Gonzalo Fernández de Córdoba

Un genio de la guerra

La amarga historia de una lealtad no correspondida.

Esta es la historia de un arrogante caballero castellano.

Un militar,  sobre todo, un soldado, un hombre de guerra, nacido y educado para ella y luego, curtido en el combate, que esto es en realidad,  un verdadero militar, o al menos lo que se entendía entonces, puesto que las guerras, eran otra cosa que las de ahora.

Ciertamente, la guerra ha sido siempre, y lo sigue siendo, una ocasión en la que, primordialmente, se tienen bastantes probabilidades de perder la vida, y esto es muy serio, cualquiera que sea el  punto de vista desde el que se mire;  verdad  es, que han cambiado mucho las circunstancias desde entonces, y como consecuencia de ello, también el hecho militar, pero en lo fundamental, sigue siendo así.

¿Vocacional?  Como pueda ser, hacerse maestro, médico, o sacerdote; pues no lo sé.

Yo diría que no.

Más bien, y es mi particular opinión, se trata de individuos con un carácter especial,  muy característico y perfectamente diferenciado de los demás mortales; como los toreros, y también, como todos aquellos que ejercen, en general, profesiones de alto riesgo.

Personas genéticamente constituidas así, con temperamentos o personalidades peculiares y, que también por ello, tienen  particularidades significativas, en general, altivez, incluso engreimiento y hasta cierta altanería y arrogancia.

Se entiende por ello, el calificativo que he empleado para definir al personaje al comienzo. – Arrogante caballero castellano –

Y no es, que esta característica sea algo censurable, desde mi punto de vista, sobre todo en este caso, ya que las magnificas peculiaridades que adornaban a nuestro personaje eran muchas, muy variadas y todas estimables, y más, si tenemos en  cuenta que vamos a tratar de acercarnos, posiblemente, a uno de los más importantes militares de todos los tiempos.

Pues de verdad, es sin duda, uno de los más destacados.

Naturalmente, que a lo largo de nuestra historia han existido otros, muchos, muy buenos y muy  representativos militares, y más aquí, que estamos en unos reinos que han estado ancestralmente inmersos en guerras, pero como este que ahora nos ocupa: El Gran Capitán,  y con sus cualidades, pocos, yo diría que poquísimos; y más ahora, cuando asistimos con horror y tristeza infinitos a algunos ignominiosos ejemplos de deshonor, incluso, decoro, y hasta falta de dignidad.

Cierto es que, para ser un buen soldado, se han de exigir:

Dotes de mando, muy importante; heroísmo, trascendente; sentido de la organización, fundamental; pero además, espíritu de sacrificio, también primordial; y así mismo, en este caso: tres cosas que distinguen a nuestro protagonista de hoy, y que ya no son tan frecuentes: generosidad, sencillez y, sobre todo lealtad.

Entendamos que todas estas características no son muy usuales y, por ello, que podamos pensar, que bien merece, en estos momentos en los que se cumplen los quinientos años de su fallecimiento, un recuerdo emocionado y agradecido al que se puede definir, posiblemente sin error,  como el mejor soldado español de todos los tiempos.

Veremos el porqué de esta afirmación tan rotunda y contundente, a lo largo de este “pespunte”.

Para poder juzgar adecuadamente nuestro presente, es necesario conocer lo mejor posible nuestro pasado.

No ha debido ser esta una idea descabellada, puesto que, personas de mayor calado intelectual que el mío, piensan lo mismo y, han organizado una exposición temporal en el Museo del Ejército, sobre el personaje; y es, sin duda, bueno que sea destacado el hecho de que han existido en nuestra historia personajes, como este, que con sus magníficas  cualidades personales, no son ensalzados como debieran serlo y merecen.

 Efectivamente, la ciudad de Toledo es una auténtica preciosidad.

1

Tienen buen gusto los japoneses que la pueblan.

 ¿Qué, a qué viene esto?

Ciertamente es difícil hacer abstracción de lo que ahora ofrece la ciudad, que es, casi de manera exclusiva, lo que demanda el turismo: Y me parece muy natural, pues se trata de mantener de esa manera una floreciente economía.

Pero si nosotros somos capaces de: entornando los ojos, ver Toledo, de otra forma, y con auténtico sentimiento íntimo, de verdad:   la ciudad Primada es, sin duda, un maravilloso espectáculo, con dos facetas: Un recorrido por nuestra verdadera historia, y un placer admirando su hermosísimo paisaje.

De uno de los más emblemáticos edificios de Toledo:

–  El Alcázar – ¿Qué se puede decir?

Imponente, eso, exclusivamente, monumental, grandioso. toledo

Y también, hay que decirlo, todo muy bien organizado.

Gratuita la entrada a la exposición y, bien señalizada, casi perfecto.

Eso sí, dentro de ella todo, como “boca de lobo”; es la moda.  Oscuridad casi absoluta; no sabes por dónde andas, ni si te puedes caer en cualquier resalte del suelo, o en este caso, dejarte una espinilla contra un cañón de los que se exhiben en el piso.

Las maravillosas piezas que se exponen, con sus letreros explicativos, posiblemente han sido pensadas por los organizadores ante la remota posibilidad de  que puedan ser leídos por algún visitante extraño, como halcones o águilas perdiceras, que con sus maravillosas agudezas visuales se puedan enterar de lo que pone, dadas las condiciones ambientales de oscuridad y, sobre todo, por el pequeño tamaño de las letras.

Desde luego para jubilados présbitas, no.

Pero no caigamos en el tópico español de que todo está mal, no, de ninguna manera, ¡coño!

Al salir te compras el catálogo, como yo he hecho, y, te traes a casa, por doce euros, las explicaciones de todo.

Recapacitemos un poco, antes de seguir adelante, sobre un concepto sutil, pero muy real en nuestro País;  aquí, en general, la  – excelencia – tiene un trato muy particular, en principio, no cae bien.

Conviene no olvidar que España es el templo de la envidia y, naturalmente, será por eso que nunca trata bien a sus héroes; de ello que las ideas socialistas encajen casi siempre bien, así como todas las que pongan en marcha, alienten, y promulguen imágenes de medianías, intentando la igualdad entre todos los individuos, pero, eso sí, por su nivel más bajo.

Siempre, desafortunadamente, hemos sido un pueblo con niveles culturales no demasiado altos; y nos hemos caracterizado por que nuestro trato al que sobresale, en cualquier campo al que nos refiramos, por lo general, va dirigido, no a la crítica constructiva, que sería lo  natural, no, aquí está destinado a un visceral rechazo.

Sin embargo, y es curioso, las reacciones de las masas, como pueblo inculto, son muy fáciles de dirigir, con exaltaciones verdaderamente clamorosas, y que en ocasiones tienen, incluso, muy dudosas formas de  explicarse.

No olvidemos que a la carroza de Fernando VII, la masa, enfervorizada, le desenganchó lo caballos y fue llevándola hasta el Palacio, cuando venía de  traicionarnos de la manera más canalla y asquerosa con la que se puede vender a un pueblo.

Pero, es natural: ¿la explicación?, es que somos así.

Y está por encima incluso de las ideas políticas.

Cuenta un periodista, no sé si será verdad, pero hasta merece serlo, que en cierta ocasión, en nuestra transición política, por cierto, un maravilloso modelo por el que somos, con razón,  admirados internacionalmente; en una manifestación en la que se exaltaba la democracia, que en esos momentos llegaba a nuestras puertas, un individuo, ya de cierta edad, a su lado, vitoreaba, gritando con tanto ardor, que el periodista, impresionado, le interpeló:

        – Qué barbaridad, desde luego, usted, tiene que ser un convencido demócrata, viendo la fuerza con la que grita.

         –  ¡Huy!  Pues, esto no es nada, ya me coge algo mayor, pero hace unos años, más joven, con Franco, me tenía usted que haber visto gritar, ahora, ya no soy nada.

Pero fuera ya de bromas, comencemos a saber algo de nuestro ilustre personaje:

Lo primero su efigie:

4Se trata, en el caso de Don Gonzalo Fernández, o Hernández, como algunos lo nombran, del característico segundón de una familia de la alta nobleza castellana que, desde muy niño, es orientado a las armas, considerando, que no va a heredar la mayoría de los bienes familiares, y que ha de encauzar su vida, o bien para la guerra, o para el altar;  pues esas eran, por aquel entonces, las costumbres y, por tanto, las perspectivas de cualquier hijo  segundo  y siguientes, de las  familias de la alta sociedad.

Hoy en día, vemos como muy natural, que las clases desahogadas económicamente del País manden a sus hijos fuera, cuando se considera que ha terminado su niñez; generalmente, a sitios donde puedan mejorar primordialmente su inglés; pues en aquel tiempo, – casi lo mismo,-  pero en lugar de inglés, se pretendía que mejoraran su educación, en general, claro está, que solo los que podían, en la Corte, cerca de los Reyes, ya que  esto, naturalmente, suponía una más refinada formación y, al mismo tiempo,  un acercamiento a personas que, con el tiempo, habrían de formar  las clases dirigentes.

Había nacido nuestro personaje, el día 1 de Septiembre, de 1453, en Montilla (Córdoba), tierra fronteriza  con los árabes entonces, en el seno de una familia de origen gallego, los Aguilar, que habían ido bajando hacia el Sur,  al mismo tiempo que lo hacía la Reconquista.

Lo que nos demuestra aquí, ser verdad, aquel aforismo castellano que dice: – De raza le viene al galgo –

El fruto del matrimonio de Don Pedro Fernández de Aguilar y de Doña Elvira Herrera y Enríquez,  fueron tres hijos: dos varones y una hembra,  que quedaron tempranamente huérfanos: Don Alfonso, Don Gonzalo y Doña Leonor.

Fueron educados por un personaje cercano a la familia: Don Pedro de Cárcamo, también de noble linaje, ya que ostentaba en ese momento el Señorío de Aguilarejo;  persona discreta, y prudente, pero a la vez enérgico y riguroso, por lo que su educación, desde niños, estuvo fundamentada en valores de austeridad, rigor y justicia.

Cumplidos los trece años, abandona a sus hermanos y pasa a ser “paje” del Arzobispo Carrillo, cercano a la Corte y, por tanto, al Príncipe Alfonso y a su hermana Isabel, la que luego sería la Reina Católica, solo dos años mayor que él.

Con quince, ya en la Corte, lo vemos formar parte de los llamados “donceles”, que simplemente eran, los  – sub21 – de ahora, es decir, los que sin aún ser armados caballeros, por no tener edad suficiente, se formaban militarmente para la guerra.

Y para cuidar de ellos, existía un empleo honorífico, al que se llamaba “Alcaide de donceles”, algo así como lo que ahora llamaríamos:

– La cantera –  y hasta, con su propio entrenador.

En esos años, en la Corte van a ocurrir hechos importantes, y de cierta complejidad:  la caída de Enrique IV, en aquel bochornoso espectáculo, que ha pasado a la historia con el nombre de la “farsa de Ávila”, en el cual unos cuantos nobles teatralizaron la destitución del Rey, Enrique IV, “el Impotente”, nombrando en su lugar a su hermano, solo de Padre, el Príncipe Alfonso, conocido como “el inocente” y hermano de Isabel,   que reinaría, en caso de hacerlo, con el nombre de Alfonso XII.

Y no es que no se mereciera ese trato el pobre subnormal, del Enrique, puesto que con sus licenciosas costumbres, sus desvaríos, y  disparates se hacía acreedor a ello, tanto, que cuenta Willian Walsh, uno de los mejores hispanistas, en su libro sobre Isabel de Castilla, que eran unánimes las críticas, incluso desde los púlpitos, y hasta en la misma Corte, y cuenta que un bufón, llamado Guzmán, se atrevió a decir esta ingeniosa frase:

  • -Hay tres cosas por las que yo no pondría jamás una mano en el fuego, el tartajeo del Marqués de Villena, la gravedad del Arzobispo de Toledo y la virilidad de Don Enrique,

Pues sí, efectivamente, un auténtico disparate, pero de todas maneras…

Lo que no es necesario resaltar, por evidente, es el poder y la influencia que tenían los nobles y la Iglesia de entonces. Aunque, también podríamos decir que, “afortunadamente”, como buenos españoles, se comportaban como perros y gatos. Se odiaban amablemente y, a veces, hasta sin amabilidad, solo con la fuerza de las armas.

Pero he aquí, que al tal Príncipe Alfonso, en un viaje, a su paso por el pueblo de Cardeñosa, cerca de Ávila, le ofrecen truchas escabechadas, que era su plato predilecto.

¡Casualidad, igual que yo!   Y el pobre, se las come…

Al poco tiempo, se siente mal y en dos días entrega su alma.

El parte oficial de su fallecimiento fue “peste”, pero lo natural es que lo envenenaran; este hecho, deja a Isabel como continuadora de los derechos dinásticos, ya que la hija del pobre necio de Enrique IV, hasta él mismo admite que su padre es Don Beltrán de la Cueva, su hombre de confianza, y a lo que se ve, de mucha, muchísima confianza, de ello que ha pasado a la historia como la “Beltraneja”.

Pero mira por donde, se había casado con el Rey de Portugal, y ahora sí, ya tenemos el lío.

¿Por qué? pues porque los portugueses se sienten con derechos a la corona y  ponen en marcha la llamada: guerra de sucesión castellana, donde vamos a ver aparecer a nuestro Don Gonzalo Fernández de Córdoba, en el bando isabelino, naturalmente, por primera vez en el campo de batalla, en – la Albuela – en 1479.

Feliz estreno, ya que fue victoriosa para las armas de Castilla y al poco tiempo se firmó la paz en el Tratado de Alcaçobas.

Noble, joven, agraciado, corpulento, gentil y educado, y ahora, hasta con valor demostrado en la guerra. ¿Qué más se puede pedir?

Pues claro que la Reina Isabel se fijaría en él, ¡efectivamente!

Una cosa es que fuera virtuosísima, pero tonta, no.

Y también, amigo del que luego sería su marido, Fernando de Aragón, al que nos consta que guardó nuestro personaje, a lo largo de su vida, una lealtad inquebrantable.

¿Y que entendemos por lealtad?: pues he leído una frase que creo define bien esta virtud:

 – La lealtad es un cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y del honor –

Pero esta virtud, que sin ser teologal, es de las denominadas cardinales,  necesita para su completo ejercicio, de cierta reciprocidad.

Y en este caso, no se dio.

Y es evidente que pierde toda su identidad la lealtad a cualquier persona cuando el que debe percibirla, no lo hace.

Siendo posiblemente esta  la razón de todo lo que vamos a conocer a partir de ahora.

Simplemente, una lealtad no correspondida.

A los veinte años, ya asentado su “estatus” en la corte, Don Gonzalo vuelve a Córdoba y contrae matrimonio con una prima suya, Isabel de Montemayor, que fallece muy poco después de desposarse; pero, aprovechando su estancia en la ciudad, es hecho prisionero por el Conde de Cabra, enemigo ancestral de la Casa de Aguilar, que lo mantiene recluido; en esa trifulca recurrente y ancestral, que se da en los conflictos nobiliarios que sacudieron, sacuden y sacudirán siempre las relaciones políticas de los españoles.

Preso, y encerrado en el Castillo de Cabra, hasta que la propia Isabel, ahora ya reina, casada con Fernando de Aragón, personalmente, viaja a Córdoba para gestionar su libertad y reconciliar a las dos familias.

Existía, como queda demostrado, aprecio y amistad por parte de la reina; sin duda, pero la historia no dice nada de su marido, Fernando; y lo poco que dice es, para hacernos ver que la figura de nuestro Don Gonzalo, no le ofrecía demasiada simpatía.

En 1497, la reina nombra a nuestro hombre “adalid de la frontera”, lo que equivale a ser nombrado capitán.

Pero el calificativo de “gran”, todavía no existe; aún el mito no se ha hecho realidad,  si bien es cierto que en aquella guerra, que una vez asentada en el Trono de Castilla Isabel pone en marcha, como expresión de una de sus más fervientes ideas, la expulsión completa de los árabes de la península, y en ella, va Don Gonzalo a ser una de sus figuras relevantes.

Diez años duró, hasta la completa derrota de los sarracenos y  su salida de la ciudad de Granada, y durante ellos, se batió Don Gonzalo como un auténtico héroe.

Primero como voluntario, después como Gobernador de Alora, y Loja, ciudades conquistadas bajo su mando y, por último, con la autoridad sobre toda la caballería cristiana.

Es precisamente en esta ciudad de Alora, y en su conquista, donde se ponen de manifiesto, a la vez, sus magníficas cualidades: por un lado, de ardor en el combate y, al mismo tiempo de perfecto estratega.

Había sido esta plaza, ya en varias ocasiones, sitiada sin conseguir su ocupación; su inexpugnable castillo resistía, uno tras otro, los ataques castellanos, y en uno de ellos murió el Adelantado de Andalucía, Don Diego de Rivera, lo que dio motivo al conocido -Romance de Alora-:

          Alora la bien cercada, la que estas en par del río

en él,  se hace detallada relación de cómo, de manera traicionera y ruin, pierde la vida el tal Don Diego, que al retirarse el casco de la cabeza para parlamentar con los defensores, que habían capitulado, un ballestero árabe escondido, aprovecha hiriéndole de muerte en la cabeza

Sin embargo, en Junio de  1482, las tropas que comanda Don Gonzalo Fernández de Córdoba asentadas en lo que hoy es conocido como el Convento de Nuestra Señora de las Flores, a unos dos kilómetros del castillo, asaltan este y desalojan de él a los moros.

La Reina Católica mandará construir, en memoria de la victoria, la primitiva iglesia de Santa María de la Encarnación, sobre la antigua mezquita, entronizando en ella la imagen de la Virgen de las Flores, Patrona de Alora, y nombrando su primer Regidor, cuando el ejército continúa la contienda, a un tal Don Pero, de aquí que el gentilicio de los nacidos en Alora sea aloreños o perotes.

Afirma de manera rotunda, pero con gran expresividad, Don Manuel José Quintana, una de nuestras glorias literarias modernas, en su obra “Vida de Españoles Célebres”, refiriéndose a esta etapa de la vida del Gran Capitán:

-Apenas hubo en todo el discurso de esta larga contienda, lance alguno en el que no se hallase. –

Toma parte, con gran arrojo, nuestro personaje, en la conquista de Tajara, la actual Huetor-Tajar, una alquería árabe, estratégicamente situada, muy cerca ya de Loja, así como también de esta ciudad, llamada por los musulmanes Medina Lauxa, plaza que se consideraba llave y custodia de la vega de Granada, a la que la misma Reina Isabel, llama “Flor entre espinas” refiriéndose a su contorno musulmán.

 Igualmente, de esta ciudad fue alcaide Don Gonzalo.

Y en esta ocasión, ya que gracias a su intervención, en este caso más diplomática que militar, el éxito también acompañó a las armas cristianas:

Ocurrió, aquí en Loja, que la guarnición estaba mandada por el mismísimo Boabdil,  efectivamente, aquel que luego entregaría las llaves de Granada a los Católicos, y siendo desesperada su situación, en cuanto a la defensa, hizo llegar al campamento cristiano su decisión de parlamentar.

Requiriendo para ello, que el propio Don Gonzalo subiese al castillo.

Todos, temerosos de una traición, incluso el propio Rey lo desaconsejaron, pero al pedir el permiso del soberano, nuestro personaje pronunció esta frase que ha quedado para la historia:

= Pues el rey de Granada me llama, para que le remedie por este camino, el miedo no me estorbará hacerlo, ni dejaré de aventurarlo todo por tal hecho =

Efectivamente, Boabdil rindió Loja en condiciones muy ventajosas, gracias a su intervención.

Illora, ya a muy escasos kilómetros de Granada, fue otra de las ciudades en las que su genio militar se pondría de manifiesto y  de la que asimismo fue nombrado  primer alcaide cristiano.

Se dice, que fueron los propios moros, maravillados, y a un tiempo, y atemorizados por su actividad bélica y agresividad, así como por su inteligencia y liberalidad tan destacadas, los que comenzaron a denominarle “El gran Capitán”

 De esta manera, comienza el mito que, posteriormente, en Italia se confirmaría.

Es una realidad evidente, que el Renacimiento lo cambió todo, hasta la guerra; y que Don Gonzalo Fernández de Córdoba, fue el encargado por la historia, de realizar ese cambio.

Había sido esta campaña, en la que tan heroicamente se enfrentó a los moros, una guerra de las llamadas de “frontera”, con escaramuzas constantes y pequeñas acciones que llevaron a su ánimo el cambio de estructuras, tanto en lo referente a los soldados y a sus mandos, como a los equipamientos y a la forma de organizarlos.

En cuanto a los combatientes, fue él, por primera vez, el que consiguió cambiar la mentalidad y formar nuevos soldados que, además de pelear, tuvieran la capacidad de entrenarse por sí solos con preparación física constante, lo que llevó, más adelante, a conseguir aquellos célebres “Tercios Españoles”, que llegaron a ser en las guerras, auténticas maquinas invencibles.

En lo referente a  sus mandos, se comenzó a ver, con él, la opción de que fueran  auténticos profesionales y funcionarios, formados y entrenados para ello, con lo que empiezan a organizarse los verdaderos ejércitos profesionales.

Fue él quien comenzó a poner de manifiesto aspectos importantes para la guerra, como la preparación del terreno, el paso de tropas por puntos inaccesibles, el empleo de puentes, la importancia de buenas fortificaciones, la inutilización de armas enemigas, el empleo de minas, el asalto organizado de fortificaciones adversarias y otras muchas, que su inteligencia supo desarrollar, y que, hoy en día, podríamos definir, como que fue, sin duda, el verdadero creador de lo que más adelante llegaría a ser el Arma de Ingenieros.

Y por último en cuanto a la forma de combatir, hizo dar comienzo en la propia lucha, a la infantería, mucho más ligera que era la pesada caballería.

………………..

Permitid, por favor, y  solo por un momento, el vuelo de mi imaginación…

Intentad conmigo realizar un pequeño ejercicio mental, de verdad,  es solo un momento:

¿Veis aquella loma, a poniente?  sí, aquella en la que se ven los adosados blancos, bien, pues por ella, posiblemente, bajaría, bien guarnecida y lenta la caballería cristiana… y aquí, en este llano, donde está la gasolinera, la esperaría, para enfrentarse a ella, la tropa musulmana; entrarán en combate, en esta mañana soleada del mes de Junio.

La batalla, posiblemente, durará hasta pasado medio día, incluso más; efectivamente, al comienzo no, pero luego serán luchas un tanto individuales, vencerá el que más resista, y se irán diezmando casi personalmente.

Y hasta es posible, que aparezca alguna tropa de a pie, por aquella solana del frente, sí, donde se ve una máquina cosechando en el sembrado de girasoles, lo que desequilibrará, posiblemente, la lucha.

En ese otro lugar,  siguiendo la carretera, donde ahora se ve  la piscina municipal, justo ahí, al anochecer habrá un gran montículo de muertos en el combate…

¿A quién, bien nacido, no le provoca un escalofrío pensarlo? Es que, aunque parezca mentira, aquí, aquí mismo, es justo, aquí, donde estamos ahora, donde se dieron aquellos hechos;  pero claro, es verdad, me olvidaba… – volvamos a la realidad –  hace unos 500 años, más o menos, que sí, efectivamente, parece mucho, pero no es tanto.

…………

Ciertamente se estrechaba el cerco sobre el último baluarte árabe en la península: Granada. En gran parte, y es natural, por el empuje de las armas cristianas, que van haciendo caer en su poder los núcleos urbanos más cercanos; pero también, en alguna medida, por la descomposición en la política de sus defensores; luchas internas entre familiares con poder:  Albohacen, su hijo, Boabdil, y su tío, el Zagal, todos, se hacían llamar reyes, todos mandaban.

Fomentaron, claramente, los cristianos, estas discrepancias y fueron encargados tanto de iniciarlas como de aprovecharlas, dos personas: un tal, Martín de Alarcón, y el mismo Gonzalo Fernández de Córdoba, ya que conocía personalmente a Boabdil, desde la rendición de Loja.

Su faceta de negociador quedó demostrada, y Granada se rindió a las armas cristianas.6

Concluida la guerra y libre la Península del poder musulmán, queda en la Corte Don Gonzalo;  y volviendo, a lo que sobre esto nos relata Don Manuel José Quintana, dice:

               – Siendo el principal ornato de ella, a los ojos de la Isabel, la Reina,  que jamás estaba más contenta y satisfecha que cuando Gonzalo concurría a su presencia.-

Efectivamente, era ya una personalidad importante, a sus 39 años, culto, refinado, noble, apuesto, valiente… ¡qué no! qué no, qué no se puede pedir más.

 Y esto no lo sé, pero posiblemente, ya  ¡viudo ¡

Por otra parte, también nos dice nuestro guía y orientador que:

                – Ella le conocía bien, y sabía hacerle justicia, y en cuantas ocasiones se ofrecían, le designaba al Rey, su esposo, como el más a propósito para llevar a gloriosa cima, todas las empresas grandes que se le encomendasen.-

Pero, no olvidemos que era un hombre de guerra, un auténtico militar, y tal vez, exclusivamente por ello, aunque siempre nos quedará esa razonable duda que nunca ha de significar detrimento de la virtud de la más respetable Reina que hayan visto los siglos, el caso es que, al presentarse la primera ocasión, con motivo de las agitaciones de Sicilia, por indicación de la Reina, efectivamente, Fernando, el marido decide, inmediatamente, mandarlo a Italia.

Lejos, bastante lejos, vamos, muy lejos; no, por nada, incluso exclusivamente para despejar las posibles imaginaciones del marido, y pensando en evitar probables mayores males…

¡Qué gran favor le hizo!

En Italia fue, donde se confirmó el mito del “Gran Capitán”.

Sicilia, pertenecía, de siempre, a la Corona de Aragón y en la cercana Nápoles, comenzaban a ocurrir hechos lamentables, por la intervención del ejército francés.

 Y, en 1495, llega nuestro gran capitán, por primera vez, a Italia, con cinco mil infantes y seiscientos caballos.

Es una campaña de consolidación de territorio, que cumplen de manera perfecta las tropas españolas, al mando de Don Gonzalo, y he aquí, que estando en ello, es requerido por el Papa Alejandro VI….

……………

Me ha parecido escuchar por ahí, al fondo, una voz que dice:

Otro Papa, y este, ¿quién es?

Pero bueno, es que no conocéis al célebre Papa Borgia…

¡Qué barbaridad!

A lo que hemos llegado, como decía mi amigo Pepe:   -A cenar sin vino-

Bueno, pues con permiso, la verdad, no sé de quién, ya que si lo supiera lo diría, voy a presentároslo: 9

No existía todavía, eso de los records  – Guinness – pero, posiblemente, este sería acreedor a uno.

Es el Papa con más hijos reconocidos. ¡Ocho o Diez! según unos u otros historiadores, ¡nada menos!

Nacido en Játiva, Valencia, fue el número 214, de los Padres de la Iglesia, su nombre: Rodrigo Borja, en italiano – Borgia.-

Es un producto, casi directo, del inmenso poder de la familia Borgia durante el siglo XV en Europa.

El mismo, y dos de sus hijos, César y Lucrecia, han pasado a la historia.

………

Estaba en una situación comprometida, el dicho Alejandro VI, por culpa de un corsario a las órdenes del Rey de Francia.

Un tal  Menaldo Guerri, de origen vizcaíno, que había tomado con hombres y naves el puerto de Ostia, y comprometía, de esta manera, atacando a naves enemigas, el aprovisionamiento de Roma, y por tanto del Vaticano.

Ponen nuestras tropas rumbo a la capital y, puesto que se conservan, me gustaría, para que entendamos todos lo que eran las guerras de entonces, y,  lo chulos que  han sido, siempre los españoles, en general; y lo fanfarrones, los vizcaínos en particular, haceros llegar las frases anteriores a la contienda:

Una vez ante el castillo de Ostia, Don Gonzalo pide la rendición de la plaza.

Y el Menaldo contesta:

  • Decidle (al Papa) que se acuerde de que todos somos españoles, y que no la ha con franceses, sino con españoles, y no castellanos, sino vascos.

¡Anda! vuelve a por otra…

Sitiada la ciudad, se hacen fuertes los defensores en el castillo y resisten tres días de asedio y de continuos asaltos; pero, tras un análisis de la situación, Don Gonzalo prepara un plan, concentrando el fuego de artillería sobre una parte, en mal estado, de la muralla que, al derrumbarse, ofreció posibilidad de penetración.

Justo en esa zona, se agruparon la mayoría de los defensores, lo que aprovechó Don Gonzalo para, con otra unidad que tenía dispuesta de antemano, efectuar el asalto por el lado opuesto, acorralando a los hombres de Menaldo Guerri y consiguiendo la victoria.

Capturado el corsario le dice:

        – Muy espantado estoy de vos, señor Menaldo, que tantas cosas han pasado, por vos querer defender una cosa tan errada y sin razón y más siendo español, que nunca los de nuestra nación han sido traidores ni malos cristianos, y sobre todo ser tan confiado que no temíais a hombre ni a Dios.

Es conducido el vencido ante el Papa, y se pide el perdón de su vida, que se concede y, Menaldo dice:

           – Solo un consuelo llevo, que alivia de alguna manera   mi contraria fortuna, ser vencido por vuestra Excelencia que merece vencer a todo el mundo –

Y como consecuencia el Papa le felicita y le hace entrega de la más alta distinción que concede la Santa Sede.

La Rosa de Oro.8

La condecoración más importante que concede el Papa a personas católicas, ilustres, que han prestado algún importante servicio a la Iglesia.

Ni que decir tiene, que la vuelta a España es apoteósica; se recibe al vencedor como corresponde a un auténtico caudillo conquistador de reinos, y se le conceden títulos: Duque de Terranova y de Monte Santángelo, honores y propiedades.

Poco tiempo después, es nuevamente requerido por los reyes, para que se haga cargo de una nueva misión, esta vez contra el turco.

Otra nueva campaña,  otro sonoro triunfo.

-Cefalonia-, una isla griega que habían invadido los turcos.

La estrategia, acertada, perfecta; se trataba de conseguir la ocupación de la fortaleza de San Jorge y fue realizada el día de Navidad de 1500. Presión de las tropas en tres puntos: desconcierto en el primero, ardid en el segundo y entrada al asalto por el tercero.

Un nuevo golpe de genio militar. Otra gran victoria.

Éxitos tras éxitos, celebridad, renombre, fama, gloria.

Y es nombrado Lugarteniente de Abulia y Calabria, está en el zenit de su carrera.

Pero la situación en Nápoles es tensa, muy tensa, con dos reyes, el francés Luis XII, y el español, Fernando el Católico, insaciables en cuanto a la consecución del reino.

Y llega el año 1503, estalla la contienda, son las dos potencias, Francia y España, las que se disputan el territorio.

Y llegan las victorias españolas: Barleta, Ceriñola, Garellano, Gaeta, sobre tropas francesas, una tras otra, espectaculares, brillantes, definitivas.

Finalizada la guerra en Italia, y gracias al tratado de paz firmado entre Francia y España, del 11 de febrero de 1504, Nápoles pasó a la corona de España.

Así pues, Gonzalo Fernández de Córdoba, como general valeroso, propulsor de dicha victoria, fue nombrado virrey del Reino de Nápoles con amplios poderes.

Pero…

La desaparición de este mundo, de cualquier ser humano, ha de ser claramente motivo de tristeza; pero, cuando quien finaliza su vida es persona tan destacada y, podríamos decir que en ese momento necesaria, como lo era nuestra gran mujer, madre, esposa, soberana, política, y hasta podríamos decir excelsa, reina: Isabel I, lo que manifiesta un pueblo es auténtica pesadumbre y aflicción, y precisamente, ese pueblo, es  Castilla.

Con su muerte se abría un nuevo tiempo.

Cierto es, que con su matrimonio, y durante él, habían permanecido unidos los dos reinos Castilla y Aragón y habían sido erradicadas todas las veleidades de los nobles.

También con los pactados matrimonios de sus hijos, habían creado una tupida red de alianzas, de las cuales posiblemente la más trascendente fuera la de su hija Juana, que como ella misma, era una  Trastamara, casándola con un Habsburgo.

Pero con su muerte desaparecía, naturalmente, la vinculación de las personas, pero ¿y la de los reinos?

En su testamento, nombraba, claramente, a su hija Juana heredera; pero había una observación, que consistía en: – siempre y cuando, sus condiciones mentales lo permitieran – lo cual, además de todas sus virtudes, nos hace ver, que  era también, cualquier cosa, menos ignorante.

7Y parece ser que, o no lo permitían las circunstancias, o que los movimientos políticos de la aristocracia, a favor del marido de la “loca” fueron suficientemente eficaces; el caso es,  que todo  concluyó en las llamadas – Concordias de Villafáfila -.

Aquí, en ese pueblecito de la provincia de Zamora, precisamente, se firmó el acuerdo por el cual, se ponía final a la regencia, que venía asumiendo  el Rey Católico, lo que significaba el ascenso al trono de Castilla, de Felipe I,  el Hermoso, entronizándose, por primera vez, los Habsburgo en España, y de paso se declaraba incapacitada a su mujer, Juana y, se la recluía.

La aristocracia, pensaba que con esto, “el monte, volvía a ser orégano”.

Pero, naturalmente, al que peor le sentó, fue a Fernando el Católico que, bastante enojado por la situación, abandonó Castilla y no de una manera muy triunfante.

Aunque, habremos de admitir que ni este disgusto, ni el luto de su mujer le duraron demasiado, ya que sin pasar un año de la desaparición de la Reina Isabel, en Octubre de 1505, con sus 53 años, se volvió a casar con Germana de Foix.

Lo que nunca vamos a saber es, si su matrimonio con esta, entonces muchachita de 18 años, francesa, guapísima y, tan desenvuelta, que años después, enamoraría hasta a su mismísimo nieto, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico, fue por propia iniciativa o solo para hacerle la “puñeta” a su yerno, puesto que si el matrimonio tenía descendencia, no heredaría el Reino de Aragón, o por el contrario, si sería por su natural lujurioso, aunque reprimido ya que con la Reina Católica, con sus tantas, muchas, y hasta  incontables virtudes, parece natural que las dislocaciones y  arrebatos pasionales de sexualidad hubieron de ser los justos y, por otra parte, parece que  muy, muy justos.

Bien es cierto, que esta tal Germana, es un personaje que bien merece un estudio más detallado, en otro “pespunte”.

Nuestro héroe y protagonista, El Gran Capitán, ha perdido a su más importante valedora.

Ha quedado el Cardenal Cisneros de Regente de Castilla, hasta la llegada de Fernando, y aquí comienza su calvario.

Sí, calvario, efectivamente, así puede llamarse.

La autoridad reconocida, a la que él, es absolutamente leal, no lo percibe. ¿De qué valen  su nobleza y su fidelidad?

De nada.

Así se portan las autoridades con aquel hombre, ejemplo de lealtades, aquel que ha tenido adversarios, pero nunca enemigos, aquel que fielmente con obediencia, dignidad y conocimiento ha dado a su Patria honores y respeto ante el mundo civilizado.3

Deberíamos preguntarnos si no puede ser esta, la respuesta natural, que provoca, posiblemente, algunas traiciones que conocemos a lo largo de nuestra vida, en este caso, no, así como fue inquebrantable la sospecha y la desconfianza por un lado, lo fue por el otro, la lealtad y la nobleza.

Lo manda abandonar Nápoles y regresar a España.

Pero no, espera, voy yo en persona; y llega a Nápoles acompañado de su nueva esposa,  Germana, y se encuentra con que el pueblo tiene un enorme aprecio a su general, y  a él ni le conocen, y es el Rey.

Ha muerto en Burgos, Felipe de Habsburgo, el marido de la “loca”, después de  aquel, ya célebre partido de pelota, en el que se dice que al terminar y cuando más sudaba, el agua fría, lo mató. ¡Qué cosas!

Como consecuencia Fernando es llamado urgentemente por Cisneros, para que, nuevamente, se haga cargo del trono de Castilla.

Viene él y, se trae al gran capitán.

Lo destituye de todos los cargos y…

– A casa.-

Eso sí, prometiéndole el premio más apetecido: ser Maestre de la Orden de Santiago.

Pero…nada.

Un hombre de guerra, vive desasosegado en la paz. No se siente en su ambiente.

Arrastrando ya una deficiente salud, por culpa de las “fiebres” llamadas entonces cuartanas, que le acompañan desde la juventud, y que realmente, ahora lo sabemos, no son más que la evolución normal del paludismo, que en aquellos tiempos era desconocido y con tratamiento exclusivamente sintomático.

Peregrina a Santiago, en 1512, su mayor ilusión, ya que ha sido el Apóstol su compañero  inseparable, en todas las batallas, y tiene durante su estancia un rebrote de su dolencia, que le hace permanecer varios meses allí.

En agradecimiento a las atenciones recibidas, existe, y se puede ver ahora por cierto, una lámpara, preciosa, en el camarín del Apóstol, realizada con la espada que usó siempre Don Gonzalo. interior-catedral-santiagoTodavía quedaba una humillación más, parece que va a ser necesaria su intervención, nuevamente en Italia; el Papa pide la presencia del gran capitán, incluso, hasta le propone para ser el conductor de sus ejércitos, también Venecia, y comienzan los preparativos, nuevamente la ilusión, pero no, ahora está sometido a vigilancia, y hasta puede que sus condiciones físicas no se lo permitieran.

Simplemente otra  desilusión.

No aparece constancia histórica de las tan famosas “cuentas del gran capitán”.

Existen, sí, en el Archivo de Simancas, efectivamente, legajos y legajos, correspondientes a ello; pero la realidad es que, en ocasiones, y esta puede ser una de ellas, la sociedad pone en marcha acontecimientos y situaciones que debieran haberse producido, en justicia.

Cierto.

A ese Rey Fernando, diplomático, político, astuto, cauteloso, un tanto maquiavélico y que se porta tan rematadamente mal, con un hombre a su servicio, no existe duda alguna de que, efectivamente, le hubiera estado bien empleado, no sé si esa interminable lista de gastos imaginarios que conocemos, y que posiblemente sean solo la expresión de una denuncia encubierta a su – no muy recto proceder – pero desde luego, hay una que las resume todas y, que bien pudiera ser, en justicia, la que en este caso conviniera:

     Cien millones por mi paciencia en escuchar, que el Rey pedía cuentas al que le ha regalado un  Reino.

 

Un comentario sobre “Gonzalo Fernández de Córdoba

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