Consuelo Vello Cano. La Fornarina

El encanto hecho mujer

La reseña de una biografía donde se cuentan las andanzas de la corta vida de un personaje casi de novela, y el colosal éxito en el escenario, de una mujer que deja ver, con elegancia natural sus atractivos personales, con estudiado recato y sugestiva fascinación.

Con este pespunte histórico me gustaría intercambiar algunas ideas con vosotros sobre un concepto bastante confuso, como es el del llamado “encanto”.

¿Qué es en realidad, el encanto?

 Veamos lo que dice la Real Academia:

-La simple fascinación que ejerce alguna persona sobre los demás.-

O esta otra definición, que tampoco es mala:

-Cautivar la atención de alguien, por medio de atractivos naturales-

Efectivamente, ¡buenas definiciones! Bien es verdad  que estos señores de la Academia, son muy buenos en esto del lenguaje. Lo dominan, como es natural. Sí señor.

Y efectivamente, es así.  Encanto es, esa sonrisa que enseguida se nota que no es forzada, de una dependienta, que nos atiende en cualquier comercio. Encanto es, ese gesto natural de un camarero cuando te sugiere algo. Incluso, encanto es esa palabra amable con que alguien se dirige a ti,  para amonestarte. En definitiva, podríamos definirlo, algo así  como: esa sensación agradable que sientes en tu interior, sin buscarla, al establecer una relación momentánea, con otra persona.

Podríamos pensar en belleza física, pues sí, pero no es eso. ¿En buena educación?… también, pero tampoco es. Será, posiblemente, solo ganas de agradar…claro que sí;… pero tampoco.

Curiosamente, es algo que algunas personas tienen, independientemente de que sean guapas o feas, bien o mal educadas, que les ha sido dado genéticamente por la naturaleza y que ejercen de manera espontánea.

¿Lo considera usted así,  verdad señora? Dígame…

Pues yo pienso, que todos tenemos encanto.

-Claro Señora, efectivamente, visto así, tiene usted razón.

Es verdad, y no sería exagerado confirmarlo, ya que, efectivamente, todos hemos sido atraídos, fascinados y hasta podría decirse, que hechizados, por otra persona, en algún momento de nuestra vida.

Luego, claramente, todos tenemos encanto…

Pues sí.

Pero, usted como yo, sabemos que también se dice: que todos somos iguales ante tantas cosas… y la verdad es, que luego viviendo, solo viviendo, y sin juzgar, nos hemos dado cuenta, de que iguales, iguales, verdaderamente no. Unos menos, y otros más iguales que otros.

Pues, en esto, lo mismo.

Si a una persona dotada con esta, llamémosla “bienaventurada cualidad” del encanto, se le agrega una refinada elegancia natural, que no hay que confundir con la conseguida, que suele estar casi siempre exclusivamente en manos de los que la pueden comprar; y si la unimos a ciertas dotes artísticas, aunque no sean muchas, ya que no es absolutamente necesario, y en un momento idóneo, pues tendremos una persona de éxito.

Así de sencillo.

Y, naturalmente, ya si, a eso añadimos que esa persona tiene una inteligencia también innata, o lo que es lo mismo, tampoco adquirida, y una desenvoltura, que puede llegar a considerarse desparpajo cercano al atrevimiento por el hecho de haber vivido ambientes en los cuales es conveniente y, a veces, hasta necesaria esta condición. Pues tendremos, no ya el éxito, sino verdaderamente, la conquista del verdadero triunfo.

Y ¡Claro está! si además el momento es el adecuado…

Y para estas cosas, me quiere usted decir ¿cuál es el momento adecuado?

-Pues hombre, verá usted, voy a explicarle…

El siglo XIX, sin duda, fue un tiempo de muchos cambios; y nosotros, en España, nunca se ha podido decir que hayamos sido, sobre todo en nuestras costumbres, la vanguardia del mundo. Casi siempre, nos han llegado los adelantos y sobre todo las “modas”, pues por donde tenían que venir, por nuestro vecino del norte. Efectivamente, por Francia; pero esas vanguardias sociales, a su llegada aquí, siempre pasaban a ser desmedidas, inmoderadas, en una palabra, como somos nosotros mismos: extremados.

Francia, a finales del XVII, ya había, sufrido y padecido, o  gozado y, disfrutado, según se mire, su Revolución. Conflicto social y político que supuso para la población una agitación y hasta un tumultuoso estremecimiento. Aunque de ella surgió una forma distinta de vida, en la que habían desaparecido conceptos como el absolutismo y el feudalismo, en una palabra, el medievalismo.

Hasta podríamos decir que fue un nuevo Renacimiento, puede que nada más que psicológico, pero desde luego, para ellos, un volver a nacer.

Habíamos pasado nosotros, refiriéndome a las fechas en las que quiero situarnos, a finales del  XIX y comienzos del XX.  Primero, el triunfo como pueblo, de haber sido quienes habían hecho decir al hombre más victorioso de la historia:

“La guerra contra España ha sido el principio de mi final”

Por supuesto, Napoleón.

También habíamos pasado lo que podríamos llamar nuestro “sarampión” político, el llamado Sexenio democrático. Seis agitados años de diversas políticas: Caída y destierro de Isabel II, Gobierno Constitucional, Reinado de Amadeo de Saboya, Primera Republica, Dictadura del General Serrano…

Naturalmente eso sí, con gobiernos de los colores más dispares pero también con la presencia continuada de lo que se ha llamado siempre en España, – la autoridad eclesiástica – velando por  aquello tan conocido de: “las buenas costumbres”

Y eso, ¿le parece a usted mal?

No, no señora, de ninguna manera. Y sobre todo teniendo en cuenta que esa autoridad ha estado siempre en manos de los obispos y que siempre, en cuanto se quemaban “cuatro papeles”, eran perseguidos y los quitaban de en medio despiadadamente, eso sí, a ellos no, únicamente a sacerdotes, monjas y frailes.

Para el pueblo,  esos avatares políticos habían supuesto  momentos con sensaciones de absoluta libertad, sin regulaciones, sin orden. Por lo que ocurrieron acontecimientos que ahora, al recordarlos, nos parecen auténticas bromas: como la proclamación de la República de Cataluña, o la declaración de guerra de Cartagena a Almería, con bombardeo incluido, y las amenazas de contiendas armadas entre muchos pueblos colindantes por motivos fronterizos.

En fin, como siempre,  consecuencias naturales del uso indebido de la libertad.

Ese bien tan preciado y maravilloso que podríamos asemejar al agua; igual de necesaria que ella. Aunque, Dios nos libre de su exceso, pues lo mismo que con la otra, no sé que será peor, las sequías o las inundaciones.

En una palabra, demasiadas cosas para solo seis años, pero ilusionantes, aunque ya pasados sus efectos, provocaron una frustración en el pueblo como de algo cercano y alcanzable, pero no conseguido.

Habíamos entronizado nuevamente la Dinastía Borbón, con Alfonso XII, pero el pueblo seguía soportando una economía de subsistencia, y  vivía en general, mal, pobremente y con escaseces. Sin embargo, el Pueblo Español ha sido siempre  alegre, optimista y bullicioso.  Y se divertía, aunque siempre pesara sobre su cabeza alguna que otra guerra, la de África, las Carlistas, la de Cuba… tantas…

Pero aún así, se divertía, ¿Pero cómo?

El teatro. Siempre, el teatro ha sido durante años y años, lo que ha entretenido al pueblo.

Es simplemente el binomio eterno, que se conoce desde la antigüedad, que dice:

– Lo que necesitan los pueblos, han sido invariablemente dos elementos, y  siempre los mismos: –  Pan y Circo.-

Es verdad, que el primero no abundaba, nos llevaba a situaciones muy precarias económicamente, cualquier pequeña labilidad,  como por ejemplo, que se produjeran malas cosechas  durante dos o tres años.

En cuanto al segundo elemento, la diversión, por supuesto, no existían los adelantos de hoy en lo que a distracciones y entretenimientos respecta.

Era, y ha sido durante años, solo el teatro.

Dígame, por favor, ¿todo este sermón le hace falta a usted para hablarnos, según me estoy imaginando, de una cabaretera?

-Pues verá usted señora, perdóneme, estaba exclusivamente tratando de hacer una descripción de los avatares que llevan a una sociedad a cierto tipo de psicología.

Ya, ya. Bueno, pues, que le vamos a hacer, siga, siga.

Hay que tener en cuenta que entonces, el Real Madrid no podía ser campeón de Europa, ni aquellas gentes podían disfrutar de una Pantoja, en la cárcel; y que no existían, afortunadamente, la Sexta ni la Cuatro, para documentarles políticamente sobre nada, luego:

¿Qué tenían?

Solo el teatro, y allí en él, reían  las comedias, lloraban los dramas, se admiraban de la inteligencia de los autores, y hasta hubo un momento en que surgió ¿Quién sabe cómo?  la canción y hasta la danza, en los espectáculos teatrales.

Años y años venían realizándose espectáculos musicales. La ópera, era el llamado “genero grande” y surgió, -como no- el género chico, la zarzuela, bastante más popular. Pero era necesario, ampliar el campo,  había que llegar a más gente y se inventaron las “variedades”. Podríamos llamarlo,  género ínfimo.

Lo que digo, que nos va usted a hablar hoy, de alguna cupletista, me lo temía…

-Pues sí, señora, de una cantante que dicho así, como lo dice usted, lo de cupletista, parece algo, un tanto despreciativo.

Un personaje de nuestra historia que supo, precisamente con su encanto, entretener, amenizar, embelesar y hasta cautivar con sus actuaciones a un público, no solo aquí en España, sino de toda Europa.

Un ser humano especial, que con sus atractivos naturales, es decir su “encanto” se ganó la admiración de todos. Y es más, que  con una inteligencia propia, sin estudios, llegó a hablar en francés, inglés y hasta  entenderse en alemán, y recitar con una dicción perfecta, además de cantar.

De una artista que refinó sus modales hasta tal punto, que podía mantener conversaciones en sociedad con personas cultas y que con su voz agradable y sus ademanes elegantes, supo llegar al corazón de tantos que la apreciaban, la admiraban y hasta la deseaban.

De una mujer que desde las clases más bajas de la sociedad llegó a poseer una fortuna.

En una palabra, de una figura notable, que murió en plena juventud.

Veo por su gesto ¿qué no sabe usted, señora, de quien le estoy hablando?

Pues nada menos que de: Consuelo Vello Cano.

La Fornarina.

Huy, qué raro, siempre he creído que la fornarina era una pintura de Rafael.7

Claro que sí, es cierto también.

La Fornarina es efectivamente, una pintura de Rafael de Urbino. El célebre Rafael, uno de los más geniales pintores del Renacimiento, que junto con Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci, formaron aquel trío genial que admira desde entonces, al mundo con sus obras.

Es, esa pintura que aún hoy en día, encanta a la humanidad, que se conserva en la Galería Nacional de Arte Antiguo en el Palacio de Barberini en Roma. Representa  a una joven, con el torso desnudo, tomando con su mano derecha el pecho izquierdo. Parece ser, que se trataba de la modelo preferida por Rafael y, con la que se le suponen amores y convivencias con cierto fundamento.

La dama en cuestión, era una tal Margherita Luti, llamada “fornarina”, panadera en castellano, ya que se trataba de la hija de un panadero muy conocido en Siena. Francesco Luti.

Y es más, y como curiosidad, hemos de conocer también de esta pintura que los entendidos, han observado en ella, que precisamente en el pecho izquierdo  se nota alguna alteración de forma y retracción que pudiera ser, siempre según los técnicos, lo que diera a entender la posibilidad de que en ese pecho se iniciara una tumoración, que el pintor quiso resaltar. Algo así, como que el artista quiso plasmar algo que advertía como anormal y, que posteriormente resultó una lesión cancerosa.

Pero fíjese, por esos caprichos de la historia, hay todavía, otra “fornarina”,6 esta, que es también otra pintura, y en este caso, su autor es nuestro genial cordobés, Julio Romero de Torres. Aquel del que Manuel Machado dice al final de un de su versos titulado:

LAS MUJERES DE JULIO ROMERO DE TORRES:

        En este fondo, esencia de flores y cantares,

os fijó para siempre el pincel inmortal de nuestro

inenarrable Leonardo cordobés.

En este caso, conocemos que  está representando una mujer, de pelo castaño, al contrario de las que él pintaba siempre, andaluzas muy morenas.

Maravillosa obra también, del espléndido artista, en su originalidad, de la que se sabe hoy que se trata de un retrato por encargo de una tal, Ana Díaz, escritora, y muy guapa, por cierto, pero poco conocida, autora de un libro que se titula:

– Guía de cortesanas en Madrid y provincias.-

 Y se ha conocido, al aparecer, por una preciosa dedicatoria, referida al pintor que la inmortalizó en el lienzo y, dice así:

Este libro dedico a Julio Romero de Torres, en pintura, extremado, en bondad, sin par, que inmovilizó en el lienzo los últimos resplandores de mi juventud, antes de que se marchitara, sujetando el tiempo en el breve espacio de una tela-

¿Bonito, verdad?

Una gran verdad aquella de que: cuántas incógnitas no habrá en el proceloso mundo de los amores, pero sobre todo de los secretos.

Mejor desconocerlas.

Pero señora, como le digo, no es de ninguna de estas fornarinas de la que le voy hablar, desde luego que no.

-No, ya, ya, si lo vengo diciendo, nos quiere usted hablar de una cupletista

-Vera usted…

Pero digo yo, señor mío, ¿a qué viene hablar de una tonadillera en un foro de personajes históricos?

-Mire, señora, es que yo…

¿Exclusivamente por qué se hizo célebre?

-Pues mire usted, se trata de…

Porque si de eso se trata, tendrá usted que hablarnos también de los hermanos Izquierdo, muy célebres, puesto que cometieron los crímenes de Puerto Hurraco, por ejemplo.

-Señora, por favor, si me deja usted hablar, le diré que no se trata de hacerse célebre a cualquier precio, y por cualquier motivo. Y menos, naturalmente, por un motivo criminal, para figurar como un personaje digno de aparecer aquí, como alguien destacado de nuestra historia.

Naturalmente que no.

A quien me refiero yo hoy, es a una persona que supo con sus atractivos naturales, su inteligencia innata y con el duro trabajo de algunos años, conseguir una fama internacional y un prestigio que la mantuvo, durante un tiempo, encumbrada como “estrella” del mundo del espectáculo.

Nada más.

Y por ello, que la considere, sin ser un militar distinguido o un científico eminente, ni un político importante, solo una persona, que apartando sus personales circunstancias, en las que considero no tenemos ningún derecho a entrar, puede, y debe figurar, en una lista de personajes de la historia.

¿Comprende usted, señora? Aunque a usted no la parezca demasiado bien.

-Bueno, bueno, no se ponga así…

Por supuesto, aunque  me saca usted un poco de mis “casillas”, esto no quiere decir que no la entienda.

Usted se refiere, aunque lo exprese de otra manera, a  que, efectivamente, cuál pueda ser el motivo para que nos refiramos a esta, y no a los cientos y cientos de otras mujeres, que en las mismas condiciones, o muy  similares, han escogido otro tipo de vida, entregándose al servicio de sus semejantes, por ejemplo, en una orden religiosa.  O ¿por qué no?, a esas otras, en este caso miles y miles que también en condiciones parecidas han sido capaces, con innumerables sacrificios, de sacar adelante sus  familias y sus hijos.

Pues, no lo sé, señora, no lo sé.

Pero entiendo, que cada una habrá tenido, según la opción libremente escogida, algunas compensaciones a sus quehaceres: deleites y amarguras y, así mismo alegrías y tristezas, pero todas, unas y otras, la satisfacción de haber hecho frente, a una sobrenatural responsabilidad. Por lo cual, el hecho, como usted piensa, de  que  hablar de esta, suponga olvidarnos o restar preponderancia a las otras, no es en absoluto cierto.

Simplemente, pueda ser, porque a esta, se la conoce más.

Me deja usted algo más tranquila, tenía yo cierto desasosiego de que hablara usted solo de la “cupletista”

Desde luego sí, es cierto que, a finales del siglo pasado, comenzaron a llamarse efectivamente de esta manera:  -cupletistas-, como usted dice. La palabra “cuplé” es traducción del francés “couplet”, que aquí, en España, se daba a las artistas que cantaban un tipo muy especial de canciones, que comenzaron a ponerse de moda, por aquellos años. Eran músicas pegadizas y letras, en general, que con mal disimulada candidez, y contenidos de doble sentido, hacían las delicias de un público masculino, con una sexualidad muy susceptible, algo cohibida, hasta asediada y, en ocasiones, del todo acorralada.

Y desde luego, con esa extremosidad de la que alardeamos siempre en España. Lo que podía, en París,  ser, – un poco subido de tono –,  aquí era  absolutamente – picante -, y lo picante de allí, aquí, era obsceno, y para qué seguir, si allí, también existía lo obsceno, aquí lo convertiríamos en indecente.

¿Y considera usted anormal que existiera una fuerza que vigilara y atajara esos comportamientos inmorales?

No, no señora, de ninguna manera.

Lo que yo considere tiene poca importancia, naturalmente. Sin embargo, si desea usted saberlo, le diré que mi criterio es, que lo sucedido aquí, de siempre, ha sido que prácticamente esa vigilancia ha estado ejercida, como sabemos, por la “autoridad religiosa”. Y  nuestro clero ha tenido de “toda la vida” dos fundamentales equivocaciones: una, más grave, intentar inmiscuirse en política, y otra, más leve, considerar la lujuria como el pecado capital de mayor trascendencia.

Posiblemente, desatendiendo, y hasta olvidando otros, como la soberbia, o lo que es lo mismo, el orgullo, que trae todos los males a este mundo. La ira, es decir, la violencia, que en varias ocasiones ya ha estado a punto de destrozar la humanidad, y que de no evitarlo Dios, acabará con ella. La avaricia, con sus siempre espantosas consecuencias, de estafa, robo, y  soborno, en una palabra la corrupción. La envidia, que consiste en esa pesadumbre que algunos tienen del bien ajeno al no  poseerlo, y que lleva a todo lo peor. Y por último, la pereza y la gula, de las que desde luego, cabe decir poco.

Nada más que eso. Señora.

Bueno, pues usted dirá lo que quiera, pero las buenas costumbres serán siempre lo que mantiene una sociedad limpia y decente…

Pues tiene usted razón. Sigamos…

Lo que está claro, es que nuestro personaje, pues era, efectivamente,  una cantante.

Pero… ¡que cantante!

Ya, ya me imagino por dónde van los tiros…! Había tantas en aquellos años!

Pues, no crea usted que tantas, ella fue de las primeras. Luego sí, llegaron muchas, muchísimas, pero me atrevería a decir que, como esta, casi ninguna.

Por aquellos años, exactamente, en 1893, llegó a los escenarios madrileños, y luego a muchas provincias, una tal, Augusta Bergés.  Una alemana, que hizo las delicias del público masculino interpretando  una canción de doble sentido, durante la cual se buscaba una pulga y, naturalmente, para ello, se quitaba la ropa mientras cantaba.

Un delirio. Un éxito de público y taquilla, inconmensurable y hasta desconocido.

Había comenzado una forma de actuación, ignorada, la canción femenina en solitario, y teatralizada con picaría.

Hubo un empresario llamado Montesinos, al que inmediatamente se le ocurrió la idea de traducir la letra de la canción, del alemán al castellano. Y el asunto de la pulga se hizo famoso; lo estrenó, posteriormente, en el Actualidades de Madrid, Pilar Cohen, una cantante nacida en Tánger, de muchísimo éxito y así mismo, otra familiar suya, La bella Zulima.

Pero, la que verdaderamente consiguió con esta canción de la “pulga”, éxito, tras éxito y logró de verdad popularizarlo fue, algunos años más tarde, la inigualable y célebre Consuelo Portela. La Chelito, nacida en Cuba, y que ya retirada de la escena montó un teatro, en Madrid, llamado entonces Chantecler, pasando a denominarse luego El Dorado y por fin, en 1930, Muñoz Seca, nombre que conserva actualmente, y ubicado en la Plaza del Carmen de Madrid.

Es difícil entender ahora la psicología que imperaba en la población de aquellos tiempos; eran efectivamente tiempos galantes, desenvueltos, caballerosos, hasta licenciosos y un tanto lascivos.

Pero difíciles, muy difíciles y, siendo mujer, mucho más.

Admitamos que, efectivamente eran, malos tiempos aquellos de final y principio de siglo para ser mujer, pero, si además de mujer, eras pobre, los tiempos no eran solo malos, eran  terribles.

No se canse usted, claro que sí, todos los tiempos anteriores, y no sé si los actuales también, han sido siempre difíciles para las mujeres.

-Pues puede que tenga usted razón en eso, pero, ahora bien, veamos la cosa en su conjunto… Considero, que nada en el mundo es comparable a la satisfacción, que puede tener exclusivamente una mujer, por el hecho de dar vida a un semejante.

Sí, la verdad, de eso no hay duda.

-Lo que pretendía era solo realizar un acercamiento a los tiempos y, sobre todo, a las circunstancias en las que se desenvolvió la vida de nuestro personaje de hoy. Nada más.

Pues adelante…

-Muchas gracias. Con su permiso. comienzo.

Consuelo Vello Cano, nació un 27 de Mayo, de 1884, en el número 12 de la calle que hoy se llama del Marqués de Urquijo, entonces Areneros. Desconozco si el colegio de la Compañía de Jesús, que está cercano, en la calle Alberto Aguilera en Madrid y, que  se conoce con ese nombre, tendrá relación con ello, tal vez sí.

Familia muy humilde: el padre guardia civil, y la madre lavandera. Pensemos por ello ahora, que ni el funcionariado, estaba por aquellos tiempos aceptablemente remunerado.

Nunca, a lo largo de su vida, trató ella de ocultar su niñez de penurias y escaseces y, sobre todo, un recuerdo que la acompañó siempre, el frío y sus consecuencias más directas de entonces. Los  sabañones. ¡Qué curioso! Ahora, casi ni se conocen.

Juventud difícil y hasta escabrosa que llega hasta tener implicaciones de prostitución, en las que no hemos de entrar.

De niña y adolescente vino realizando labores, al igual que la madre, de lavandera y también de modista. En 1902, con 17 años, debuta como corista en el Teatro de la Zarzuela.4

Presumiblemente, por el hecho de que, concluida su pubertad, y con ella el desarrollo completo de su anatomía, sus condiciones físicas le permitían y, hasta posibilitaban, su  exhibición y lucimiento.

De ahí, pasa al Salón Japonés, en el número 16 de la calle Alcalá, con un espectáculo denominado Pacha-Bum-Bum. Un juguete cómico escenografíado, en el que las componentes del harén de un pachá de manera irónica y picante, bailan y cantan cuando el pachá las…

No siga, por favor, no es necesario; con el título ya es suficiente, nos imaginamos todo lo demás…

Bien, pues sigo…

Pero, me parece apropiado, para que quede claro, que aunque en su momento se dijo, en algunos periódicos, que Consuelo salía al escenario en el comienzo de su papel, desnuda. Ya que figuraba ser, el regalo que le ofrecían al pacha, como última adquisición del harén, no era así.

Pues yo he leído en bastantes sitios que sí, que aparecía sobre una bandeja de plata, completamente desnuda, como para un regalo.

Pues no señora, no fue así. Con mallas. Con mallas blancas muy ceñidas. Y solamente por el hecho de que quede claro.

Parece ser que la función, aunque tenía un importante éxito de público, no se prolongó mucho por exigencias del dueño del edificio.

Lo que dejó a nuestra principiante, nuevamente, sin trabajo.

Aparece, meses más tarde, en Barcelona, donde la contratan en el Teatro Nuevo Retiro, que posteriormente pasaría a llamarse Teatro Gayarre, en la Ronda de Universidad, esquina a Rambla de Cataluña. Su solar lo ocupa ahora la casa Manaut, de fácil identificación, ya que aún creo que persiste, abajo en sus locales comerciales, la célebre Farmacia Cataluña.

Cumple su contrato como corista y vuelve a Madrid, intentando abrirse camino en el mundo del espectáculo, como cantante, con el nombre de “rosa de té”. Su primer nombre artístico, y con él debuta en el Teatro Romea, ya en el de la calle Carretas, puesto que el antiguo Romea, el de la calle Colegiata, había ardido años antes, en 1876 .

¿Admiradores?…pues muchos, ¡claro está!,  pero fue un tal: Javier Betegón, uno de sus primeros conocidos. Amigo, admirador, enamorado, acompañante, pretendiente, novio, en fin, lo que fuera.  Se trata de un periodista relevante; director de varios periódicos: La Monarquía, de tendencia liberal conservadora; La Unión y, La Libertad, todos ellos de corte canovista. Y es él, quien comienza su trasformación personal y, hasta profesional, empezando por el nombre artístico. A él es  a quien se le ocurre y, lo cambia, por el que sería conocida para siempre: La fornarina.

Sin duda, para rememorar la célebre pintura de Rafael.

Es, sin duda él, quien influye, naturalmente, pero pensemos, que también ha de existir en ella un afán de superación, y un decidido deseo de instrucción y mejora, lo que podríamos llamar un afán de cambio, en definitiva. Hasta  de comportamientos y modales, con abandono de ese trato chulesco y desvergonzado que se mantenía inalterable en los ambientes de este género teatral.

Tal vez por ello, mantenía el título de “ínfimo”

Conoce algún tiempo después, al que habría de ser el hombre de su vida, precisamente en Romea. Se trata de José Juan Cadenas Muñoz. Periodista también, pero este, mucho más ligado al mundo del teatro y del espectáculo. Dramaturgo, arreglista de canciones, poeta, traductor, viajero, productor musical, crítico, empresario, y hasta Director de la Sociedad de Autores.

En lo personal, sin comentarios, un hombre del momento, con 12 años más que ella y un verdadero “dandy”.  Guapo, al gusto de entonces, de bigotes poblados y bien engomados y con una gran personalidad. Todos los atributos necesarios para enamorar perdidamente, a una principiante con ganas de triunfar.

Y ahora, también podríamos decir, uniéndola a todas sus otras actividades una muy importante, un magnífico “cazatalentos”

Podemos asegurarlo, efectivamente, fue su Pigmalión.

Conocéis, sin duda el mito, -de tanto buscar la mujer ideal, sin encontrarla, se enamoró de una de sus obras- y tal fue su amor, que la obra, cobró vida.

La diferencia con el mito, es que en este caso, la obra no era de mármol, como Galatea. Era de carne y hueso, pero con voluntad de hierro, alma sensible, viva inteligencia y natural encanto.

Condiciones sobradas, como hemos adelantado, para lo que va a ser: un clamoroso triunfo.

Comienza su ascenso entre dos locales: Romea y el Salón Actualidades, donde consigue ya contratos de 15 pesetas por actuación. cuando la malagueña Candelaria Medina, o Nieves Gil, que actuaban con ella, cobran la mitad.

El suceso, había ocurrido en Madrid. Un tal Alexander Promio, un francés, había proyectado, el 13 de Mayo, en el comedor del Hotel Rusia, en la Carrera de San Jerónimo, varias películas. Al acto, asistieron exclusivamente, la Reina Regente, Doña Virtudes. Bueno… Doña María Cristina. La aristocracia, el cuerpo diplomático y la prensa, y el día 15, San Isidro, todo madrileño que quiso y tenía una peseta, pudo contemplar el milagro.

¡Ah el cine!, qué adelantos… pero curiosamente aún no se consideraba por el público con entidad suficiente para desplazar a las “variedades”. Ya que se requería cierto  silencio, cosa difícil de conseguir en esos espectáculos, pero también y en gran parte, porque las actuaciones, sobre todo de las cantantes de éxito, eran prácticamente imprescindibles. Por ello, se alternaban estas con proyecciones de cinematógrafo, en la misma sesión.

Era precisamente el Actualidades, en la calle Alcalá, en los primeros números pares, cerca de Sol, el primer local que ofrecía este doble espectáculo: dos cantantes y entre una y otra, una sesión de cine mudo.

Una maravilla, un verdadero milagro, el desiderátum de diversión. Dos artistas y en el entreacto, una proyección de cine, acompañada de gramófono, que lo explicaba todo.

Era la modernidad, había llegado por fin, el espectáculo total, no había ya que esperar nada más del progreso, este era su zenit. Las imágenes se mueven solas, en una de las películas, un tren entra en la estación, y muchos espectadores alarmados, se levantan, gritan y saltan hacia atrás.   ¡Que espanto!

Pero, ¡que maravilla!

Se va, poco a poco, consolidando la carrera artística de Consuelo. Actuaciones y actuaciones, giras por provincias, estrenos de nuevos cuplés, funciones benéficas. Su estilo se va sofisticando mucho, ahora es igual  de desenvuelta,  pero  se ha hecho más elegante, más fina y más coqueta en el escenario. Ha ido dejando atrás esa ordinariez chabacana en la que siguen muchas de sus compañeras, que componen el elenco teatral del género.

En lo personal, de la mano maestra de Cadenas, ella sigue leyendo libros, estudiando idiomas, y ganando dinero, que ahora empieza a ser bastante.3

Comienza a tener, incluso, imitadoras, buena señal, y en el paralelo de  Barcelona, aparece una valenciana, llamada Pura Montoro, con su mismo estilo elegante y refinado, aunque no exento de gracia y picardía, que canta en su repertorio, algunos de sus éxitos.

En 1905, debuta  por primera vez fuera de España. Es en Lisboa, en el Salón los Recreios, donde obtiene un grandísimo éxito. Curiosamente, en años posteriores, nunca dejará en sus giras de visitar Portugal; era uno de esos sitios, según decía, que  le traía “suerte” y debía de ser cierto, ya que es conocido que allí, precisamente,  hasta obtuvo en el sorteo de la Lotería Nacional, un premio importante.

A su vuelta a Madrid, Cadenas está como corresponsal, en Berlín, de uno de los periódicos de mayor  popularidad en Madrid: La Correspondencia.

Aquel  que se voceaba por las tardes… ¡La corres…! el gorro para dormir… ¡La corres…!

La  popularidad de Consuelo, va en aumento, no paran sus actuaciones, allá por donde va conquista grandes triunfos. Prácticamente, a todas las capitales de España llega en sus giras y, en todas ellas, consigue éxitos importantes.

Se puede decir que las críticas favorables son unánimes, pero algunas llegan al máximo, veamos un ejemplo, la de un crítico de Murcia que escribe:

                                       Desde la princesa altiva

                                         a la humilde cocinera.

                                     Desde el letrado más serio

                                  hasta el más revoltoso hortera.

                                       Todos rindieron anoche

                                          tributo de admiración,

                                        a esa mujer que ella sola

                                              arma la revolución.

Se podrá pensar cualquier cosa, pero  esto verdaderamente, era entonces y lo será siempre, una buena crítica, sin duda.

Cadenas, aparte de otras cosas, es su “manager”  le proporciona todo tipo de contratos y prepara, como es natural, escrupulosamente su presentación en París.

¡París,  Oh París! El verdadero corazón, el centro y foco del panorama mundial del espectáculo.

Y, triunfo, nuevo triunfo, y desde aquí, prácticamente todas las capitales europeas.

Entra en contacto con el empresario Marinelli que la ofrece contratos en Paláis Soleil de Montecarlo, Folies Berger de Berlín, Copenhague, San Petersburgo, Londres, Budapest, Viena, Roma,  en fin…todas.

Pero ha sido París la que ha dado un aire nuevo a sus actuaciones.

Ahora es ya,  la “Reina del Cuplé”, pero aparte, se ha convertido en un “sex-symbol”, un icono,  prácticamente mundial, del modernismo imperante, y  también de la tan deseada libertad de costumbres. Pero sobre todo, ella ahora es elegante, refinada y sugestiva, en una palabra, seductora.

Pero, siempre hay un pero, en este caso es su salud. Viene sufriendo frecuentes dolores de vientre, y a veces episodios de fiebre de origen desconocido; desde que consultó en Alemania con un médico especialista, ya sabe que, a corto plazo, tendrá que pasar por el quirófano, lo que entonces suponía un importante peligro.

Sus contratos ahora, y sus giras triunfales por Europa la llevan al éxito más completo, con lo que también su economía se ve muy favorecida, puesto que los dineros que ahora  gana son ya, no bastantes, sino muchos.

Pero eso sí, siempre, al decir de los  críticos teatrales:

En primavera, con las primeras acacias en flor, llega a Madrid, todos los años. La Fornarina.

Es esperada, por supuesto, con las últimas novedades de su repertorio.

Y se habla de ella, a sus llegadas a Madrid…

Se decía… prácticamente, en todos los cafés…

-Me han dicho que se ha comprado un mantón de 20.000 pesetas, ¡Qué horror!, pero eso es una fortuna… Y, además, ahora es rubia… ¡Qué barbaridad! Y hasta dicen, que tiene automóvil, con mecánico y todo. ¿Será posible?

Pues lo era.

Y naturalmente, muchas más cosas. ¡Claro!

– He oído decir, que viven juntos; sí, tienen un piso en la calle Hortaleza, al final, cerca de la Plaza de Santa Bárbara. Pero parece que han reñido y se han separado. Pues, no sé…

Casi como ahora…

Pero algo mejor, indudablemente. En la prensa del corazón hemos ganado mucho, somos  igual de chismosos, maledicentes y calumniadores; pero al menos no decimos las cosas de entonces. ¿Sabéis como explicaban sus dolencias? Pues decían: – por sus juveniles ofrendas en el altar de Venus –

Al menos, ahora, no somos tan “cursis”

Indudablemente, en eso hemos ganado.

En 1910, se presenta en el Teatro de la Comedia, uno de los teatros más selectos y serios de Madrid y a su presentación asiste el propio Rey Alfonso XIII, al que es presentada, manteniendo con ella una conversación amigable, distendida, y cortés. Se ha consagrado, con su elegancia y distinción, como algo más que una cabaretera.

Ha conocido en París y trae en su repertorio, los cuplés más modernos, algunos, como el célebre  “Clavelitos” escritos y musicalizados para ella, por un personaje que ha conocido en París: Quinito Valverde, que junto ahora con Cadenas, escriben y adaptan canciones, que ella convierte en éxitos rotundos.

Visita incluso el Ateneo. Recita, charla con personas de elevada cultura sobre libros del momento. Nunca se la ha oído hacer críticas negativas de nadie, cosa insólita, ni de sus compañeras; es entrevistada y contesta con ponderación y equilibrio a las preguntas de los periodistas.

Se puede decir, como asegura su primer biógrafo y uno de sus más fieles admiradores, Fernando Periquet, que Fornarina es un producto del encanto personal, y que siempre siguió con admirable tenacidad un perfecto equilibrio artístico

Es una mujer joven, pero se deja ver en ella el peso de los años y, sus actuaciones se van distanciando, en algunas ocasiones por sus trastornos, pero también porque están cambiando los gustos del público y, en general, por el tipo de espectáculo.

Se ha separado definitivamente de Cadenas y vive en un chalecito en la Castellana, esquina a María de Molina.

Por cierto, allí puede verse ahora una placa a su memoria.

-Oiga, pero tiene una placa y todo…

Pues sí, señora, ya ve usted, que no soy yo solo el que considera algunos merecimientos en aquella persona.

Ya en 1915, debuta en el Teatro Apolo, uno de los más emblemáticos de Madrid, en la calle Alcalá, en el número 45, justo al lado de la Iglesia de San José. Y aunque consigue un éxito, ya no es igual, se nota cierta frialdad en el público y, además han de suspenderse en varias ocasiones sus actuaciones, debido a que su enfermedad avanza y, resulta, según los médicos, inaplazable la intervención.

La interviene, el día 14 de Julio, el Doctor Cospedal, en el Sanatorio del Rosario, en la calle Príncipe de Vergara, de Madrid donde actualmente sigue. Se le realiza una laparotomía abdominal, en la que se observa ovaritis y salpingitis bilateral supurada, llevándose a cabo limpieza y amputación de estos órganos. Pero, surge inmediatamente la más temida de las complicaciones quirúrgicas: la infección.

Aún no existen los antibióticos.

El día 17 fallece, a los 31 años, acompañada de su hermana y, de su fiel amiga, Nati, su  modista, doncella, amiga y, sobre todo leal compañera.

Posiblemente, las últimas imágenes que vieran sus ojos, antes de que se los cerrara definitivamente el sopor de la muerte, serían los arboles del magnífico jardín, que existe todavía, y que puede verse desde la calle.

Pinos y palmeras, que entonces, hace cien años, serían más jóvenes.

Pues, desde luego, así como lo cuenta usted, da pena, ¿verdad?

-Así ocurrió, y verdaderamente, es penoso ver a cualquier ser humano, en pleno éxito desaparecer a los 31 años.

Tiene usted razón. Sí señor.

Pero no me resisto para terminar de dar forma, por un lado, a la figura humana y, por otro, a uno de los atributos naturales que la adornaban, como es el encanto.  Completando así su semblanza, a contaros una historia de su vida, o mejor dicho, de su muerte, que he leído, pero no recuerdo donde.

Ella, está enterrada en el Cementerio de San Isidro, en Madrid.   En su tumba, que aún puede verse, ahora restaurada, está representado un ángel de tamaño natural, obra de Marino Benlliure, que con el paso del tiempo esta naturalmente muy deteriorado.

Pues bien, durante muchos años, alguien, fijó su atención en que siempre había flores frescas sobre la tumba; y por fin, llegó a enterarse. Efectivamente durante muchos, muchos años, prácticamente hasta su muerte, hubo alguien que, semanalmente llevaba flores y las depositaba allí.2

De esta manera, quedan claras dos cosas:

Por un lado, acercarnos más a conocer el concepto que proponíamos al comienzo, sobre que características tiene el ejercicio del encanto personal sobre los demás. Y por otro, también,  cuantas incógnitas no existirán en el proceloso mundo de los amores humanos.

Aunque sin duda, quedan como con mucha más belleza, sin conocerlos.

 

 

 

 

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