Las Órdenes Militares

También enriquecen los  éxitos militares

Los triunfos castrenses siempre han dado notoriedad, pero también hubo quien supo convertirlo en algo más tangible como son las propiedades.

¡Ten cuidado Pepe, que vas muy deprisa… ¿No has visto la señal de radar que había ahí atrás…?

Sí, pero ahora no veo la cámara.

Pues estará escondida, yo que sé… Pero lo que siempre veo, es cuando llega la multa, ten cuidado… ¡anda, por favor!

Mira mamá, ¿Qué es eso tan grande?

¡Ay Pepito! ¡Qué cosas tan tontas preguntas, eso no tiene importancia! ¿no lo ves?, es solo un castillo.  Lo importante es que te fijes en los carteles del radar, para avisar a Papá.

¿Pero, papá, quién vive en ese castillo?

¡Ay guapo, qué cansino te pones!, mira los anuncios, como dice tu madre  y déjame en paz.

……………………………….

Una pena, pero es así.

San Tiempo, lo arregla todo. De siempre, se le ha considerado un santo  muy milagroso, y es verdad. Pero algunas cosas, parece que las estropea…

El castillo es templario, ya que están pasando por Ponferrada; y tendrían incontables posibilidades de conversación: religiosas, militares, de organización, de estrategias, incluso, aunque no sea más que de belleza arquitectónica, puesto que el castillo es hasta una preciosidad que adorna el paisaje; sí, todo eso está muy bien… pero no es importante… y hasta puede ser, que en el momento actual, eso sea verdad.2

Pero también es cierto, que a este insignificante y limitado pobre hombre, podríamos preguntarle:

¿Pero tú sabes algo de las Órdenes Militares?

Aunque no sea más que para charlar con el muchacho, para instruirlo un poco, no hace falta que le ofrezcas una lección magistral, simplemente, así por encima, descubrirle algunos conceptos generales que, además, lo que le cuentes a esta edad, lo va a recordar siempre; piensa que ahora, en el colegio, no se lo van a enseñar.

¡Anda hombre, al menos inténtalo!

Desde luego, no se puede entender lo que son las Órdenes militares sin conocer primero lo que era, en su momento, un “caballero”, es decir, un monje-soldado o, al contrario, que en este caso es lo mismo, un soldado-monje.

Aquí es donde, en definitiva, había de llegar, para explicaros que las Órdenes Militares no son, desde luego, un personaje de nuestra historia; no se las puede considerar como tal, pero fue tanta la importancia y la trascendencia que tuvieron, en los tiempos en que se mantuvieron activas que, sin duda, se puede estimar que, más que un personaje, son en realidad, una reunión de ellos y, por su efecto, una forma de supervivencia o, tal vez, la consecuencia sociológica de una manera de entender la existencia; pero también, sobre todo, el resultado de una psicología adaptada a la fe en Cristo y a unas condiciones de vida tan difíciles como las de entonces que, ahora, desde nuestro confortable, cómodo y hasta placentero hoy, somos incapaces de entender.(1)

Por favor, haced una respiración profunda, tapaos la nariz,  y acompañadme… vamos a sumergirnos y trasladarnos ¡nada menos! Que  al siglo once:

Venga. Vamos…

Es un mundo distinto; ciertamente, los hombres, aunque parecen iguales en sus formas, en sus relaciones, en sus instintos, no lo son, nada es igual, no nos engañemos, es otro mundo.

En aquél, las cosas no se veían como las vemos hoy; era una forma de pensamiento en el que el concepto religioso lo dominaba todo, tanto en su  sentido positivo como en el negativo.

Se vivía casi exclusivamente por, y para  el hecho religioso, para aceptarlo ciegamente, o para negarlo con rotundidad.

Hay que tener en cuenta que es la época de los grandes cismas y las herejías, pero también que, cuando se profesaba, los que lo hacían, que eran prácticamente todos, actuaban con auténtico fervor. Todo giraba alrededor de Dios.  Efectivamente, el mundo de entonces era teocéntrico.

Es, en definitiva, la más profunda Edad Media.

Y surge en toda la Cristiandad, pero fundamentalmente en Francia, una idea, que como siempre ha pasado, no hace falta, ni que sea verdad; bien vendida y, en el momento oportuno, se convierte en una perentoria necesidad.

 ¿Cómo podemos consentir que los Santos Lugares, estén en manos de los infieles?

De ninguna manera, no se puede permitir, pero el problema es que la otra religión monoteísta, el Islam, ha crecido mucho en fervorosos seguidores, de una manera, asimismo, importante y no tiene ninguna intención de abandonarlos.

Pues, si no es por las buenas, tendrá que ser por las malas, y acuñamos una palabra que definía los hechos y que, después, se ha empleado largamente, incluso durante muchos siglos:

 “Guerra Santa”.

Bueno, nosotros, los de este lado, lo llamamos Cruzadas.

Hubo varias, tres o cuatro, incluso más, el problema es que eran carísimas.

Claro, guerras y, además tan lejos, pues, naturalmente, salían unos precios casi inasequibles.

Se trata exclusivamente y, como siempre, de la consecuencia lógica de poner en marcha el postulado que dice: – El fin justifica los medios – Y es justo en este mismo supuesto, en el que se han basado todos los imperdonables canallas, miserables, que en el mundo han existido, y siguen existiendo, para realizar sus indignidades y considerar que estaban justificadas.

Todos, absolutamente todos, y en todos los tiempos.

Pero, además, la duda era otra, ¿a quién mandamos para matar al infiel?

Porque, de lo que no hay duda, es que al infiel hay que matarlo…

Y se pone en marcha, por primera vez en la historia, lo que podríamos llamar un intento de organizar un ejército permanente.

Es lo que ahora denominaríamos, una fuerza de intervención inmediata.

Bien, ¿y con quién la organizamos?

Pues, lógicamente, con soldados; pero, ¿quién sabía guerrear?: únicamente los caballeros pertenecientes a la nobleza; y ¡claro! fue con ellos, con los que se hicieron las primeras Cruzadas.

Intervinieron muchos nobles, de las más diversas naciones, y de las más bajas y altas alcurnias, pero, como era natural. y puesto que todos  vivían muy bien, pues, si tenían suerte y no los mataban en la guerra, estaban deseando volver a casa cuanto antes.

Y ahora,  ¿a quién mandamos?

A otros soldados, evidentemente, pero estos, ya especiales.

¿Y qué tienen de especial?

 ¡Qué tienen que ir por amor al arte! Vamos, eso, sin cobrar.

Resulta que a los nobles los mandábamos por el honor, ¡pero claro! Se vuelven…

Tenemos que inventar algo… ya que son ellos solamente los que saben hacer la guerra…

¡Paguémosles!

De ninguna manera, no lo van a consentir…

Pues buenos son de orgullosos…

Entonces ¿cómo nos las arreglamos para que vayan?

Se me ocurren dos formas: una, que a los que saben guerrear, les digamos que hagan votos de pobreza, castidad y obediencia, y otra, que a los que ya los han hecho, es decir a los frailes,  les enseñemos y les entrenemos para  guerrear.  Y, ya está.

Perfecto, una buena idea, sí señor, eso es. Frailes soldados, o soldados frailes.

Y una vez conseguido esto, se agruparon en Órdenes Militares.

Así es como nacieron todas.

Pero claro, además de esto, pretender que encima fueran tontos, ya era pedir demasiado…

Eran efectivas, claramente en ellos, todas las prendas de dignidad, valentía y audacia que adornaban a estos “caballeros”; su lealtad a los fines que proponía la Orden, era inconmovible; su religiosidad, probada y hasta exaltada; pero en todos los tiempos se ha entendido, eso tan gráfico de:   – “jugarse la vida” –  y jugársela, es por algo, además, naturalmente, de por unos ideales.

Y todos, desde el Rey hasta el último vasallo lo entendían así, y les parecía muy bien.

Y pagaban, pagaban y mucho.

Total, que como dice el refrán: – Hecha la Ley, hecha la trampa -.

No, ellos no cobraban, pero la Orden… ¡Ay, la orden!

Desde luego, esa, cobraba y mucho.

La primera, y posiblemente una de las más importantes, fue La Orden del Temple.

Los pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, que ese era su nombre completo, fue fundada por nueve caballeros franceses a las órdenes de su primer Maestre Hugo de Payns, en 1119. Y su finalidad era  proteger a los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa.

En poco tiempo, adquirieron una gran preponderancia en el plano militar, como fuerza bien entrenada, valerosa y eficaz en el combate;  por el lado administrativo, crearon también la más importante estructura económica del mundo cristiano, poniendo en marcha, entre otras muchas cosas, y como consecuencia de su gran poderío económico, una serie de edificaciones, castillos y otras fortificaciones, a lo largo de todo el Mediterráneo, que eran como sus señas de identidad.

Tanto, que veremos más adelante lo que ocurrió…

Al igual que los Templarios, nacieron otras Órdenes llamadas  Hospitalarias, pero estas eran de dos clases: por un lado, las que estrictamente se dedican al cuidado de enfermos, viajeros y ancianos desamparados, que han pasado a ser, perdurando algunas hasta la actualidad y, siguen siendo ahora,  Órdenes Religiosas: de hermanos, como los de San Juan de Dios, o de hermanas: las de la Caridad de San Vicente de Paul.

Por otra parte, los  que a la vez eran guardianes armados de los peregrinos, y componían la Orden militar de los Caballeros Hospitalarios, con características muy similares al Temple, llamada “Orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalén”. También conocida como Orden de Malta.

Estas dos, junto con la de los Caballeros Teutónicos, son las más relevantes entre las de orden internacional, es decir, las que incluyen con su estructura militar, económica y social,  a varios países.

Para entendernos, estas serían llamémosles, las multinacionales

Pero, parece que se nos olvida que existían unos territorios que, desde el año 711, en el que por un “apaño”, que nunca sabremos “agradecerle” a un canalla llamado Witiza, que pidió a los árabes que le ayudaran en sus pleitos con Don Rodrigo, entraron por el sur y en poco tiempo se hicieron dueños de toda la Península Ibérica.

Los “moros”

Que eran igual de infieles, o más, que los de Palestina. Y estaban ahí mismo, muy cerquita, no había que ir hasta Tierra Santa, para matarlos. Y para más facilidad, había que considerar que el Papa Alejandro II, en el Año 1064, había anunciado que les quedaban perdonados todos los pecados a los  que vinieran aquí, a luchar contra el infiel.

Y, en buena lógica, llegaron las Órdenes de fuera y, además, como parece natural, aparecieron aquí otras,  estas absolutamente nacionales.

Podríamos decir que estas, en principio, eran como las pymes

Cuatro.

Santiago. Alcántara. Calatrava y Montesa.

¿Qué os parece si, aunque someramente, vemos un poco la historia de cada una de estas, de las nacionales, y luego ojeamos también, pero más por encima, las internacionales?

Comenzaremos por la de Calatrava, que parece ser la primera en aparecer.

Nace esta Orden militar en la villa de Calatrava, en 1158.

Y me preguntaréis ¿por qué? Pues, fue como consecuencia de una “bravuconada” que, por supuesto, San Tiempo y sus milagros, ahora la han convertido en un acto heroico.

Desde luego, es cierto y  preferible, que lo conozcáis como lo cuentan las historias, queda hasta mucho más brillante y, en definitiva; como da lo mismo, pues es casi  mejor.

Veréis:

Resulta que existía una fortificación en una localidad, ahora de la provincia de Ciudad Real, llamada Calatrava, posición estratégica con respecto a Toledo.

Y el “moro”, el de entonces, ¡claro!, que no tenía nada que ver con el de ahora, el de aquí, que el mayor daño que te puede hacer, si te dejas, es venderte un reloj falso; pero el de entonces, que  tenía mucha más fuerza y peor leche, pues andaba fisgando; y como eran bastantes, parecía que tenían intenciones, con algunas posibilidades, de conseguir la plaza de Calatrava, y  llegar después a Toledo.

Y eso era muy importante. Y tanto, como que era la capital…

¡Fíjate! con los años que había costado quitársela… ¡Cómo para perderla ahora!

De ninguna manera.

La plaza estaba defendida por el Temple; pero no parecía nada claro el asunto de su defensa, por la gran cantidad de tropas, y de ganas, que se le veían al infiel; y los templarios, que se acobardan y dicen que se marchan.

Y el Rey, Sancho III,  que anuncia:   el que la defienda, se la queda.

Cuando, estando un buen día del mes de Enero, de 1158, en Almazán, ahora provincia de Soria, donde había reunido cortes, que era la única forma que tenían entonces los Reyes para sacarles el dinero a las ciudades, aparece en la reunión, un tal Raimundo, un abad del Monasterio de Fitero, en la Rioja actual,  que propone hacerse cargo de la empresa.

 Y a pesar del general cachondeo de los asistentes, que pensaron que había de ser el frío lo que nublaba el buen juicio del pobre abad,  era “palabra de Rey” y no se le pudo negar.

La verdad es que el frío no parece que fuera y, por otra parte, tonto no era;  la razón, simplemente, consistía en que en su convento había un monje llamado Fray Diego Velázquez, que había sido anteriormente, en su vida civil,  “cruzado”, y por tanto, un buen guerrero.

Lograron ambos, en poco tiempo, reclutar, el abad por un lado y el monje por otro, un respetable ejército que, con buena comunicación y excelente publicidad, consiguieron que el “moro” lo percibiera mucho mayor de lo que era en realidad y, abandonando el campo, se retiró.

Un triunfo, sin desenvainar ni una espada.

Durante algunos años, convivieron en la villa monjes y soldados, sin distinciones, bajo una misma autoridad; separándose al poco tiempo, algunos que no deseaban seguir empuñando las armas, y quedando los demás consagrados como monjes-soldados, bajo las órdenes de un Maestre.

Su auténtica confirmación como Orden militar, la consiguió en la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212. Y desde aquí, le fueron concedidas tantas encomiendas, sobre todo, en Castilla y Andalucía, bajo la forma de tierras de cultivo, que durante muchos siglos fue uno de los poderes económicos más importantes del País.

Cómo sería de estimable su potencial económico, si pensamos que con los siglos que han pasado y contando, incluso, con los milagros de San Tiempo, y hasta la socialización que han sufrido estas sociedades, hoy en día existen más de veinte pueblos que se denominan… de Calatrava.

Hasta 1487, en que Fernando el Católico, por una bula papal, fue elegido Gran Maestre y desde entonces todos sus sucesores, es decir, los reyes españoles, han seguido ostentando este cargo.

Parece ser que la segunda en aparecer fue la Orden de Santiago.

De esta, hay algo más que hablar.

Lo primero, porque aunque en todas las Órdenes, los “caballeros” eran primero monjes, y seguían en todas, menos, en esta, la Regla de San Benito, incomparablemente mucho más rígida que la que regía aquí, en esta, que era la de San Agustín.

¿Por qué?, Pues se trata de que sus fundadores, que son trece caballeros  y al frente de ellos un jefe, que se llamaba Pedro Fernández de Fuentecalada, fueron comisionados para la defensa de la ciudad de Cáceres, que por aquel entonces pertenecía al Reino de León, por su Rey Fernando II.

El encargo parece que no resultó lo que podíamos llamar un éxito, ya que la plaza la ocuparon los almohades, que venían de refuerzo y encima eran  más brutos y, además, muchos. Y ya se sabe aquello tan conocido de:

       ……Que Dios ayuda a los malos, cuando son más que los buenos

Hacía algún tiempo ya, que la única protección y amparo que se les  ofrecía a los peregrinos que llegaban de toda Europa por el Camino de Santiago, eran los ejercidos exclusivamente por los canónigos regulares de San Agustín, que tenían establecidos una serie de albergues y hospitales en toda la ruta del Camino Francés, desde los Pirineos hasta Santiago.

Y se pensó, con bastante buen juicio, que se agruparan los llamados “Freires de Cáceres” a los canónigos regulares, que tenían su sede en un monasterio cercano a Compostela, en Santa María de Loio, bajo la autoridad de su Prior.

Aceptaron estos la ayuda y convinieron en recibirles en su Orden, vivir con ellos en comunidad y ser sus capellanes,  dirigiéndolos espiritualmente; así como administrarles los sacramentos.

De esta forma, pasaban a denominarse Freires de Santiago, o Caballeros de Santiago.

Aparte de su original dedicación de protección y ayuda a los peregrinos, pocos fueron los acontecimientos de armas contra el infiel, en los que no intervinieran los caballeros de Santiago. Con ello, la Orden aumentó mucho en número de caballeros -“Freires”- sin duda también, porque las condiciones de vida de sus miembros no eran tan estrictas como en las otras órdenes, aquí en esta, podían hasta casarse y vivir con sus esposas en los castillos de la Institución.

Y se mire como se mire, esto era ya una ventaja importante.

Posiblemente, por su número, pero también debido a su buen entrenamiento, arrojo y valor en los combates, lograron gran cantidad de éxitos ante el enemigo; victorias que eran recompensadas ampliamente, consiguiendo, como pago por ellas, diversas posesiones en los Reinos de Castilla, León, Aragón y hasta en Portugal.

Los Reyes, sobre todo los de Castilla y León, pretendían que la sede oficial de la Orden se asentara en sus respectivos estados, ofreciéndoles: el de León, Fernando II: San Marcos; y el de Castilla, Alfonso VIII: la villa de Uclés, la antigua Uqles, árabe; planteándose un conflicto que no quedó resuelto hasta que, en 1230, Fernando III, el “santo”, reunió en su persona las dos coronas.34

No hay ninguna duda de que esta, la Orden de Santiago, fue durante siglos la más conocida, la
más numerosa, la más acaudalada y hasta la más representativa de todas las Órdenes españolas, y por ello, tal vez también, en la que confluyeron la mayor parte de las apetencias políticas sobre su jefatura.

Solo en España, los bienes de la Orden de Santiago, eran auténticamente colosales y para ofrecer una pequeña idea de ellos, baste reseñar que, según las crónicas, los componían: 83 encomiendas, 2 ciudades, 178 condados y aldeas, 200 parroquias, 5 hospitales, 5 conventos, y la Universidad de Salamanca, entre otras. Además de las posesiones en Portugal, Francia, Italia, Hungría e incluso, en Palestina.

La Orden, en aquel momento, la componían unas 400 lanzas. Es decir, parece dicho así, que unos 400 caballeros solamente.  Pues no, una lanza la integraban, efectivamente, no solo un caballero, sino que,  se contaban como pertenecientes a la Orden, todos sus asistentes, agregados, colaboradores, familiares, allegados, amigos y ayudantes. Es decir, que una lanza, podían componerla así como unas cuarenta o cincuenta personas, y en el combate podrían ser como unos mil o mil quinientos combatientes

No es de extrañar, por ello, las ambiciones políticas que despertaba el hacerse con la posibilidad de obtener el control de la Orden, de hecho suponía un poder tangible y, en algunas ocasiones, incluso mayor que el del propio Rey.

Tampoco es de extrañar que, por la gran influencia política y hasta económica, que proporcionaba el cargo de Gran Maestre, su logro fuera motivo de escándalos y de corrupciones, que llegaron a tal extremo que, al finalizar la toma del Reino de Granada y con ella la expulsión del Islam de la Península, los Reyes Católicos, pidieran al Papa, en aquel momento Alejandro VI, la administración del Gran Maestrazgo de la Orden, alegando los enormes gastos que se habían provocado por la guerra, exclusivamente, en beneficio de la fe católica.

El Papa accedió a ello y, desde entonces, los bienes pasaron a ser administrados por los Reyes.

Qué gran verdad es esa que dice:

         –  Busca dónde está el dinero y encontrarás el poder –

Habría que esperar hasta José I, el hermano de Napoleón, que en su breve, pero resuelto reinado, disolvió todas la Órdenes Militares y Religiosas. Para que luego,  inmediatamente, el mal nacido de Fernando VII, las volviera a entronizar.

Hasta que por fin, muchos, muchos años después, en Abril de 1931, la Republica las disolviera.

Durante la guerra civil, del 36 al 39, fueron perseguidos y fusilados muchos de sus caballeros: 19 de la de Santiago; 15 de la de Calatrava y 5 de la de Alcántara.

Pasemos ahora, aunque brevemente, la atención sobre la tercera de ellas: la Orden de Alcántara.

También muy antigua, tanto como que, en 1159 ya se conoce que dos hermanos, llamados Suero y Gómez Fernández Barrientos, con algunos caballeros más, todos ellos procedentes de Salamanca, merodeando cerca de Ciudad Rodrigo, a orillas del rio Coa, hoy en día en tierras portuguesas, encuentran un anciano ermitaño, que en su juventud había sido Cruzado, de nombre Amando, que ha construido una sencilla ermita bajo la advocación de San Julián.

Y fue el mismo Amando, el ermitaño, el que les convenció para quedarse en aquel paraje;  constituir una fortificación y, en ella, fundar una Orden Militar y Religiosa, similar a las del Temple y de los Hospitalarios, que él conocía bien de sus tiempos de Cruzado.

Un monje del Cister, llamado Ordoño, natural también de Salamanca, les aconsejó que tomaran su Regla, y bajo ella se constituyeron, quedando así fundada con el nombre de Orden de San Julián de Pereiro.

Sería muy conveniente que, antes de seguir adelante en nuestra visión general de estas instituciones, tratáramos de entender, aunque comprendo que es difícil ahora, cuáles eran, en su esencia, los condicionantes que concurrían en ellas y, sobre todo, como más importante y, quienes las componían.

Para una persona de este siglo, no son comprensibles de manera alguna, los propósitos, las ideas, las pretensiones y los objetivos de cualquier semejante de entonces; efectivamente, son de otro mundo; ciertamente, los valores de fraternidad, comunidad, solidaridad, entrega, austeridad, disciplina, humildad y misericordia que se daban en aquellos años, y en algunos de  los componentes de estas asociaciones, ahora, simplemente, serían una entelequia.

Pero existían; y la prueba palpable era que las Órdenes funcionaban, porque bastantes de sus componentes se entregaban, en cuerpo y alma, a la  finalidad para la que habían sido creadas; pero también, y como siempre ha ocurrido desde que existe el mundo, y el hombre lo habita, han convivido junto a ellos, los  “otros”; de distinto perfil, más pegado a la tierra, más borroso, incluso más pobre; son aquellos que apartan los idealismos, prescinden de la generosidad, y que incluso desdeñan la hidalguía.

Son los “otros”

Ahora existen igualmente.

Siempre han existido, en todos los tiempos, y son de dos clases: los desposeídos de las dimensiones espirituales necesarias, que lo entienden y lo aceptan y, también los que así mismo, conociendo su indignidad no la soportan y tratan de ocultarla y lo que hacen simplemente es vivir bien, aprovechando el anonimato que conceden los grandes grupos.

Bien es verdad, que ahora hay menos “caballeros” y más de los otros, de los que no tienen esa altitud de miras, en una palabra, los más ventajistas,  y de estos, los que pueden, y tienen facilidad de expresión, dotes oratorias, o carisma personal, se dedican a la política.

¡Que desgracia!

Pasados muchos años y muchas batallas contra los moros, en 1213, un Rey de castilla, Alfonso IX, donó a la Orden la villa de Alcántara, de donde toma para la posteridad su nombre

Por los éxitos conseguidos en la Reconquista y posterior poblamiento, muy especialmente en Extremadura, fue en esta región donde su patrimonio era más importante, hasta conseguir, ya en el siglo XV,  que sus propiedades fueran evaluadas en lo siguiente: 54 comunidades, con un total de 14.000 vecinos, en 37 encomiendas, de las cuales se recaudaba una tan importante cantidad, en concepto de: arrendamientos de pastos, tierras de labor, huertas, portazgos, y asimismo parte del llamado “diezmo” que recibía de la Iglesia, que era quien lo recaudaba.

De la misma manera que en las demás Órdenes, también en esta, las apetencias de su control y de su gobierno fueron igualmente puestas de manifiesto por los que llamábamos “otros”.

Naturalmente.

Puede decirse que, posiblemente, con la conquista del Reino de Granada llegó el declinar, y parece lógico, de esta Orden y, casi también, de todas las otras.

Aparecen, entonces, las políticas de reinos, que lo envilecieron y  lo pervirtieron todo.

Era como lo de las autonomías de ahora, pero en serio.

Se pusieron de manifiesto y se mezclaron intereses, incluso dentro de la misma Orden, de bandos distintos: portugueses y castellanos, aragoneses,  y era natural, ya no existía un enemigo común, como lo era antes el infiel, eran ya  guerras de intereses territoriales, que dieron lugar, primero, a enemistades y, posteriormente a rivalidades y hasta hostilidades, que fueron la consecuencia de la degradación de la Institución.

Especialmente, de esta Orden, que estuvo implicada de manera importante en la guerra de sucesión castellana, en la que se dilucidaban los derechos sucesorios de Isabel de Castilla, sobre los de la Beltraneja, que defendía Portugal; ni que decir, que con la victoria de las armas castellanas fueron los Reyes Católicos los que se hicieron con su control, gobierno y posesión.

Y, por fin, la última de las llamadas nacionales: La Orden de Montesa.

Aparte de ser con la que concluye la sucesión de este tipo de instituciones, es la de menor relieve mediático, ya que se trata casi exclusivamente de un “invento”, desde luego, bien pensado funcionalmente, pero sin la estimación y seriedad  de las anteriores.

Las tres anteriormente analizadas son de origen castellano y de iniciativa privada.

Esta es aragonesa y el proyecto real.

Y la funda, naturalmente, un Rey aragonés, Jaime II, en el siglo XIV.

La pregunta es inmediata ¿Por qué?

Resulta que, con la disolución de la Orden del Temple, llevada a cabo por el Papa Clemente V; con la aquiescencia y complicidad del Rey de Francia, que le adeudaba a esta Orden gran cantidad de dinero, al igual que el propio Papa; pues bien, parecía natural, convinieron conjuntamente, en sistematizar su desaparición.

Si se ha dicho siempre: Muerto el perro se terminó la rabia; aquí debieron pensar, muerto el acreedor solventada la deuda…

Y pensaron en la extinción de la Orden, que llevaron hasta sus finales consecuencias, llegando incluso,  a enviar a la hoguera a algunos de sus últimos efectivos.

Fue algo así como: – me quedo con tu dinero, pero a poder ser, sin dejar rastros –

Sin embargo, ocurría que precisamente aquí en España, y sobre todo en el Reino de Aragón, existían importantes bienes patrimoniales de esta Orden; ¿y qué vamos a hacer con ellos? Porque si se los quedan los Hospitalarios, evidentemente, son mucho más ricos que el propio Rey…

Y eso, de ninguna manera.

Pues, parecía evidente, nos los quedamos nosotros. Eso, sí, pues muy bien.

Pero claro, a esto sin ninguna duda hemos de darle forma jurídica para que no parezca un robo.

Es verdad. Pensemos.

Vamos a decirle al Papa Clemente, que si fundamos otra Orden para luchar contra el infiel, (que eso le agrada mucho), nos deja usar el patrimonio del Temple.

Y Clemente, que dice que no.

Nuevas embajadas, y nada, que no.

Y San Tiempo, produce el “milagro”, y Clemente se muere.

Nuevo problema. El siguiente Papa dice que se haga cargo de los bienes  el Gran Maestre de Calatrava.

Y este argumenta: Bueno, pero el patrimonio que tiene mi propia Orden, aquí en Aragón ¿tengo que cederlo a la nueva Orden?, y a regañadientes, pero por fin, accede.

Jaime II, entrega un castillo de la localidad de Montesa en el  Reino de Valencia, a la sazón perteneciente a Aragón, en la comarca de La Costera, Y con 10 caballeros calatravos… y,  ¡Ya tenemos en marcha la Orden!

Esto fue el 22 de Julio de 1319, en Barcelona, y se nombra Gran Maestre de la Orden a Guillermo de Eril, un anciano caballero y experto soldado, pero que el pobre falleció al poco tiempo.

Ocurre que, entonces, varios nobles del reino de Valencia querían emanciparse de Aragón, y constituirse en reino independiente; y el Rey encarga al Gran Maestre de Montesa, un tal Arnaldo de Ferriol, que controle a los sublevados.

Lo que convirtió a la Orden, puede que sin querer, o queriendo, no lo sabemos,  en una, llamémosle, policía del soberano.

El último Gran Maestre se llamó Luis Garcelán de Borja; un golfo y, lo que es peor, maricón, condenado por la Inquisición, aunque salió peor parado el “novio”, un tal Martín de Castro, al que ejecutaron.

Hombre, entre esto, y lo del bochornoso orgullo gay, digo yo, que habrá un término medio. ¿No?

Con el que ejecutaron, evidentemente no; pero, con el otro, negoció Felipe II, ofreciéndole el Virreinato de Cataluña a cambio del control de la Orden; pasando de esta manera, aunque algo más tarde que las otras, al control de la Corona.

 Y he aquí, que al que llamaban el “prudente” era por algo; y él mismo y, sobre todo, su hijo, Felipe III, y demás descendientes, aprovecharon la Orden, exclusivamente, para premiar fidelidades; para recompensar éxitos y, a última hora, hasta como moneda de cambio, en alivio de la hacienda estatal, ya que siempre se ha pagado bien, y se seguirá pagando, eso de que puedan poner en tu esquela “Caballero de la Orden de Montesa”…

De lo que ya no estoy seguro, es de si ahora, se podrá pedir, no sé a quién,  ni tampoco el precio, ya que de no poder encontrarlo, incluso ni por Internet, habría que preguntar en Amazon, y en último extremo, habría que recurrir al Corte Inglés.

Pero, fuera de bromas, posiblemente estemos ante uno de los fenómenos sociales más importantes, y menos estudiados, de nuestra historia.

No se conoce, en realidad, la trascendencia que tuvieron las Órdenes Militares; ni su importancia, tanto bélica, como económica, ni por supuesto, la categoría moral de los que pertenecían a ellas, es decir, de sus “caballeros”, efectivamente, verdaderos nobles que ofrecían su vida en la batalla contra el infiel; frailes, sí, pero con espada y sabiendo usarla.

Desde el final de nuestra guerra civil, quedaron prácticamente marginadas hasta que el 2 de Abril, de 1980 que fueron inscritas por separado en el Registro Civil como federación de Asociaciones civiles, con carácter de organizaciones nobiliarias, honoríficas y religiosas.

De las que su primer Maestre fue Don Juan de Borbón, abuelo de nuestro actual Rey.

Don Pedro de Borbón Dos Sicilias y de Orleans, Duque de Calabria, es en el momento actual Presidente del Real Consejo de las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa.

Además ahora queda otra “cosa” que, con mis mayores respetos para los que la componen,  la llaman – Orden del Camino de Santiago – que como reclamo turístico es perfecta, y que nombran caballeros, incluso a alguna señora, y les ponen una espada en el hombro, me imagino que a un justo precio, lo que les otorga derecho a vestir un manto blanco y un birrete, con ocasión de la celebración de los capítulos.

 Y la verdad es que, viendo las caras de satisfacción y orgullo con  que se les ve desfilando, si no fuera muy caro, tal vez merecería la pena.

Pero, eso sí, creo yo que debamos seguir teniendo siempre presente nuestra inmensa gratitud, respeto y admiración a aquellos otros de entonces, que arriesgaban su vida, exclusivamente, por la exigencia de su fe, sin nada más.

¿Qué, efectivamente, están poco estudiadas?, Muy cierto. Son las auténticas grandes desconocidas de nuestra Historia

…….……….

-Pepe, también es verdad, que podías contarle algo al niño de estas cosas  de los castillos…

-No sé qué decirle, Mary, posiblemente, fuera que a los ricos de entonces no les gustara mucho la playa, y se hicieran los chalets en sitios así, más altos y menos calurosos…

-Hombre, Pepe, no digas eso, acuérdate de las películas…

-Pues no sé, sería para eso… para rodar las películas…yo qué sé…

-Pero anda, por favor mamá, a ver si consigues que el “jodío” niño se duerma y deje de darme el coñazo con las preguntitas… anda… que me va a dar el viaje…

……………

Habremos de disculpar al pobre conductor, padre del niño que pregunta, ya que este asunto de la Educación, lleva  muy descuidado en España, ya muchos años, y hasta es posible que a él tampoco se lo enseñaran.

Quizá.

 

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