Dos masones en el trono de España

José Bonaparte y Amadeo de Saboya

Dos retratos diferentes para la galería pero solo eso, sin ningún resultado.

No sabemos si habrá habido alguno más, pero estos dos, sí lo fueron, seguro y, curiosamente, no eran Trastámaras, ni Austrias, ni tampoco Borbones

Uno, José Bonaparte, en el Trono de España desde 1808 a 1813, y el otro, Amadeo de Saboya, desde 1871 a 1873.

Dos figuras.

Uno al principio, y otro casi al final del Siglo XIX.

¿Diferencias?, pues sí, uno fue impuesto por la fuerza de las armas, el otro no, al de Saboya se le buscó en todas las casas reales de Europa para desempeñar el cargo. Pero ninguno de los dos llegó a nada más que a ser eso, solo una figura, en el mismo escenario, aunque en distintos momentos, pero con características similares en ambos: exclusivamente buena voluntad, que no es poco, pero solo eso; así mismo, también muy similares en lo que se refiere al pueblo al que administraron, y a los dirigentes españoles que los acompañaron en sus tiempos de  reinado: todos ellos ineptos, torpes, mentirosos, cobardes, envidiosos, pusilánimes, granujas y, algunos, hasta malvados.

Vamos, más o menos, como ahora.

Posiblemente sea, como suele expresarse, en aquella frase ya célebre,   de que “cada pueblo tiene los políticos que se merece”, será que, nosotros, los españoles, nos los merecemos así.

Puede ser cierto, tal vez, por dos factores: por un lado, teniendo en cuenta que nuestro deporte nacional siempre ha sido el mismo: detestarnos unos a otros y, por otro, que  nuestro nivel cultural, ya se han encargado nuestros dirigentes, de que  ancestralmente haya  sido muy bajo.

Pero vamos por partes, ¿seguro que eran masones los dos?

Sin duda. El uno, José, Gran Oriente de Francia e Italia. Y fundador, por si faltaba algo, de la gran Logia de España.

El otro, el de Saboya, grado 33, que desde fuera parece mucho, de obediencia al Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

¡Ahí es nada!

Hay efectivamente, como en casi todos los hechos históricos, luces y sombras, claros y oscuros, resplandores y bajezas, como siempre, ni todo malo, ni todo bueno. ¿El balance?: el de siempre, lo dice todo el último párrafo de la carta que escribe Amadeo al Congreso, renunciando a Trono:

Estad seguros de que al desprenderme de la corona no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada y que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarle todo el bien que mi leal corazón para ella apetecía.

Clarísimo.

Lo primero, poner nuestra atención sobre algo importante: entender, a ser posible, qué es la masonería.

Ateniéndonos a la definición que de ella nos hacen, es simplemente: – una asociación libre de hombres que solo dependen de su conciencia, y que tiene como objetivo el perfeccionamiento moral de la humanidad. –

Así de simple. Pero, tengamos en cuenta, que esta definición está expresada por ellos mismos.

De ser esto así, y cierto, ¿a qué vienen toda esa serie de advertencias en cuanto a que es una sociedad secreta y diabólica? Y porqué,  además ha venido siendo perseguida con tanto rigor en anteriores regímenes políticos.

Es posible, que tengamos que buscar más profundamente muchos aspectos desconocidos, para llegar a un mejor entendimiento de tal sociedad.

Desde luego, lo que sí parece seguro es que es aconfesional y adogmática, posiblemente, de ello se derive el que haya sido tan mal vista, agraviada y hasta hostigada, en regímenes donde el clero ha influenciado mucho la política.

Pero, como siempre, cuando se considera no tener suficientes elementos de juicio, es mejor abstenerse de dar opiniones.

Vamos a empezar, si os parece, por José. Exclusivamente, por cuestión de antigüedad.

A José Bonaparte, podríamos llamarlo: el único hombre, al que en el transcurso de su vida se le han ofrecido tres reinos. Que no está nada mal.

Y de los tres ejerció dos, el de Nápoles y el de España; el tercero que se le ofreció, el de Méjico, no llegó a ejercerlo.

Aún así, posiblemente, sea un récord mundial.

Comencemos: en la familia de Napoleón eran ocho hermanos, por este orden: José, el mayor, Napoleón el segundo, Luciano, Elisa, Luis, Paulina, Carolina y Gerónimo. No hace falta decir que siendo hermanos de aquel “monstruo”, pues sí, todos hicieron carrera, parecía natural. Pero,  curiosamente, el mayor, José,  este al que ahora nos referimos para tratar de dar unas pinceladas sobre su vida y sus hechos, no, tonto no era. Hasta me atrevería a suponer, después de leer mucho sobre su figura política, que poseía unas dotes de inteligencia,  razonamiento y, sobre todo, prudencia superiores a las de su hermano “el coloso”.

Pero ocurre, como siempre, cercano a aquella gigantesca figura de Napoleón, todo se eclipsa.

Efectivamente.

Nace nuestro hombre en Corte, una ciudad en el centro de Córcega, en Enero de 1768, solamente once meses antes que su hermano, Napoleón, que ya, trasladada la familia, nacería en Ajaccio, la capital.

Estudia con los Jesuitas, en su infancia y, posteriormente Leyes llegando a desempeñar el cargo de Diputado por Córcega en el célebre Consejo de los Quinientos, es decir, la Cámara Baja, que junto con el Consejo de Ancianos o Cámara alta, regía los destinos de la Francia del Directorio, o sea, una de las formas de gobierno en la República francesa, durante la Revolución.

Disuelto el Consejo de los Quinientos por Napoleón, pasa a ser nombrado primero, embajador en Roma, llegando algún tiempo después a Ministro Plenipotenciario, miembro del Consejo de Estado y, posteriormente, Príncipe y Gran Elector del Primer Imperio Francés.

Parece ser que son muy de destacar sus habilidades como buen mediador y diplomático; siguiendo, eso sí, siempre, las indicaciones, cuando no las órdenes, de su hermano. A él se deben las firmas de acuerdos importantes con el Vaticano, Austria, Estados Unidos e Inglaterra.

Puede que esto sea importante, pero hemos de tener en cuenta, para no equivocarnos, a quién representaba; nada menos que, posiblemente, al hombre que más poder ha llegado a adquirir en el mundo civilizado, un auténtico coloso del que se guardará siempre memoria, sean cuales fueran los juicios que nos merezca.

Al contrario que su hermano Napoleón,  José fue siempre un personaje en el que dominaba el talante conciliador, era de naturaleza diplomática y pacifista en lo institucional, antagónico a su hermano menor, pero naturalmente, con una personalidad mucho menos arrolladora que la de él.

En 1806 es nombrado por Napoleón para instalarse en el Trono de Nápoles, que ocupa durante dos años; y en 1808, ante los acontecimientos que se producen, cambia los personajes y al General Murat, que mandaba las tropas en España, lo nombra Rey de Nápoles y a José, Rey de España.

Tal era la autoridad que había conseguido aquel súper-hombre.  Europa, hubo momentos, en los que era, simplemente un tablero donde él ejercía su mando, como si de un verdadero juego se tratara.

Y naturalmente, ahora, la pregunta que aparece es ¿Cómo es posible que se llegue a esta situación? ¿Qué mecanismos han de ejercerse para que esto ocurra? ¿Qué situaciones han de darse para llegar a estos hechos?.

Pues está claro: por un lado, efectivamente, méritos propios, relativos, muy relativos, pero merecimientos al fin, en lo referente a fuerza, y ánimo de engrandecimiento de la propia Nación y, por otro, infortunio de los otros, por tener al frente de los destinos de Paises vecinos, que en nuestro caso, en España, eran  los más incapaces, ineptos, débiles, cobardes y egoístas dirigentes que serán, sin ninguna duda,  los culpables de todas y cada  una de nuestras desgracias históricas, y ésta, en definitiva, no es más que una de ellas.

Afortunadamente, ahora, a sus descendientes incluso podemos, hasta respetarlos, ya que, gracias a las costumbres tan corrompidas, viciosas y libertinas se han ido, parece ser, perdiendo características anímicas tan  vergonzosas, ganándose en otras, más de tipo morfológico, como la estatura, y aunque nos cuesta mantenerlos, gracias a Dios, ya sus decisiones están sometidas exclusivamente a disposiciones que emanan, no de sus caprichos, si no directamente de nuestra Constitución.

Hemos de partir, como hecho cierto, para exponer el reinado de José I en el trono de España, de que se superpone, y es absolutamente natural, con la que se ha llamado Guerra de la Independencia de España, La Francesada, o la Guerra de los Seis Años.

Y, ¿cómo se llega a ella?

Pues veréis, muy esquemáticamente, pero fue así:

Es el engaño de un poderoso (Francia) a un tonto (España), para invadir a un débil (Portugal) aliado de un golfo (Inglaterra) y esto va a poner en marcha una situación por la que entre el débil y el golfo, luchando contra el poderoso, le expulsan de casa del tonto, que naturalmente como no tiene otra y, no se puede marchar,  se la dejan tan destrozada por la guerra, que ya, incluso ni al poderoso le interesa quedársela.

Veamos entonces, cuales son las fases de esta guerra, que es el tiempo justo durante el cual José I, que aunque no nos agrade reconocerlo, es el primero que ocupa el Trono de España, constitucionalmente.

Sí ya sé, menuda constitucionalidad, que viene dada por un invasor, de acuerdo, pero pensando en lo que pasó después, tenía hasta ventajas.

Sí, el Trono lo ocupaba ya el “felón”, ese infame traidor a todos, y a todo.

Efectivamente, lo habéis adivinado: Fernando VII.  En el cual  ya había abdicado su padre, Carlos IV,  hastiado de ser engañado y traicionado por él, y también enredado por su mujer, la de los veinticuatro embarazos, que tan afectuosamente veía, casi con exclusividad, por los ojos de su apreciado Godoy.

Napoleón, los manda ir a Bayona, ¡a todos!.

Y al “niño” también, aunque sea Rey. Todos aquí, y ahora.

Y una vez reunidos, ordena al hijo, que renuncie a sus derechos dinásticos a favor de su padre, otra vez.

Nuevamente, es Rey Carlos IV, y dispone en el mismo acto, que este, abdique, y los derechos pasen a su hermano José, en virtud de unos documentos que deben firmar todos, ahora,  !ya mismo!  conocidos como las Abdicaciones de Bayona.

De no ser porque estamos en 1808, y hasta 1812 no se promulga, aquí sí que vendría bien eso de: ¡Viva la Pepa!

Conviene entender también, para comprenderlo todo, dos cosas: una, que ya por el Tratado de Fontainebleau, que había firmado un año antes Godoy, se permitía a las tropas francesas el paso por territorio español con el fin de invadir Portugal, y otra, que existían también en la población española bastantes personas que pensaban más liberalmente y, que a su vez, estaban hartos y desencantados del absolutismo despótico que se vivía en España: eran a los que se llamaba “afrancesados”, producto naturalmente, de la influencia de las ideas que había extendido por toda Europa, la Revolución francesa.

Es decir, las tropas, ya habían ocupado muchas ciudades españolas, y sus exigencias en cuanto a la manutención y aprovisionamiento, junto a los desmanes provocados, dieron lugar a múltiples incidentes, con un fulminante extraordinariamente potente, que fue el levantamiento del pueblo de Madrid, y su archiconocido “2 de Mayo”.

Puede ser que el hecho, casi anecdótico, de que un alcalde, el de Móstoles, le declarase la guerra a Napoleón y las noticias de la extraordinariamente sangrienta represión a que dieron motivo estos acontecimientos, fueran la fuerza que llevó a la población en masa a una lucha feroz contra el invasor extranjero, con victorias como la del Bruch y, sobre todo la de Bailén, así como las heroicas defensas de Valencia y Zaragoza.

Tanto, que el Rey, ya en Madrid y coronado, como medida de precaución, hubo de salir hacia el Norte.

Naturalmente, no hay ni que contarlo, siendo españoles, ya que se da por supuesto que las rivalidades entre los generales, por una parte,  y por otra, la falta absoluta de coordinación, cuando no, los enfrentamientos entre las diversas Juntas Locales y Provinciales que se habían creado, llevaron a la práctica paralización de las acciones militares.

Y es, cuando el propio Napoleón, al frente de la llamada Grande Armée, compuesta por 250.000, hombres, entrenados en los campos de batalla de todo el mundo, aguerridos y veteranos soldados, entra en España; casi podríamos decir que “pasea”, llegando, tras las victorias en Espinosa de los Monteros, Guadarrama y Uclés, a poner sitio, primero a Sevilla y posteriormente a Cádiz, obligando a la Junta de Gobierno española absolutamente indefensa, a admitir la total capitulación.

En su fulminante campaña, pasa por Madrid que esperaba entre angustiada y expectante la llegada del emperador, del coloso, del fabricante de nuevos reinos, como se le motejaba; que en aquellos momentos tenía: contenida a Inglaterra, asustada a Rusia, vencida a Prusia, amedrantada a Austria y oprimida a Italia, le faltaba exclusivamente España, que ya era también casi suya, y por supuesto, Portugal.

Efectivamente, el día 1 de Diciembre, después de la muy comentada carga de la caballería polaca en Guadarrama, llega a Madrid; su población intenta resistir, entre los clamores de ardor patriótico y la auténtica desesperación, pero nada es suficiente.

Se aniquila la resistencia que se había formado entre los altos del Pozo de la Nieve y  Conde Duque, es decir entre la actual Glorieta de Bilbao, y el Palacio de Liria, que entonces no existía.

En la noche de ese mismo día el General Villate, se situó con sus tropas frente al Retiro, Rufin, entre Recoletos y Santa Bárbara, y la artillería de Senarmont, comienza a  bombardear la calle de Atocha y la Carrera de San Jerónimo.

Y a las dos de la tarde del día 3, se alza la primera bandera blanca en la torre de la Iglesia de Santa Cruz. En la madrugada del día 4, el general Morla, como representante militar y Don Fernando Vera Pantoja como representante civil, acuden al alojamiento de Napoleón, en Chamartín, y le ofrecen la rendición de la capital, que Napoleón acepta.

Naturalmente, el Rey, José I, ya había vuelto a Madrid, y se alojaba en el Palacio Real.

Y en ese fugaz paso por Madrid, dicen las crónicas que “acampó” con sus regimientos en las cercanías , precisamente en Chamartín, pues es mentira; lo cierto es que se alojó en un palacio, que anteriormente había sido propiedad del Duque del Infantado y en ese momento pertenecía a la Duquesa de Pastrana, dentro de una finca de unas 10 a 12 hectáreas, en unos altos a los que se accedía por un camino que comenzaba en lo que se conocía entonces como Camino de Francia, actualmente el Paseo de la Castellana, aproximadamente en lo que ahora es el Estadio Bernabéu,  y ocupaba lo que hoy en día  son los colegios de los Sagrados Corazones y San Agustín, incluido el edificio de Eurobuilding y el Hospital de San Rafael.

Pero, efectivamente, aquella guerra fue finalmente ganada por los españoles, sin duda, pero es bueno tratar de entender el ¿Por qué?

En primer lugar, por la aparición de un fenómeno que, sociológicamente, hoy entendemos como muy claro: las guerrillas, que es una forma de hacer la guerra de diferente manera.

Se crearon en todo el territorio nacional pequeños grupos, que hostigaban continuamente al ejército regular francés, en sus comunicaciones, en sus desplazamientos, y era imposible una acción abierta contra ellos. Llegó un momento en que las ciudades, sí, pero el campo abierto, no era del dominio francés.

Muy poco, o nada, hay que conocer el espíritu independiente, desordenado y anárquico de los españoles para entender perfectamente este fenómeno. Aparecieron cientos de figuras en todo el territorio nacional, personajes que con un valor inigualable se “echaban al monte” dando motivo a que el Primer Ministro Británico, en aquel momento, pronunciara estas palabras:

  • Yo aseguro que España será la primera nación del continente que hará frente a Napoleón, con una guerra de guerrillas, ya que aunque su aristocracia está envilecida y su Gobierno sea despreciable, la gente, es decir el pueblo, aun tiene sentido del honor, sobriedad y odio a los franceses

Algunos, conocidos, El Empecinado, El cura Merino, el médico Juan Palarea, Juan Alfonso “El barbudo” y un larguísimo etcétera.

El pueblo, siempre el pueblo, tiene que resolver los errores de sus dirigentes, como siempre, de forma distinta, ya que son otros tiempos, pero parece tan actual. ¿verdad?.

¿Problema,? pues sí, que de esa manera, exclusivamente, la guerra hubiera durado muchísimos años.

En segundo lugar, y posiblemente más definitorio, el hecho de que al “Corso” en ese momento, le hacían falta tropas en gran cantidad para lanzarlas contra Rusia. Y crear con ello la célebre incógnita histórica, que luego, muchos años más tarde, repetiría Hitler, de llevar todo su ejército a la aniquilación más absoluta luchando, exclusivamente, contra el frio invierno ruso.

Pero afortunadamente se los llevó de aquí, de España.

Podría, desde luego, haber durado menos la contienda, de no ser por una medida, del propio Napoleón que, efectivamente era un genio, y se dio cuenta de algo, que incluso ahora, muchos de nosotros, o no queremos ver, o se nos escapa, por falta de entendimiento, y es: nuestra absoluta falta de cohesión nacional. Puso en marcha en unas cuantas regiones, unos gobiernos militares, subordinados directamente a París; y apuesto pincho de tortilla y caña, a que acertáis cuales fueron:   Navarra y el País Vasco.

Sin contar con la anexión formal, por Decreto de Enero de 1812, de Cataluña, al imperio francés, con cuatro demarcaciones o departamentos: Ter, Segre, Montserrat y Bocas de Ebro.

Hubo de esperarse hasta el verano de 1812, fecha en la cual se libró la célebre batalla de los Arapiles, en el sur de Salamanca, donde las bajas francesas fueron 12.000.

El ejército formado por tropas portuguesas, inglesas y españolas al mando del Duque de Wellington, venció contundentemente, pero veamos y juzguemos: las bajas inglesas fueron 5.220, las bajas portuguesas, 2.038, y las españolas, sin embargo, 6.

Las tropas francesas que quedaban, abandonaron Andalucía y así mismo el propio Rey, José Bonaparte se marchó de Madrid, instalando la corte en Vitoria y no fue hasta el año siguiente, en Junio de 1813, librándose otra la batalla en los alrededores de esta ciudad, cuando las tropas francesas, y por tanto el propio Rey, fueron expulsados de territorio español.

No hay duda de que, para España, fue una de las más importantes catástrofes de su historia, pero para el propio Napoleón, también supuso un auténtico desastre, y lo expresaba personalmente así:

Esta maldita Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia. Todas las circunstancias de mis desastres se relacionan con este nudo fatal: destruyó mi autoridad moral en Europa, complicó mis dificultades, abrió una escuela a los soldados ingleses… esta maldita guerra me ha perdido.

Parece, ahora ya, ecuánime y justo referirnos al plano personal de José I.

Posiblemente, con esta figura histórica podría estudiarse a la perfección lo que ha significado siempre la propaganda negativa, en los juicios a que puede llegarse de cualquier político, incluso no ya solo de su gestión en el momento, sino de su proyección en tiempos muy posteriores.

Si a cualquiera de nosotros nos preguntan ahora ¿cuál ha sido el criterio que nos ha llegado de este personaje? ¿qué sabemos de él?, casi nada; sí, una cosa sí, su nombre.

Pepe botella.

Eso, a nosotros, 200 años después, para los de su tiempo: Pepe plazuelas, enfermo sexual, tuerto, jorobado y glotón, violento y de poca sesera, así como ludópata y golfo empedernido.

Bueno, pues vamos solamente a enumerar muy someramente algunas de sus realizaciones en el poquísimo tiempo que ejerció su autoridad.

En el plano legislativo.- La abolición de los derechos señoriales, del Voto de Santiago, de la Mesta, de la Inquisición, de las Aduanas Interiores, que las había entonces, como posiblemente ahora, dentro de muy pocos años vuelvan a instalarse, de no paralizar esta maldición de las autonomías; así mismo, se abolieron todas las Ordenes Militares, todas las Órdenes Religiosas, todos los Consejos, excepto el de Indias y, también,  todos los títulos de nobleza, a los que se ordenó solicitar una nueva concesión en la que se revisaría su idoneidad.

En la administración.- se centralizó el caos que siempre ha sido nuestro régimen administrativo, haciéndolo más eficaz con la racionalización de funciones y exigiendo mayor dedicación, a muchos menos  funcionarios públicos.  Se eliminaron leyes que obstaculizaban el libre tránsito de mercancías, así como otras que eran auténticos impedimentos para el desarrollo agrícola.

Se crearon 38 Prefecturas con iguales derechos en todo el Territorio nacional.

Se pusieron en marcha escuelas secundarias en las grandes ciudades instándose a la confección de nuevos planes de estudio.

En el orden urbanístico, que fue uno de sus mayores logros, de ello el “mote” de Pepe plazuelas, se ordenó la demolición de muchas construcciones, creándose plazas y jardines en gran cantidad de   ciudades, y se realizaron traídas de aguas y sistemas de alcantarillado.

En el plano social, se inauguraron teatros, a lo que era muy aficionado, y numerosos espectáculos.

Vamos, que podemos decir, sin temor ninguno a equivocarnos, que fue el primer Rey republicano, de hecho, lo que él mismo era.

Y es curioso, de lo único que no se le acusó, que es de lo primero de lo que se acusa en España, a alguien que se quiere desprestigiar, incluso ahora que está bien visto, fue de maricón y, claro, es que eso no podía colar, exclusivamente, por el hecho de que, en poco tiempo, consiguió los favores de varias damas, digamos, bastantes, bueno, muchas:

Doña Teresa Montalvo, una hermosa habanera, viuda del Conde Jaruco, y posteriormente de su hija,  Mercedes. La esposa del general Merlín. La soprano italiana Fineschi.  La mujer del embajador de Dinamarca. La baronesa Burke. Nancy Derieux, y algunas más.

De la primera queda hasta una coplilla, a las que tan aficionado ha sido siempre el pueblo de Madrid:

La señora condesa tiene un tintero/ Donde moja la pluma/ José primero.

Con el “ocaso” de su hermano, y después de la “aventura” española emigró a Estados Unidos, con una buena fortuna, que le proporcionó la venta de joyas y pertrechos conseguidos; donde vivió una vida de lujo y ostentación, en aquel mundo, que entonces desconocía completamente este tipo de composturas europeas.

Al final de sus días, se instaló en Florencia, donde murió en 1844.

Y está enterrado en Los Inválidos, en París, a la derecha de su hermano Napoleón.

Posiblemente, fuera solo la falta de voluntad lo que le impidió adoptar una postura heroica ante su hermano para defender los intereses de España, por los que, de verdad, parece que realmente estaba dispuesto a velar.

Un muy importante pensador y escritor francés, Stendhal, conocedor de la época y un muy agudo crítico, que escribió entre otras muchas obras, una magnifica posiblemente la mejor biografía de Napoleón, dice:  – España prefirió a ese monstruo de Fernando VII. Yo admiro el sentimiento de insensato honor que inflama a los bravos españoles, pero que diferencia para su felicidad, si hubieran sido gobernados por el prudente José -.

Seriamente, creo que hoy en día, es necesario entender que, bien estudiada, la evocación de su figura y su memoria, han de trascender imponiéndose, a lo que ha sido siempre, la simple caricatura que se hizo de él, exclusivamente por considerarlo un intruso, su moderación, su ecuanimidad, las excelentes líneas de gobierno que promulgó, así como su buena voluntad hacia España.

Vamos a tratar de acercarnos ahora, al otro masón, a Amadeo de Saboya.

No tienen porqué ser muy extensos nuestros conocimientos históricos para entender el significado, desarrollo y cambios que han existido en las distintas dinastías, que han ejercido poder en este País.

Dinastía es, simplemente, la serie de soberanos, en las monarquías hereditarias, claro está, que pertenecen a un mismo linaje o familia.

Y dejando aparte, las dinastías de los Reinos en los que se fraccionó el suelo patrio, durante bastantes siglos, como consecuencia de la invasión árabe: Asturias, Cantabria, Castilla, León, Navarra y Aragón; y llamando España, exclusivamente, al resultado desde la unión de sus dos grandes Reinos, Castilla y Aragón, es decir desde los Reyes Católicos, para entendernos, pues han existido: cinco; sin contar, naturalmente, la anterior castellana exclusivamente que fue la llamada dinastía o casa de Borgoña, que terminó con Pedro I.

Uno.-  la dinastía Trastámara, que comenzó con Enrique II de la que la última figura fue Doña Juana la Loca, hija de Isabel la Católica.  Dos.- La dinastía Augsburgo, es decir, los conocidos como los Austrias, cuyo último representante fue Carlos II.  Tres.- La dinastía Borbón, que persiste y, entre ella, es decir, a lo largo de la dinastía Borbón, otras dos, una por la fuerza de las armas, que hace un momento que hemos visto, Cuatro.- La Bonaparte, con José I, y otra buscada, encontrada y ofrecida Conco.-  La dinastía Saboya, en la persona de Amadeo I, Rey de España.

¿Qué cómo se llegó a tener que buscar un Rey, y ofrecerle la Corona.?

Pues, voy a tratar de explicároslo, pero desde luego fácil, lo que se dice fácil, no es, de verdad.

Pensándolo bien, no es lo mismo cambiarse de camiseta que de Rey y, sobre todo, también hasta de dinastía, tienen que pasar muchas cosas, y todas malas, para que esto ocurra.

Pues pasaron.

Aún sin ánimo antimonárquico, como me esfuerzo para que sea mi ánimo al juzgar estos hechos, parece natural, a la luz de ellos que tengamos que buscar en las personas y sus deficiencias, incluso en sus imperfecciones, las causas de estos hechos tan infortunados.

Todos son culpables, claramente, son los egoísmos de algunos, las ambiciones de otros, la codicia de muchos, la envidia de la mayoría, pero focalizando, como hemos de hacer, llegamos a la figura central de la escena: Isabel II, la Reina, bien es cierto que la historia la pone un sobrenombre, – la de los tristes destinos – y ciertamente ha de ser así.

Siempre he considerado el sufrimiento moral de aquella “pobre” mujer en el destierro, cuando se ve humillada por todo un pueblo, que la desprecia y la culpa, y la expulsa.

¿Por su incompetencia? Posiblemente no, ya que si repasamos, no hace falta decir que hubo otros peores, incluso, mucho peores; no, esto exclusivamente, no parece ser la causa.

Yo lo achaco, aunque puedo estar equivocado, a su condición de mujer.

Conociendo incluso que esta aseveración puede no ser compartida por muchos.

Entonces, y tal vez ahora, aunque mucho menos, afortunadamente, el pecado que menos le perdona un pueblo a una mujer es la lascivia, la falta de pudor, en general, y lo disculpan mal, efectivamente, los hombres, sí, pero son la mujeres las que peor lo juzgan, curiosamente; y hemos de reconocer que en esta mujer la desfachatez y la indecencia colmaron todas las alertas.

Los sufrimientos al ver las consecuencias plasmadas en un pueblo al que estoy seguro que amaba profundamente, fueron su castigo.

Personalmente, yo he de manifestar, que aunque reconociendo que institucionalmente su gestión al frente de los destinos de su pueblo fue un verdadero desastre, en lo personal, sin embargo, que no llego a discernir si es completamente disociable, tiene, porque considero que la merece, toda la comprensión que podamos  dárle.

El Trono de España, se llegó a poner, como si de una subasta se tratara, al candidato que fuera más votado por los parlamentarios, y este fue el resultado de las votaciones, ¡casi no parece, ni serio!. ¿Recordáis lo de Eurovisión?.

Amadeo de Saboya.- 191 puntos

El Duque de Montpansier (cuñado de Isabel II).- 27 puntos

El General Esparteros.- 2 puntos

República.- 2 puntos

Duquesa de Montpansier.- 1 punto

Alfonso de Borbón (que luego sería Alfonso XII).- 1 punto

Y 19 papeletas en blanco.

Posiblemente, y para que entendamos bien lo que fue su “reinado”, si es que podemos llamarlo así, lo mejor es traer aquí un párrafo del discurso   que el propio Rey Amadeo escribe en su renuncia; verdaderamente esclarecedor, es la auténtica verdad de España:

  • Dos años hace que ciño la Corona, y España vive en constante lucha, viendo cada vez más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Todos los que con la espada, con la pluma o con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles; todos invocan el dulce nombre de la patria, todos dicen pelear por su bien y, entre el confuso clamor de los partidos y entre tantas opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible afirmar cual es la verdadera. La he buscado dentro de la Ley, pues fuera de ella no ha de buscarla quien ha prometido observarla.

Naturalmente, con esto se marchó y, personalmente, creo que hizo bien.

En verdad, parecía natural este desenlace, ya que no tenemos más que ver lo que había dicho en su discurso, en las Cortes, Don Emilio Castelar para darle la bienvenida:

– Visto el estado de la opinión, Vuestra Majestad debe irse como se hubiera ido Leopoldo de Bélgica, no sea que tenga un fin parecido al de    Maximiliano I en Méjico…

Resumiéndolo, vamos a intentar, explicar lo ocurrido, para tratar de entender esta situación, en la que se tiene que buscar, cómo y dónde sea, un Rey, para ponerlo al frente de una Nación que, ya en sí misma parece una broma, pero que desgraciadamente no lo es.

Pensemos que en nuestra propia esencia, los españoles somos un pueblo que nos caracterizamos por un hecho muy significativo: aquí, el adversario es un enemigo.

Al adversario no hay que convencerlo, hay simplemente que aniquilarlo.

Y que nuestro atributo máximo es la envidia. “Pueblo cainita”. Me preguntáis ¿Qué significa?. El diccionario lo dice: vengativo con los allegados.

El momento crucial es el año 1868, cuando estalla la llamada “gloriosa”, es decir, la revolución que pretende, y lo consigue, derrocar a Isabel II y expulsar de España a la dinastía borbónica. Pero, vamos unos años atrás y veamos cuales son los condicionantes.

Ya desde el 1860, las cosas vienen, de mal en peor, se suceden gobiernos y gobiernos, sin fortaleza política ninguna, el desprestigio real es una constante y, de hecho, no es que parezca anormal una reacción de los gobernados, parece hasta natural. Pero no estoy seguro de que pueda llegarse a una sangrienta guerra por ello. Aunque es posible que sí, no sé…

El hecho es que el hombre fuerte del momento, un general, Don Juan Prim y Prats, sí efectivamente, catalán, de ideas muy liberales y también masón, encabeza la Revolución a la que nos referimos, que efectivamente fue llamada la “gloriosa” y pone en marcha un periodo que recibe el nombre de ”sexenio democrático”.

No existe ninguna duda de que son seis años en los que se pretende por primera vez un régimen democrático, de 1868 a 1874, en los que a grandes rasgos podemos distinguir, un periodo de unos dos años, de régimen transitorio o provisional, en el que el General Serrano, es nombrado Regente del Reino, hasta la muerte de Prim que es Jefe de Gobierno; dos años de reinado de Amadeo de Saboya y otros dos, aproximadamente, donde se ponen en marcha los desmanes más absolutos de un país, la Primera República.

Primera pregunta que veo que me vais a hacer, ¿Por qué triunfó la Revolución de 1868, sí, esa que llaman “gloriosa”?

Pues era natural.

Según el historiador que leáis, podréis observar mayor o menor influencia de distintos factores, pero, ciertamente, las causas son evidentes: primero, por un lado, el desprestigio cercano al escándalo de la figura, personal e institucional de la Reina Isabel II, una verdadera vergüenza en todos los órdenes. Segundo, una lenta y callada preponderancia de las ideas liberales, en las clases dirigentes así como, también, una penuria general de la población menos favorecida; y, por último, la tercera y, posiblemente la más determinante, una crisis económica, consecuencia de una recesión financiera, junto a dos tres años de muy malas cosechas.

Mezclar convenientemente estos factores y tendréis la solución.

El hecho es que este “pobre hombre”, al que ponen de Rey, y al que hemos de reconocer buena voluntad, al menos, llega a Cartagena y la primera noticia que recibe es que, su principal valedor, y hombre fuerte del momento ha fallecido en atentado.

Lo dice una coplilla: En la calle del Turco/ le mataron a Prim/ Sentadito en un coche/ Y con la Guardia Civil.

Venía desde las Cortes, y se dirigía a su casa, el Palacio de Buenavista, en Alcalá-Cibeles, es decir que lo mataron en la calle que actualmente se llama Marqués de Cubas.

¿Quién, y porque lo mataron?

Buena pregunta.

Pues no se sabe, es decir, sí parece que se sabe, pero es tan oscuro el asunto y tantos los recelos y desconfianzas que realmente no se sabe y, tengamos en cuenta que, actualmente, se han hecho averiguaciones a todos los niveles.

Ya en época del franquismo, un abogado insigne Don Antonio Pedrol Rius, nacido en el mismo pueblo que el General asesinado, Reus, sacó a la luz el sumario incoado por el asesinato, con nada menos que 18.000 folios, y en la actualidad se han hecho averiguaciones legales, hasta el punto de realizar a los restos mortales que se conservan momificados, nuevos estudios, de los que se desprende que hasta pudo ser estrangulado; se hacen informes, se escriben libros, pero realmente, sigue existiendo una auténtica nebulosa que lo cubre todo.

Los ejecutores del crimen, sí, algunos fueron arrestados, no muchos pero no se llegó a juzgarlos ni condenarlos, pero lo importante era conocer a los instigadores, es decir los verdaderos autores del crimen, y esos…

Sospechosos, bastantes: los republicanos, el conde de Montpansier, el propio General Serrano; incluso, caen sospechas que ven en el crimen la mano de los esclavistas; expresándolo al decir, que el gatillo se apretó desde Cuba, puesto que Prim era un ardoroso defensor de la abolición de la esclavitud y, por aquel entonces, había muchas sociedades que conseguían enormes beneficios con la trata de esclavos y operaban desde España.

Posiblemente, lo más sensato ya, en cuanto a este tema del asesinato, es hacer como en su momento hizo Don Benito Pérez Galdós, que escribió:

Asesinos, pasad sin ser conocidos a la posteridad y que esta pueda maldeciros, aún  sin conoceros.

Pero, sin duda si hubo un máximo afectado por este crimen, fue el nuevo Rey.

Clarísimamente quedaba políticamente muerto, puesto que, por las más diversas causas, nadie lo quería.

Para la aristocracia, de mayoría monárquica, significaba una afrenta que hubiera sido elegido por una votación parlamentaria. Y lo representaban, cuando y como podían en la vida diaria, con toda clase de faltas de cortesía y hasta insultos encubiertos. Los carlistas, por sus propios ideales; y por el mismo motivo, aunque de otro tipo. Los republicanos, por lógica de idealismos. Mal visto así mismo, por la Iglesia, por varios motivos: apoyaba las desamortizaciones, era miembro de la familia que había tenido importantes problemas con los Estados Pontificios y, además era masón declarado. En cuanto al pueblo llano, al comienzo, solo expectación contenida, pero con el paso de los meses comenzaron a advertir que no tenía ningún interés en hablar nuestro idioma, y ello redundó en abierta antipatía.

Podía pensarse que la Unión Liberal, el partido que comandaba El General Prim, lo apoyara, pero se había escindido a su muerte en dos facciones: radicales y constitucionalistas y, naturalmente tampoco se entendían.

Hasta en seis gobiernos trató de poner su confianza para la gobernabilidad del País que cada vez era más dificultosa.

El detonante pudo ser el problema con el Arma de Artillería, que habría que resolver, un antiguo contencioso enquistado, que se quiso resolver en el momento menos oportuno, y que llevó al enfrentamiento con otro grupo social y con fuerza, como era el Ejército.

Si tenemos en cuenta que el problema de la guerra de Cuba era una constante diaria, y que para terminar de arreglar la situación, comenzó una de las guerras carlistas: la tercera.

Esta multitud de problemas y la imposibilidad de resolverlos fueron la causa que le llevaron a pronunciar la ya tan conocida frase:

  • Ah, per Bacco, io non capisco niente. Siamo una gabbia di pazzi.-

Efectivamente, no entiendo nada esto es una jaula de locos.

Pero no quiero que pase por alto un factor muy comentado por aquel entonces, y es que tenía fama de auténtico “gafe”.

No olvidemos, que era bastante natural ese comentario y su creencia. En el ejército de Napoleón, por ejemplo, contaba más, para el ascenso al generalato, la «suerte» que cualquier otra circunstancia como pudieran ser los estudios o el valor; tanto, que de hecho, no podía ascender alguien que no fuera afortunado.

Puede, que lo consideremos hoy en día absurdo, pero volvamos la vista atrás y veamos los éxitos de aquel ejército.

En lo personal, ¿Quién era Amadeo de Saboya?

Pues, un “buen mozo”, expresión que se usaba mucho entonces; con su uniforme tenía, según dicen, una apuesta figura, elegante, distinguido, casi arrogante, pero parece que solo eso.

¿Mujeriego?, bueno… sí, pero tampoco un alocado. Solo se le conoce una aventura pasajera con una dama española: Adela Larra, denominada “La dama de las patillas”, hija, por cierto, del famoso escritor.

Cuando llegó a España para reinar, tenía ya dos hijos con su esposa, y un tercero que nació aquí, Luis Amadeo, y al que, por cierto, amamantó ella personalmente, causando por entonces, gran extrañeza y casi escándalo este hecho que nunca se había dado, ni en la aristocracia, ni mucho menos, en la realeza.

Esta mujer, que fue Reina de España y a la que nadie, o al menos muy pocos conocen, era Doña María Victoria dal Pozzo y della Cisterna, conocida como “la rosa de Turín” hija de un acaudalado aristócrata italiano y de una noble de origen belga.

El Conde de Romanones, un verdadero entendido, la define, y seguro que es cierto, como una gran señora completa, un dechado de perfecciones, tanto en lo físico como en lo moral, pero con una belleza, para Reina, poco espectacular.

Falleció en 1887, a los pocos años de la “aventura” española, de una afección tuberculosa. Y, nuestro efímero Rey, contrajo nuevo matrimonio, con una sobrina suya, Leticia Bonaparte.

Con solo 722 días de reinado, casi no podemos hacer juicios sobre sus dotes para el ejercicio del poder, y sobre todo teniendo en cuenta los avatares a los que se enfrentó, que eran, efectivamente, muy difíciles, pero sin querer hacer comparaciones, que por otra parte no serían ni útiles ni prudentes, es posible, que pueda aventurarse que con la marcha de los dos, posiblemente con éste, perdimos menos que con el anteriormente referido.

Puede ser…

 

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