Concepción Arenal

Dedicar la propia vida a los demás.

Uno de esos pocos seres humanos que merecen nuestra admiración, homenaje y agradecimiento.  Odia el delito y compadece al delincuente.

 

– Desde luego es  imponente, y  hasta muy elegante  también, el monumento que le han dedicado en este céntrico parque de La Coruña a Doña Concepción.

– Bien es verdad, que se lo merece…

-¡Que gran mujer!..

 – Pues, muchas gracias hombre…

– Huy, que ha sido eso… me ha parecido escuchar  una voz…

– Sí,  la mía…

– ¿Pero, bueno?… Santo Cielo… esto es inaudito, estoy escuchando en mi interior con toda claridad esa voz…..pero ¿de quién es?

-Que sí, que es la mía…

– ¿Cómo puede ser? ¿Pero de quién?

-Sencillamente, la de quien has requerido con  sincera intención,  buen criterio y desinteresado propósito.

Pero, es que, de verdad, no puede ser… me impresiona…y hasta me asusta…

-No hay porqué.

 – Es simplemente una de tus ideas; podríamos, hasta llamarlo una de tus “ocurrencias”, desde luego, no exentas de imaginación y hasta de fantasía.

 – De todas maneras, no hay duda de que se sale de la normalidad… No puede ser cierto, Señora, es que oigo su voz…sin ninguna duda…

– Sí, efectivamente, pero no importa…, déjalo… para los demás, ha de entenderse como una ficción, solo eso, algo imaginado, lo que digo, nada más que… una fantasía de las tuyas.

Bueno, de acuerdo, pues siendo así… adelante…

-Pero, veo en tu semblante, cómo se refleja la duda, ¿tal vez lo dices y, no lo crees?

-He leído tus escritos, en los que lo afirmas, con rotundidad, que tu intención es:

-“Extender las vidas de los que fueron”

-Incluso, expresas una frase, que me resulta interesante:

-“Siendo cierto, que seguimos llamando muerte, a lo que deberíamos llamar olvido”

-Y hasta te ofreces a intentar que, al recordarnos, podamos permanecer algún tiempo más, entre vosotros…

-¿A qué viene ahora esa cara de susto? ¿Por qué esa expresión tan demudada? ¡Y ese rostro tan pálido! ¿No entiendes que, puesto que tanto lo has deseado, pueda yo misma hablar en tu interior?

Sí, señora, pero es que…. no me lo explico…

-Pues sí.  Ahora es así, como tú lo has deseado… soy yo misma,  Concepción Arenal, ¿no lo comprendes?… Hablo, efectivamente, en tu interior…exclusivamente para ti,  y accediendo a tu deseo.

-Será solo una confidencia entre nosotros, aunque para los demás sea, como digo, exclusivamente una ficción.

Pero, Señora, es que yo, no tengo palabras, no sé qué decirme a mí mismo, ni por supuesto a usted; tengo la mente tan turbada y tan maltrecho el entendimiento, que no me extraña que mi semblante lo declare, y mi razón lo signifique… Vea, que yo estaba tranquilamente sentado aquí, en La Coruña, en este bonito parque, ante su monumento; eso sí, he de admitir y reconocer que,  es verdad, pensando en usted, pero,  como es natural, tan distraído y ajeno…

¿Cómo es posible que pueda tener este tan  maravilloso y señalado  honor?

-Simplemente, por el hecho de desearlo, con buena intención, y con tu corazón sin egoismo. Así de sencillo.

Pero, Doña Concepción… es que yo…

-Llámame, por favor, Concha Arenal, que así me llamaron siempre en el mundo, aunque, naturalmente, solo los míos….

Pues con su permiso, Doña Concha, créame si le digo que me encuentro en tal atolladero que no soy capaz de comenzar…perdóneme.

-Vamos a ver, tu lo que querías era saber cosas de mí, pues bien, pregúntame lo que quieras.  Ya tienes la ocasión, no la desaproveches…

10Bien, pues lo primero, y entiendo que es una simpleza, perdóneme por ella, pero es que me siento tan fuera de mí, que posiblemente, no una simpleza, incluso, sea una auténtica estupidez, ya lo sé,  pero,  lo cierto es que, usted no está inhumada aquí, ¿verdad?

No, naturalmente, esto que ahora ves aquí es solo un monumento en mi memoria; yo, estoy enterrada en Vigo, primero en el cementerio del Picacho, y después, cuando lo hicieron desaparecer, al irse ampliando la ciudad, en 1912, me trasladaron al actual del Pereiró. Y no creas, lo sentí bastante, porque desde aquel, se veía el mar.1

Era allí donde vivía con mi hijo Fernando que, era Ingeniero de Camino Canales y Puertos, y estaba en Gijón, donde ocupaba el puesto de Jefe de Obras del Puerto. Pero, desde el año 1875, y con motivo del fallecimiento de su primera esposa, y mi muy precario estado de salud, vine  a residir con él a Gijón.

No obstante, en el momento de mi fallecimiento, era en Vigo donde estaba destinado, y vivíamos allí.

-Nada ha de extrañarte esto; nosotros ya estamos exentos, al contrario que vosotros, de la relación entre espacio y tiempo.

-Pero el tiempo… ¡Dios Mío, el tiempo!

 -Ese incontrolable gobierno, esa autoridad sin nombre, y hasta ese poderoso mando y despiadada intervención, que todo lo puede, que lo administra todo, y al cual, obedientemente nos resignamos.

-El tiempo…

-Enemigo, al fin. Ya que a todos, vivos y muertos, nos afecta.

-Evidente, es claro, que la forma de entender sus consecuencias son francamente distintas, ¡sin duda!

-Háblale a un joven de esto, y lo entenderás…

El hecho, al que aludías sobre este monumento, es efectivamente, solo eso.

Y es que, desde los más remotos tiempos, y es  natural, el ser humano ha venido manteniendo recuerdo, memoria y consideración de los que le han precedido y, en la mayoría de los casos, respeto, y por supuesto, cariño a los más cercanos y recientemente perdidos.

-Está claro, que en el aspecto íntimo de cada uno de nosotros, una fotografía, un objeto, cualquier  recuerdo, o incluso un comentario tienen, para el que lo percibe, tanta importancia como un monumento en una plaza pública; es solo  eso,  una mención, o lo que es lo mismo, una memoria, algo que señala, una alusión, una referencia, un comentario,… algo, casi, cercano a la noticia y, por tanto, un pequeño trozo de vida.

-Cuando, naturalmente, lo que se requiere es dejar testimonio de alguna persona que se ha distinguido en su época, por sobresalir en cualquier entorno, más o menos público, entonces, son las autoridades las que, con dinero estatal, en ocasiones, le ponen al monumento una denominación que pueda  significar mayor honor para el aludido: “Por suscripción popular”, es solo como un recuerdo, pero aunque está muy bien, es desde luego, más frío.

Y este, aunque a mí me parece extremado, está hecho en mi memoria.

 -Señora, que tampoco es bueno el exceso de modestia.

 -Usted, se merece este y, algunos más grandes. Y por cierto, en Madrid, tiene usted uno bien bonito, y está en un sitio privilegiado: el Parque del Oeste, en el Paseo de Moret. Se presenta usted, muy guapa, todo sea dicho, vestida de toga, y mirando las puestas de sol, por encima de la arboleda; es precioso, de verdad.3

Y es que, verá usted, doña Concepción… perdón…Doña Concha, yo soy un auténtico y ferviente admirador suyo; me parece que usted ha sido la innegable y verdadera patriarca, líder y adelantada del feminismo en España; pero con una particularidad única, que para mí es esencial: su obra está basada, exclusivamente, en la moderación, solo y exclusivamente en ella y, por supuesto sin los extremismos, las intolerancias y los sectarismos tan al uso, a los que estamos acostumbrados, actualmente en este tipo de reivindicaciones .

-Gracias, no se me oculta en ello tu buena voluntad y, lo agradezco.  Además es verdad, pero tal vez por eso, el avance de mis ideas haya sido menor…

No lo crea así, de ninguna manera, señora, precisamente considero, y lo digo en el resumen de este trabajo que ahora realizo para usted: ¿cómo es posible que una sola mujer, desde su modestia, su honestidad y buen juicio, haya hecho avanzar más la causa del feminismo, que esta multitud actual de frívolas e inconsecuentes, con las tetas al aire?

 Huy… perdón, señora.

-Nada, nada, que soy honesta, pero no tonta.  Y, si tú lo dices… lo creerás de verdad así.

Naturalmente que lo creo, y no solo yo, es algo palpable para todos… y  como le decía, esta circunstancia, es la que concurre únicamente en su personalidad, su moderación, su liberalismo, y su tolerancia; pero, sobre todos ello, su amor al prójimo, sin  extremismos ni faltas de respeto, y  eso exclusivamente, es lo que la ha concedido a usted ese completo refrendo de autoridad general.

-Pues será así…

Bien es verdad, que es usted persona más conocida, que leída; cierto, y tal vez me equivoque, pero pienso que, en su caso, y por ello en sus obras, hay más corazón que cerebro, siendo mucho este, lo supera con creces aquel.

Y me baso para expresar esto, que hasta puede ser un subjetivismo mío, en que, he leído, no tanta como quisiera, pero bastante obra suya y, siempre me llamó mucho la atención una de sus frases, que es  la que más recuerdo, y en la que pienso, que pueda estar representada íntegramente su obra:

 “–Hay gran diferencia entre impresionarse con los males ajenos y afligirse por ellos. Para lo primero basta imaginación, sin embargo, se necesita corazón para lo segundo”.

Efectivamente, es mía la frase.

También es posible que, y esto ha de ser achacable exclusivamente a usted misma, fue siempre un tanto retraída, introvertida, posiblemente, hasta tímida y reservada. Tanto, que hasta escribe:

“Y, a ese pueblo”, María, que pasa indiferente, ¿qué le importa la vida de una oscura mujer?

Pues, no se puede usted ni imaginar lo que ha sucedido después; desde aquel maravilloso manantial de modestia, ha surgido un torrencial aluvión de presunción, arrogancia y, a veces hasta de insensatez, que desemboca en el tan conocido y celebrado: – Antes muerta que sencilla.-

-Sí, sí, lo conozco. Es el fenómeno pendular de los hechos sociológicos.

-Y tal vez tengas razón en achacarme el defecto de mi misantropía; desde la distancia que ahora lo contemplo, puede ser verdad, pero tiene su explicación: la primera mitad de mi vida, y no sé si también la segunda, estuve muy influenciada por infortunios y desgracias familiares,  y a partir del nacimiento de mi hijo Ramón, o tal vez desde mis desarreglos propios de la edad, fui aquejada con más frecuencia de lo que yo deseara, de unas terribles jaquecas, que me hacían la vida, casi imposible.

-La verdad es que en mi salud física influyeron mucho mis achaques, y en la intelectual, los infortunios personales.

Ya, pero dejando tema personales en los que Dios me libre entrar, y volviendo a los puramente culturales; vea usted señora, algo que quiero comentarle…:

Tenía él, diez años, era el año 1893, cuando usted falleció, se llamaba Don José Ortega y Gasset y, naturalmente, usted no supo nada, ni de su persona ni de su obra, sin embargo, su figura es parecida a  la suya: independiente, liberal, conciliador, tolerante y también,  posiblemente por ello, como usted, un gran pensador, y hasta me atrevería a aventurar que  una gran persona.

Entre sus muchas reflexiones hay una, que particularmente considero acertada, y que creo se encuentra siempre en el fondo de todos los problemas de nuestro País:

     – El odio es un afecto que conduce a la aniquilación de los valores más nobles del hombre –

-Tienes razón, no, en vida no tuve ni relación ni conocimiento de él, pero lo conozco… Aunque no lo creas  aquí estamos al tanto de todo… 

-Y en efecto, nuestra nación lleva el odio inoculado durante muchos años y, muy profundamente.

Por supuesto, ¿usted conoce, en persona, los devastadores efectos que provocan las malas políticas? ¿Verdad? y, que al final, son las culpables de la aparición del sufrimiento humano, y con él, hasta del odio.

-Si, ciertamente es así. La niñez la recuerdo como una etapa de mi vida en la que me quedó grabada, la pesadumbre,  el desconsuelo, la angustia y, ahora recuerdo que, hasta la tristeza, de ver a mi padre perseguido y acosado por sus ideas liberales; y después, encarcelado en muy malas condiciones, lo que le llevó a enfermar seriamente y, desencadenar su muerte, muy prematura.

-Vivíamos entonces en Puentedeume, y yo tenía  nueve años.

¿Lo recuerda usted?

-Vagamente, pero su figura física pervive en mi memoria. Mi padre, Don Ángel del Arenal Cuesta, era oriundo del valle de Liébana en Cantabria, había nacido en una muy pequeña localidad de aquella bellísima y agreste zona, llamada Armaño y se encontraba terminando sus estudios de derecho por aquellas terribles fechas de la ocupación francesa que, al final desembocó en lo que conocemos, como Guerra de la Independencia.

-Dejó los estudios y se enroló en el Ejército.

-Lo recuerdo de manera imprecisa, solamente como de estatura alta, fuerte, alegre y muy animoso: pero, sin querer, en mí memoria lo veo débil y agotado en sus momentos finales.

-Terminada la guerra, en la que se batió, como tantos otros, con bravura y  valentía contra “el francés”, quedó en el ejército,  naturalmente abandonando sus estudios;  llegando a alcanzar en su nueva carrera militar el grado de – Coronel – y con ello también algunas responsabilidades políticas.

-Eran aquellos maravillosos años entre 1820 y el 23, en los que se respiraba liberalismo y con él, moderada y tolerante, pero juiciosa y ordenada – libertad – fundamentada en la Constitución del 1812…

La Pepa…

-Sí, efectivamente.

-Fue por aquellos años, cuando conoció y contrajo nupcias con mi madre, Doña Concepción de Ponte y Tenreiro, persona de la alta sociedad gallega del momento y, comenzaron a llegar al mundo los frutos del matrimonio, que fueron tres hembras de las cuales, yo soy la mayor.

-Ocurrió en años posteriores, que Fernando VII, aquel…

Perdón, señora, no se manche usted los labios con adjetivos, déjemelo a mí.

-Gracias, lo prefiero.

Aquel despreciable y traidor sujeto, que, efectivamente, con su autoritarismo y enfermiza mala inclinación, y con la inestimable ayuda de todos los conservadurismos del momento, incluido el religioso y hasta el militar, que le ayudaron, de nuevo a poner en marcha el absolutismo más despiadado y con él, se engendró, posiblemente, sin saber sus consecuencias, ese implacable y trágico fantasma, que viene acompañando, desde entonces, a nuestro País, a lo que llamamos: -Las dos Españas – siempre, convenientemente reforzado y sostenido por nuestra ancestral incultura,  asociada también, con nuestra paupérrima economía y desde luego, una  mala administración.

-No olvide usted, por favor asimismo, a los posteriores políticos, que con muy escasas excepciones, que de  sus méritos exclusivamente, se sirven los demás, para sobrevivir, y que con sus conductas partidistas, sectarias y ramplonas nos continúan manejando, valiéndose y malgastando el poco respeto que nos queda de ellos.

Fíjese, señora, como será esto así, y hasta donde ha llegado, que aunque no lo pueda usted creer, en estos momentos, cuatro despreciables sujetos, no son capaces de ponerse de acuerdo para formar un gobierno.

¿Qué le parece?

Ya, ya lo veo. De verdad, lamentable.

¿Entonces, piensa usted que, vivir tan de cerca del sufrimiento y las penalidades infringidas a su padre, por sus ideas políticas,  influiría en su personalidad?

-Pues sí. Es perfectamente posible. Casi podría asegurarlo.

¿Había nacido usted en 1820?

 Así es, el último día del mes de Enero de ese año. En el llamado  Barrio Viejo de El Ferrol, donde vivían mis padres entonces.

¿Clarísimamente, gallega?

-Gallega y muy gallega, como mi madre y toda su familia, de muy rancio abolengo galaico.

¿Quiere decirse que su madre y sus tres hermanas quedaron en el mayor desamparo, al fallecimiento de su padre?

-Desde luego, y por ello mi madre consideró conveniente que nos trasladáramos a casa de mi abuela Jesusa, la madre de mi padre, en Cantabria. Y allí fuimos con ella a vivir; Armaño, se llama aquel pequeño pueblo de la montaña, en lo más profundo de la Liébana, que entonces no, pero ahora le llamáis los Picos de Europa.

¿Recuerda usted como años felices los de su estancia allí?

-Sí, muy felices, mucho. Tenía yo entonces una inmensa curiosidad por todo y, unas ansias inagotables de ilustrarme y se conservaban allí, en la casona de mi abuela, todos los libros de los estudios de la carrera de Derecho de mi padre; además de muchos otros, de autores clásicos, y hasta bastantes de Teología, de un tío mío, sacerdote. Era sin duda, una muy buena biblioteca. Y para mí, un auténtico paraíso.

Pero, naturalmente, su madre Doña Concepción de Ponte, consideraba que no era natural que las jovencitas siguieran mucho tiempo en aquellas rústicas soledades y, con ayuda de su hermano Don Antonio de Ponte Tenreiro, que ostentaba el título de Segundo Conde de Vigo, agenció que su hermana y sus dos sobrinas se afincaran en Madrid;  por cierto, y parece casualidad, en la calle -Dos amigos-, muy cerca de la Universidad, en la calle San Bernardo, ¿verdad?

-Ciertamente, así fue. Era el año 1835, y mi hermana Luisa había fallecido unos años antes, así que a mi hermana Tonina y a mí, nos trajo mi madre a la Capital.

-Bien es verdad, que dada mi natural condición, yo me adaptaba mal a esta nueva vida sin actividad. Nos matricularon en un colegio para señoritas, dependiente del Palacio de Tepa en la calle de Atocha…

Ya, ya, del que usted decía, que enseñaban – a no hacer nada –

-Pero es que, además, yo deseaba con todas mis fuerzas seguir estudiando, cosa que mi madre no veía demasiado bien.

-Resultó que poco tiempo después, al enfermar mi abuela Jesusa en el pueblo, hube de desplazarme nuevamente a Armaño para atenderla, dando esto motivo de que pudiera yo seguir estudiando allí, que en realidad, era mi verdadera pasión.

-Con el fallecimiento de mi abuela y, tristemente el de mi madre, a los pocos meses, volví a Madrid, ya  con 21 años; era el año 1841.

-Mi ilusión no era otra, que iniciar estudios superiores en la Universidad, pero en aquel tiempo, eso era una auténtica quimera irrealizable.

Y es entonces, en los cursos 42, 43 y siguientes, cuando se dice que usted, vestida de hombre asiste a los primeros cursos de Derecho, en la Universidad de la calle San Bernardo…

-Se ha fabulado mucho sobre eso, sí, efectivamente, pero prefiero no referirme a esa eventualidad, aunque ya sé, que ha sido no solo muy, comentada, y hasta destacada, también, de manera bastante radical.

-El hecho cierto es que con la ayuda del Rector, comencé a asistir, de oyente a las clases; pero nunca me examiné, ni he tenido tampoco Titulo Académico alguno, pero eso sí, puedo presumir, de ser la primera mujer que asistió a la Universidad en España.

Pues sí, señora, veo que tiene usted ahora, el mismo gusto que tenía en vida, de:  – pasar desapercibida – pero el hecho es, que fue en su momento una adelantada del  atuendo femenino, en el sentido de que nunca le dio importancia a las formas sociales, así como tampoco, a  los privilegios del sexo.

Lo cierto es, que ya  había usted adquirido para entonces, unos muy amplios conocimientos jurídicos, científicos, sociales, económicos, y conocía lenguas clásicas, así como también idiomas modernos,  en fin, poseía usted una extensa y muy  profunda cultura.

Había pasado  la España de la Regencia de Cristina de Borbón, por  minoría de edad de Isabel II, hasta el año 33, en que sube al trono, y son ahora los felices primeros de reinado, pero también los tristes del comienzo de las guerras carlistas, ¿verdad?

-Cierto, azarosos y tristes.

Fue en la Universidad donde conoció  al hombre de su vida. Don Fernando García Carrasco, un extremeño, abogado y escritor, trece años mayor que usted, con el que contrajo matrimonio en el mes de Abril del año 1848, en la Parroquia de San Ildefonso, de Madrid.

-Así es. Y fueron años muy felices los de mi matrimonio. Llegaron pronto mis hijos, la primera una niña, en el año 49, a la que llamamos como yo, Concepción, y que tristemente perdí a los dos años, fue un duro golpe; después llegaron dos varones, Fernando y Ramón, este último, también desapareció de mi lado de  manera imprevista y así mismo, considero que tempranamente.

-También falleció a los pocos años mi marido, aquel terrible azote de la tuberculosis era implacable, dejándome en situación muy precaria de nuevo, pero ahora, con agravantes, viuda y con dos hijos.

Había usted ya iniciado su andadura, primero literaria, con una primera novela – Historia de un corazón – y después, hasta se atrevió usted con una zarzuela, – Los hijos de Pelayo –

Sí, escribí aquel libreto en nuestra estancia en Oviedo, donde tuvimos que vivir bastantes meses para dejar pasar los momentos políticos más extremados, que soportaban mal el liberalismo de mi marido y el mío; pero pronto volvimos a Madrid, a nuestra vida habitual. También por aquella época escribí mis célebres –Fabulas-

Seguí, después de perder a mi marido, algún tiempo más, escribiendo en el periódico en el que lo hacia él, posiblemente en aquellos momentos, uno de los más representativos del “progresismo”: La Iberia. Pero, con los emolumentos de mis colaboraciones y las pobres rentas que recibía de mis propiedades en Armaño, era imposible seguir viviendo en Madrid.

Y es cuando alquila usted, en el pueblo de Potes, la casa de la calle San Roque, propiedad de Doña Isabel Agüero, madre del célebre violinista Jesús de Monasterio.

Efectivamente, Jesús, un gran amigo, con el que he mantenido durante muchos años relación personal y epistolar y he cultivado su amistad durante largo tiempo.

Aquí, precisamente en Potes, en esta época, con su reciente viudedad y con la serenidad, el sosiego y la tranquilidad del pueblo, es el momento de sus grandes reflexiones ¿no es así?

Sí, fue allí y, en esas circunstancias de apacibilidad, cuando descubrí mi verdadera vocación, o por lo menos, así me lo parece…

Ha encontrado usted su camino ¿verdad?  Y no es otro que la caridad. Ya sabe usted, desde esos momentos a lo que en adelante va a dedicar su existencia.

Posiblemente, también fuera esto, la consecuencia de su intensa y profunda crisis personal, lo que le induce a esa meditación trascendente en su vida, con objeto de escribir una obra poco conocida suya, el ensayo titulado: ¿De dónde venimos, adonde vamos?

No lo sé, puede que sea así. Pero lo cierto es, que a partir de aquella coyuntura, yo sabía perfectamente, a lo que quería dedicar mi vida.

Es cuando, en 1860,  con sus cuarenta años, sus hijos criados, sus grandes conocimientos jurídicos, su amplia cultura y su  amor al prójimo le llevan a comenzar lo que va a ser ya  su verdadera andadura en este mundo. Y comienza, en lo individual, atendiendo personalmente a la población más desfavorecida; y en lo cultural, trabajando para el concurso que ha convocado la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de reciente creación, sobre los fines de dicha Institución.

Está usted en lo cierto, mis hijos habían sido admitidos en el colegio de los jesuitas, en Carrión de los Condes, donde harían el bachillerato y, yo estaba libre para comenzar a realizar lo que más me gustaba.

Su primer triunfo, en realidad, fue ganar el concurso de la Academia, con su obra: – La beneficencia, la filantropía y la caridad – que aunque no tenía trascendencia económica, suponía la llegada de una mujer a las más altas cotas de prestigio, en aquel momento.

Efectivamente, y la consecuencia principal fue que, precisamente,  la persona a la que iba dedicada la memoria ganadora del concurso: la condesa de Espoz y Mina me pidió una entrevista, de tanta repercusión posterior, que llevó al poco tiempo a una gran amistad con ella y una larga participación en proyectos comunes.

Por supuesto, que grandes recuerdos tengo de aquella admirable persona, mi amiga entrañable, Juana de Vega, la viuda de aquel gran hombre y modelo de patriotas, en sus enfrentamientos contra el ejército francés, en nuestra guerra de la Independencia, Don Francisco Espoz y Mina.  Había sido, también, aya de la Reina Isabel II durante la minoría de edad de esta.

Todavía, antes de abandonar la vecindad de Potes, funda usted, las Conferencias de San Vicente de Paúl, en aquel lugar, y escribió una de sus más importantes obras, – Manual del visitador del pobre – dedicada en este caso, precisamente, como guía para los participantes en esa institución de caridad, que había fundado en España el insigne músico Santiago Masarnau.

Así, así es, recuerdo con mucho cariño la figura de aquel hombre insigne.

Pues ha de saber, señora, que en este momento está prácticamente ya, en su etapa de Roma, la causa de su beatificación.

Ya, ya lo sé y, es inmensa mi alegría por ello. El, precisamente, fue el que hizo uno de los comentarios más elogiosos a mi obra, lo recuerdo, escribió algo tan bonito como:

“Nunca se ha escrito nada, semejante a este evangelio de la consolación”

Ya desde aquí, su carrera es imparable, comienza a ser usted, conocida en los círculos políticos como verdadera autoridad jurídica en la sombra,  sobre todo en el campo penitenciario; mantiene correspondencia con todas las figuras relevantes del País, entre los que encontramos a Salustiano Olózaga, Giner de los Ríos, Prim, Pi y Margal, Sagasta, y tantos otros, y es en el año 64, con la segunda llegada al poder del General Narváez, cuando siendo Ministro Rodríguez Baamonde, es usted nombrada Visitadora General de Prisiones.

Y pronuncia, ante ese nombramiento, aquella tan célebre frase: “Hasta ahora, vivía cerca de la desgracia,  desde ahora, lo hare junto al crimen”.

Sí, así fue, pero solamente durante dos años, exactamente lo que duró el Gabinete Ministerial. Fueron pocos, años pero muy fructíferos.

¡Ya lo creo!, como consecuencia de ellos escribe usted su obra – Cartas a los delincuentes -,  el folleto sobre  – El reo, el pueblo y el verdugo – y en general, se dedica, prácticamente, a tratar de corregir, todo lo que de inhumano, tiene el sistema penitenciario en esos momentos, con publicaciones y con obras, y hasta fundando la Asociación para la Reforma Penitenciaria.

Es posiblemente, su etapa más fructífera, la de su vecindad en la calle Herrerías, número 12, de La Coruña, ¿no es así?

Ciertamente, primero, por mi convivencia con Juana de Vega, una de las más dichosas; pero también lo veo como un momento muy interesante en mi vida. Recuerdo,  con verdadero cariño, aquellas reuniones en su casa de la calle Real, donde todos los días, a las nueve, reuníamos a personas de toda índole y departíamos con ellos, mientras que, por no perder el tiempo,hacíamos calceta.

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Pues, sepa usted, que existe todavía la casa, efectivamente, en la calle Real; ahora hay, en su planta inferior, un comercio de porcelana de Sargadelos y, naturalmente, una placa con el nombre de su propietaria: Juana de Vega, Condesa de Espoz y Mina.

Me ayudó mucho en mi labor, tenía un gran corazón y una generosidad sin límites,  no olvido que fue quien me ayudó, económicamente, para la fundación y el desenvolvimiento de la Revista  “La Voz de la Caridad”, que fundé en 1870 y se publicó, periódicamente, hasta  1884.  

Ha reinado Amadeo de Saboya, ahora es la República, es lo mismo, usted trabaja en ella como miembro de la sección de Derecho Penal que se ha constituido, no importa quién gobierne, siempre buscando el bien de los demás;  Sin embargo, creo que hay una etapa de su vida, que  no está suficientemente resaltada y  es su actividad en el cargo de Secretaria General de la Cruz Roja, y sus actividades en la Guerra carlista.

Las tropas de Carlos María Isidro de Borbón, han llegado a Teruel y, más tarde, a Cuenca, los combates se suceden, está cayendo la República, pero todavía no ha sido proclamado Alfonso XII, las luchas son sangrientas y usted considera que su sitio está allí.

Aquella frase suya de que: “Los enemigos cuando caen heridos, son hermanos” la lleva a establecer los denominados  – Hospitales de sangre – son tantos los heridos que no existen posibilidades de atenderlos… Fueron tantos y tantos, días y noches, haciendo labores de enfermera, atendiendo, curando, consolando y hasta cerrando los ojos y amortajando a tantos hombres, algunos tan jóvenes, que podrían ser, hasta hijos suyos.

Fueron, efectivamente, meses muy azarosos y terribles; todas las guerras,lo son, pero las civiles, son auténticamente espantosas. Y mi salud se deterioró mucho en aquellas circunstancias tan dramáticas.

¿Será posiblemente su – Ensayo sobre el Derecho de gentes -, la obra de la que se sienta usted más complacida, por su extensión, divulgación y éxito?

-No lo sé, posiblemente sea, dentro de mis obras, una de las de mayor trascendencia, pero en realidad, de lo que más orgullosa me siento es de haber mantenido con vida la publicación de la Revista de  -La Voz de La Caridad – en la que, periódicamente, redactaba todo tipo de artículos.

Presentó usted memorias en muchos Congresos internacionales ¿Verdad?

Si, en muchos, presenté ponencias, en Estocolmo, Roma, Londres, San Petersburgo y, naturalmente, en los nacionales, pero,  aunque me telegrafiaban para felicitarme y lamentaban mi ausencia física, nunca me desplacé a ninguno de ellos; cuando era más joven, tenía tanto trabajo que no podía y, de más vieja, no me lo permitían ya  mis achaques.

¿Cuál considera de sus muchas intervenciones, la más trascendente?

Posiblemente, la puesta en marcha de una obra, la llamada – Constructora Benéfica – con objeto de construir casas baratas para los obreros, promovida con la ayuda de Juana de Vega y con un donativo importante de la Condesa Krasinski

Ha trabajado usted mucho ¿verdad?

Bueno, creo que sí. He participado en innumerables proyectos, pero sobre todo, mi trabajo ha sido pensando; que aunque no lo parezca, también es trabajo.

Efectivamente, sí, digo yo, que siempre pensando, pero…  en los demás… y es por ello, que  observe, algo muy curioso, todas las tendencias jurídicas, sociales y hasta políticas, quieren considerarla a usted como a uno de los suyos, y la paradoja está, en que nunca perteneció usted, a ninguna de ellas.

Y digo esto, de “todas” las tendencias porque, incluso hasta hace muy poco, para celebrar el día de la mujer trabajadora, en Ferrol, los  representantes de los sindicatos de clase, UGT y CCOO, de forma conjunta y armoniosa, realizaron una ofrenda floral ante su  monumento.

Bien es cierto, que no nos consta si en el acto entonaron – La Internacional –

Ciertamente, es así, nunca pertenecí, a lo largo de mi vida, a ninguna adscripción, partido, ni tendencia política.

Mire, Señora, sabe lo que le digo, que yo creo que usted, efectivamente, habrá influido en gran manera con sus ideas jurídicas y sociales en la sociedad de su tiempo; de acuerdo, pero conociendo las peculiaridades de mis paisanos españoles, entre cuyos  defectos está siempre, no ser partidarios de las excelencias en ningún campo, pero reconociendoles también,  una importante virtud que los caracteriza que es: su extremada sensibilidad, y por ello, que seamos ejemplo para el mundo, en cuanto a donaciones de órganos;  usted señora, creo estar seguro, que tiene usted monumentos en bastantes ciudades; calles con su nombre en muchas, al igual que instituciones dedicadas a su memoria y, tantas otras distinciones, ¿sabe usted por qué?

Pues no.

Solo, porque ha sido usted, una bellísima persona.

Graciñas, hijo.

Y no crea usted, señora, que es una ocurrencia mía, y para demostrárselo le diré, por ejemplo, que Manuél Machado, le dedica un poema,  en su centenario, que muchos quisiéramos decir para dirigirnos a usted, pero que sin duda no nos saldrá nunca con palabras tan bonitas y apropiadas. 

 Y ¿serías tan amable de recitármelo, hijo?

Pues  claro que sí, señora y con muchísimo gusto.

                     Porque fue buena y comprendió…

                         Porque su cuerpo fue la leña

                         Que su alma clara consumió

                             con una llama hogareña…

                           Porque negaba la maldad

                        y sabía la Muerte impotente…

                          Porque alcanzó la bondad

                           del corazón y de la mente…

                         Porque tuvo, al dolor, cariño

                   porque en el hombre, veía al niño…

                         Porque hizo el perdón, fatal…

                      Porque endulzó las penitencias…

                       Porque iluminó las conciencias…

                         Es Santa, Concepción Arenal

 

¡Qué bonito!, muchas gracias.

No, señora, a mi no me las dé, yo no hago más que copiarlo; si acaso, déselas usted a Don Manuel Machado

Y, ya por último, le digo a usted otra cosa, señora: he sido de  siempre su admirador y, la he tenido un sincero y profundo respeto, pero, créame, que a partir de ahora, tiene también, mi más cariñoso afecto.  Muchas gracias.

Yo te las doy a ti, hijo, por haber conseguido, con este trabajo tuyo, que si alguien se ha acercado a él, y ha permanecido un rato conmigo, ello ha hecho que haya seguido estando durante , esos momentos en su mente, que en definitiva, es algo así, como estar un poco viva.

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