Teresa de Cepeda y Ahumada

La Santa de Ávila

Posiblemente la más Santa de entre todas las intelectuales, y con seguridad la más intelectual de todas las Santas

Siguen acercándose a ella multitud de sabios atraídos por su obra, pero al conocerla, quedan todos seducidos por su persona. La fascinación lleva al encuentro.

Trataremos de entender clínicamente un cerebro y un cuerpo tan cercanos a Dios.

   No sé, si a vosotros os pasará como a mí, que no me gustan las obras de esos pintores tan descriptivos, que de tan reales que aparecen los elementos pintados, me resultan hasta aburridos.

Son esos cuadros tan dibujados, tan perfilados, que parecen auténticas fotografías, pues si, de verdad, dicen poco en mi interior, incluso, a veces, nada.

 Sin embargo, esos otros que aparentan no tener elaboración ninguna,  que resultan como simples pinceladas inconexas cuando los miras de cerca, y que, sin embargo, cuando te alejas y los observas a más distancia sientes lo que el artista quiere expresarte, sí, efectivamente, los impresionistas, esos me encantan.

Tal vez, porque con mi imaginación, parece que estoy poniendo yo,  algo de lo que  falta a la obra, no sé, subjetivamente creo que son, un poco, más propiamente míos.

Puede ser que en mi interior, hasta  tenga  la sensación de haber intervenido yo en algo.

Falacias, solo eso, imaginaciones…

Por ello, me gustaría que al tratar de hablaros ahora,  de una persona cómo “la Santa de Ávila”, así, sin adjetivos, para mí, una de las mujeres más importantes que han existido en la  historia de la humanidad, no me gustaría hacerlo, ni con muchas descripciones, ni muy elaboradas.

Voy a tratar de hacerlo como un impresionista: con pinceladas que puedan parecer aisladas vistas de cerca, para que luego vosotros elaboréis mentalmente, con vuestra imaginación, la figura completa de este maravilloso ser humano.

Y así, parecerá que también vosotros ponéis algo, como me pasa a mí con los impresionistas.

Porque de otra forma, querer acercaros ahora a un personaje de estas características, de verdad, os aseguro que sería para mi, francamente difícil.

Y, ¿por qué es más difícil aproximaros a ella, que a otros?

Pues veréis, es tal la grandeza espiritual que irradia esta persona que, a lo largo de los siglos, desde su muerte, ha concitado el estudio, la admiración, y hasta la fascinación del mundo entero en sus diversas y múltiples facetas que, de verdad, son muchas.

Ha existido de siempre un,  llamémosle “encantamiento” por explicar, pormenorizándolas, las  particularidades que concurrieron en ella.

Impresionante es, tanto ella misma, como persona, como su obra; al igual la literaria que la religiosa, la mística como la organizadora, la espiritual como la terrenal, y es por ello que, sea muy dificultoso un estudio ponderado y ecuánime, pues depende de la situación anímica y hasta espiritual del que lo realiza.

Una de las significativas cosas que hay que conocer de ella, digamos una primera pincelada de su vida, para empezar, es que estamos hablando de una de las treinta y cinco personas que son, por derecho propio,  nombradas por el Papa como Doctores de la Iglesia.

En este caso, Doctora, y no existen en el mundo, como digo, más que treinta y cinco en total, y entre ellos, cuatro mujeres.

Se trata: – Copio textualmente: –

 – De un título otorgado por el Papa, o un Concilio Ecuménico, a ciertos Santos, en razón de su erudición y en reconocimiento como grandes maestros de la fe, para los fieles de todos los tiempos –

   ¡Ahí es nada!

Y ahora,  si os ha picado la curiosidad, que es para lo que lo he hecho,  vais a Internet y ponéis en Google – Doctores de la Iglesia – , y  veis cuales son los otros treinta y un varones, y las otras tres mujeres.

Claro, de esta manera podéis ya comprender, lo expresado anteriormente sobre que, los análisis a los que se pueda llegar de una figura como esta, vendrán, en gran parte, condicionados por las creencias religiosas que tenga el que los realiza.

Lo mío, ahora, es dar, como hemos dicho, pinceladas inconexas; por ello, me abstendré de juicios que, por otra parte, ¿quién soy yo, para juzgar nada? y, simplemente, trataré de ofrecer rasgos, por supuesto, sin opinión, para que vosotros, con vuestra imaginación, lleguéis a conclusiones personales, es decir, como suele decirse  “a atar cabos”.

Ante un personaje, como vemos, de esta altura espiritual, científica, literaria y religiosa, se han acercado durante siglos, como decíamos, los críticos más diversos, con una u otra voluntad, y con las más variadas intenciones: unos, para ensalzarla y glorificar su memoria  otros,  aprovechando las particularidades de su persona para tratar de desprestigiarla y, con ella, a la Iglesia.

Me preguntaréis ahora, ¿desprestigiarla, por qué?, en realidad, no se trata tanto de su desprestigio personal, como de hacerla pasar por una enferma; unos dicen, que mental, otros aducen que se trataba simplemente de una epiléptica, así la han llamado “ilustre epiléptica”, puesto que sus arrebatos de misticismo pueden hacer llegar a pensar en patologías de lo más diverso.

Por ello, las primeras y más importantes pinceladas que tendréis aquí,  serán dadas con pinceles casi exclusivamente clínicos, por ser médico quien ahora, con verdadero respeto y hasta veneración, desea aproximaros a ella.

No penséis, por otra parte, que es un hecho de siglos pasados, no; es una figura, no digo actual, porque desgraciadamente estos temas de innegable profundidad cultural y, sobre todo, religiosa, no están de moda, pero sí, en ciertos círculos restringidos se sigue estudiando, criticando y analizando.

Si estudiamos, o simplemente con que leamos, alguna de sus múltiples biografías, y digo múltiples y posiblemente la expresión no sea afortunada, tendría que decir cientos y cientos, de las que se han escrito de ella, vemos, que una de las particularidades que más nos van a saltar a la vista es, la modestia de esta mujer.

Ahora, justo ahora, que esto de la modestia es un valor en franca regresión social, que no es de este momento, ahora, no solo no se valora, incluso, hasta pasas por ignorante, y sobre todo antiguo, simplemente al mencionarla, cuando no, en el peor de los casos hasta puede parecer un insulto:

 – Antes muerta que sencilla -, y esto lo dice una canción de éxito.

 Pues ella no.

Una de sus frases favoritas es: –

  • Cada día me espanta más el poco talento que tengo en todo –

Del libro de las fundaciones.

 Y esto lo dice alguien que es capaz de escribir:

                                                    Vivo sin vivir en mí

                                                 Y de tal manera espero

                                           Que muero porque no muero.

Pensad, por un momento, en el grado de espiritualidad, la altura de intelecto, la grandiosidad de alma que hace falta poseer para escribir versos de tanta belleza plástica, y que profundidad han de tener las ideas religiosas para escribir:

                                  No me mueve, mi Dios, para quererte

                                      El cielo que me tienes prometido

                                   Ni me mueve el infierno tan temido

                                       Para dejar por eso de ofenderte

Naturalmente, esto, creo yo, no lo puede escribir una persona con ningún tipo de demencia, y de ello deduzco que los críticos que dudan de sus facultades mentales, han de estar equivocados.

Es posible no creerla, se puede no entenderla, se puede no compartirla, pero no se puede dejar de valorarla, como así han hecho cientos y cientos de literatos, científicos y humanistas en general, del mundo entero.

Y por otra parte, de igual manera, se puede no participar de ella, se puede no sentirla, incluso hasta se puede no saber interpretarla, pero no se puede no admirarla como a un ser  muy superior.

Sigamos intentando aclarar, de la manera más analítica posible, una serie de procesos morbosos, patologías o enfermedades en las que se ha pensado que podía padecer, por los síntomas citados por ella en sus obras y que han sido manejadas por las más preclaras figuras de la medicina, tratando de entender si las características personales de la “Santa” podían estar relacionadas o condicionadas por alguna de ellas.

Dejamos claro, creo yo, descartar cualquier tipo de demencia; pero vamos a tratar de dar unas ideas generales sobre otras patologías que a lo largo de la historia se han manejado y que, incluso ahora, modernamente, se siguen considerando, como vamos a ver.

Una de ellas, la epilepsia, la denominada  – enfermedad sagrada – llamada así ya  por los griegos, de donde procede su origen etimológico, del griego (myeo), que significa iniciar; por lo tanto, para ellos, el epiléptico era el “iniciado”.

En la Grecia clásica, ser un iniciado equivalía a ser lo que conoceríamos hoy  como un místico, es decir, una persona que se había adentrado en los misterios de un dios (Eleusis), incluyéndose por ello en las recompensas de otra vida.

En sus orígenes, es decir, en los primeros estudios neurológicos de que tenemos noticia, se consideraba que este contacto con la divinidad se producía a través de una disfunción neurológica con agitación motora intensa, y de aquí el nombre de –  enfermedad sagrada -.

Uno de los científicos más importantes en el momento actual sobre estos temas, avalado internacionalmente, es el Prof. José R. Alonso. Catedrático de Biología Celular de la Universidad  de Salamanca y Director del  Instituto de Plasticidad Neuronal; formado en Alemania y Norteamérica; defiende la teoría, de que la epilepsia, está relacionada muy sugerentemente con la religiosidad, y agrega, después de estudios muy profundos sobre Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Ricci, Santa Teresa de Lisieux, y Santa Juana de Arco, que en todas ellas se dieron experiencias místicas, y que, igualmente, en  todas ellas aparecen rasgos comunes que dan motivo a pensar en la posibilidad de que exista un perfil común, es decir, una especial forma de ser, que podría estar relacionada con la probabilidad  de padecer epilepsia.

Así mismo, descubre estos posibles rasgos comunes en personas que, de alguna manera, están ligadas a ideas religiosas, incluso algunas, no católicas.

Por ejemplo,  Joseph Smith Jr.  El fundador del Movimiento de los Santos de los Últimos  Días, conocidos como los mormones, tenía ataques en los que con intensa actividad motora perdía la capacidad de hablar.   Ellen Gould White, una de las fundadoras de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, padeció fenómenos de actividad motora incontrolada, muy similares a lo que conocemos como epilepsia.  Por otro lado, se conoce por la obra del historiador Teófanes, que el propio Mahoma, padecía epilepsia.

Con todo ello, no creo que debamos dar imágenes absolutamente simplistas de estos hechos, pero este científico actual, lo que realmente quiere aportar es la idea de que nuestra fe, nuestra religiosidad, y nuestras creencias, residen lógicamente, en nuestro cerebro, que puede estar modulado e influenciado por  cualquier patología cerebral, y una de ellas, podría, efectivamente ser la epilepsia.

Puede, ser así, sin duda.

Esa “plasticidad” de nuestro cerebro de la que se habla ahora, ampliada sugerentemente por nuestros científicos, puede ser cierta, y estar influenciada por la genética y hasta por nuestras circunstancias personales; con ello es fácil aceptar la idea de que al igual que en otras facetas personales, podamos tener percepciones distintas, y por consiguiente diferentes conceptualidades, de hechos opuestos,  también puede ocurrir en lo referente a las convicciones relacionadas con la religiosidad.

En cuanto a que, si  Santa Teresa de Jesús era, o no, epiléptica, yo no soy quien, para juzgarlo, no creo tener ni argumentos convincentes, ni tampoco elementos de juicio absolutamente fiables; entiendo, eso sí, que tal y como ella describe en su obra, los fenómenos clínicos que se le producían, han sido investigados por auténticas eminencias médicas, de todos los siglos, desde Charcot, a  Novoa Santos y  han llegado a la conclusión de que, efectivamente, es posible que lo fueran.

Ahora bien, siguiendo las enseñanzas de Marañón, que tampoco quiso nunca  pronunciarse sobre este asunto, y sabemos que lo estudió muy profundamente, podrían tratarse de ataques epilépticos, sí, pero como también el gran maestro decía,  en ocasiones, se pueden padecer dos o más enfermedades al mismo tiempo, pudiendo unas, confundir o enmascarar a otras y, creo yo, que es lo que en este caso ocurre, como veremos más adelante.

Hemos visto la epilepsia, consideremos ahora otra enfermedad que se ha considerado posible que padeciera Santa Teresa, por los síntomas expresados por ella.

Paludismo, y observemos, primero, que en aquellos momentos, era endémico en España, lo sufrían innumerables personas, y hasta morían de ello; efectivamente, incluso ahora,  hasta conocemos a ciencia cierta, que fue la causa del fallecimiento de nuestro Emperador Carlos, en Yuste; y segundo, que las fiebres que define la Santa, como “cuartanas” son fiebres muy altas, de periodicidad determinada, y que pueden llegar a  provocar situaciones de importantes alteraciones de psicomotricidad, simulando enfermedad epiléptica…

Pues bien, no, de ninguna manera puede ser esto cierto.

 Y ¿por qué?  Pues simplemente porque Ávila y toda su provincia, que es donde se encontraba Santa Teresa, está situada  a más de mil metros sobre el nivel del mar, es de las provincias más altas de España, y a esas alturas, nunca jamás, se puede encontrar ni reproducir el Anopheles, que es el mosquito que hace de elemento transmisor.

Así que esto, citarlo, bueno, pero el que lo defienda como enfermedad que pudiera haber sido padecida por la Santa, está absolutamente equivocado.

Como podéis ver, estamos repasando las patologías más importantes que pudieron perturbar la salud de nuestra protagonista y con ello explicar, o más bien tratar de explicar, hechos que ocurrieron en su vida,   que ella cuenta, y que secundariamente influyeran en sus obras y en sus vivencias.

Se ha manejado otra patología que, en aquellos lejanos años, en los que vivió Santa Teresa, era también endémica.

La cisticercosis, una enfermedad parasitaria, que puede llegar, en una de sus complicaciones más serias, pero frecuentes, a desarrollar una llamada, neurocisticercosis, es decir, el hecho de que el parásito llegue  a invadir el cerebro.

No merece detenerse mucho en ella, puesto que es una patología muy grave y casi siempre mortal hoy en día, y  naturalmente más, en aquellos años.

Descartémosla, y si alguien, dado que puede llegar en algún momento de su evolución, a simular epilepsia, ha pensado en ella, rotundamente también, está equivocado.

Por último, vamos a fijar nuestra atención sobre una patología, que esta sí, cumple a mi modo de ver, todas las posibilidades diagnósticas que se adaptan a las particularidades que enumera la propia protagonista en sus obras, en cuanto a los síntomas que la aquejaron.

Y  es, la Brucelosis, o también denominada Fiebre de Malta.

Esta enfermedad, siempre ha sido endémica en España, se produce por la ingestión de productos derivados de la ganadería, sobre todo, leche o carne de animales domésticos, principalmente de  cabra, que es uno de sus más importantes reservorios.

Su sintomatología está, punto por punto, en consonancia con lo que ella escribió, en lo que corresponde a sus síntomas:  dolores articulares, contracturas musculares, fiebres ondulantes, y también en lo que se refiere, posteriormente, a los cuadros clínicos que se producen en una de las complicaciones de la enfermedad: la meningoencefalitis, que es prácticamente el cuadro que está descrito, ocurrido el 15 de Agosto de 1538, en el que entra en coma profundo, hasta tal punto que la dan por muerta, con contractura de todo su cuerpo, y que está definido actualmente, como que, incluso de una extrema gravedad, puede desaparecer de manera espontánea, con pocas secuelas.

Pensemos, por un lado, que esta enfermedad, incluso ahora, en la actualidad se sigue padeciendo, a pesar de los importantes medios de profilaxis como la pasteurización de la leche, que son empleados sistemáticamente,  y por otro, que entonces los conventos se abastecían preferentemente de productos que donaban las propias familias de las monjas, y es conocido que su padre tenía en Gotarrendura, a 19 Kilómetros de Ávila, fincas en las que se criaban, según conocemos, hasta dos mil cabezas de ganado, sobre todo caprino.

¿Puede alguien pensar, sensatamente, que estas monjas no comieran queso de cabra?

No, rotundamente, está claro.

Pues, un catedrático de Patología de la Facultad de Medicina de Cádiz, y gran humanista, y gallego, por más señas, Don Avelino Senra Varela tiene escrito un libro sobre esta teoría que, para mí, satisface y aclara bastantes  incógnitas.

Por otra parte, y en el mismo sentido, se conocen y están descritos bastantes casos de una complicación tardía de esta enfermedad: la predisposición a los movimientos repetitivos incontrolados, cuadro clínico que cursa algo así, como lo que conocemos ahora como Parkinson, que en este caso no lo es, pero se asemeja mucho y, sí conocemos, que ella lo padeció a partir de los 50 años.

Pero esto no quiere decir, a mi modo de ver, que aun pudiendo ser esta posibilidad absolutamente cierta, que no pudiera existir esa llamada predisposición epiléptica, como patología acompañante; es perfectamente posible.

Falta, eso sí, desde luego, una corroboración absoluta.

Que, sin embargo, existen en algún momento de su vida unos hechos conocidos, cargados de misticismo y contados por ella misma, en los que siente auténticamente dolores torácicos muy intensos y, con ellos, falta de vida, palidez, y aceleración del pulso, pudiendo corroborarlo el hecho de que, también en su corazón incorrupto, se haya evidenciado que existe una cicatriz,4 en la que siempre se ha pensado como consecuencia de la cicatrización de la herida que le infringió el ángel en la transverberación, representada en el magistral conjunto escultórico realizado en mármol por el genial Bernini, llamada “El éxtasis de Santa Teresa” y que sin embargo, para los anatomo-patólogos que lo han estudiado en esa pieza anatómica, conservada incomprensiblemente intacta, es con seguridad, la señal de un infarto de miocardio.

Vamos a dar unas pinceladas de su vida: incluso el lugar de su nacimiento se discute ahora; con esta mujer, no sé lo que pasa, pero todo se discute, todo se polemiza, y se analizan hasta detalles mínimos; es seguramente, como consecuencia de su enorme talla humana y  espiritual, que despierta la curiosidad de todos, siempre, hacia lo más relevante y,  lo más excelso.

1Incluso, su lugar de nacimiento, ahora, no está claro, de toda la vida se ha dicho, Ávila, sin dudarlo, bueno, pues parece que  ahora, a la vista de los últimos estudios, nos dicen que nació, precisamente en Gotarrendura, localidad a unos veinte kilómetros de Ávila, donde sus padres tenían tierras propias.2

Eso sí, la fecha no la discute nadie, 28 de Marzo de 1515.

Segunda hija, del segundo matrimonio de su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, hijo de un judío converso de Toledo, que se traslada a Ávila y pone en marcha un próspero negocio de paños, que luego continúa su hijo, el padre de Teresa.

Por tanto, nuestro personaje pertenece a una familia acomodada y ella vive, y eso está claro, en un ambiente, no de opulencia, pero sí de holgura económica.

Aficionada desde su niñez a la lectura, la definen sus biógrafos como espabilada y  alegre. En su adolescencia, ella misma es, la que se define como:

 “ Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con muchos cuidados de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa.”

Y parece que ella misma se da cuenta y escribe algo, a mi parecer muy importante, para la educación de los hijos adolescentes:

““Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos, porque aquí está
mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor que a lo mejor.”

Es de esta etapa de su vida cuando escribe:

Enemiguísima de ser monja….. (Libro de la Vida II/ 8)

 Y aunque desde luego en aquellos tiempos, las costumbres no eran como las actuales, sea por demasiado rigor paterno, o en prevención de males mayores, el propio padre la hace ingresar en un convento.

Y así lo cuenta, a sus quince años:

Porque no me parece había tres meses que andaba en estas vanidades, cuando me llevaron a un monasterio que había en este lugar, a donde se criaban personas semejantes, aunque no tan ruines en costumbres como yo.

Efectivamente, permanece en el Monasterio de Gracia, regido por agustinas, durante algún tiempo, y sale por no encontrarse bien de salud.

Repuesta de su enfermedad, ingresa, ahora sí, por propia convicción en el Convento de la Encarnación de Ávila.3

Y desde aquí, creo yo, que lo sensato no es seguir describiendo su vida, con sus avatares, sus problemas y contratiempos, muy al contrario, quede esto para sus propios biógrafos, que los hay y muy buenos; pero yo me voy a limitar a estudiar, o al menos tratar de llamar la atención, sobre la trayectoria de esta excepcional figura, en tres planos: el espiritual, el socio-organizativo, y el cultural-literario.

Veamos: en el espiritual, me atrevería a considerar que posiblemente, y dentro de lo que podríamos llamar, para hacerlo más entendible a nuestro juicio, – acercamiento a Dios –  es decir, común unión con El, sea la persona que a juicio de todos los teólogos que la han estudiado, ha llegado a los más altos grados de misticismo.

Posiblemente, este criterio, sea suficiente y nos aclare la dimensión del personaje en este terreno.

En el socio-administrativo, consigue durante su vida, fundar muchos conventos, tantos, que parece hasta imposible la labor, considerando las distancias y los medios de transporte. Caminos de piedras y carros de mulas.

Y otra, y no menor, en este mismo campo y, posiblemente más valiente y hasta arriesgada, atreverse a reformar, nada menos, que su propia congregación, el Carmelo, por lo que se la persiguió, agravió, y difamó.

Por último, en el plano cultural-literario, es donde la podemos considerar un auténtico y excepcional prodigio. Sus obras literarias más importantes, solo citarlas, ya es asombroso: Camino de Perfección, El Castillo interior (Las moradas), Conceptos del Amor de Dios, El Libro de su vida, Las Fundaciones, de Las Relaciones, de las Constituciones. Versos, y más de 400 cartas a los más diversos personajes de su tiempo.

Sin ir más lejos, y para que no parezca exageración, basta decir que figura en el Catálogo de la Real Academia, como autoridad reconocida.

Podemos pensar, que su mérito no es exclusivamente por la cantidad ingente de sus obras, lo es, además, por su fondo y forma, sí, ya que, autoridades, como nuestro ilustre coruñés  Menéndez Pidal, dice:

 – “el castellano de Santa Teresa es único, su lenguaje es todo amor;  es un lenguaje emocional que deleita en todo lo que contempla, sean las más altas cosas divinas, sean las más pequeñas humanas: su estilo no es más que el abrirse la flor de su alma con el calor amoroso y derramar su perfume femenino de encanto incomparable”-.

¿Se puede escribir algo más bonito…?

Seguramente, sean cientos y cientos los panegíricos y alabanzas que de ella se han hecho, algunos de gran belleza, como Gabriel y Galán que decía:

 – “Mujer de inteligencia peregrina y corazón sublime de cristiana, fue más divina cuanto más humana, y más humana cuanto más divina”-

Es en verdad un personaje imponentemente luminoso que deslumbra a quien lo mira de cerca, sin duda, por lo que antes citábamos: su sencillez, que alcanza  cotas tan altas, que diríamos que podemos considerar, que llegan a ser sobrenaturales.

Una última pincelada para cerrar el círculo de esta extraordinaria persona.

Y es una reflexión a la que me lleva, por un lado la admiración, y por otro, las incógnitas que deja en mi ánimo.

¿Os dais cuenta de cuánto falta por estudiar del cerebro humano?

Ya sé que me vais a decir que se ha adelantado mucho.

Sí, claro, pero observad que, aunque efectivamente, ya podemos definir ciertas áreas de nuestro cerebro donde se pueden situar funciones anímicas, como la religiosidad, la sexualidad, incluso la violencia; y conocemos el paleocortex, nuestro cerebro antiguo, donde se sitúan nuestros instintos, y que, por cierto, compartimos con vertebrados inferiores; pues, si ahora nos hablan de esa plasticidad cerebral, que modula, por causas que desconocemos, muchos de nuestros comportamientos, ¿veis cómo prácticamente está casi todo sin explicar?.

Faltan generaciones y generaciones de estudiosos, y de científicos que rellenen estos huecos que ahora padecemos.

Me imagino a alguien como yo, en el Siglo XV, por ejemplo, y que le pasaría igual, bueno, posiblemente más a él, que a mí ahora.

¿Qué efectos, con qué motivos, porque causas, y sobre qué áreas, y en qué momentos, actúan sobre nuestra mente para que puedan llegar a modularse, por ejemplo, un cerebro como el de Santa Teresa, o el de Adolf Hitler?

Algunos, con vuestra mejor buena voluntad, que yo siempre respeto, y además agradezco, me vais a decir que es cuestión de libertad humana y de fe.

Bien, de acuerdo, pero es algo así, como si hace doscientos años,  alguien, queriéndole explicar a un amigo las maravillas del techo de la Capilla Sixtina, le dijera:5

-Mira, de verdad no sé que decirte, vete a verla, porque a mí lo único que se me ocurre es, hacerte el comentario de que es muy bonita.

Afortunadamente, después llegó la fotografía, e incluso el vídeo; esperemos y confiemos que con los años, lleguen más adelantos técnicos que nos acerquen a comprender los muchos secretos del cuerpo y los innumerables del cerebro.

Pero algo sí es seguro, por muchos avances técnicos que nos depare la ciencia, será siempre muy difícil admirar tanto y sentirse tan atraído a  una figura como esta, como a los que, con buena voluntad, lo hacemos ahora.

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