que ningún otro pueblo de España, en la madrugada del 13 al 14 de Abril de 1931.

Óigame, me quiere usted decir ¿donde está la brevedad?

Hombre, lo de los puerros no me diga usted que no es una curiosidad.

Ya… pero…

Y, por favor, no se me queje usted, que no digo nada, de que es una de las etapas del Camino de Santiago, y me trae tantos recuerdos de mi paso por él…

Hombre, pues ya lo que faltaba…

Juan, el Santo, se llamaba Juan González del Castrillo y era agustino,  Patrono de Salamanca, y naturalmente, de su propio pueblo;  puede que tenga más notoriedad, incluso que sea más conocido, ya que en la ciudad charra, es muy venerado por sus milagros;  habremos de recordar la calle – Tentenécio – donde detuvo a un toro bravo con esta frase. O cuando apaciguó las terribles y sangrientas peleas de los Enríquez, los Solís, los Maldonado y los Manzano, que se conmemoran  en una plaza preciosa de esa ciudad: La plaza de los Bandos.

Diga usted que sí, enhorabuena por la brevedad…

Bien, vale, disculpe.

Verá, pues Bernardino de Riveira, que así se llama nuestro fraile, nace ¡claro! en Sahagún, en 1499; y aunque desconocemos datos de su juventud, lo primero que sabemos de él es que, sobre 1520, está estudiando latín y leyes, también en Salamanca.

En aquellos momentos, era el centro más importante de irradiación del Renacimiento español.

Precisamente, en aquella época, en la que aquel otro gran hombre, franciscano también, y del que guardamos tan buenos recuerdos en lo político y en lo cultural, llamado: Cisneros, así a secas, se proponía con todas sus fuerzas reformar su propia Orden, llevando al ánimo de todos, la práctica de dos exclusivas virtudes: Piedad y Pobreza. Nada menos.

Y bajo esta influencia ingresa nuestro personaje en la Orden franciscana, en 1520, y hace sus votos perpetuos, en 1526, ordenándose sacerdote.

Su primera misión fue, al año siguiente, embarcarse rumbo al Nuevo Mundo, en tareas evangelizadoras, junto a una veintena de frailes, al frente de los cuales estaba, Fray Antonio de Ciudad Rodrigo.

-Viaje sin retorno-. Podríamos llamarlo,  pero así fue, y hasta puede parecer una frase hecha, pero va a ser,  en este caso, una realidad; en aquellas tierras falleció, de 90 y pico años, y sin dejar, ni un solo día, de ocuparse de su labor evangelizadora; pero, sobre todo, y es lo verdaderamente, importante, lo conocemos hoy como un referente a nivel mundial.

Un simple fraile franciscano y su obra, al que le acaba de reconocer la Unesco, nada menos que,  a preservar, como – Memoria del Mundo -.

Dígame, si no le parecen solo estos hechos suficientes para que, al menos, seamos capaces de contarlos, a quien desee escucharlos, teniendo en cuenta que existen tantos millones de vidas anodinas y sin historia…

Puede que tenga usted razón. Pero, posiblemente, sea hasta por eso mismo, porque no les interesa conocer, nada más allá de lo que les ponen, para su sustento mental, en los comederos repartidos al efecto… o sea, en la televisión. Y estas cosas, no es que no les interesen, es que prefieren no saberlas… y de ahí que no tengan público.

Se queja usted, y alarga usted también las cosas, a mi costa.

Tiene razón, siga…

Le decía, que este buen hombre, que pasó por tantos y distintos lugares del antiguo México en su labor de evangelización, que sería inútil nombrarlos; pero existe uno, al que de alguna, manera siempre estuvo ligado, que es, el  – Imperial Colegio de la Santa Cruz de Santiago – en Tlatelolco.

Y, dígame que es eso de Tlate lol , ¿Qué?  No puedo pronunciarlo.

Si hombre sí, Tlatelolco, pues le diré que es una enorme extensión de terreno, de aproximadamente un millón de metros cuadrados, que existe al Norte de la ciudad de México y en la que se ha construido un, como llaman ahora, – conjunto habitacional –. Es muy conocido.

Quién le iba a decir, al pobre Fray Bernardino, que precisamente en ese lugar en el que se encontraba “su” convento llegaría  a ser una zona como es ahora, absolutamente cosmopolita.2

Bien, ¿y eso del Imperial Colegio…?

Pues verá, es muy importante, mucho, se trata de la primera Institución que se crea en América, para enseñanzas superiores, podríamos decir, como la primera universidad de ese continente.

Copio, literalmente, lo que dice Internet sobre él:

<Durante los cincuenta años de su funcionamiento, el Colegio de Tlatelolco constituyó un establecimiento científico en el cual se cultivó preferentemente la medicina nahua y, al mismo tiempo, fue la escuela de ciencias políticas en la que se preparaba a los hijos de los caciques para el gobierno de los pueblos indios>

Ya ve, efectivamente, se trató de una idea de la Orden Franciscana, pero el verdadero mérito, se lo hemos de conceder a un tal, Sebastián Ramírez de Fuenleal, que fue la persona que quedó allí,  en Nueva España, cuando Hernán Cortes, regresó a la Corte, todavía en tiempos del Emperador Carlos.

Y por orden de este, de nuestro Emperador, se puso en marcha el dicho Colegio y en él, la figura más sobresaliente, nuestro Fray Bernardino.

Desde el comienzo, su idea evangelizadora se basa en formar colaboradores y estudiar, primero el idioma, y después las costumbres, ritos, formas de vida, orden jerárquico, medicinas, hábitos, etc. Con objeto de poder, desde esos conocimientos, impartir más adecuadamente la doctrina cristiana.

Bien, pues de la misma forma, también desde el comienzo, el desacuerdo de muchos, hasta  dentro de su propia Orden; pero sobre todo, desde la Corte, que consideraba el hecho, de que mantener vigentes las actuales vivencias de los aborígenes, no daba facilidad para su conversión.

Y son ellos los que consiguen una Real Orden, firmada ya por Felipe II, en la que se especifica que:  -no debía consentirse que persona alguna escriba cosas que  toquen a supersticiones y maneras de vivir que estos indios tenían -.

Y esta, esta fue la constante de toda su vida.

Pero qué barbaridad, ¡es inaudito…! no se entiende.

Pues así ocurrió y, naturalmente, con ese celo enfermizo con el que se trataban estas cosas en aquellos tiempos, se llega, en algún momento, a decretar, aunque luego, afortunadamente, no se llevó a efecto, su excomunión.

¿Se llegó hasta esos extremos?

Pues sí, eso en lo personal, y ya no le digo nada en cuanto a la obra, que fue requisada, casi en su totalidad, y hasta quemada.

Y escriben, así los que tal cosa hicieron:

-“Hallámosles gran número de libros, en los que no hubiera superstición y falsedades del demonio y los quemamos todos.”

Así, como suena.

¡Qué barbaridad…!

Ahora, hay que reconocer que al fraile no le faltaban arrestos. Y siguió, y siguió;  además, después de aquello, hasta lo hacía mejor…

Verá, usted, porqué,  hasta ideó una forma de trabajo que, muchos años después, ha sido reconocida y empleada por los profesionales que se dedican a estas materias: se trataba de la confección de unos cuestionarios, en lengua  nahua, que repartía entre los ancianos de las tribus, con preguntas de todo tipo, sobre las más diversas y hasta extrañas materias. Pero, sobre todo, de remedios naturales para la cura de enfermedades

Pues, efectivamente, es la misma técnica que emplean actualmente los etnólogos y antropólogos. Desde luego, este hombre era un adelantado a su tiempo.

En verdad, sí señor, lo era, puede usted asegurarlo; se dice que, aparte de escribir sus obras en nahuati, idioma que conocía perfectamente, es verdaderamente un etnólogo y un lingüista actual, pero trabajando con los medios y en  ambiente científico de los años 1.500 y pico.   Ahí es nada.

Desde luego, tiene un mérito extraordinario…

Parece que le está interesando el personaje ¿verdad?

Reconozco que sí, efectivamente…

Pues, verá cuando le cuente más cosas… verá usted, verá…

Venga, venga siga usted…

Ya bastante avanzada la monumental obra, le retiran la ayuda económica que, en este momento, le dispensaba exclusivamente la Orden Franciscana, y queda abandonada circunstancialmente, y comienza a dispersarse…

Hubiera sido una verdadera lástima que se pudieran perder aquellas recopilaciones.

Es verdad… pero, ¿sabe usted quién era Francisco Hernández de Boncalo?

Pues la verdad, no

Pero hombre, un hombre culto, como parece usted…

Sí, ya ve, pero no caigo en este momento…

Pues era, nada menos, que el médico de Felipe II.

Un momento, espere. Yo tenía entendido que era Vesalio, que llegó a España con el padre, con Carlos I.

Efectivamente, tiene usted razón, así es como lo hizo, atendiendo medicamente a los dos, a Carlos el padre  y a Felipe el hijo, otro conocido médico: Vallés, sí, Francisco Valles, al que apodaban “el Divino”.

Que, por cierto, tiene una calle en Madrid.

Bueno, pues además de estos dos, hay otro, este del que le hablo ahora, Francisco Hernández Boncalo.

Oriundo de la Puebla de Montalbán, en Toledo; este, desde luego, por lo que es más conocido  es, por  tener el dudoso honor de ser, quién por primera vez cultivó tabaco en un arrabal de Toledo, en un cigarral.  Era efectivamente médico; pero también botánico, y muy eminente, por cierto.

Y es a él, a quien encarga  Felipe II,  ponerse al frente del Proyecto más ambicioso conocido hasta entonces. Se trataba del estudio botánico, zoológico y, en general, científico, más importante hasta el momento,       ¿dónde? pues precisamente, en el nuevo mundo, en la recién descubierta Nueva España.

Experto y estudioso de la obra de Fray Bernardino,  como botánico, y a la vez médico, empieza a conocer plantas, arbustos, frutos, hierbas, que emplean los aborígenes para curar o aliviar las más diversas dolencias, y descubre un verdadero arsenal terapéutico.

De esta manera, afortunadamente, no se perdieron los conocimientos de miles y miles de plantas que vinieron empleándose posteriormente, durante siglos, hasta que ya modernamente, la mayoría se han sintetizado químicamente, y pueden utilizarse en la actualidad de manera verdaderamente segura, sin que influya, como lo hacía antes, la forma de recoger las plantas, el momento de maduración, o incluso la manipulación posterior; ejemplos de ello son: la digital, la quinina, los eméticos, y tantísimas otras.3

Es interesante, desde luego.

Bueno, pues de  la obra del fraile, naturalmente sin publicar, es de donde son conocidas, estudiadas, referidas y llevadas a la Corte, en un manuscrito, por Hernández Boncalo.

Bien es verdad, que estos textos desaparecieron después, en un incendio del  Monasterio del Escorial, donde se encontraban en 1671.

Lástima, pero sigamos con el original…

Otra parte de la gran obra de nuestro fraile, parece ser, que fue “incautada”, en el buen sentido, para escamotearla a las ideas que desde la Corte ejercía la Inquisición que, en una Real Cédula, en 1577, sin prohibirla, ordenaba que: Esta, – Historia General de las cosas de la Nueva España – no conviene que el tal libro se imprima ni ande de ninguna manera por parte alguna.

¿Y quién, tan “piadosamente”, lo hizo?

Pues, otro franciscano, un tal Rodrigo de Sequera, que habiendo llegado a Nueva España con el cargo de Comisario General de Nueva España, conmina a que se haga alguna copia de la Obra, para enviar  a la Corte.

Y así se hace.

¿Dónde está esa copia ahora?

Se encuentra en la biblioteca del Palacio Real de Madrid. Se trata de lo que conocemos como Códigos matritenses

¿Por qué lo dice usted en plural?

Exclusivamente por que está en dos partes y una de ellas, como le digo, se encuentra en el Palacio Real, y la otra, en la Academia de la Historia.

Pero, volviendo a la obra, lo que sabemos es que otro original completo queda en Tlatelolco, y el propio Sequera, a su vuelta a la Corte, lo trae y,   después de muchas vicisitudes llega al lugar donde ahora se encuentra.

¿Dónde?

Lo guarda, la Biblioteca Medicea Laurenziana, de Florencia, con el nombre genérico de Historia General de las cosas de Nueva España; conocida institución,  por tener una de las mayores colecciones de manuscritos del mundo en un espacio arquitectónico proyectado por Miguel Ángel; y que gracias a la colaboración, promoción y financiamiento de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, en este momento está ya digitalizado y disponible en un portal de la Biblioteca Digital Mundial.5

Y esta copia, es la que conocemos como – Código Florentino -.

Oiga, era absolutamente desconocido para mí.

Además, fíjese, parece ser, que también existía otra copia del original, aunque esta, exclusivamente escrita en lengua nahua,  en el Archivo Secreto del Vaticano, pero no he sido capaz de saber si esa copia sigue ahí.

Pero hay más…

Resulta que existe otro Código, llamado De la Cruz-Badiano o Códice Barberini.

¿Otro códice? ¿y este, qué es?

Pues verá, en realidad, hoy en día, cuando se estudia la obra de nuestro franciscano, salta a la vista que es tan inmenso el trabajo realizado, que no solo es lo que conocemos como Código Florentino y los dos matritenses;  hay, además, otros: Libros rituales, Coloquios, Postilla, Plasmodia Cristiana y otros muchos; que salta a la vista que no pudieron haber sido realizados por una sola persona.

Ni que decir tiene, que toda esta monumental obra se pudo llevar a cabo, gracias a una enorme cantidad de colaboradores, que hoy, y es natural, son considerados, varios de ellos, sobre todo por los mexicanos, como verdaderos autores de algunas obras.

No podemos olvidar que este insignificante fraile, en su enorme grandeza espiritual y científica, fue capaz de crear una verdadera escuela de colaboradores, traductores, amanuenses, científicos y botánicos siendo tanta su influencia en aquellos tiempos, que hasta existe en el México actual una ciudad en su honor: Ciudad Sahagún, en el Estado de Hidalgo.

Pues bien, este Códice, llamado Badiano o Códice Barberini, es obra, en efecto, de un médico: Martín de la Cruz, en Tlatelolco, colaborador del fraile; posiblemente, escrito en nahua  que posteriormente se  tradujo al latín por otro asistente del Colegio, Juan Badiano.6

4

El primer Virrey de Nueva España, lo envió a la Corte, donde, en algún recóndito lugar, debió permanecer, hasta que un tal Diego de Cortavila, Farmacéutico de Felipe IV, lo descubre y pasa por distintos propietarios hasta  llegar a la Biblioteca del Cardenal Barberini.  Cuando los fondos de dicha biblioteca son trasladados al Vaticano, queda allí depositado, hasta que, en 1990, el Papa Juan Pablo, lo devolvió a México, donde se encuentra actualmente en el Museo de Antropología.

Sí señor, hasta fascinante, no me lo esperaba.

Pues fíjese, todavía hay otro códice, posiblemente realizado por antiguos colaboradores y discípulos y compañeros de nuestro Fraile, es el denominado “Códice  Mendoza”, o Mendocino. Se trata de una obra encargada unos años más tarde, por el entonces Virrey de Nueva España, Don Antonio de Mendoza para enviar al Emperador noticias de las gentes de aquellos territorios.

Nunca llegó a España, el barco que lo portaba fue apresado por un corsario francés y permaneció muchos años en poder de Francia, hasta que, por una serie de vicisitudes, fue vendido a un Capellán de la Embajada Ingesa en París, y se encuentra desde entonces en la Biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford.

En este momento, en el México actual, ya es casi unánime el criterio, pero quedan restos que, desgraciadamente, no son de maldad, si no de maldita incultura, que tienen prejuicios, recelos, y hasta suspicacias, ante la conducta de los españoles en aquellas tierras…

Es verdad, yo puedo asegurarlo

Pues bien, a modo casi de pasatiempo, hagamos una comparación.

¿Cómo?

Pues simplemente, superponiendo, para compararlas, dos conquistas; por ejemplo, la que tuvimos en el territorio de España, realizada por el Imperio Romano, y la nuestra, en tierras de América. ¿De acuerdo?

Vale, adelante

A nosotros, un pueblo enraizado en nuestro territorio, los celtas e iberos, nos invadió uno más fuerte, el romano.

Nosotros hicimos igual, siempre gana el fuerte, sin excepciones.

Es verdad.

Primero, masacraron impunemente a los que se les oponían. Que alguien pase por Numancia, si no se lo cree.

Efectivamente.

Nosotros hicimos lo mismo. Aunque, en nuestro caso, con relación a la población americana oriunda, la masacre fue más, producto de la inmunología, que jugaba a nuestro favor.

Mataron más las enfermedades, que los españoles.

Tiene usted razón.

Después, nos hicieron esclavos para ayudarles a extraer todo el oro que podían llevarse. Y si alguien no lo sabe, que vaya a ver las Médulas, en León.

Nosotros también; los conquistadores, son todos iguales, y actúan siempre de la misma manera. Sin excepciones.

Luego, se mezclaron con nosotros.

Nosotros, también allí; igualmente, sin excepciones.

Bueno en esto, hay una: los ingleses.

Y está demostrado ahora, genéticamente, siguiendo las mutaciones del cromosoma Y.

Después ellos arrasaron totalmente nuestras raíces. No hubo nadie que se ocupara de preservarlas. Desgraciadamente, no venía ningún fray Bernardino con los conquistadores romanos. Y por ello,  no conozco ahora nada de mis ancestros.

Pasé, sin que nadie me lo preguntara, a ser un feliz y agradecido romano.

A cambio, a los oriundos americanos y a nuestros celtíberos, a todos, los sacaron de nuestra ancestral incultura, eso sí, es verdad,  nos trajeron las tres cosas que acomodan a los pueblos: Lengua, Cultura y Religión.

Nosotros también.

La diferencia aquí, es grandiosa, nosotros, junto a los conquistadores sí llevamos a un fraile, bueno, mejor dicho, a muchos; pero este, particularmente, además de sabio, era, buena gente, como decimos ahora, y se ocupó de que los actuales mexicanos puedan sentirse orgullosos de sus raíces.

Yo, español, desafortunadamente, no tanto.

Tengo demasiado  difuminadas mis ideas, sobre  quién era el autor de la Dama de Elche, y de tantas otras cosas de mis bisabuelos, los celtas, y los iberos, y lo que es peor, de los que ya mezclados, como siempre, eran mis verdaderos abuelos: los celtíberos.

En cambio, en América, sobre todo en México, pueden presumir de ancestros, se los conservó un fraile español; y solamente se  pueden hacer comentarios sobre  él,  naturalmente, siendo quien los hace, conocedor a ciencia cierta, de quién es, su propio padre, diciendo:

-Bendito sea-

Oiga, pues sabe lo que le digo, que ha quedado pero que muy interesante, y no sabe usted, la cantidad de conversaciones a que esto va a dar motivo. Muchas gracias.

De nada, a usted, por su amabilidad y paciencia.

 

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