María Cristina de Borbón Dos Sicilias

Desde lo más alto, a lo más bajo

Como se puede pasar, de ser, una joven y honorable  dama, a una irreflexiva e indecorosa mujer adulta, y después, a una vieja egoísta, desaprensiva, corrupta e inmoral.

Con el mayor equilibrio posible, y  procurando no hacer juicios personales  de ningún tipo, vamos a tratar de acercarnos a un personaje de nuestra historia reciente: la Reina María Cristina de Borbón .

A su biografía y a sus circunstancias;  a su personalidad y a los hechos que le tocó vivir, con sus claros y oscuros, incluso con sus felicidades y desventuras, pero siempre, desde el mayor respeto a su dignidad como persona y lo que es más: a su memoria.

Hemos de ser muy cuidadosos con este nombre de  – Reina Cristina,-  así, sin más, ya que se da la circunstancia histórica de que en poco tiempo tenemos tres y hasta cuatro o cinco Cristinas, en nuestra monarquía.

En primer lugar, distingamos las que son simplemente infantas de España, de las reinas.

De las primeras, dejando a un lado a la actual, y es mejor dejarla aparte por varios y conocidos motivos, tenemos también la otra infanta Cristina, hija de Alfonso XIII  y por tanto, hermana de D. Juan, padre de nuestro rey, ya emérito, D. Juan Carlos,  conocida familiarmente como   – Crista – y que murió  a los ochenta y cinco años, en Madrid, pero naturalmente, sin reinar nunca, ya que no pasó, en su larga vida, de ser infanta de España;  y así mismo, otra Cristina también infanta de España, hija de Carlos Isidro, hermano del rey Fernando VII y  fundador del carlismo.

Sin embargo, veamos que las otras dos: – Cristina de Borbón y  Cristina de Augsburgo –  esas, sí,  las dos han sido reinas consortes de España, las dos han enviudado de sus respectivos maridos, reyes de España, y las dos han ejercido la Regencia del Reino mientras fueron menores sus respectivos hijos.

La más antigua, la Borbón, que ahora nos ocupa, fue Reina Consorte por su matrimonio con nuestro Rey, Fernando VII, conocido como el Rey Felón, a cuya muerte pasó a ser Regente del Reino hasta la mayoría de edad de su hija, que reinó con el nombre de Isabel II.

Bueno, debería haber sido así, pero, aunque llegó a ser Consorte no alcanzó a ver subir al trono a su hija, puesto que antes el General Espartero la hizo dimitir, invitándola a salir de España.

La segunda, la Augsburgo-Lorena, a la que ya hemos dedicado uno de estos “pespuntes”, también fue Reina Consorte por su matrimonio con Alfonso XII, era su segunda mujer, la primera había sido la célebre María de las Mercedes, su prima que aunque oficialmente se dijo que había fallecido a consecuencia de un aborto y posteriormente, en el parte de defunción, aparece como debido a una  – fiebre gástrica nerviosa – en realidad, fue de tifus.

Es decir, el asunto para distinguirlas es sencillo: Cristina de Borbón era la abuela, y Cristina de Augsburgo, la esposa de su nieto.

Así queda claro.

Vamos a tratar de aproximarnos a nuestro personaje.

Había nacido en la Corte de Nápoles, Palermo. En 1806, hija de Francisco I de Nápoles y de la Infanta María Isabel de España, hermana del Rey Fernando VII,  y por tanto, sobrina del que iba ser su marido.

Educada en un ambiente europeísta y liberal, es una joven de gran belleza física y sobre todo, alegre y vigorosa de ánimo; que sabe idiomas, equitación, música y se desenvuelve con  soltura y elegancia.

Llega a España para contraer matrimonio con un Rey al que es necesario que nos aproximemos también, así como al escenario de los acontecimientos, es decir, el momento político en el que vive el país, para tener una panorámica completa de los hechos.

El marido es Fernando VII,  Rey de España.

De cara desagradable, semblante hipócrita, cuerpo achaparrado, casi grotesco (ver, para comprobarlo, el retrato de Goya) y de naturaleza traidor, sobre todo, traidor.

Que en realidad es, por lo que se le recuerda.

Ha venido desde su infancia traicionando, primero a sus padres, luego a sus ministros y, posteriormente a su pueblo, es decir, a todo y a todos.

El hecho de que haya pasado a la historia como el Rey “felón”, lo confirma.

¿Y el País?, es decir, el escenario, ¿Cómo vivían los españoles de entonces?

Pues como ahora, siempre a la “greña”, naturalmente que con muchos menos adelantos, con peor nivel de vida, y con una economía mucho más limitada. Otra forma de vida, en una palabra. Pero en lo organizativo y político, igual, a sablazos; la diferencia estriba en que los sablazos de entonces eran más sangrientos que los de ahora, pero por lo demás, igual.

No sabría explicar quién fue el “cretino” que acuñó el concepto de las dos Españas cuando llegaron aquí las ideas marxistas; tajantemente, no, no es así, mucho, muchísimo antes, ya existían dos Españas, incluso más de dos y  posiblemente, a nada que pensemos, llegaríamos a la conclusión de que siempre han existido, casi desde el momento de que existieron dos españoles.  Y hasta puede ser  que lo que ocurra, sea que estén en su misma esencia, en la naturaleza misma de cada español.

La idea es sencilla y simple:   – Soy español,  – tengo mis razones, y son tan propias y tan transcendentes que, si con mis argumentos no te convenzo y discrepas, y no te adhieres a ellas, es que estás contra mí, y eso significa que eres mi enemigo; entonces, en buena ley tengo que defenderme y para ello, nada mejor que atacarte y con lógica,  tengo que llegar al final que consiste en encontrar una buena justificación para matarte.-

Eso es España.

De no ser así, exactamente, ha de ser algo que se le parezca mucho.

Y el problema no es de ahora, es que ha sido así siempre.

Ahora felizmente, las cosas no llegan tan lejos; han cambiado bastante los conceptos y sus derivaciones prácticas. Tenemos, afortunadamente, Internet y sus redes sociales, que aminoran mucho las repercusiones de nuestros desencuentros políticos.

A cambio, hemos conseguido que todo miserable que se precie de ello, arropado en el anonimato más cobarde, pueda verter sus insultos y los más mezquinos y horribles criterios; pero por suerte, todo queda en eso, y no llega como en épocas anteriores, a la puesta en marcha de checas, ni asesinatos y por tanto, como parece lógico, nadie de entre los “bien nacidos”, que ahora afortunadamente, van siendo bastantes y hasta muchos, les haga ningún caso.

En aquellos años  todavía no,  y en nombre de la libertad, o del Rey, o de la justicia, o de lo que puñetas fuera, que daba igual, se hacían las guerras; y se moría y se mataba mucho más inconscientemente de lo que la razón establece.

Era ese el acontecer en la época, que le tocó vivir a la protagonista de nuestra historia y curiosamente, además, no conocía el hecho de que ella misma y sin quererlo, complicaría bastante la situación, ya que el nacimiento de su hija trae como consecuencia las fratricidas guerras carlistas.

Luchas de conservadores y liberales, ultras por ambas partes; toda clase de desmanes, matanzas de curas y monjas, ruptura de relaciones diplomáticas con la Santa Sede; apertura, nueva ruptura: en fin, un trágico vaivén continuado de insensateces, que nos mantiene donde estamos.

Había una frase “chusca” de entonces:

– Si la Nunciatura está cerrada, no preguntes, es que gobiernan los liberales –

Lo de las matanzas de curas, frailes y monjas, es otra cosa, así como  la quema de sus conventos, se ha producido en varias ocasiones en la historia de este país,  se ha llegado a decir eso de que:

–  Los españoles siempre van detrás de los curas, con hachones en las procesiones o con hachas en las revoluciones.-

En este momento político, llega a España esta bella jovencita, y entra en Madrid con gran alborozo del pueblo, vistiendo un precioso vestido de color azul; color que se denominará, desde entonces, e incluso también ahora, como – azul cristino –  que es un azul muy suave,  podríamos llamarlo celeste.

Es curioso esto de la relación de los personajes públicos  con los colores, y no era la primera vez que ocurría. Muchos años antes, en la corte de los Reyes Católicos, los franceses llamaban al blanco de los vestidos de la Reina,  – blanco s´abel – que hoy diríamos un blanco sucio, pero en aquellas ocasiones la razón procedía, sin duda, de alguna pequeña falta de higiene que en aquellos tiempos, era completamente natural.

Es de todo punto imposible definir ahora, y que se entienda, y menos por ninguna mujer joven, cuáles hubieron de ser las reacciones anímicas del personaje que ahora nos ocupa,  conviviendo con aquella “joya” que le había deparado el destino como marido.  Pero el hecho cierto es que en dos ocasiones, se izó la bandera blanca, en la esquina del Palacio Real, y se dispararon las quince salvas de cañón, en señal del nacimiento de dos infantas de España de las que la mayor, Isabel, sería Reina.

Pocos años sobrevivió el “felón” y de manera obligada, ella hubo de asumir las labores de Reina Regente, puesto que su hija Isabel, era aún muy pequeña, pero estaba definida perfectamente, su legitimidad al trono, ya que el Rey había restablecido la Pragmática Sanción, que abolía la Ley Sálica, instaurada muchos años antes por la cual no podían acceder al trono las mujeres.

Con ello, el que quedó, como diríamos ahora, – en fuera de juego –  fue el hermano del Rey,  Carlos Isidro, que venía pensando seriamente, durante muchos años, en suceder a su hermano, ya que en tres matrimonios anteriores, no había conseguido descendencia.

Pero  ¿cómo podía aquel malvado incongruente  hacer algo razonable?

No podía ser, y ocurrió que hasta en el lecho de muerte, aún estuvo a punto de cometer lo que podía haber sido su última traición, puesto que firmó por coacciones de gentes de su camarilla, entre ellos uno de sus ministros, la abolición de la Pragmática, con lo que su hija quedaba  sin derechos sucesorios.

Menos mal, que su esposa Cristina, de la que ahora nos ocupamos, y las hijas lo descubrieron a tiempo, rompieron el documento firmado, y una de ellas, la pequeña, Luisa Fernanda, le propinó una sonora bofetada al ministro tramposo que se llamaba Calomarde, y que dijo en ese momento, como contestación, aquella  frase que ha quedado en la memoria:  Señora: – manos blancas no ofenden -.

Claro está, que toda esa serie de felonías, traiciones, cobardías y deslealtades de un Rey, no podían quedar impunes y diluirse gradualmente y sin consecuencias.  Muy al contrario, habían dejado en la sociedad de entonces, un sedimento de odios y rencores difíciles de eliminar  en poco tiempo.

Porque el hecho es que son una serie continuada de las más diversas indignidades.

La primera traición, hacia sus padres: había puesto en manos de Napoleón los destinos de nuestra Nación, con las consiguientes consecuencias: guerra de la Independencia, y el conocido balance de muertes, desolación, tristeza y ruina.

La segunda, su absolutismo incongruente, que por supuesto no hizo más que exaltar las ideas liberales que nos llegaban como consecuencia de los flecos de la Revolución Francesa.

La tercera,   cuando acorralado por su propio gobierno, con ideas de libertad y justicia, no tuvo más remedio, aunque sin sentirlo, que refrendarlas, con aquello de  –  Marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional… ante la inminente Constitución de 1812  -La Pepa -.

Aún así,  tardó muy poco en pedir otra vez a Francia que nos invadiera, y llegaron los conocidos como “los cien mil hijos de San Luis”, que volvieron a ocupar España.

Y es mejor no seguir… puesto que hay cuarta, quinta, sexta, y muchas más…

En el momento de su desaparición de este mundo, comienza la Regencia de nuestra protagonista,  si bien es verdad, que ya están perfectamente marcadas las líneas de las dos tendencias que dividen a España: por una parte, la tendencia absolutista y continuadora, representada por el hermano del Rey fallecido, D. Carlos Hugo y por otra, la  más liberal, que encarna la Reina Cristina, y que quiere dar continuación en su hija Isabel tan pronto sea mayor de edad y pueda acceder al Trono.

No habían pasado más que unos meses de la desaparición del Rey, y ella comienza a desarrollar conductas improcedentes e inapropiadas en todos los terrenos: en el político, en el financiero y hasta en el estrictamente  personal.

Empieza a estar relacionada con innumerables negocios de toda índole,  con lo que el pueblo comienza a ver en ella un ánimo de simples maquinaciones y por otra parte,  aunque se lleva muy reservadamente, se van empezando a conocer sus relaciones con un sargento de su séquito,  Agustín Muñoz, con el que se casa en secreto, en matrimonio, naturalmente, morganático.

Es posible que la unión, que por supuesto, invalidaba por Ley su Regencia,  hubiera podido ser, si no ocultada, al menos disimulada, de no suceder que la pareja comenzara  a tener hijos inmediatamente, como así ocurrió.

La Reina Regente, oficialmente viuda, tenía que aparecer en toda clase de actos públicos con amplios vestidos que camuflaban su abultado vientre.

Se escribía en los periódicos, se hablaba en los corrillos y, en todos los mentideros de la capital, se murmuraba:

“ La Regente es una dama casada en secreto y embarazada en público”.-

Se acrecentaba, por momentos su desprestigio político y personal, ya en las conversaciones de todo el país se hablaba por igual, de escándalo, torpeza y ridículo. Llegando a tal punto la situación,  que el General Espartero que en ese momento contaba con el máximo reconocimiento y autoridad, puesto que había sido el artífice de la conclusión de una de las guerras carlistas, con el llamado  – abrazo de Vergara – promovió un  levantamiento de varias guarniciones militares para derrocar a la Regente.

Durante el tiempo que duraron las responsabilidades de gobierno de la Regencia, no cita ningún historiador determinación importante alguna, a no ser, naturalmente, su decidido apoyo a la causa liberal, y si algo se cita, es un despropósito,  como el que consistía en la posibilidad de que varias Repúblicas Americanas se unieran para crear un reino, y entronizar en él a su marido, o alguno de sus hijos.

Abandonó, naturalmente con gran tristeza, enfado y, desde luego, no de muy buena gana, el País, por barco, desde el Puerto de Valencia, simplemente con el título de condesa de Vista Alegre, después de firmar su renuncia como Reina Gobernadora.

Siguió el matrimonio, en el exilio francés, teniendo hijos: hasta ocho y ella, sin prácticamente ningún disimulo, intrigando y tratando de desprestigiar a Espartero.

Acontecen hechos relevantes en este periodo de transición, uno, muy importante, es el asalto al Palacio Real, con idea de secuestrar a la, aún reina niña, con el consiguiente fusilamiento posterior de Diego de León.

Se suceden gobiernos, y va siendo criterio extendido que, cuanto antes, se declare mayor de edad a Isabel y comience su reinado, mejor.   Y así ocurre, y tan solo con trece años se la declara mayor de edad y es exaltada a la mayor magistratura, con título de Reina.

Es el año 1844.

Y naturalmente, con ello, la vuelta de su madre, nuestra protagonista: la Reina Cristina, otra vez.

Qué diferente es ahora el recibimiento, de aquel otro, a su llegada años atrás,  con su célebre vestido azul; naturalmente, el protocolo se cumple: el coche de seis caballos, los de escolta, la guardia real, todo, al fin y al cabo, es la Reina Madre pero en las calles no hay casi nadie, no se abren los balcones para vitorear a su paso.

Se aloja primero en el mismo Palacio Real, para pasar luego a ocupar el Palacio de las Rejas, cercano al edificio del Senado, donde se instala una auténtica “Corte Paralela”. Desde allí, y en el  Palacio de Vista Alegre de Carabanchel, se intriga, se conspira y, sobre todo, se negocia.

Lo primero, naturalmente, fue conseguir el título de Duque de Riansares, (ha de ser porque se llama Riansares el río que pasa por Tarancón) y el de Marqués de San Agustín, para su marido, y de esta manera formalizar el matrimonio, que por ser morganático y secreto no tenía validez, ni religiosa, ni civil.

Todo lo demás, son auténticas sombras, intrigas, mangoneos comerciales, chanchullos en los que se trasiega dinero y dinero, algunas veces incluso, de manera turbia, según sabemos ahora.

Los diez años, hasta 1854, en que nuevamente el matrimonio es desterrado, se componen de auténticos escándalos, desvergüenzas y corrupciones.

Se llega a decir, en la Corte, que no existe en España negocio industrial, donde no esté representada la familia Muñoz. Se hacen con una inmensa fortuna: compran propiedades, tierras, palacios, todo es poco para la insaciable pareja, aparte de conseguir títulos y títulos nobiliarios, para su numerosa prole.

Los negocios son de tales dimensiones, que no pueden ni enumerarse: Monopolio de la sal, ferrocarriles, contratos para provisión de carbón para Filipinas, concesiones, acaparamientos, hacen sociedades con el Marqués de Salamanca, reciben dos millones de reales de los banqueros  Rothschild por la adjudicación de las minas de mercurio, en Almadén; realizan contratos millonarios por obras en el puerto de Barcelona, en la canalización del Ebro, y un larguísimo etcétera.

Aparecen ahora, y esto puede que sea lo más grave, pero también lo más productivo, distintos documentos notariales que atestiguan e identifican a María Cristina como cabeza de una influyente sociedad negrera, es decir, de tráfico de esclavos, con base en Madrid y socios en Cuba.

No parecen, ni naturales, tanta avaricia, tantas mezquindades y, por supuesto, tanta indignidad.

Un día, y esto es conocido, ya que son varios historiadores los que coinciden al contarlo, su propia hija, la Reina, Isabel II, la llama a Palacio para enseñarla una carta anónima, que ha aparecido en el despacho de la Reina, que dice así:

  –  Desoiga también, Vuestra Majestad, los consejos artificiosos y parciales de la reina madre. Esta señora, parece que llevó a Vuestra Majestad en su seno y la dio a luz, para complacerse luego en inmolarla a su capricho, y a la insaciable sed de oro, de la que está devorada. –

Y con ello, por segunda vez es expulsada de España.

Tratando de ser lo más imparcial posible, una cosa es considerarse monárquico, que por supuesto ha de tener todos los respetos, y otra distinta se un badulaque irreflexivo y sobre todo desinformado.

¿Que méritos tiene esta señora?

Tal vez, solo los derivados de soportar la íntima convivencia de un energúmeno como su tío durante cuatro años, que ese fue el tiempo de duración de su matrimonio.

Reconozcamos efectivamente, que ha de ser un verdadero suplicio, pero ¿suficiente como para tener un monumento en Madrid?

Sin de ninguna manera querer entrar en asuntos personales, a lo que nos obliga una elemental elegancia, y que esta señora, por otra parte, los tiene de los tipos más escabrosos, obscenos e inconvenientes, y queriendo opinar única y exclusivamente sobre la institucionalidad de su política y la eficacia de su gestión, ¿puede encontrarse algún merecimiento para exaltar su figura en un monumento?

Expulsada en dos ocasiones de España, una por Esparteros, y otra con la aquiescencia de su propia hija, la Reina, junto a su marido, un desaprensivo mercader envuelto en toda serie de negocios sucios ¿es acreedora de tener una estatua en el centro de Madrid?

Pues aún así, y no tengo por que dudar de su buena intencionalidad, los Diputados Don José Polo de Bernabé, Don Andrés Mellado y Don Lorenzo Alvarez Capra, elevaron una proposición al Gobierno, durante la Regencia de Doña María Cristina de Habsburgo, con un presupuesto de 150.000 pesetas de entonces para erigirlo.

¡Hay que ser monárquico!

Está muy céntrico, subiendo por la calle Felipe IV, desde la Plaza de Neptuno.

Y se encargó la ejecución de la figura en bronce, nada menos que a Don Mariano Benlliure, que realizó una verdadera preciosidad, y el diseño del monumento al arquitecto Don Miguel Aguado de la Sierra.

Había realizado este mismo arquitecto también el contiguo edificio de la Real Academia de la Lengua y era Director de la Escuela de Arquitectura, efectivamente, hubo de ser una persona muy inteligente.

Y además, agudo, sutil, penetrante, jocoso, sagaz pero sobre todo, listo.

Nadie, absolutamente nadie, se dió cuenta, ni en el día de la inauguración, con toda la parafernalia de la Parada Militar que presidía Alfonso XIII, y por supuesto después tampoco nadie se ha percatado de que esta buena señora está rodeada de una verja cerrada, cuya llave se encuentra en el Ayuntamiento, y sin la cual solo hacia arriba se puede salir.

Su figura está bellamente ornamentada, es un bonito pedestal, un bello monumento, pero ella está:

                           – Entre rejas – 

Y aquí termina la crónica de un personaje histórico, que empezó bien, para convertirse, con sus hechos, en todo lo contrario; y que viene a demostrarnos que:

                              – CUALQUIER TIEMPO PASADO, NO FUE MEJOR,

                                                 LO QUE FUE ES, CASI IGUAL –

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